Los libros del año, 2011


Una vez al año suelo escribir un resumen de lo que he visto en materia de cine. Así que toca balance con lo leído este 2011. No espero a diciembre porque más o menos por estas fechas fue cuando mi ereader y yo nos conocimos y nos metimos en la cama, en un idilio romántico-sexuarl que espero no acabe nunca. Empezamos.

Los Caminantes y Necrópolis, de Carlos Sisí. Ambos tuvieron sus respectivos comentarios en su momento. Zombis boquerones y salerosos deambulando y mordisqueando, buscándose la vida, y un puñado de supervivientes plantándoles cara cuando no quedaba más remedio. Dos buenas novelas de terror que tendrán su broche de oro muy pronto.

La Cicatriz, de China Miéville. El gran Miéville me alejaba esta vez de mi amada Nueva Crobuzón y me llevaba a vivir a Armada, una ciudad pirata y flotante que recorre el Bas-Lag saqueando y amarrando nuevos buques a sus estructuras. Cuando pienso en el talento que no tengo, pienso en este tío y en lo mucho que a él le sobra. Leche de roca, las jaibas, los rehechos, la hemotasa de los vampiros, los grindilús, la minería de posibilidades, los costrados, los muertohombres, el avanc, los espectrocéfalos, las mujeres anophellis fuera de control, el Océano Hinchado...

Flores para Algernon, de Daniel Keyes. Un libro-deuda de los tiempos analógicos, que tendré a mano en papel algún día. Un novelón contenido, relojero, que cualquier otro se habría cargado con exceso de sensiblería. Algún día estaré como Pasqual Maragall, reteniendo palabras para ejercitar la memoria (coñaco, culo, y de manzana) y evaluando a la bruja de mi mujer como si no la conociera (las ventajas insospechadas de las proteínas TAU), pero seguro que tardaré en olvidar a Algernon, sentadito en el sofá y viendo la tele.

Juego de tronos, Choque de reyes, Tormenta de espadas y Festín de cuervos, de George R. R. Martin. También los quiero en papel, en ediciones bonitas, a ser posible. Mientras tanto, a esperar a Danza de dragones con el cable USB en la mano. Una saga sin desperdicio, que incluso en su tomo más flojo, Festín de cuervos, una especie de apéndice menor sin la participación de los personajes más fuertes, atrapaba sin remedio hasta la última página.

Canciones que cantan los muertos, de George R. R. Martin. Una antología de relatos brillante, donde destacan con fuerza El tratamiento del mono ("¡El tratamiento del mono, el tratamiento del mono!"), Los hombres de la aguja y Los reyes de la arena.

Nocturna y Oscura, de Guillermo del Toro y Chuck Hogan. Cercanos a la pestilencia, y lo peor es que acabaré leyendo la tercera parte, si es que... Hablamos de estos dos libros en su día aquí y aquí.

En las montañas de la locura, de H. P. Lovecraft. En realidad fue una relectura. Deseaba comprobar si me seguiría gustando tanto como en su momento, hace dieciocho años, tirado en un catre con chinches en un hediondo cuarto anexo a la garita de guardia (ah, esos meses sórdidos. Sí, queridos, chinches gordas, que te mordían los tobillos en círculos, dejándote una cadenilla parecida a la que usaba Juliette Lewis en Días extraños). Y sí, fue un buen reencuentro con el viejo Howie.

Sobre la ciencia-ficción y Yo, Asimov, de Isaac Asimov. Una recopilación de artículos el primero y unas memorias deliciosas el segundo. La promesa de refugiarme en sus amorosas patillas queda pendiente de resolución. Pero volveré, claro. El muy cabroncete me dejó material como para pegarme años sin leer a otro autor, vivo o muerto. Y yo que se lo agradezco.

