Liz Taylor tenía razón e hizo bien en no acudir. Fue un circo y una horterada. Todo supuestamente llevado con buen gusto; no hubo luces epilépticas ni pirotecnia de concierto de death metal, pero tanto amor musicalizado y tanto panegírico al borde del sollozo llegaba a ser casi insoportable. En el plató de Cuatro, Tony Aguilar y el mono saltarín de Fama competían en imbecilidad, los dos erigidos en paladines defensores del pundonor y la memoria de un artista que, como cualquier ser humano que se tire unas cuantas décadas trotando por el planeta, pisó mierdas y hasta resbaló sobre ellas.
Una vez más, vi la tele por el rabillo del ojo, mientras leía, y acabé en la costumbre reprobable de cuestionarme quién tenía todavía un polvo entre todas las divas petardas que salieron a cantar. Sin embargo, saqué unos segundos el careto de la novela cuando pusieron algunas imágenes que conmoverían hasta al mismísimo Dr. Manhattan: una foto de Michael Jackson con Jim Henson y la rana Gustavo (o cómo utilizar tu popularidad para conocer al batracio más entrañable de la historia) y otra de Jacko con sus hermanos, cuando eran jóvenes, con sus pelazos a lo afro, sonrientes, con toda la vida por delante.
Y al mono de Fama: si has perdido tu infancia y no la has disfrutado con propiedad, te casas, tienes hijos y la vuelves a vivir a través de ellos... pero no te construyes un puto parque de atracciones (más tenebroso que una tela de araña gigante) y te montas camas redondas con enanos. Hombre ya.