El arte de Canción de hielo y fuego, vol. 2


Los Baratheon

En el apéndice de Juego de tronos mencionan que es la más joven de las Grandes Casas. Parece un dato baladí, pero en Poniente, donde todos los nobles presumen con orgullo de sus ancestros y de su sangre azul, que el poderío de los Baratheon provenga principalmente de la guerra y las conquistas condiciona a sus miembros más destacados, ansiosos por demostrar que son dignos de respeto y honores.

Robert (Our is the fury, de gianmac)


¿Conocéis esa gilipollez de frase hecha de "Cuidado con lo que deseas porque..."? Es mentira (y de la peor clase de mentira, la bañada en un sustrato doctrinario de conformismo). Siempre da gustazo obtener lo que deseas, siempre, aunque sea un placer efímero o inferior a lo calculado. La trampa consiste en que una vez alcanzada tu meta, ya nada te entusiasme con la misma pasión. A nosotros no nos ocurrirá nunca. Somos los hijos de la televisión y el cine: nuestra ambición no conoce límites. Pero ocupad por un segundo el orondo pellejo de Robert Baratheon, un guerrero nato que ha luchado toda su vida con un único objetivo: doblegar a sus enemigos y reinar en Poniente. Y un día va y lo consigue. Robert descubre que gobernar es un coñazo, que era más feliz en el campo de batalla. Ahora que es rey, no se ilusiona con ningún nuevo reto. Delega responsabilidades en sus cortesanos y dedica todas sus energías a las orgías y a la caza.

Robert es decadente, despilfarrador, dionisíaco y un completo botarate. Pero el pueblo le adora y yo también. Este dibujo de gianmac es casi caricaturesco, excepto en el rostro, que todavía conserva la fiereza con que George R. R. Martin describe a este gigantón en sus años mozos.

Stannis (Stannis, de Sir-Heartsalot)


Señor de Bastión de Tormentas, hermano de Robert. Disciplinado y austero, de apetitos frugales, tanto en la cama como en la mesa. Ni siquiera se viste con la exquisitez inherente a su cargo. Inteligente, reservado, parco en palabras. Nunca actúa en caliente, nunca deja aflorar sus emociones. Sería un gran rey, pero nadie lo ama. Los caballeros de Robert darían la vida por su señor, los de Stannis... o saldrían por patas o negociarían una rendición ventajosa.

Se le perfila alto, flaco, calvo, de cara enjuta y mirada severa. Yo no puedo evitar imaginármelo clavadito a Bill Nighy (esas jugarretas de una mente peliculera) en Underwold, pero la visión de Sir-Heartsalot es mucho más exacta.

Renly (Renly Baratheon, de serclegane)


Renly es un "caballero del verano". Así lo describía Cat cuando lo veía por primera vez, disfrutando de un torneo y un banquete en compañía de sus vasallos. Renly ha llegado al decimosexto día de su nombre sin experimentar los rigores de un largo invierno. Es guapo, es valiente, es joven, sabe gastar su dinero entre los mejores herreros y modistos de Altojardín y ofrece una gallarda estampa. Es lo más cercano a una estrella del pop en este mundo medieval de fantasía. Ha heredado el don de gentes de Robert y todos caen rendidos a sus encantos. Su optimismo es de naturaleza contagiosa.

Segundo trabajo de serclegane que aparece en esta serie de entradas.

Varys (Varys, de En-Taiho)


Varys sirve a la corona, y la corona, de momento, es de los venados. A él le gusta afirmar que sirve al reino, independientemente de quién se siente en el trono. Varys es un eunuco que hace las funciones de servicio de inteligencia en la corte. Es una especie de afeminado jefe de la CIA al que nadie puede esconderle ningún secreto. Dirige una extensa e intricada red de informadores, a los que él llama sus "pajaritos". Ha llevado la paranoia a Poniente. Por él, las callejuelas, los prostíbulos y las tabernas tienen orejas. No es de extrañar que cuando se trata de asuntos importantes, las conversaciones se mantienen en lugares reservados y solitarios.

Un personaje fascinante, tanto como Tyrion Lannister. A En-Taiho también le encanta Varys.

Petyr Baelish (Petyr, de mary-chan)


Si Varys era la CIA del rey, entonces Petyr es el asesor financiero y el broker. Un curioso personaje. De por sí, no posee grandes extensiones de tierra, ni dispone de un ejército propio, pero la habilidad de Petyr es su facilidad para conseguir dinero, incluso cuando las arcas están vacías. Especula en los mercados, compra barato y vende caro, presta por aquí y cobra por allá; está relacionado con los capitalistas más influyentes de los Siete Reinos y las Ciudades Libres y da la impresión de que el oro brota por donde él pisa.

Mary-chan no ha olvido ponerle a su Petyr esa barbita de chivo que a él tanto le gusta mesarse.

