España 1 - Portugal 0


Ya estamos en cuartos. Y los lusos para casa. A cantar fados, a leer a Saramago y a Pessoa, a ver películas del plasta de Oliveira (que no se muere ni a tiros), a beber vinho amargo, que decía Cano, a vender toallas, a besar a mujeres con bigote y a pegarle patadas y manotazos de tarjeta roja a sus putas madres.

Miss Marzo


Título original: Miss March
Año: 2009
Duración: 89 min.
Nacionalidad: Estados Unidos.
Director: Zach Cregger, Trevor Moore
Guión: Zach Cregger, Trevor Moore
Música: Jeff Cardoni
Fotografía: Anthony B. Richmond
Intérpretes: Zach Cregger, Trevor Moore, Raquel Alessi,
Molly Stanton, Holly Hindman, Craig Robinson,
Alexis Raben, Geoff Meed, Hugh Hefner

Sinopsis: Un joven despierta tras cuatro años en coma para descubrir que su amor del instituto se ha convertido en una chica Playboy. Junto a su mejor amigo, Tucker, el desafortunado y virginal joven se embarca en un viaje por todo el país para recuperar a su ex, llegando a colarse en una fiesta que se celebra en la legendaria Mansión Playboy.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)

Que los directores y guionistas de Miss Marzo miran hacia los primeros Farrelly es tan evidente que hasta me resulta incómodo teclearlo: los habituales de este blog lo percibiréis desde los primeros minutos de metraje y no quiero insultar a vuestra inteligencia. Cualquiera que disfrutara con Algo pasa con Mary y Dos tontos muy tontos detectará elementos en Miss Marzo que le remitirán de inmediato a esos tiempos. Pero Miss Marzo también te hace viajar hacia las películas de jovencitos salidos, anteriores y posteriores a American Pie, a la primera etapa de John Landis, a los National Lampoon, a la saga Porky´s, a las locas academias de policía e incluso al John Hughes de los amoríos de instituto ochenteros.

Y todo esto de las inspiraciones, de las fuentes, no pasaría de mera parrafada de presentación si no fuera porque parece existir una intención en el joven tándem Cregger-Moore, una intención que va más allá de construir con materiales de reconocida validez, más allá aún de mostrarnos qué bien han estudiado a los clásicos recientes de la comedia disparatada. Estos tíos quieren que nos riamos, y no que sonriamos, que no es lo mismo. Por eso el prólogo con la infancia y primera adolescencia de Eugene (Zach Cregger) y Tucker (Trevor Moore), un niño deslumbrado por la revista Playboy y otro traumatizado por las desgracias sexuales de su hermano mayor. El día que Eugene va a perder la virginidad con su novia, sufre un desgraciado accidente que lo postra en coma durante cuatro años. Cuando despierta, con atrofia muscular y sin el pleno control de sus esfínteres, se entera de que Cindi (Raquel Alessi), antaño abanderada de la castidad antes del matrimonio, es ahora una chica playboy, usual en los saraos que Hugh Hefner organiza en su mítica mansión.

Aquí empieza un viaje frenético a través de los Estados Unidos en pos del amor, trufado de un humor grueso sensacional; gags puros de tan inmaculadamente guarros y, sobre todo, imprevisibles. En Miss Marzo no adivinas cómo acabarán la mayoría de las situaciones descerebradas que sirven de autopista hacia el desmadre para los sufridos protagonistas, y me atrevería a conjeturar que ésa fue una de las condiciones que se autoimpusieron Cregger y Moore al escribir su guión. Nada de coñas incrementadas (running gags) que no fuesen verdaderamente graciosas, nada de chistes referenciales y pajilleros, a lo Aterriza como puedas y demás imitaciones de los ZAZ. El humor de Miss Marzo es chusco, cateto, escatológico y exagerado, pero pocas veces predecible; tiene como objetivo buscarnos las cosquillas, aunque sea estimulando zonas cerebrales bajas y vergonzantes. Funciona, que es lo que importa. Y te sorprende, que es lo más agradecido que uno puede encontrar en una comedia.

