Romeo y Julieta, los juguetes del destino
Romeo y Julieta, Frank Dicksee, 1884.
Puede que San Valentín sea la más descarada de todas las fechas ideadas para sacarnos los cuartos. El 14 de febrero es un día empalagoso, casi más que un 25 de diciembre, pero si en Navidad nos entregamos a la fiesta y al deseo sincero de paz y felicidad para con todos nuestros seres queridos, no encuentro qué mal puede hacernos comprar un detallito a la pareja y acurrucarnos de noche en el sofá (lo de salir a cenar a un sitio bonito, este año mejor no, que tenemos la excusa perfecta: crisis) a disfrutar de una de esas películas pensadas en expreso para la ocasión.
Así que si se trata de escoger algo que ver en una velada hogareña con nuestra coneja o conejo de turno, hay una historia que nunca falla, amigos, la de Romeo y Julieta. El amor de esta pareja universal es el amor impulsivo de la adolescencia, el que entra por los ojos como un torbellino; la tragedia que los separará en vida, una mezcla de malentendidos, fatales coincidencias, lealtades sociales y obligaciones diversas es lo que hace grande a este drama, porque quién no ha comprobado alguna vez, con dolorosa decepción, que a menudo el amor en sí no es suficiente, y que puede colisionar con cuestiones más mundanas que lo asfixiarán sin remedio.
Más de cuatro siglos de aplausos y lacrimales irritados avalan las aventuras y desventuras de los amantes de Verona, hasta que cierto invento maravilloso fue un paso más allá y capturó a los dos jóvenes primero en blanco y negro y luego a todo color. En cine ha habido de todo. Adaptaciones más o menos canónicas, interpretaciones libres y hasta algún que otro disparate. Si os apetece, a continuación repasaremos algunas de ellas, que no todas, porque raro es el país en cuya cinematografía no exista una o más versiones de la obra más popular del bardo.
En 1936, la Metro Goldwyn Mayer le producía a George Cukor, cuyo éxito más reciente había sido precisamente otra filmación de un texto célebre (
Mujercitas, de Louisa May Alcott), esta versión de
Romeo y Julieta.
Con guión de Talbot Jennings y con un sólido reparto, la película, ya desde el primer minuto, con un primoroso
dramatis personae de los integrantes de la trama, deja intuir por qué derroteros marchará el resto del metraje. No hay lugar para la sorpresa, ni es aconsejable esperarla, porque esta versión de Cukor respira a viejo Hollywood en cada uno de sus fotogramas. Ese reconocible sabor no impide que se perciba cierta frialdad en su fondo, paradójicamente, producto del mismo modo de entender el cine que llegó con el apogeo de los grandes estudios y el
star system.
Resulta un verdadero esfuerzo (y os invito a hacer la prueba), experimentar empatía con los momentos más intensos de la pasión que sacude a Romeo, a Julieta y a los amigos y parientes de ambos, cuando la media de edad en aquel plató no debía bajar de los cuarenta años y se notaba de manera escandalosa. Es tan chocante como cuando un grupo de niños simulan ser adultos en una función escolar. Para más inri, los diálogos son declamados con una sosería de juzgado de guardia.
La considerable madurez de los actores se aliaba en algunas secuencias con los anodinos decorados y los esmirriados exteriores, con el vestuario, demasiado licencioso y recargado, y con una duración excesiva que acusaba su recibo al ritmo de la película. Y es que tras el destierro de Romeo (Leslie Howard) a Mantua por la muerte de Tebaldo (Basil Rathbone), ni el espeluznante malentendido que se despliega a continuación, el famoso quinto acto del libreto, ni los minutos que anteceden al desenlace, evitan esa bajada de intensidad en la narración.
Leslie Howard, con su cara habitual de zangolotino alelado, daba la réplica a Norma Shearer, una casta Julieta, pero el rey de la función es sin duda John Barrymore (el abuelo borrachín de Drew Barrymore), con su pendiente canalla colgando de una oreja y su hábil manejo del florete; el único que parece interiorizar su papel y soltar sus frases con algo de gracia y salero. Es un goce ver a este actor desenvolverse sin problema alguno con un personaje secundario tan agradecido como es el mejor amigo de Romeo. Las escenas de duelo a muerte en la plaza céntrica de la ciudad y su soliloquio sobre sueños y fantasías son de lo mejor del film.