Los Tully

Dominan Aguasdulces y el Tridente, que es el paso al norte y al sur de Poniente. Mediante un complicado sistema de canales, presas y compuertas, los Tully pueden hacer crecer los ríos e inundar todos los vados naturales. Además, los puentes están protegidos por torres de arqueros y se cobra peaje por cruzarlos. Sólo con esta vía de ingresos los Tully obtienen una considerable renta, pero los ríos proporcionan también pescado y nutren la tierra con sus sedimentos, de manera que se benefician de cosechas extraordinarias.

Walder Frey (Frey, de Sir-Heartsalot)


Vasallo de Lord Hoster. Los Frey dominan el cruce y Walder es un vejestorio malhumorado con una numerosa familia que piensa que lo insultan cada vez que los hijos de los señores de otras casas rechazan a sus hijas para los matrimonios de conveniencia. Y algo de razón lleva, el pobre hombre, un rústico venido a más que no termina de ser aceptado por la elitista clase alta de Poniente. Sin embargo, Walder ocupa un enclave estratégico fundamental en tiempos de guerra. Y cuando los tambores y los cuernos suenan, de repente las chicas Frey ya no les parecen tan gordas y peludas a los reyes y príncipes en edad de contraer nupcias.

Me gusta Walder. Walder es la burguesía rural, el Jaume Canivell de Canción de hielo y fuego. Sir-Heartsalot lo ha dibujado en el mismo estilo cartoon que a Stannis, y creo que le ha quedado precioso.

Lysa (Lysa Arryn, de SiriusBlack985)


Hermana menor de Catelyn, casada a la fuerza con Jon Arryn, antigua Mano del Rey. Catelyn se enamoró de su marido norteño, pero Lysa no tuvo esa suerte. Jon era un hombre muy mayor, que casi podría ser su abuelo. Por si fuera poco, Lysa también fracasó en la tarea de darle un heredero sano a Jon. Sufrió varios abortos y cuando logró concebir un hijo, éste resultó un chaval delicado y propenso a las enfermedades. Lysa ve enemigos por todas partes y sólo se siente segura en el inaccesible castillo de Nido de Águilas. Su capacidad bélica, sin ser de un potencial decisivo, podría influir en la guerra que se desata en estos libros, pero ella prefiere mantenerse neutral en su refugio de las montañas.

La expresiva Lysa de Sirius me recuerda un poco a Marisa Berenson en Barry Lyndon.

Edmure (Trebuchet, de cabepfir)


El heredero de Hoster Tully y próximo Señor de Aguasdulces. Edmure ha crecido a la sombra de un gran hombre, Lord Hoster, y se desvive por demostrar su valía como gobernante y como militar. Es un buen chico y amigo de los Stark, pero no parece ni la mitad de preparado que su padre.

No abundaban los retratos de Edmure en Deviantart, así que me quedo con este dibujo de cabepfir, pese a que Edmure es pelirrojo...

El arte de Canción de hielo y fuego, vol. 1


Este subgénero del libro sobre el libro siempre me ha tocado la moral, aunque no sea más que otra manera válida de esquilmar a quien quiera pagar por la cosa que se ofrezca en cuestión. Con Canción de hielo y fuego ya lanzaron coleccionable de cartas, serie de televisión, juego de mesa, tebeos y me extraña que aún no hayan programado un videojuego. Un libro sobre los libros no tiene tampoco por qué ser un hueco sacacuartos, y a veces hasta he disfrutado con algunos ejemplos de esta veterana forma de negocio (recomiendo el estupendo El origen de El señor de los anillos, de Lin Carter, Ediciones B, 2002).
Gigamesh publica El arte de Canción de hielo y fuego, un librito de ilustraciones de 96 páginas que cuesta sobre los 30 euracos. Será (espero) una edición cuidada, en papel de calidad, y los dibujicos estarán a la altura, pero... no me jodas, hombre, casi 5.000 pelas de las de antes.

Por otro lado, este libro ya existe, pero desordenado y oliendo a delicioso amateurismo. Está en Deviantart, claro, ese portal que tantos pintamonas profesionales desdeñan y ningunean, y que es el primo lejano gráfico de iniciativas tan bonitas como Lulu o Bubok.

Así que en esta entrada, que dividiré en varias partes, os presentaré un breve dramatis personae de Canción de hielo y fuego, recurriendo sólo a creaciones colgadas en Deviantart.

Los Lannister

Los Lannister siempre pagan sus deudas. Es un lema bien inquietante que puede ahogarte en oro o dar con tus huesos en una celda oscura, según la naturaleza de la deuda que esta altiva y rica familia de Poniente haya contraído contigo. Los Lannister son también agraciados físicamente, rubios y de ojos claros, de facciones estilizadas y cuerpos esbeltos. Potencian su belleza natural con los mejores tejidos de los siete reinos, con las armaduras más elaboradas y los corceles más briosos.

Lord Tywin (Tywin Lannister, por serclegane)


Señor de Roca Casterly, padre de Jaime el Matarreyes, Cersei y Tyrion. Estratega nato, guerrero calculador, frío como el acero. No distingue entre la espada y la pluma, y se jacta de ser tan buen combatiente en el campo de batalla como en los confusos dominios de la política de estado. Los conflictos que no resuelve por la vía violenta los despacha mediante pactos, tratados y convenios. Me encanta cómo lo ha reproducido serclegane, con ese aire a villano de cómic típico.