El mensajito final es altamente conservador, la misma milonga de siempre: el amor verdadero es más importante que el placer sensual y hasta Hugh Hefner suscribe esta afirmación, ataviado con su característico albornoz, en esa adolescencia eterna que lleva por vida y rodeado de chicas despampanantes, que también manda cojones. Es una de esas reglas del juego que estos dos jóvenes realizadores no se han atrevido a quebrantar. Pero leyendo entre líneas son capaces de cagarse, figuradamente, en los márgenes del tablero. Y ante semejante osadía, uno no puede evitar aplaudir con simpatía cómplice.

España 2 - Chile 1


No experimenté demasiada alegría con los dos goles de España. Estaba convencido de que lo lograrían. Pero el gol de los chilenos al principio del segundo tiempo me los puso por corbata, como a casi todo el país, supongo. Ahora empieza el verdadero mundial, con esos partidos de todo o nada. Y ya. Hasta aquí llegan las ganas de escribir de fútbol un sábado por la mañana. Paciencia, viejos: tres entraditas más de este estilo y España estará en la final.

La niña que te come el corazón




Y no deja ni las migajas.

Cortesía de: Miguel Ángel

España 2 - Honduras 0


Esto marcha. Impresionante el ruido en el estadio: tras el primer gol fue imposible oír comentario alguno durante un par de minutos. Ahora ya sí me apetece el Waka Waka, hombre. No sé si dedicarle una entrada a cada partido de España traerá "bajío" o no, pero hasta que se la carguen o llegue a la final, voy a seguir haciéndolo.



¿No encontráis a Shakira resplandeciente en este videoclip?

Veinticinco cosas que odio de Facebook




Yo no odio nada de Facebook, claro que tampoco es que lo adore. Al menos, allí se pueden hacer multitud de cosillas, no como en Twitter, que es profundamente subnormal.

En lo de los videojuegos estúpidos sí le daría la razón al tío del vídeo, si no fuera por el grandioso Music Challenge.

Dulce y ajetreada Jane


Meat Loaf decía que concebía su Bat Out of Hell como una fantasía dramática, como un parque de atracciones para adultos. El Sweet Jane de los Cowboy Junkies sería entonces como los autos de choque de una verbena de mala muerte:



Y como venía incluida en la banda sonora de Asesinos natos, esta dulce Jane para diabéticos no se ha perdido del todo en el olvido.

Lo paradójico es que mi Sweet Jane favorita no es tampoco la canción original, sino la que Lou Reed, unos años después y ya en solitario, alargaba con una preciosa intro en su Rock and Roll Animal, además de meterle una inyección de vidilla al tema (que de eso sabía mucho el hombre por aquella época) con más guitarreo y más batería:



Esto de las versiones es un cachondeo.

España 0 - Suiza 1


Es la historia de mi vida con los mundiales. Una selección con posibles, con buen juego, que crea oportunidades de gol, que merece ganar, pero que al final... pierde. Ya he manifestado muchas veces por aquí que me la pela el fútbol, excepto en los mundiales, porque mi niño interior tiene una china en el zapato desde 1982 y le deben el desagravio desde entonces.

Aún queda mucho mundial por delante, pero lo de hoy no me ha gustado un pelo. Nada que no pueda arreglar Van Morrison, eso sí. Con vosotros, el león de Belfast, transformando el plomo en oro con su piedra filosofal:

Wristcutters


Toda una sorpresa hace unos años con esta peli de bajo presupuesto, que vino a casa de tapadillo en una de mis orgías de descargas habituales (Emule hasta arriba y JDownloader devorando el disco duro, como debe ser). Con un argumento tan original que parte de su encanto reside en saber lo imprescindible del mismo. Por una vez, el tráiler muestra sólo lo justo, así que lo cuelgo por aquí. Ah, y con la gran Shannyn Sossamon en el reparto, a la que tendré que dedicarle un Conejas algún día.

Ya es verano en Homo Insanus


Lista colaborativa, por si os apetece agregar más temas. Sin pudor, como si estuviéramos en un banquete del Dr. Lecter, igual. Yo no me he cortado un pelo, como podréis comprobar. La idea es lograr un tracklist con canciones que os recuerden a vuestros mejores veranos, y si eso implica italo disco, techno, jodidas sevillanas o a saber qué se os ocurre, pues sin problemas.