El traje del muerto, de Joe Hill. El hijo de King nos ayudará a llevar el mal trago cuando su padre casque. Ha heredado el suficiente talento como para relevar a su padre. Relevarlo, que no sustituirlo, porque eso es imposible. Mientras tanto, el senior sigue dándole a la tecla (La cúpula, Duma Key, Todo oscuro, sin estrellas) y el junior agrega más literatura de género a su incipiente carrera (Cuernos, Fantasmas). Dios bendiga a esa familia.

Historia de España contada para escépticos, de Juan Eslava Galán. Historia para un país de conejos, historia de esta península, historia de nuestras monarquías, de esos pitos chuchurridos y esa consanguinidad tan lamentable, sobre moros arteros y la cantinela del Al-Andalus; historia para reírse con ella, para reírnos de nosotros mismos.

El alzamiento, de Brian Keene. Decepción y zombis suelen ir en pareja. El alzamiento tendrá segunda parte y ahí estaré yo, cómo no. Un mal libro puede ser tan fascinante como una genuina mala película. Hablamos de esta novela aquí.

Omertá, de Mario Puzo. Otro hombretón adorable cuya obra voy cercando desde los ochenta. Juego con ventaja, el Don se nos fue hace ya doce años y como novelista no fue muy prolífico tampoco, así que ganaré esta carrera silenciosa entre lector y autor. Siempre la ganamos, y siempre la perdemos. Por orden de puzopreferencia: El padrino, El siciliano, Los Borgia, Omertá, El último Don y Los tontos mueren. Ahora tengo en la recámara La cuarta K. Omertá, cojonuda, una venganza fría a cargo de un siciliano aparentemente ridículo, aficionado a la hípica y a las canciones de Dean Martin.

El carnaval de las tinieblas, de Ray Bradbury. Imprescindible. Y otro tiparraco con el que debo ponerme al día por placer, por estudio (mira a los grandes, desnúdalos, aprende de ellos) y por agradecimiento.

La colina de Watership, de Richard Adams. Una chorrada muy bien escrita, una fábula heróica protagonizada por liebres, gatos, perros y una gaviota loca.

Danza macabra, de Stephen King. Un antiguo ensayo del maestro sobre los resortes y las claves del terror en cine, radio, televisión y libros. Instructivo y apasionante, aunque le vendría bien una reedición con nuevos capítulos, o una segunda entrega.

Doctor en medicina, de Thomas M. Disch. El responsable de Campo de concentración y El fugitivo me tomaba el pelo después de estar yo una eternidad deseando trincar esta novela, desde que la viera reseñada en la versión española de Fangoria, de la mano de Luis Vigil, que ya advertía sobre lo irregular que le había parecido la lectura. Pero la idea era tan potente (un médico bendecido con un poder oscuro, que provocaba enfermedades para luego curarlas y ganar prestigio) y yo respetaba tanto a Disch que estuve con este título en mente años y años. El chasco fue de campeonato.

La isla del día de antes, de Umberto Eco. Muy bien, muy bien, un placer. Con este hombre hay garantías. Pronto le meteré mano a El cementerio de Praga.

El exorcista, de William Peter Blatty. Un latazo. En serio, un latazo. Es el típico libro que los farsantes de lo parasubnormal recomiendan con vehemencia en sus programas de radio y televisión, como si fuera la cumbre del terror, el Infierno en edición de bolsillo, lo máximo en repeluznos. Y no, oye. Pero no desistiré con Blatty, que guionizó y dirigió esa obra maestra llamada El exorcista III, una de mis mejores compras en dvd.

El gran espectáculo secreto, de Clive Barker. Floja, muy floja. Interminable, como un día sin tabaco. No había leído nunca una novela de Barker, sí sus cuentos, que todavía hoy me parecen asombrosos. Ahora no sé si atreverme con Imájica y Cabal.

Creo que me dejo alguno, alguno que borraría de la memoria externa, el equivalente digital a depositar un libro pésimo en la parte menos favorecida de nuestros estantes, como castigo y como vergüenza ("Ahí, mamón, detrás de mis favoritos. Y no te muevas o te meto en un cajón").

