Oscar 2012, una aproximación


Llegué un poco tarde a la alfombra roja, pero con bastante tiempo como para constatar que nadie se salió de la norma este año: ellos de pingüinos, ellas impecables, con trajes muy clásicos y peinados en consonancia. Mi favorita, Olivia Wilde, con un aire a lo Audrey Hepburn que no le sentaba nada mal a esa cara de vicio suya.

La ceremonia arrancó bien, con un Billy Crystal sembrado ("Nada puede aliviar mejor la crisis que ver a millonarios entregando estatuillas de oro a otros millonarios"), que cantó, bromeó y dio paso a los dos primeros premios de la noche, que se entregaron a la velocidad del rayo, los correspondientes a Fotografía y Dirección Artística.

Poco después hubo uno de esos montajes preciosos sobre "la magia del cine" y Crystal alabó la experiencia completa de ver una película en una gran sala, no en las nueve pulgadas de un teléfono móvil o dispositivo similar. Y no pude estar más en desacuerdo. Entre el espectáculo de un cine y la pequeñez guerrillera de un smartphone, existe toda una manera de disfrutar la cinefilia, sin prescindir por ello de una calidad mínima. Ahora, ya no imitas el cine en casa, como en la época del vídeo. Ahora es que metes un pequeño cine en tu casa. A todo trapo, con pantallazo de cagarse la perra, en alta definición y con sonido envolvente. Y del mismo modo que ya no echo de menos las recreativas cuando juego en mis consolas, tampoco añoro "la magia de la sala oscura". De hecho, odiaba compartir una película con desconocidos. Detestaba la sobreactuación del público, los ruidos, los olores dulzones de las chocolatinas y las colonias, los comentarios a media voz (para que se oyeran bien) y los zombis meones, variedad de no-muerto caracterizada por su incontinencia urinaria, su torpeza y el uso de un lenguaje elemental antes de atacar ("Perdón", "Con permiso", "Disculpa" o "Cuidao"). Creo que aún queda magia en las salas de cine, claro que sí, pero es una magia que dejó de hechizarme hace mucho tiempo. En la actualidad, este aprendiz de brujo vuestro se monta el caldero en casa todas las noches.

La gala continuó a toda pastilla. Si no fuera por los cortes para publicidad, todo habría concluido en una hora y media. Tras el Oscar al Mejor Sonido hubo un número musical a cargo del Circo del Sol, bonito, aunque cuando acercaban las cámaras a un par de acróbatas, aquello recordaba al funesto Tú sí que vales.

Dos parejas presentadoras destacaron sobre el resto, Ben Stiller y Emma Stone por un lado, Robert Downey Jr. y Gwyneth Paltrow por el otro.

De los breves discursos de agradecimiento, destacaría el de Christopher Plummer y el de Meryl Streep. La Streep bromeó sobre su premio, sobre la previsibilidad del mismo y el hartazgo que puede producir ella en los demás cuando es premiada. Pero considerando que no le caía una estatuilla desde 1982, que lo ha merecido con creces desde entonces por Memorias de África, por Tallo de hierro, por Adaptation (ahí estaba espléndida) o por Los puentes de Madison, que es una institución viviente, el espejo modélico en el que se miran miles de jóvenes actrices, pues no me parece a mí que su Oscar necesite ser disculpado, ni siquiera en clave de humor.

Olé al Oscar técnico de Douglas Trumbull, otro de esos nombres que para mí son tan especiales como para un niño las palabras "Disney" o "Playstation".

Como no hubo una catástrofe terrorista en Nueva York, Woody Allen siguió a lo suyo, tocando el clarinete y pasando tres kilos del evento, pese a que se llevara un premio por Midnight in Paris. Bravo por ti, Wild Man Blues.

El momento In Memoriam no deparó sorpresas. Cierto que desde el auge de Internet estamos más al tanto de las defunciones célebres, pero raro es el año que no me pillan con la guardia baja. Y sin embargo esta vez no exclamé ningún "Oooh, hostia puta".

En general, una gala sosa, "desapasionada", como describiría Redrum en Facebook, más austera que la del año pasado y muy en su sitio, enfilada, cronometrada y vigilada como nunca. Ni una sola anécdota digna de mención, ni un invitado que se saliera en lo más mínimo del guión. Al menos en el 2011 tuvimos a Kirk Douglas comportándose como un irritable (y adorable) viejo verde.

Y por último, mi quiniela fue un desastre. Sólo acerté siete premios. O estoy perdiendo facultades o los Oscar ya no son tan previsibles como hace un par de décadas, cuando bastaba apostar a la peli con más nominaciones para dar en la diana. 

3 comentarios:

fiona dijo...

A mí esto de que se haga de domngo a lunes me mata, antes quedaba con mis amigos a verla, cargados de comida y cervezas, pero de eso hace mucho, ahora me conformo con ver las fotos de los trajes al día siguiente y enterarme de cuantos he acertado...te gano, acerté 9...jajajaja

1besico!

Insanus dijo...

Claro, normal. Yo puedo ver las galas sin problemas últimamente, pero he hecho de todo: ir medio dormido a un examen de conducir (y suspenderlo), faltar a clase, ir al curro después, etc.

Olé! Antes clavaba mis quinielas. Mi prima Irene te puede dar fe, pero es que ya no doy una.

Gracias por comentar.

redrum dijo...

Ni quiniela hice ya... cada año son más aburridos y, peor aún, previsible.

Un saludo!