Ya es verano en Homo Insanus

Corre como los mayores




La pulla a los usuarios de Wii y Nintendo DS es bien clara, y además graciosa, hay que reconocerlo. Pero este anuncio muestra también el preocupante retroceso hacia una infantilidad que, en el mundo del videojuego, ya parecía haber quedado superada.

Las empresas que cortaban el bacalao en el sector, a finales de los ochenta y principios de los noventa, entendían que su clientela potencial era menor de edad y dependientes económicamente de sus padres, así que los spots de Sega, Nintendo, y más tarde Sony, se orientaban hacia la división y el enfrentamiento, avivando el proverbial fenómeno del fanboyismo. En televisión y en revistas, las campañas hacían uso de una sonrojante jerga juvenil y de paso abrumaban con profusos datos técnicos (esos millones de polígonos en movimiento, antaño tan importantes) para que el crío de turno pudiera esgrimir en casa sus razones, papeles en mano, de cara a pedir consola nueva en las fechas señaladas.

Esos niños crecieron, los videojuegos también y el rechazo a ese estilo de propaganda "guay" perduró hasta nuestros días. Hasta que anoche vi el anuncio de Blur, y oí su leyenda: "Corre como los mayores". Tiene su gracia, sí, pero sólo la primera vez, y si no reflexionas demasiado.

Cualquiera que haya jugado a un Mario Kart lo suficiente sabe que lo único que tiene de inocente esta franquicia es el aspecto gráfico, y que detrás de esa apariencia tan característica de paz, amor y colorida fantasía, se esconde un videojuego de habilidad y precisión que nada tiene que envidiarle a la saga Wipeout, por ejemplo. Mario Kart posee la misma capacidad para generar crispación y tensión que otros mal llamados simuladores de conducción; exige horas y horas de práctica para quedar finalista en sus campeonatos más dificultosos. Y eso sin mencionar el modo online, donde una comunidad internacional de expertos pilotos hijos de puta, duchos en el arte del derrape y la aceleración extra, te esperan para demostrarte el lado más oscuro, profesional y duro de las famosas carreritas de monoplazas de Nintendo.

Así que Blur, cierra el pico, flipao.

Listen Without Prejudice, 20º aniversario


Los discos serios son como el sarampión de los músicos: todos lo pasan al menos una vez. Y a veces, hasta dejan secuelas. Es un tema que tratamos un compañero de trabajo y yo hace mucho, en tertulias marcianas entre analfabetos funcionales, sudor, hormigón y mezcla. Mi compi sostenía la teoría de que los discos "serios" eran parte de una estrategia de marketing, que nuestras bandas favoritas sacaban al mercado un truño para preocupar a sus seguidores, y luego los resarcían volviendo a los orígenes (otro punto que habría que desarrollar: los típicos discos de "retorno a las raíces"), disparándose así las ventas. Yo no descartaba su idea del todo. Ahí está, por ejemplo, el extraño y a ratos hortera Pop, de U2, y tres años después, el precioso y conservador All that you can´t leave behind, que reforzaría la explicación de este hombre. Pero, ¿qué pasa cuando el disco "serio" está a punto de destrozar tu carrera?

Pues eso le ocurrió a George Michael con su Listen Without Prejudice vol. 1, un LP que me compré casi a ciegas porque su ultrapopular Faith, que también poseía, sonaba a gloria bendita y era un discazo de la hostia. En 1990, el guapo de Wham! era todavía un arcángel de la música, admirado y deseado por féminas y varones, rodeado de los mejores profesionales del mundillo, mimado por Sony y con un futuro tan despejado que podría haberse tirado los siguientes seis o siete años repitiendo su Faith con distintas portadas, sin que sus ventas declinasen significativamente. Y sin embargo, se descolgó con esta rareza, un disco "artístico", temible adjetivo, tanto como "serio", porque por norma general, suele indicar que no importa cuánto pueda llegar a gustarte: al autor le chiflará más que a ti, el propio autor será su mayor fan.

El disco "serio", el disco "artístico", nace para demostrar algo, para reivindicar algo, para presumir de algo. No se hace el trabajo pensando en el público, no al menos de una manera holográfica y distanciada. Se compone y se graba para que todos sepan que eres un gran letrista, que tienes conciencia social, que eres un auténtico artista, que no eres el producto de un gran estudio, que no eres sólo una cara bonita, que tu voz puede servir a intereses más elevados que el de electrizar a la chiquillería.