Cersei y Jaime (Dance me to the end, de Pojypojy)


No todo amor es hermoso, y el de Cersei y Jaime es directamente una abominación. Ya se abrazaban en el útero materno, e incluso de niños ansiaban una unión más profunda, como la que practicaban los animales de granja en los alrededores del castillo. Jaime no ha conocido más mujer que Cersei ni desea a ninguna otra que no sea ella. Cersei le corresponde, aunque no se prive de calentar su cama con caballeros y nobles cuando Jaime se encuentra lejos, en alguna de sus habituales campañas militares.

Son crueles, egoístas e implacables. Están dispuestos a lo que sea por hacerse con el poder, pero Pojypojy ha preferido mostrarnos el lado más íntimo y romántico de estos dos hermanos, dibujados a mano y coloreados con Photoshop.

Tyrion (The Imp, de Timmett)


Tyrion es la vergüenza de los Lannister, tan guapos ellos, tan regios. Cuando nació, Tyrion rompió el molde. Su madre murió en el parto y lo que lloró aquella noche en brazos de la septona era un bebé feo como un demonio. Los demás niños crecían, pero Tyrion no. Él era un enano, y no un enano mitológico, de barba espesa y brazos fuertes, raza que no existe en la obra de George R. R. Martin. En Poniente, si Tyrion no hubiese sido de noble cuna, habría acabado en un circo, o de bufón en la corte de algún señor. Pero su apellido y sus talentos lo colocan en una singular situación. Tyrion lee quebradizos manuscritos cuando los demás caballeros entrenan con sus espadas, observa en silencio cuando los otros hablan y cala las intenciones de los que le rodean con un envidiable ojo crítico. Hace de las burlas a su corta estatura su mejor arma. Pero lo más importante de Tyrion es que podría ser un gobernante justo y magnánimo si se le diera la oportunidad. Es significativo que el Lannister que encierra más belleza en su interior sea él, el monstruo, el Gnomo.

Timett ha incurrido en el mismo error que yo como lector: ver a Tyrion con parte de esa luz interior reflejada en su cara. Pero me quedo con su ilustración, por encima de otras más cercanas a la descripción del autor. A alguien que se enamora de sus putas en un mundo donde éstas son menos valiosas que una vaca, no nos lo podemos imaginar sin ningún atractivo.

Joffrey (His Royal Majesty Joff, de crisurdiales)


Por cuestiones de ascendencia, Joffrey tendría que aparecer como personaje de la casa Baratheon, pero este chaval es más Lannister que su mismísimo abuelo. Joff es un niño rey. Cree que su pueblo está ahí para servirle, y no al contrario. Es muy, muy guapo, y cuando el protocolo lo exige es tan encantador y gentil como un príncipe de cuento. Su maldad es pura estupidez, no hay inteligencia detrás, no de momento. No es el más peligroso de su familia, y como todavía voy por la mitad de Tormenta de espadas, no sé si su reinado será largo y fructífero o acabará pronto y de manera violenta. Pero de todos los candidatos al Trono de Hierro, Joffrey es el menos indicado para acceder al poder.

El chico de la pintura de crisurdiales guarda un notable parecido con el Hayden Christensen de La venganza de los Sith, y patina un poco en la nariz, tan ancha, y en los labios, tan gruesos, pero creo que es una buena aproximación al personaje.

Los Stark

Gobiernan el norte desde hace generaciones y dicen de ellos que por sus venas corre la sangre de los Primeros Hombres. Invernalia es el reino con más territorio de todo Poniente y hasta no hace mucho era una nación independiente, con su propio monarca, hasta que hincaron la rodilla y pasaron a formar parte de una corona conjunta.

Eddard (Eddard Stark, de DeadXCross)


Luce con orgullo el emblema de su estirpe, un lobo huargo, y es un digno representante de su casa, siempre preparándose para el invierno. Su honor es su vida, y también su debilidad. Matará por honor y morirá por honor, si es preciso. Su sentido del deber es tan firme como su concepto de la lealtad. Pero aquel viejo lamento cervantino de "Qué buen vasallo sería si tuviera buen señor" se aplica al gran Eddard, que se ve arrastrado contra su voluntad a participar en el juego de tronos sólo porque su rey, su otrora mejor amigo, se lo pide.

Me encanta ese aire ligeramente asiático que le da DeadXCross a su Ned. Le pega muchísimo.

Catelyn (Catelyn Stark, de Heguy)


La unieron con Eddard Stark, y lo que en principio era uno de tantos matrimonios de conveniencia se transformó en una sólida historia de amor. Catelyn tuvo suerte y, casada con un hombre bueno, no tardó en convertirse en una Stark más. Ella, una Tully que había crecido en el clima amable de las rías bajas de Aguasdulces, subió al norte, amó el frío, colmó a Ned de hijos fuertes y sanos y contribuyó a la educación de todos ellos.