Y llegados a este punto habría que comentar el espinoso asunto del doblaje, a propósito de las pequeñas trabas que impedían sumergirse del todo en la película. Porque si además añadimos el factor de las voces grabadas en los tiempos en que nuestra nación iba a dividirse en dos, en una esquizofrenia bélica y disparatada que atendió al nombre de guerra civil, pues ya ni os cuento. Aunque esas voces del ayer puedan tener su mohíno encanto, si le vais a dar una oportunidad a este
Romeo y Julieta de George Cukor, en beneficio de optimizar la experiencia, yo os aconsejaría que lo hagáis en v.o.
Os dejo con un vídeo de muestra, el asalto nocturno y alevoso de Romeo al balcón de Julieta:
En contraposición al rígido y estirado montaje de Cukor, esta adaptación de Zeffirelli sí que rebosa vida y autenticidad por los cuatro costados.
Si lo que pretendían sus responsables con este
Romeo y Julieta era dinamizar la tragedia de Shakespeare sin renunciar por ello al clasicismo de la trama original, desde luego lo lograron. Los personajes corren, gritan, luchan y aman en bellos parajes naturales de la Italia central, cuando no en interiores de palacetes y edificios públicos que no delatan en ningún momento el trabajo de localización y atrezzo, que permanece invisible, como debe ser. El vestuario, de Danilo Daneti, alude más a la moda imperante de la época medieval que la aproximación artística y fantasiosa de la versión de George Cukor, y es fácil distinguir a menudo en la película faldones y velos sucios o chaquetas y capas gastadas por el uso diario.
Pero el
Romeo y Julieta de Zeffirelli merece ser recordado y disfrutado más allá de elementos aislados como la banda sonora, la puesta en escena o sus paisajes y decorados, porque todo el conjunto da un precioso e impecable envoltorio para una visión de la historia que emociona a todos los niveles. Y contribuía a esa emoción contagiosa la envidiable juventud de la pareja protagonista, que no coincidían en la edad exacta con los pubescentes novios originales (como tanto se pregonó durante la promoción de la película; los dos chicos del mito en el que se inspiró el dramaturgo inglés no pasaban de los trece años), pero estaban muy cerca de ella. Olivia Hussey, guapa a rabiar, tenía sólo quince años en 1968 y su
partenaire en la ficción, Leonard Whiting, dieciocho. Ambos ofrecen una excelente interpretación, probablemente una mezcla de talento nato y concienzuda dirección de actores, pero sobre todo insuflan una gran verosimilitud a sus personajes. Los besos son apasionados, las cabriolas y muestras de alegría parecen hasta espontáneas (ese Romeo balanceándose en la rama de un árbol, como un macaco ebrio de felicidad) y los llantos y lamentos, hondos y sentidos.
Por primera vez en una gran producción la cámara muestra a los amantes semidesnudos a la mañana siguiente, en una escena rodada con exquisito buen gusto y que destila una ternura y un erotismo que traspasa la pantalla. La jornada más completa e íntima de sus vidas será también la última que disfrutarán juntos, y Zeffirelli carga su mejor arsenal registrando la situación, beneficiándose de los aires de liberación sexual que circulaban por Occidente y que hicieron posible imágenes como la de la captura de abajo:
En la cama con una madonna.
El resto del reparto, esos personajes que orbitan alrededor de los dos jóvenes, cumplen con su cometido con demostrada solvencia. Hasta el anodino Michael York, un tipo que siempre asocio a un estomagante cine setentero de coproducciones internacionales, está aquí soberbio como Tebaldo, y su enemigo más guasón, Mercucio, era John McEnery, también magnífico.
La impresión más aguda revisando el Romeo y Julieta de los años sesenta es que los responsables, con Franco Zeffirelli a la cabeza, estaban empeñados en absorber todo lo que de verdadero y universal contiene el libreto de Shakespeare y hacer énfasis en ello. De ahí el subrayado musical en el baile de máscaras de los Capuletos, con un trovador entonando el tema principal de la banda sonora de Nino Rota, ese
What is a youth que anticipa y resume todo lo que sucederá a continuación: la fugacidad de la juventud, la impetuosidad de los sentimientos, el amor como una fuerza más de la Naturaleza, que del mismo modo que nos mejora y nos completa también puede, mal encauzado, perdernos para siempre. Idea que desarrollaría más adelante Zeffirelli en
Amor sin fin, en 1981, un melodrama que podría describirse como el reverso tenebroso y patológico de este Romeo y Julieta.
En programa doble con la versión de 1936, la de 1968 resulta idónea, porque la segunda es como un cálido baño que limpia la cursilería y el amaneramiento de la primera. Claro que si lo que buscamos es la misma sensibilidad pero con algo más de riesgo y espectáculo, entonces tenemos que irnos a 1996.