Y así llegó hasta los puntos de venta Listen Without Prejudice, vol. 1. No me arrepentí de pillármelo en el Pryca, principalmente porque en aquella época era un estudiante con un condón en la cartera y unas monedas para cigarrillos sueltos, y cualquier disco que adquiría lo oía cien veces mientras estudiaba, preparaba minúsculas chuletas para los exámenes de física o pasaba a tinta las láminas de dibujo técnico. En materia musical, lo que compraba lo exprimía a tope, y ya sabéis que cualquier disco acaba gustando si da las suficientes vueltas (con algunas mujeres sucede igual) en tu equipo de música y en tu vida. De modo que solicito vuestra ayuda: ¿qué os parece este disco "serio" de George Michael? Sólo tenéis que pinchar en la imagen, Spotify mediante. Yo hoy día tengo claro, ahora que dispongo de toda la música a mi alcance y no me veo obligado a oír siempre lo mismo, que al menos dos cortes me siguen resultando magníficos, Heal the Pain y Waiting for that Day.

El hombre lobo


Título original: The Wolfman
Año: 2010
Duración: 125 min.
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Joe Johnston
Guión: Andrew Kevin Walker,
David Self (Remake: Curt Siodmak)
Música: Paul Haslinger
Fotografía: Shelly Johnson
Intérpretes: Benicio Del Toro, Hugo Weaving, Anthony Hopkins,
Emily Blunt, Geraldine Chaplin, Art Malik, Catherine Balavage,
Richard James, Olga Fedori, Stuart St. Paul, Robert Roman Ratajczak

Sinopsis: La infancia de Lawrence Talbot se acabó bruscamente la noche que murió su madre. Se marchó de su pueblo, Blackmoor, y tardó décadas en recuperarse e intentar olvidar. Cuando Gwen Conliffe, la prometida de su hermano, le encuentra y le ruega que la ayude a buscar a su amor, que se encuentra desaparecido, Lawrence Talbot regresa a casa. Entonces se entera de que algo brutal, salvaje, con una sed insaciable de sangre, ha matado a muchos campesinos. Empieza a encajar las piezas del sangriento rompecabezas y descubre que existe una antigua maldición que convierte a las víctimas en hombres lobo las noches de luna llena. Para acabar con la carnicería y proteger a la mujer de la que se ha enamorado, Lawrence Talbot debe destruir a la temible criatura que se esconde en los bosques cercanos a Blackmoor.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)

Algo que parece una constante en Joe Johnston es la facultad que tiene para adocenar cualquier proyecto en el que esté metido de por medio. Quizá no posea ese toque “mágico”, quizá sólo sea casualidad, o puede que los rodajes que capitanea ya constan de por sí con toda una tripulación de mediocres a sueldo, pero la verdad es que con la excepción de October Sky, la carrera como realizador de Johnston es hasta coherente en este sentido, y El hombre lobo es la penúltima pieza de su insustancial y tediosa filmografía. Penúltima porque ahora está en postproducción una sobre el Capitán América. Manda huevos: uno de los superhéroes clásicos más aburridos de todos los tiempos y ¿quién se va a encargar de actualizarlo? Nuestro amigo Joe, por supuesto.

El hombre lobo, además de ser una johnstonada en estado puro, es de una preocupante previsibilidad. En parte es debido a que sus incógnitas y misterios han sido reducidos a la típica y digerible papilla argumental, asimilable hasta por extraterrestres. Como consecuencia de este procesado previo, se hace terriblemente sencillo descifrar qué va a suceder a continuación. Y con un mínimo esfuerzo, tras unos treinta minutos, hasta podremos anticiparnos al conflicto final, trazando además en nuestra mente la serie de desventuras, equívocos y sentimientos enfrentados que nos conducirán a ese punto de resolución.