Que las mujeres en Canción de hielo y fuego estén sujetas a un patriarcado férreo es sin duda la manera de protestar que tiene el autor ante ese tópico de la fantasía épica donde ellas no pasan de trofeos sexuales o de meros adornos con vocabulario monosilábico, porque lo cierto es que los numerosos personajes femeninos de estos libros están tan cuidados y elaborados como los masculinos. En ese sentido, el minimalista dibujo de Heguy capta muy bien esa fuerza interior de Cat.

Arya (Arya Stark, de guillemhp)


Arya es una machopingo, como dicen aquí en mi pueblo, una de esas niñas que detestan las falditas y las muñecas, y que prefieren las espadas de madera y las clases de equitación a las lecciones de música y buenos modales. No se la describe como demasiado atractiva, pero es que tampoco ella pretende serlo, ni le importa demasiado su aspecto.

Esta Arya de guillemhp puede que no sea 100% fiel al canon, pero recoge la insolencia y la rebeldía que caracteriza a la segunda chica Stark, y por eso la he seleccionado de entre todos los diseños disponibles.

Sansa (Sansa´s beautiful dress, de silycat3)


Sansa cree que la vida es una canción de gestas. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo es una niña del verano, que aún no sabe lo que es el verdadero frío (todavía no ha experimentado uno de esos inviernos infernales de varios años de duración) y que ha sido educada como una señorita de clase alta. Ser una jovencita de abolengo en Poniente es toda una profesión en sí, y la dulce Sansa es un pajarito aplicado que toca instrumentos musicales con gran virtuosismo, que conoce las rimas más populares de los bardos, que borda y cose como una experta, que sueña con tener muchos hijos y con presidir banquetes al lado de un apuesto príncipe.

Pero Sansa no es tonta, y pronto se endurecerá por dentro, cuando descubra que la guerra es muy distinta a esos torneos donde los estandartes brillan al sol y los caballeros recogen prendas de las damas antes de entrechocar sus lanzas.

El dibujo de silycat3 posee un aire a la Esther de Purita Campos, y así es como es Sansa, más o menos, una Esther del medievo fantástico.

Robb (Robb Stark, de guillemhp)


El mayor de los Stark y el heredero directo de Invernalia. Un buen chico. Su padre lo ha obligado a compartir con él tediosas sesiones de gestión y administración del reino. También ha sido testigo de cómo imparte justicia su familia. Cuando un vasallo es sentenciado a muerte, es el señor de Invernalia el que lo decapita, porque un hombre que va a morir merece ese respeto, el de "mirar a los ojos de su señor", y no ser despachado por un verdugo, como hacen los demás lores de Poniente con sus reos. De modo que Robb, antes del quinceavo día de su nombre, ya ha absorbido suficiente de Ned como para comprender que gobernar la tierra de sus antepasados es un honor, pero también una gran responsabilidad.

Recurro de nuevo a guillemhp, que vuelve a lograrlo, dotando a su Robb de esa difícil mezcla de rasgos que se da en la adolescencia, entre la niñez y el contorsionismo osteomuscular que da paso a la etapa adulta.

Brandon (Brandon Stark, de LostEwe)


Brandon, a la edad de siete años, ya trepa a alturas vertiginosas cuando nadie mira. A Bran le encanta la vista aérea de Invernalia, un paisaje que comparte con las gárgolas de piedra de los torreones y con los cuervos que anidan entre las vigas de madera. Es el segundo en línea directa con derechos sobre las tierras del norte y sólo ocupará el cargo si su padre y su hermano fallecen prematuramente o delegan en él. Pero Bran no alberga sed de poder. Sus pretensiones son sencillas: desea ser un caballero.

Precioso dibujo a lápiz coloreado con Photoshop de LostEwe, y que nos muestra a un Bran quizás algo crecidito, pero en una pose que lo define de maravilla: encaramado a un árbol como un macaco feliz.

Rickon (Rickon Stark, de guillemhp)


Demasiado pequeño para enteder qué está pasando a su alrededor. No comprende por qué las cosas no pueden seguir como antes, por qué todas las personas de su reducido y seguro universo tienen que marcharse lejos. Rickon es la ternura y el desconcierto constante de la primera infancia.

Otro diseño de guillemhp, al que no he felicitado en Deviantart porque no tengo cuenta allí. Pero mirad qué Rickon más rico se ha currado el tío.

Jon Nieve (Jon Snow, de Majoh)


Jon es fruto de Ned Stark y de una misteriosa dama desconocida. Lleva el apellido de los bastardos en Invernalia, Nieve, pero Ned no se desentendió de él y lo trató como a un hijo más, algo inusual entre los grandes señores, que apenas prestan atención a sus deslices de entrepierna, más allá de unas cuantas monedas que aseguren un modesto bienestar a su descendencia ilegítima.

