Las últimas palabras de Rodrigo Hernández


Se le acusaba del asesinato de Susan Verstegen en 1994. Los investigadores encontraron en 2002 ADN del homicida en una base de datos. Le solicitaron a Rodrigo una muestra genética como condición para otorgarle la libertad condicional por otro delito no relacionado. El reo accedió (astuto como una ardilla él) y la fiscalía se encontró con una confesión biológica por escrito. No parece uno de esos casos donde existan dudas razonables.

Pero como siempre, a mí de toda esta historia lo que me atrapó fue lo menos relevante del asunto: las últimas palabras del condenado. Cuatro frases que repitió una hermosa presentadora del Canal 24 horas, con esa entonación tan de telediario, y que hacía que las últimas palabras de Rodrigo adquirieran, de inmediato, una capa de desgaste y una negra comicidad. Mientras cabeceaba rumbo a lo desconocido dijo:

1.- "Todos somos Dios". No, sólo somos fango insignificante, pero comprendo ese estallido de mesianismo bobalicón. Tu vida ha sido tan atroz, caótica y estúpida que ni podías imaginar que te aguardaba tanto dolor y tanto absurdo cuando tenías diecisiete años y un mundo de posibilidades se rendía a tus pies. 

2.- "Estoy listo". Aceptación, calma. Lo respeto. Respeto eso. Aunque dudo que Rodrigo entrara en modo relajación por voluntad propia. El cerebro, desbordado, actuaría por su cuenta. Te van a poner el combinado de drogas definitivo, el que cualquier yonki de bien rehusaría con la más mellada de sus sonrisas, y no se ha producido la llamada telefónica peliculera que esperabas. Basta ya de esta presión infernal en el pecho, al carajo con la ansiedad. "Estoy listo", ordenó el telar encantado. "Y toma, paladea esta copa de dopaminas y endorfinas. Invita la casa por motivo de cierre".

3.- "Me voy a dormir". Pero... la esperanza es lo último que se pierde. "¿Y si ese libro de Paulo Coelho que me prestó Billy está en lo cierto? ¿Y si el universo conspira para ayudarme?, ¿y si todo es un sueño? Quizás una siesta, sí, y cuando despierte estaré en casa. No voy a morir, sólo voy a dormir un rato". Porque no me imagino yo a este sujeto de metáfora fina con la muerte. Que a lo mejor sí, y en un destello de sabiduría se cargó a Calderón: lo que sí es sueño (comatoso y eterno) es diñarla. Y no conocemos nada más real que estar vivos, qué coño.  

4.- "Nos vemos luego". Me inclino, otra vez, por la esperanza. Incluso si tiramos por la vertiente más espiritual, surge de nuevo el instinto de conservación. "Yo no acabo aquí. Mi historia sigue y os veré a todos en el otro lado, como seres de luz libres del pecado, la culpa y la pena". Muy bien, pero no te olvides de buscar a Susan y preguntarle qué opina ella de ir volando por esos planos dimensionales hecha un fósforo veloz, incorpórea a la fuerza, con lo tranquila que estaría la muchacha aquí abajo.

Pero no quiero terminar de una manera tan expeditiva. Este tío, ante los hombres, ha pagado por lo que ha hecho. Y aunque su muerte ha sido más dulce que la de su víctima, se encontró ajusticiado por el estado, como en uno de esos programas televisivos sensacionalistas que lo acompañaban en sus noches de sofá, tacos, cerveza y porros.  Así que... fin, ¿no? Por mí, que descanse en paz.

2 comentarios:

MrMierdas dijo...

Ya lo digo yo... Que arda en el infierno este hijo de la gran puta!

Gran post!!!

Un saludo!

Insanus dijo...

Gracias. Desde el 94 para acá ya debió hacerse una idea de cómo era la condenación. Y al final, pagó. Aquí caen 10 ó 20 años y no se cumplen íntegros.