Así que si la historia no requiere de nuestra atención, ¿con qué podemos deleitarnos en este film? Con los maquillajes y demás efectos especiales, responderíamos sin pensarlo demasiado. Al fin y al cabo, estamos viendo algo que se llama El hombre lobo. Sin embargo, las apariciones del monstruo se hacen de rogar, y las transformaciones en engendro maldito dejan un regustillo a engrudo, a potaje estomagante. Han escogido una curiosa manera de presentarnos al lobo, con un hermanamiento obvio de las dos líneas artísticas y cinematográficas más reconocibles en la iconografía de este monstruo. Por un lado la pilosidad abundante y acelerada cubriendo los rostros de Lon Chaney y Oliver Reed, por el otro las dolorosas convulsiones, bultos y alargamientos que tanto asombraron al mundo en Un hombre lobo americano en Londres. Gracias a la mesa de montaje, la Universal, la Hammer y los chicos turistas de John Landis, con Rick Baker al frente, se dan la mano en esta película, como celebridades obligadas a acudir, por cuestiones protocolarias, a una fiesta chabacana y de poca importancia.

No acaba todavía la mezcla entre las dos escuelas, entre el clásico y el moderno hombre lobo. También decidieron que las aptitudes del monstruo fueran híbridas, de manera que unas veces va a cuatro patas y otras a dos, dependiendo de las distancias a recorrer o de lo intenso de los apetitos a saciar. Este punto en concreto sí me pareció interesante: la fusión del hombre lobo bípedo de las primeras adaptaciones cinematográficas con la bestia veloz de las versiones más recientes del mito.

Todo lo concerniente a maquillajes y efectos visuales y sonoros es más que convincente, pero ni deslumbra, ni sorprende en ningún momento. Y como el espectáculo de lucecitas, criaturas y explosiones no es que sea precisamente del nivel de Avatar, no emborracha los sentidos lo suficiente como para olvidarnos de la trama, en este caso, más plana que el encefalograma de un muerto.

Hemos quedado en que la historia es previsible y aburrida. La estrella de la función, el lobito de nuestros amores, es producto de un hábil revoltijo que se acredita como homenaje, y que en realidad está más cercano al sampleo cinematográfico que a la creación original. Dado que el departamento de FX ha corrido a cargo de Rick Baker, podemos asistir a un curioso caso de expoliación propia, con el oscarizado técnico viajando al pasado y metiéndole mano a su legado, para traerlo hasta nuestro presente y darle una chillona restauración, discutible y polémica, como aquel repintado ochentero de la Capilla Sixtina.

Si los fuegos artificiales no llenan del todo el cielo ni la historia nos engatusa por ser tan elemental, ¿qué podemos resaltar de las más de dos horas de película, de ese metraje interminable que desesperaría hasta a los admiradores de las producciones de Samuel Broston? No desde luego las actuaciones, con un Benicio del Toro monolítico e inexpresivo y con un Anthony Hopkins que simplemente pasaba por allí, a ganar unas perrillas, repitiendo gestualidades y recursos de anteriores caracterizaciones; de Leyendas de pasión, para cuando pretende reflejar amor paternal (con escena calcada de la película de Edward Zwick), y de Hannibal, con guiño espasmódico incluido, cuando necesita remarcar maldad o ironía. Del resto del reparto, poco que añadir. Figuran y dan la réplica, entre otros, Hugo Weaving, Emiliy Blunt y Geraldine Chaplin, que encarna a una gitana con “gracia”, que no graciosa. El personaje de la hija de Charlot es en sí mismo una señal indicadora viviente, que nos informa de a qué dirección apunta este hombre lobo con tan poco arte y dinamismo, por si no lo habíamos pillado aún: hacia la edad dorada del cine de monstruos.

Como los actores tampoco nos salvan del tedio, ya sólo queda comprobar si hay alguna secuencia que nos alegre el día y, afortunadamente, alguna hay. Me quedo sin dudarlo con la conferencia médica en ese bárbaro hospital victoriano, donde estirados y pomposos discípulos de la ciencia son testigos del triunfo exultante del mito, de la leyenda. En algún momento, algo cambió, y creímos a pies juntillas esa verdad consensuada sobre que las fieras más temibles sólo habitan en nuestras psiques. Hasta que un jodido hombre lobo toma la palabra a zarpazos, con muchas ganas de añadir unas apreciaciones al respecto. Pero esta válvula de escape lúdica y celebrativa sólo dura unos minutos, y luego, vuelta al tostón reinante en esta película.