Los bastardos ilustres en Poniente siguen siendo tan bastardos como los de estratos sociales más bajos, y por ley ni siquiera se les contempla en cuanto a derechos de herencia o sucesión. Esto amarga un poco a Jon, pero una conversación con Tyrion hará que el chico reconsidere ciertas posturas que creía inamovibles. Jon es uno de mis personajes favoritos de Canción de hielo y fuego, junto al enano Lannister, y me encanta cómo lo ha dibujado Majoh, ya vestido con los atuendos sobrios de la Guardia de la Noche.

Anexo a los Stark: los lobos huargos

(Game of Thrones, de Lareth)

Seis cachorritos desamparados cerca de su madre muerta. Seis huargos más allá del Muro. De alguna manera, Ned y su partida de caza oyen a Jon, cuando argumenta que parecen estar allí como regalo de la providencia, como amigos y futuros protectores de sus hijos. Incluso hay uno para él, para el bastardo, un albino de ojos rojos.

Take this waltz, Leonard Cohen


Creo que es la mejor versión en directo de las que penden por Youtube. A disfrutarla.



La letra, aquí.


Now in Vienna there's ten pretty women
There's a shoulder where Death comes to cry
There's a lobby with nine hundred windows
There's a tree where the doves go to die
There's a piece that was torn from the morning
And it hangs in the Gallery of Frost
Ay, Ay, Ay, Ay
Take this waltz, take this waltz
Take this waltz with the clamp on its jaws
Oh I want you, I want you, I want you
On a chair with a dead magazine
In the cave at the tip of the lily
In some hallways where love's never been
On a bed where the moon has been sweating
In a cry filled with footsteps and sand
Ay, Ay, Ay, Ay
Take this waltz, take this waltz
Take its broken waist in your hand

This waltz, this waltz, this waltz, this waltz
With its very own breath of brandy and Death
Dragging its tail in the sea

There's a concert hall in Vienna
Where your mouth had a thousand reviews
There's a bar where the boys have stopped talking
They've been sentenced to death by the blues
Ah, but who is it climbs to your picture
With a garland of freshly cut tears
Ay, Ay, Ay, Ay
Take this waltz, take this waltz
Take this waltz it's been dying for years

There's an attic where children are playing
Where I've got to lie down with you soon
In a dream of Hungarian lanterns
In the mist of some sweet afternoon
And I'll see what you've chained to your sorrow
All your sheep and your lilies of snow
Ay, Ay, Ay, Ay
Take this waltz, take this waltz
With its "I'll never forget you, you know!"

This waltz, this waltz, this waltz, this waltz ...

And I'll dance with you in Vienna
I'll be wearing a river's disguise
The hyacinth wild on my shoulder,
My mouth on the dew of your thighs
And I'll bury my soul in a scrapbook,
With the photographs there, and the moss
And I'll yield to the flood of your beauty
My cheap violin and my cross
And you'll carry me down on your dancing
To the pools that you lift on your wrist
Oh my love, Oh my love
Take this waltz, take this waltz
It's yours now. It's all that there is

Tron: Legacy


Título original: Tron: Legacy
Año: 2010
Duración: 125 min.
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Joseph Kosinski
Guión: Adam Horowitz, Richard Jefferies, Edward Kitsis, Brian Klugman, Steven Lisberger, Lee Sternthal
Música: Daft Punk
Fotografía: Claudio Miranda
Intérpretes: Jeff Bridges, Olivia Wilde, Michael Sheen, Garrett Hedlund, James Frain, Bruce Boxleitner, Beau Garrett, Serinda Swan, Yaya DaCosta, Amy Esterle, Brandon Jay McLaren, Elizabeth Mathis, Michael Teigen, Steven Lisberger, Owen Best

Sinopsis: Cuando Sam Flynn, un experto programador de 27 años, investiga la desaparición de su padre, Kevin Flynn, se encuentra de repente inmerso en un peligroso y salvaje mundo surrealista, un mundo paralelo donde su padre ha vivido durante 25 años. Con la ayuda de una joven (Olivia Wilde), padre e hijo emprenden un viaje a vida o muerte, a través de un sofisticado universo cibernético. Secuela del clásico de culto de 1982.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)

No sé si es por la abundancia de material lúdico disponible, por la discreta calidad general que caracteriza a tanta oferta o por la edad, que me vuelve cínico, apático y descreído, pero el caso es que puedo contar con los dedos de una mano las veces que a lo largo de un año siento verdadera expectación por una película, serie, libro, documental, disco o videojuego.

Tron fue importante para mí. La grabé en mi única cinta de vídeo (una que me regaló mi abuelo) y la vi todos los fines de semana durante meses. Reproducía el argumento con mis figuritas de acción. La encimera del piso de mi abuela era una sección del interior de un ordenador. La batidora, la torre de INPUT/OUTPUT, custodiada por Skeletor (que ya no era Skeletor, claro: era un programa de vigilancia con una cara huesuda del todo inapropiada). La freidora eléctrica era un promontorio donde vaqueros de plástico al servicio del sistema vigilaban las pistas impresas. Y mis motitos de metal con ruedas de goma eran ciclos de luz.