El año que viene, más.

Ya está aquí, ya llegó




Me haré un guerrero calvo y un mago con barba, como siempre. Y no pararé hasta explorarlo todo, como con Oblivion.

Juego de tronos


El Fuego
  • Escalofríos pilongos la primera vez que se ve El Muro, con sus guardias juramentados adentrándose en la espesura, con sus estructuras de madera y su ascensor a base de poleas y animales de tiro.
  • Casting así asá, ese casting que nunca se adaptará a los personajes conjurados en la cocotera de cada hijo de vecino. Perfecta la elección de la actriz que hace de Daenerys, Emilia Clarke, guapa a morir, metida en su papel, evolucionando convincentemente de niña tonta a mujer de rompe y rasga. Me encantó Sean Bean como Ned Stark (aunque yo le hubiera metido un tinte y unas lentillas a ese hombre; yo todo lo arreglo con tintes), los hermanos Lannister y un poco menos Tyrion, al que se describía más robusto y más deforme. Estupendo recurrir a Charles Dance para el altivo Lord Tywin, aunque yo lo imaginaba (y lo seguiré haciendo) con el careto de Bill Nighy.
  • Bien de vestuario. Decorados, a veces...
  • Música correcta. Me encantará oír más adelante Las lluvias de Castamere, pero no creo que me cause el mismo efecto que en su día: tuve que parar de leer, encender un cigarrillo y escurrir un lagrimón con la camiseta.
  • Ni una teta con forma de campana inamovible, ¡ni una! Qué alegría. Me gustaría creer que hay una intención, que hay mentes amigas detrás, que se le concedió a la carne femenina, fresca, natural y auténtica, la misma importancia que a las dotes interpretativas de sus respectivas dueñas. Si Juego de tronos es convincente en su recreación de paisajes y paisanaje, esos pechos blancuzcos y sujetos a las leyes de la gravedad han tenido muchísimo que ver.
  • Espadas enfangadas, planos medios de tajos mortales, sangre manando a borbotones... cojonudo, nada que objetar. 
  • Los Otros molan. Al menos, el líder con solera. Los recién convertidos dan el pego, pero habría preferido un poco más de mimo en sus maquillajes. No inspiraban miedo. Cierto que los neonatos son poco más que zombis lelos, pero es que un muerto viviente de los fríos del Norte debería acojonar el doble.
El Hielo
  • Todo es pequeño. Que Canción de hielo y fuego sea una serie de novelas con personajes complejos y dotados de un carisma potentísimo no fue óbice para que George R. R. Martin los desplegara a a todos ellos a través de los cuatro puntos cardinales de su vasto mundo medieval, ni para que descuidara la magnitud de las estancias por las que éstos se movían. No esperaba la grandeza de escenarios que posee ESDLA; pero unos cuantos pantallazos infográficos en exteriores habrían ayudado lo suyo. Invernalia parece el castillo de un señor menor (ese patio de armas con capacidad para ¿unos cinco tíos entrenando con arcos?), Desembarco del Rey una aldea fortificada, y las praderas de los dothrakis recuerdan a esos campillos con río verdoso donde íbamos todos de enanos a zamparnos la paella con los viejos. Y hombre, no. La excepción, tal vez, Nido de Águilas, que sí recordaba a las descripciones con cierta fidelidad, aunque me colocaran la Puerta de la Luna en horizontal.
  • La edad de los chicos Stark, sin ser una seria traba, descoloca un poco. Cuando un vasallo de Robb lo cuestiona por su juventud e inexperiencia, vocifera irritado que el chaval "¡No tiene ni pelos en los huevos!". Y el amigo Robb ya metido en la veintena y con una barba lo bastante sombreada como para albergar a una colonia de chinches. Si hasta Arya marca pechuga persiguiendo gatos por los niveles inferiores de la Fortaleza Roja...  
  • Odio a Ser Loras, odio a ese tío, me parece un cursi y un papafrita, pero... ¿gay? Joder, no sé, igual hay que releer los libros buscando comentarios de terceros y sugerencias veladas, como hacen las locazas cinéfilas con sus películas favoritas, pero que yo recuerde no había nada más allá de una lealtad idealizada del niñato de las flores hacia Renly.
  • Los huargos, bestias fieras que remiten a lobos primigenios (con tiradas triples de constitución y daño) en la serie son simples perritos de raza, huskys, creo.
  • La escaramuza más importante del primer libro, la jugada astuta de Robb que descoloca a Lord Tywin y le arrebata a Jaime, se resuelve con una elipsis intolerable. Sólo el ataque de las tribus del Valle a Catelyn y sus caballeros se muestra en su totalidad.
  • El Trono de Hierro es una cutrez.
La Canción:

La misma canción que con The Walking Dead, la misma sensación que con Los pilares de la Tierra. Puede que gane enteros con la segunda temporada. Espero que para entonces no se escaqueen con las batallas y con la épica. Como recordatorio aligerado de lo que sucedía en Juego de Tronos, la serie cumple. Quizá entusiasme a los que no han leído la novela. Kelem, píllate los libros.

    Almas condenadas, The Ward y Secuestrados


    Título original: My Soul to Take
    Año: 2010
    Duración: 107 min.     
    Nacionaliddad: Estados Unidos     
    Director: Wes Craven
    Guión: Wes Craven
    Música: Marco Beltrami
    Fotografía: Petra Korner
    Intérpretes: Max Thieriot, Denzel Whitaker, Frank Grillo, Zena Grey, Danai Jekesai Gurira

    Sinopsis: En la tranquila y pequeña ciudad de Riverton, la leyenda cuenta que un asesino en serie juró regresar para matar a los siete niños que nacieron la noche que él murió. Han pasado dieciséis años, y vuelve a haber desapariciones. ¿Se ha reencarnado el psicópata en uno de los siete adolescentes o sobrevivió aquella noche que le dieron por muerto? Sólo uno de los chicos sabe la respuesta.

    En los quince primeros minutos de My Soul to Take está bien expuesta el alma de la película. Se narra la génesis de un monstruo, The Ripper, se tontea con la psiquiatría más hollywoodiense y se adereza con la superchería más conveniente (aquella inventada o adaptada a las necesidades de la historia). Se avanza en el tiempo y se nos lleva hasta un ritual adolescente delicioso: estereotipos juveniles con patas se reúnen alrededor de un lugar de poder para exorcizar un miedo común. Hasta aquí, todo correcto. Lamentablemente el resto de Almas condenadas es un truño, con algún que otro momento afortunado y un par de sobresaltos rodados con oficio y maneras. 

    Quizá Wes Craven pretendiera forjar otra Scream, otra Pesadilla alargada en Elm Street, como ya lo intentara en 1989 con Shocker, sin éxito. En las tres mencionadas somos testigos de la aparición de un nuevo carnicero, en las tres son figuras exageradas, ya sea en su complexión física (The Ripper), en sus particularidades sobrenaturales (Horace Pinker) o en su astucia suprahumana (Ghostface), en las tres el propósito cinematográfico es muy similar (la bonita senda del slasher), pero sólo en una hay un guión perfecto. Exacto: el que escribió Kevin Williamson para Scream.  

    Almas condenadas tiene un primer cuarto de hora muy interesante y unos títulos finales maravillosos, con canciones pop cojonudas y viñetas a los lados, desde dibujos conceptuales hasta páginas del storyboard. El resto... bueno, ahí está para quien lo quiera: En nombre de Caín con un poco de vudú. 