Supongo que siempre queda el comodín Mike Nichols, al que recurro a menudo cuando me la vuelven a dar con queso con licántropos de por medio: “Hombre, Lobo era peor”. Espero que no me obliguen más veces a refugiarme en esta referencia comparativa tan urticante, que la próxima sobre hombres lobo no tenga que excusarla con semejante bosta. Tampoco pido mucho, digo yo.

La danza de la muerte


Mi historia con The Stand es complicada. Comencé a leer este novelón de prestado, durante el servicio militar, pero el dueño pilló permiso y se llevó todos los libros que había comprado, dejándome a un centenar de páginas del desenlace. Unos años después, ya en mi pueblo, un amigo me dejó su ejemplar, pero yo aún tenía reciente los momentos más importantes del libro. Para colmo, había visto por T5 la miniserie de Mick Garris, que “la tele amiga” emitió durante varias noches, con sus interminables pausas para publicidad, sólo sorteables si grababas en vídeo y luego hacías uso del socorrido Fast Forward. Me daba una pereza tremenda retomar Apocalipsis, aunque sólo fuera para finiquitar ese pliego de páginas que me faltaban de aquella primera lectura interrumpida en Tenerife. Le devolví el libro a mi amigo y le dije que ya me lo compraría dentro de unos años, en cuanto empezara a olvidar lo suficiente de su argumento como para poder disfrutarlo de nuevo.

Ha transcurrido casi una década de aquello, pero la fuerza de algunos pasajes, paisajes y personajes de La danza de la muerte (como aquí se conoció a la primera versión de The Stand) es tal que disipó la ligera amnesia que iba a ser mi aliada durante la relectura. Antes de que el Capitán Trotamundos (hermoso apodo para un virus pandémico) completara su periplo por el planeta, antes de que la Madre Abigail y Randall Flagg consolidaran sus territorios, yo ya lo había recuperado casi todo, y me bastaba un nombre, un apellido y una anécdota cualquiera para identificar a los supervivientes, muchas veces con una mueca, al vislumbrar también qué destino les deparaba el autor.

Cuando la revelación en mi memoria dejaba poco espacio a la sorpresa, me resignaba y disfrutaba del espectáculo, de una novela madura y magnífica, repleta de diálogos y descripciones de una gran fuerza narrativa. Hace mucho que tuve entre mis manos la versión extendida, Apocalipsis, y no puedo comparar con propiedad, pero sin duda La danza de la muerte es más accesible y más amable de cara a un neófito en el universo King. Menos de novecientas páginas se notan (¡novecientas!), vaya que sí, y no sé hasta qué punto ha sido conveniente que Stephen King ostente el suficiente poder como para salirse con la suya si las decisiones de su editor lo contrarían, porque muchas de sus novelas mejorarían sustancialmente con un podado intenso de sus hojas, como el que tuvo esta The Stand en 1980.

Por fin leí el final, y por fin poseo mi ejemplar de The Stand, una primera edición de Plaza&Janés, que tiene su encanto también. Ahora a ver si me hago con La tienda, uno de los pocos tochos del maestro que aún no me he cepillado.

Para los que no sabéis de qué demonios estoy hablando, The Stand cuenta el fin de la civilización tal y como la conocemos por culpa de una cepa de gripe mutante, capaz de agotar al sistema inmunológico humano, hasta que los contagiados mueren de forma atroz, delirantes por la fiebre y ahogados en sus propias mucosidades. Sólo un 1% de la población mundial es inmune de manera natural al virus, y como si no hubieran tenido bastante con haber sobrevivido, son reclutados en sueños para una confrontación que determinará la continuidad de nuestra especie.

Tanto en esta primera como en la ampliación posterior, The Stand es ya un futuro caduco, pero sólo por una mera cuestión de calendarios. King no iba muy desencaminado al escoger a su ángel exterminador particular, y si algo le sobra al Tiempo es paciencia, toda la eternidad aguardando a que un hombrecillo insignificante, en algún laboratorio recóndito, la líe parda con los virus, esos minúsculos juguetes de los dioses.

Acción, terror y drama apocalíptico perteneciente a la mejor etapa de King, a sus años más rocanroleros y salvajes.