Pocas películas me conmocionaban tan fuerte como para que las recreara luego en mis juegos. Que yo recuerde, sólo Tron, Star Wars y Flash Gordon. Para jugar a Flash Gordon me desplazaba al balcón, que estaba lleno de geranios y matojos diversos: el escenario perfecto para Arboria. Sería algo raro ver desde fuera a mis airgamboys en las macetas, estáticos, mientras yo iba de un lado para otro adoptando distintas voces y buscando en mi bolsa un muñeco que se pareciera a una alimaña del pantano, pero yo me lo pasaba pirata.

Tron es una de esas, una de la familia. Una, además que, a medida que han ido pasando los años, no se me ha derrumbado en las constantes revisiones, que he comprado en vhs y que probablemente compre en dvd (de momento, voy tirando con un dvdrip de la edición 20º aniversario). Y el último regalo que Tron me ha hecho ya como adulto es suscitarme una gran curiosidad ante su segunda parte. Ha sido dulce esperar a que alguien colgara una buena copia, transferirla a un pendrive y cargarla en la tele vía USB con HDMI. Un procedimiento muy tronero, muy acorde al tema…

Tron: Legacy. Bien, vamos allá. La película comienza con un resumen de lo acontecido en 1982. Y del resumen se encarga un Kevin Flynn (¿cuasi Jeff Bridges?) de cabeza digitalizada (del melón doy fe, del cuerpo no lo juraría, porque podría ser de otro humano) que da un mal rollo impresionante y que canta más que la noche americana en La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos. Un viaje inmediato al Valle Inexplicable que te saca de la película nada más comenzar. Y aunque el modelado es de una gran calidad, se podría haber filmado esa escena con trucos clásicos: sólo la voz original, un tío dándole la espalda a la cámara, flashbacks retocados… Eso pensaba cuando miraba a ese escalofriante pseudohombre hablando con su hijo, lo que no sabía entonces es que minutos después me encontraría con la razón de tan cuestionable decisión. Clu, ahora el villano de la historia, era también de manufactura informática, con el careto del Jeff Bridges de principios de los ochenta. Una cosa es animar un dragón, un ogro, una batalla espacial o un falso paisaje extraterrestre y otra es simular la cara de un actor. El Flynn digital descoloca por la textura y la apariencia, y luego porque apenas cuenta con varias expresiones como recursos interpretativos: sorpresa, sonrisa golfa, ira y pucherito de tristeza. Exactamente el mismo número de emociones de las que dispone Clu. Supongo que los responsables del film notaron el pobre resultado con estas animaciones, de ahí que no abunden los primeros planos de Clu y que refugiaran a ese Flynn antinatural de los minutos iniciales en parpadeantes extractos de noticieros televisivos que informaban sobre su misteriosa desaparición.

Tron: Legacy es consciente del peso de su nombre. Tron puede que no fuera lo que Disney esperaba (menudos años aquellos, con todos los estudios fritos por producir su propio Star Wars y pariendo fantasía en cadena: El abismo negro, Krull, Cazador del espacio, Flash Gordon, etc.), pero de ahí a ese mito de su fracaso en taquilla dista un mundo. Ni fue un descalabro tan grande ni pasó tan desapercibida. Otra cuestión ya es que consiguiera ganarse en su momento, y no ahora (porque ahora todos la aman: que si visionaria, que si adelantada a su tiempo y que si film de culto), un lugar en nuestra memoria y en nuestro veleidoso corazón.

Tron me pareció mágica cuando la vi por primera vez y todavía hoy me pasma su estética pulcra y luminosa. Así que cuando volví a oír nombres como ENCOM y Clu ya estaba disfrutando como un enano, pero que en los primeros minutos de metraje Sam (Garret Hedlund) regresara a Flynn´s, fue el mejor guiño que Tron: Legacy podía hacer a su primera parte, mucho más que esos momentos en la rejilla de juegos con los gladiadores de los discos y la carreras mortales con los ciclos de luz.

Sam vuelve a Flynn´s y su aventura comienza allí, en el refugio donde su padre se quejaba de su suerte. De chaval me flipaba ese concepto de perdedor a la americana: un tío con su propio salón de máquinas y con vivienda coqueta en el piso superior (dormía arrullado por los reflejos de los neones y el sonido electrónico de las recreativas). A Sam lo desintegra el mismo láser que a su padre, pero esta vez no hay una bonita secuencia alucinógena, como hace veintinueve años. Un fogonazo y Sam ya está dentro de un sistema informático