    Título original: The Ward
    Año: 2010     
    Duración: 88 min.
    Nacionalidad: Estados Unidos      
    Director: John Carpenter
    Guión: Michael Rasmussen, Shawn Rasmussen
    Música: Mark Kilian
    Fotografía: Yaron Orbach
    Intérpretes: Amber Heard, Danielle Panabaker, Mika Boorem, Jared Harris, Lyndsy Fonseca, Mamie Gummer, Laura-Leigh, Sali Sayler, Sydney Sweeney, Dan Anderson

    Sinopsis: En 1966, la joven Kristen (Amber Heard) es ingresada en una institución psiquiátrica, donde conoce a otras chicas perturbadas con sus respectivos problemas... y a otra que se le aparece por los pasillos al caer la noche.

    Y si en Almas condenadas teníamos unos créditos preciosos, también al principio de The Ward nos encontramos con bellas ilustraciones de procedimientos brutales administrados en los manicomios de finales del siglo XIX y principios del XX. Pero, ¿cuánto hay de apoyo al punto de vista de la protagonista y dónde empieza la maniobra de distracción con esas láminas? Si lo segundo es la intención principal, sinceramente, yo no tolero que me tomen por gilipollas. Un John Carpenter que parece haber filmado esta película en modo hibernación. Si casi parece un Master of Horror cualquiera. 

    Título original: Secuestrados
    Año: 2010    
    Duración: 85 min.
    Nacionalidad: España.   
    Director: Miguel Ángel Vivas
    Guión: Miguel Ángel Vivas, Javier García
    Música: Sergio Moure
    Fotografía: Pedro J. Márquez
    Intérpretes: Fernando Cayo, Manuela Vellés, Ana Wagener, Guillermo Barrientos, Dritan Biba, Martijn Kuiper, Xoel Yáñez, Candela Fernández

    Sinopsis: Jaime, Marta y su hija Isa acaban de mudarse a una selecta urbanización de las afueras. Mientras se preparan para celebrar la primera noche en su nueva casa, tres encapuchados irrumpen violentamente en la vivienda con el objetivo de robar y sin importarles el horror que siembren a su paso.
    Secuestrados salvó mi Noche de Brujas. Esto es cine español, esto, y no el hijo de Trueba. Cine que rinde, cine que te rinde, cine que se ve con gusto y por el que se puede y se debe pagar una entrada. 

    Lo mejor de Secuestrados es que recoge cómo sería un robo a mano armada en tu propio domicilio. Por supuesto, el realismo no está en la escalada de tensión y en los más que asegurados asesinatos: eso, aunque se dé en muchos casos, no es lo habitual. El realismo al que me refiero es la sumisión y la cobardía que experimenta esta familia cuando unos intrusos irrumpen en su hogar pijo de la clásica urbanización de lujo del extrarradio. Los asaltados pendulean entre la incredulidad, el terror y el comepollismo más servil, ése que nace del instinto de supervivencia. Aquí no hay momentos de valentía heróica, y en las pocas escenas en las que suceden confrontaciones entre secuestradores y secuestrados contemplamos una violencia torpe, seca y breve, desagradable de mirar, porque sabe a telediario. A lo que imaginas cuando en el telediario empiezan a sacar cadáveres de un chalet; a las imágenes explícitas e hipnóticas de Impacto Total, a esos ladronzuelos dubitativos y a esos tenderos armados de un palo, unos lanzado navajazos al aire y los otros defendiéndose con una esgrima borracha que destroza el mostrador y la caja registradora.

    Gran montaje y gran realización. Secuestrados te coje por los huevos y no te suelta hasta el final. Una mención honorífica a Manuela Vellés. Esta tía va a llegar muy lejos si sigue así.  

    (Fichas y sinopsis: Filmaffinity)

    Por último, el 31 de octubre lo rematé con tres episodios de Supernatural, sexta temporada. El quinceavo episodio es sencillamente una obra maestra. Acabaré comprándome esta serie, seguro que sí.