Toda generación debería tener su
western, su héroe de acción, su asesino de masas y su Romeo y Julieta. Y en nuestro caso, uno de esos huecos vino a cubrirlo el australiano Baz Luhrmann en 1996, con una deslumbrante adaptación que las jovencitas de medio mundo no tardaron en apropiarse para sí, más con carácter retroactivo (tras la consagración definitiva como galán de Leonardo DiCaprio vía
Titanic) que en su momento de estreno y exhibición. Pero que las miles de carpetas de instituto de secundaria decoradas con afiches y recortes de revistas no os echen para atrás: este Romeo y Julieta es también nuestro y a medida que pasan los años, que le sientan de maravilla, el film de Luhrmann demuestra que vino para quedarse.
Una de las sandeces que más oí en su día fue “Si Shakespeare levantara la cabeza…”, con variaciones como “Esto lo ve Shakespeare y vomita” o “Vaya patada a la verdadera obra de Romeo y Julieta”. Y en boquita de personas que no habían abierto un libro en su vida y que lo más cerca que habían estado del teatro era en casa, viendo Estudio 1 en TVE.
Si un Shakespeare zombi volviera de la tumba en nuestros días, suponiendo que le diera por perder el tiempo revisando las adaptaciones de sus obras en los nuevos medios de expresión artística como la televisión o el cine, seguro que la última versión de Romeo y Julieta de la que esperaría sopor, reiteración y sentimentalismo acartonado, sería la de Baz Luhrmann, y estoy convencido de que sus putrefactas manos aplaudirían con entusiasmo en más de una ocasión.
Con un presupuesto de unos quince millones de dólares y rodada a caballo entre California y México, Romeo+Juliet llevaba el drama hasta nuestros días, sustituyendo espadas por pistolas personalizadas, leotardos y blasones por camisas hawaianas y zapatillas deportivas, y mostrando una Verona de ensueño, estival, costera, calurosa y urbanita, un híbrido imposible entre Los Ángeles y Río de Janeiro.
La historia es la misma de siempre, muy fiel además, con pequeños y afortunados cambios (ese Romeo pastillero, ese Mercucio negro, de sexualidad más ambigua que nunca). Lo que hace especial a esta película es cómo de sencillo conecta con el espectador, máxime cuando tan poco hay de simple y convencional en su realización. Imágenes nerviosas y aceleradas, ruido orquestado, furia y música pop no parecen precisamente los elementos más idóneos para llevar a buen puerto una historia de amor tan clásica, pero que me aspen si no funciona.
Pídele sus alas al Amor, que de las drogas me encargo yo.
El
Romeo y Julieta del esteta Baz es una peli arriesgada, nacida en el seno del Hollywood más industrial y conservador, que podría haberse dado el batacazo padre en taquilla. El director australiano trasladó su visión de la tragedia de Capuletos y Montescos sin demasiadas interferencias, pero más allá de exquisitos juegos con la cámara y de las filigranas en la mesa de montaje, de una voz autoral disimulada por pura prudencia (mesura desdeñada en
Moulin Rouge unos años después, para regocijo de los que lo flipamos con ese musical lisérgico y delicioso), lo cierto es que queda un hermoso drama romántico que, como decía más arriba, merece ser tomada como hija lista y aplicada de su tiempo; la novia fílmica moderna, con carácter y encantadora, que puedes presentar con orgullo a cualquiera. Nuestro Romeo y Julieta generacional.
Otras parejas de amantes con mal sinoAbramos un espacio donde colocar los trasuntos de tragedia isabelina cinematográfica menos ortodoxos. Y empezamos con…
La metaficción, el humor y la recreación histórica llegaba a nuestras pantallas con esta premiada comedia romántica que mostraba al dramaturgo abocado a un amor imposible con una dama de alcurnia, situación que sería aquí fuente inspiradora de sus mejores versos. Un brillante largometraje, de una exquisita sensibilidad, que además ahonda en aspectos marginales pero siempre presentes cuando del mito de William Shakespeare se trata. La sospecha de un segundo autor, no tanto como negro literario sino como colaborador ocasional no acreditado, recae sobre
Christopher Marlowe (Rupert Everett).
También la película de Madden se hace eco de la agitada vida sentimental de Shakespeare o de la costumbre en el teatro de la época de otorgar a hombres de voz aguda los papeles femeninos de las representaciones.
Discreta vuelta de tuerca al concepto West Side Story, pero sin canciones y acentuándose más el componente racial en la trama.