Tron: Legacy comprende qué iba a esperar de ella un grueso importante de su público potencial. No más de lo mismo, pero tampoco nada que fuese irreconocible ni que rechazara de lleno la valiosa baza de la nostalgia, una moneda que hay que saber utilizar con prudencia. Mucho rollo nostálgico produce un efecto contrario al deseado. De modo que hay bastante Tron dentro de Tron: Legacy. Hay competiciones, programas con la cara gris (pero en esta ocasión por ordenador, que no concibo yo ya a cincuenta tíos pintando a mano los negativos), paranoides espaciales, copichuelas de rica energía y en fin, los suficientes elementos como para que los viejos nos regodeemos y los jóvenes se pongan al día. Después, la película pasa página (o refresca la pantalla) y nos cuenta la historia de una revolución digital. Sí, casi como en la primera, pero añadiendo un toque de ci-fi hardcore que me encantó: la aparición espontánea de una nueva forma de vida, los algoritmos isomórficos. Entidades completamente desconocidas que medran en la red cuando se dan las condiciones idóneas. No es una idea novedosa, y así sin pensarlo demasiado mencionaría a Jane, la I.A. libre que cuida de Ender en la saga de Orson Scott Card, y que nacía en las fecundas regiones de una red inalambrica y translumínica. También me suena de algún cuento de Bruce Sterling, pero sobre todo me apasiona que no sea tan descabellado y que a medida que nuestros sistemas informáticos se tornan más complejos aumenten esas “condiciones idóneas” que ya se establecen en Tron: Legacy.

Imaginadlo, viejos. Un día encendéis el monitor y un ser anónimo e incorpóreo, que os quiere bien y os viene observando desde hace meses, os da la bronca por consumir tanto porno y desperdiciar el resto de la tarde con el Buscaminas. No sé si nos haríamos amiguitos de semejante meapilas (ya me veo pidiéndole a Kelembor, de Las Puertas del Caos, un antivirus garantizado), pero qué terrorífico y qué maravilloso sería. Como todos los milagros.

El largo transcurre sin mayores sorpresas durante el resto del tiempo. El menú: quince minutos de alegría retro y homenajeadora, el interesantísimo planteamiento de “los isos”, una sandunguera banda sonora cortesía de Daft Punk, unos escenarios que poco recuerdan al primer Tron (esto es lo peor, la excesiva similitud entre los contornos y volúmenes del mundo real y el mundo vitual) y un desarrollo del montón.

La película es aburrida incluso en las secuencias donde no puede permitírselo, en los momentos con más acción y desenfreno. Y ya en confianza insánica, no hay ni un puñetero beso, ni uno. En Tron, dos programas descubrían las propiedades beneficiosas de un buen muerdo (que abría insospechadas y febriles vías de reflexión paralelas: ¿se les inflamarían las rutinas?, ¿les latiría a cien nanociclos por segundo el  código interno?). Aquí, tenemos a un chico apuesto custodiando a Quorra (Olivia Wilde), una Eva edénica de ojazos sesgados y... no sucede nada. Y es que Tron no era tampoco tan aséptica y fría como a veces la recordamos.

Otra secuela olvidable. El legado de este nuevo Tron ya ha sido entregado. Y mal que me pese, es una herencia débil, sin carisma, que no estimulará la imaginación de la chiquillería. No habrá otra generación esperando con ansia una nueva entrega en los cines.

Por eso, la receta perfecta para los que tenéis críos es Tron + ¡¡Tron 2.0!!

Tron 2.0 era un videojuego acojonante del 2003 de Monolith que nos hacía vivir en primera persona las penurias y gozos de un creador en un mundo lleno de programas oprimidos por un sistema operativo dictatorial. El juego mantenía todo lo que hizo grande a la película y lo potenciaba con esa interactividad envidiable que el cine jamás alcanzará. A ratos FPS, a ratos aventura canónica (con sus puzzles y sus conversaciones trufadas de pistas), a ratos juego de rol (nuestro disco de datos adquiría porcentajes de habilidades que podían ser distribuidas a voluntad, mejorando nuestra puntería, nuestro hacking o nuestro manejo de vehículos), Tron 2.0 era un sueño hecho realidad que incluía, cómo no, las inolvidables carreras con los ciclos de luz (hasta era posible enfrentarse a otros cibergladiadores en el modo multijugador). Un pepinazo de videojuego que no me pude acabar porque mi ordenador de entonces petardeaba más que la central nuclear de Fukushima. Pero ya va siendo hora de regresar, de "luchar por los usuarios". Y cuando entre, abriré la consola y saludaré con un socarrón “¡Hola, programas!”.

Adiós a Elizabeth Taylor


Adiós a esa adolescente que ni proponiéndoselo desviaba la atención de un cuerpo nacido para el pecado, a esa primera novia, a ese candor en vestido plisado con zapatitos brillantes, a Cleopatra, la única y verdadera (Angelina Jolie debería pedir perdón por anticipado), a la mujer sureña y atormentada por excelencia, pero por encima de todo, adiós a la gata sobre el tejado de zinc. Calor, copazos, pitillos, reproches y una tensión sexual insoportable hasta para los que la sentíamos al otro lado de la pantalla.

Que descanse en paz.

Internet Explorer 9


Rechazar un navegador que mejora en cada versión sólo porque es de Microsoft está tan fuera de lugar como encariñarse de otro que es más lento y consume más recursos, o ensalzar a cierta herramienta de Google que parece diseñada por un miope con mal gusto. Sin embargo, si de algo entiendo es de caprichos y manías, así que no seré yo el que os regañe por aferraros a vuestra herramienta favorita para bucear por la red (en otros países se navega y hasta se surfea; aquí, buceamos).