Como curiosidad, en la Wikipedia me he encontrado con un sorprendente listado de semejanzas y paralelismos con Lost que no me resisto a colgar. Podéis leer sin miedo si aún no habéis visto las dos últimas temporadas de Perdidos, que no hay peligro de spoilers, salvo una línea que, por precaución, no pegaré aquí. El resto de los datos pertenecen a las cuatro primeras temporadas, que es por donde precisamente yo me he quedado, a la espera de que me pique otra vez el gusanillo lostie.

La danza de la muerte ha sido una gran influencia para los creadores de la serie Lost e incluso el mismo King es fan de ella. La serie tiene muchas semejanzas con la novela:

*Ambas tratan de una catástrofe en la que los supervivientes y los nativos (conocidos como los Otros) se enfrentan por el control de la isla.


*Charlie Pace, un cantante de rock, tiene similitudes con Larry Underwood.


*Jack Shephard sería el equivalente a Stu Redman.


*Claire Littleton, la chica embarazada, sería inspirada en Frannie Goldsmith.


*John Locke, un huérfano paralítico al principio de la serie, podría estar inspirado en Nick Andros.

*James "Sawyer" Ford y Glen Bateman comparten similitudes en su pesimismo y su gusto por la literatura.

*Hugo "Hurley" Reyes y Harold Lauder son similares físicamente y en algunos rasgos del carácter.

*Walt Lloyd y Leo Rockwell son niños con capacidades telequinéticas.

*Rose Henderson, una mujer negra con mucha fe, es el equivalente a Madre Abigail.

*En ambas historias hay un perro superviviente.


*Benjamin Linus podría ser equivalente a Lloyd Henreid pues ambos sirven a un hombre que se oculta en las sombras (Jacob en Lost y Flagg en la novela). Un guiño especial es que Ben de niño tenía un conejo, al igual que Lloyd.

*Tomm, uno de los Otros, es un paralelismo de Withney Horgan.

*En la novela Stu y Frannie tienen una relación romántica. En Lost sus equivalentes Jack y Claire tienen una relación, pero más familiar.

*Al final de la segunda temporada cuatro personajes (Jack, Kate, Hurley y Sawyer) van a enfrentar a los Otros. En la novela, un grupo de cuatro van a enfrentar a Flagg. En ambas historias tres son capturados y sólo uno regresa.

El Señor Oscuro


Si vuestro monitor es negro, el wallpaper de este mes os quedará perfecto, a juego. Si no, da igual, usadlo, que mañana, por Fuerza, os encontraréis la carcasa del tft convenientemente tintada.

(Click en la imagen para ampliar)

La Horde


Título original: La Horde
Año: 2009
Duración: 90 min.
Nacionalidad: Francia
Director: Yannick Dahan, Benjamin Rocher
Guión: Arnaud Bordas, Yannick Dahan, Stéphane Moïssakis,
Nicolas Peufaillit, Benjamin Rocher
Música: Christopher Lennertz
Fotografía: Julien Meurice
Intérpretes: Claude Perron, Jean-Pierre Martins, Aurélien Recoing,
Eriq Ebouaney, Jo Prestia, Alain Figlarz,
Doudou Masta, Yves Pignot, Antoine Oppenheim, Laurent Demianoff

Sinopsis: Al norte de París, un grupo de policías intenta vengar la muerte de uno de los suyos en un edificio que sirve de escondite para el gángster culpable. En medio del enfrentamiento entre ambos, algo inimaginable sucede, una horda de criaturas sanguinarias y caníbales invaden el edificio atacando salvajemente a todos.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)

No sé si se puede hablar ya de un sólido y asentado Nuevo Cine de Terror Francés, o si sería más correcto sustituir Francés por Europeo, dado el entusiasmo con el que se están levantando proyectos de género en países como Noruega, Suecia, Alemania o, sin ir más lejos, en España. Pero que en los últimos años corre un constante caudal de hemoglobina en las pantallas del Viejo Continente es un hecho que me llena de alegría. Ya era hora de tomar el relevo, ya tocaba adelantar al cine mainstream norteamericano, cada vez menos arriesgado, más convencional y más cohibido, empantanado en ese juego de malabares que oscila entre la necesidad de lograr la calificación por edades más baja y el resultado inicial más alto del box office semanal. Remakes insulsos, cuentos de fantasmas, psychokillers blandengues, thrillers sobrenaturales del montón, profanaciones resurrecciones de monstruos clásicos y la repetición descarada de cualquier fórmula que funcione mínimamente en taquilla. La tiranía de los números, de los balances y relaciones entre inversiones y beneficios, no perdona. Para hacer el golfo y desmelenarse, tienen otras divisiones y ligas, como la serie B o la televisión de pago, donde tampoco es que estén muy exentos de concesiones diversas. Lo bonito es que con el presupuesto abultado que destinan allí a una falsa serie B (ésas que lo parecen, pero no lo son, como ciertas señoritas de compañía), aquí se montan un par de Rec, algunas Frontières, una delirante Dead Snow, una deliciosa Martyrs y todavía sobra para financiar una ópera prima tan macarra como La Horde.