El cartel y los taglines promocionales del mismo son como para echar a correr sin mirar atrás. Tampoco la historia era una adaptación oficial de Romeo y Julieta, pero por ahí andaba, con un guión firmado por Nicholas St. John, que ya por entonces empezaba a ser un habitual en el equipo de Abel Ferrara.
Tony (Richard Panebianco), era un italoamericano enamorado de una chica asiática, Tyan (Sari Chang). Sus amigos pertenecían a bandas rivales y su amor quedaba marcado por la violencia y las calles de un Nueva York ochentero sucio, oscuro y peligroso, con un alto índice de criminalidad y delincuencia.
China Girl no es de lo mejor de Ferrara ni la más destacable de esta pequeña galería, pero como testigo de una Gran Manzana azotada por las bandas y la droga es sin duda un curioso documento audiovisual.
Hasta las oficinas de Kauffman debió de llegar una llamada de algún amigo comentando que la Fox preparaba una adaptación de Romeo y Julieta y los de la Troma no se lo pensaron dos veces a la hora de subirse al carro.
Resultado: la típica barrabasada de mal gusto marca de la casa. En la Troma, la cutrez y el exceso (predecible y casi de manual) no es el medio, sino el fin en sí mismo.
Lo mejor de esta versión: Lemmy de los Motörhead ejerciendo de presentador de la función, un Romeo pajillero adicto a los CD-Rom pornográficos (1996, lo “multimedia” y lo “interactivo” se tradujo en penosas aventuras gráficas y discos X con vídeos de imagen granulada), una Julieta con miedo al sexo aliviada por su ama lesbiana y algún que otro golpe cómico si hemos sido capaces de resistir la primera media hora de visionado. En serio, casi mejor Montoyas y Tarantos.
Un remake (como si hiciera falta) de
Los Tarantos, de Francisco Rovira Beleta, que a su vez se basaba en la popular pieza teatral de Shakespeare, con ramalazos lorquianos de propina.
Montoyas y Tarantos fue una de esas cintas que los adolescentes de la época alquilábamos de buena fe para entretener a los más mayores de la casa, pero os puedo asegurar que esta basura de risible folclore testicular entraba y salía de los videoclubs con la misma demanda que los títulos más punteros del momento. Y esto, por descontado, es otra prueba más de que Romeo y Julieta funciona siempre, por muy concreto y tribal que sea su contexto.
Desde la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España presentamos en su día este bodrio a los Oscars, a ver si repetíamos la jugada como en 1962, salíamos nominados de nuevo y de remate arañábamos una estatuilla. Cosa que no llegó a suceder, y me alegro, porque si no, habríamos tenido que soportar diarreicas reposiciones anuales en televisión.
La preocupación social que despertaban las peleas de pandilleros en las calles de las ciudades estadounidenses inspiró a los creadores de
West Side Story, y donde había Montescos y Capuletos odiándose con ferocidad, Leonard Berstein, Ernest Lehman y Arthur Laurents metieron a dos bandas de delincuentes,
Sharks y
Jets, que manifestaban sus sentimientos a través de canciones coreografiadas con taconazos, piruetas, saltos y un ritmo del demonio.
Natalie Wood y Richard Beymer daban vida a la pareja surgida del odio entre enemigos irreconciliables y Rita Moreno, esa bomba con piernas, era Anita, una especie de Rosalinda descocada e insolente que
se comía la pantalla cada vez que le daba un meneo a los volantes de su falda.
¿Qué os voy a contar de este pedazo de musical que no sepáis ya? Que es una aspirina para el alma, un tónico milagrero que lo cura todo.
Romeo debe morir (
Romeo must die), de Andrzej Bartkowiak, 2000.
Con Joel Silver en la producción, que el protagonista no se llame siquiera Romeo, que su Julieta sea la hija de un
gangster y que todo se reduzca a violencia gratuita a cascoporro, exagerados combates con cables invisibles y tiroteos con semiautomáticas no sólo es lo más normal del mundo sino que además no podría haber sido de otra forma.
Cogida muy por los pelos, ya que aquí poco Shakespeare hay,
Romeo debe morir era un producto diseñado para el lucimiento de Jet Li (todavía amortizando la fama que le proporcionó ser el villano de
Arma Letal 4). Acompañaba a Li la desaparecida Aaliyah, esa guapísima cantante que moriría poco después al estrellarse la avioneta en la que viajaba por las Bahamas.
Y eso es todo. Espero que os haya gustado.