El comienzo de La Horde es como una subversión del de Asalto a la comisaría del distrito 13, del maestro Carpenter. Si en aquel western urbano unos policías debían resistir el asedio de unos pandilleros punkarras, aquí tenemos a un comando de maderos que, enmascarados y también al amparo de la noche, buscan vengar a un compañero en un viejo edificio de los suburbios de París. Como en Frontières, los primeros minutos de metraje juegan al dulce despiste con el espectador, con maneras de cine de acción y negro, para a continuación dar un giro de ciento ochenta grados hacia el terror, en concreto, hacia lo zombi.

Zombis rápidos o infectados (Enjuto Mojamuto forever) que además corren para comer. Puede que sea un anexo innecesario, pero últimamente vengo observando que se estaba dejando aparcada la motivación más horripilante de uno de mis monstruos favoritos: jamar carne fresca. Es habitual verlos zumbar hacia la presa y cambiar de objetivo tras un par de dentelladas, como en 28 días después. Los zombis de La Horde son consecuentes con el hambre feroz que padecen, y cuando derriban a alguien se toman su tiempo en saciarse.

La película de Dahan y Rocher transcurre casi en su totalidad dentro de un bloque de viviendas, y aunque eso me recordó vagamente a Cazadores de sangre, esa infame cutrez donde Steven Seagal paseaba sus lorzas y su entrecejo de oranguntán cabreado, la historia y los diálogos de unos actores implicados a tope con su trabajo transforman esta limitación logística en una virtud. Puede que las escenas al aire libre brillen por su ausencia, pero ese confinamiento de los personajes, atrapados entre puertas, paredes y escaleras, dota a la trama de una importante dosis de claustrofobia y paranoia. La televisión no funciona, y cuando lo hace es para mostrar el caos que se ha apoderado de las calles. A través de las ventanas suenan las explosiones de una ciudad en guerra, y el cielo se ilumina con el inquietante resplandor de los incendios y las detonaciones. Polis, maleantes y un vecino genial (un soldado gordo, sucio, viejo y con los huevos de acero), unidos por un precario pacto de colaboración, luchan por escapar con vida del edificio, pero saben perfectamente que lo que les espera en el exterior hará que su aventura intramuros parezca un mero entrenamiento.


Mencionaba yo a René (el veterano Yves Pignot), que pasó su juventud en la antigua Indochina, y que bautiza a los zombis con el apodo de “chinos”, por cómo se rasgan sus ojos cuando aúllan, pero también por una racista equivalencia con los enemigos de su patria allá en la selva. Y René no es el único personaje con gancho en La Horde. Me quejaba hace unos meses de lo insulsos que resultaban los personajes de Rec 2. Esto no ocurre con los supervivientes de La Horde. Esos oficiales de la ley metidos a justicieros y esos brutales mafiosos de ascendencia colonial se ganan a pulso nuestra atención, nuestra simpatía y, en ocasiones puntuales, nuestra desaprobación.

Bruta, intensa y honesta, La Horde no se guarda ningún as en la manga y es un muestrario modélico de cine de género transparente y digno. Infectados trotones, violencia a destajo, un negro sentido del humor (muy similar al que nos gastamos por aquí abajo) y ni un solo discursito ejemplarizante, ni un minuto desperdiciado en filosofía barata de progre trasnochado. Venerable Jorge: contempla cómo lo hacen tus nietos putativos y recuerda, maldita sea; recuerda qué se sentía circulando como ellos a toda leche por esas carreteras áridas, indies y pedregosas en las que antaño te manejabas con idéntica energía y temeridad.