Pero dadle una oportunidad a IE 9, ya sea como segunda o tercera opción. No está nada mal, aunque Firefox siga por delante en la cantidad y la calidad de las extensiones disponibles.

Para descargar IE 9, click aquí (sólo Windows Vista y Windows 7). 

En cuanto salga la inminente nueva versión de Firefox os colgaré un enlace también.

Negros como la brea




Otro espectacular montaje de hh1edits, cuya obra ya conocimos un poco en Homo Insanus el pasado febrero.

Aquí tenéis la lista de los homenajeados:

Anton Chigurh (Javier Bardem in No Country For Old Men)
Don Logan (Ben Kingsley in Sexy Beast)

Max Cady (Robert De Niro in Cape Fear)
Bill the Butcher (Daniel Day Lewis in Gangs of New York)
Drexl Spivey (Gary Oldman in True Romance)
Gaear Grimsrud (Peter Stormare in Fargo)

Clarence Boddicker (Kurtwood Smith in Robocop)

John Ryder (Rutger Hauer in The Hitcher)
Captain Vidal (Sergi López in Pan's Labyrinth)
Dr. Christian Szell (Laurence Olivier in Marathon Man)

Alonzo (Denzel Washington in Training Day)
Mr Blonde (Michael Madsen in Resevoir Dogs)
Colonel Kurtz (Marlon Brando in Apocalypse Now)
Don Lope de Aguirre (Klaus Kinski in Aguirre, Wrath of God)

Zero Wolf (Raoul Trujillo in Apocalypto)
Kit (Martin Sheen in Badlands)
Norman Bates (Anthony Perkins in Psycho)

Michael Myers (Halloween)
Ray (Ray Winstone in Nil by Mouth)

Patrick Bateman (Christian Bale in American Psycho)
Aileen Wuornos (Charlize Theron in Monster)

Lord Summerisle (Christopher Lee in The Wicker Man)

Leatherface (Gunnar Hansen in Texas Chainsaw Massacre)
Frank Booth (Dennis Hooper in Blue Velvet)
Paul (Arno Frisch in Funny Games)

Harry Powell (Robert Mitchum in Night of the Hunter)

Snoop (Felicia Pearson in The Wire)
Stuntman Mike (Kurt Russell in Death Proof)

Hans Grueber (Alan Rickman in Die Hard)
Mr Blonde (2nd appearance-Michael Madsen in Resevoir Dogs)
Aaron (Edward Norton in Primal Fear)
Tony Montana (Al Pacino in Scarface)

Jigsaw (Tobin Bell in Saw)

Alex Forrest (Glenn Close in Fatal Attraction)
Nicky Santoro (Joe Pesci in Casino)

Baby Jane Hudson (Bette Davis in Whatever Happened to Baby Jane?)

Harry Lime (Orson Welles in The Third Man)
Nurse Ratched (Louise Fletcher in One Flew Over the Cuckoo's Nest)

The Joker (Heath Ledger in The Dark Knight)

Annie Wilkes (Kathy Bates in Misery)

John Doe (Kevin Spacey in Seven)

Hannibal Lecter (Anthony Hopkins in The Silence of the Lambs)

Jack Torrance (Jack Nicholson in The Shining)
Alex (Malcom McDowell in A Clockwork Orange)

El eterno recuerdo


(El cuento que viene a continuación forma parte de una antología que publicaré pronto en Bubok. Lo escribí cuando supe que Clint Eastwood preparaba un drama de fantasmitas y parapsicólogos. Le di vueltas a una idea relacionada con las ECM y la acabé desarrollando. Espero que os guste más lo mío que la peli de Eastwood, objetivo nada difícil teniendo en cuenta que Más allá de la vida es un truño pavoroso y mortífero de necesidad. Anda que si Eastwood casca y ésta resulta ser su última película, nos va a dejar contentos, el tío).

—Un infarto podría ser una cómica forma de morir, si no fuera por el dolor tan brusco y espantoso que se experimenta. Te llevas la mano al pecho y dices “Uy, uy, ¡adiós, adiós!” a los que tratan de impedir que te des de bruces contra el suelo, como si debieras abandonarles para asistir a una importante reunión de negocios. Y más tarde, cuando te recordaran, serías el que dijo “Uy, uy, ¡adiós, adiós!” antes de, efectivamente, irte al otro barrio.
En realidad habría que escribirlo con mayúsculas. El Otro Barrio. Un lugar más allá del tiempo y el espacio donde recordar tu vida anterior sería tan inofensivo como rememorar un mal sueño. Un no-sitio donde tus familiares y seres queridos brillan como Obi-Wan Kenobi cuando se hizo uno con la Fuerza, y todos te abrazan con verdadero cariño, sin importar lo que hubieses hecho en la Tierra, porque la muerte los habrá vuelto más indulgentes y compresivos con las miserias ajenas que un sacerdote borracho en un burdel. Rodeado de gente querida, con ángeles volando y toda la pesca.
Pues no. Para empezar, cuando el corazón falla te entra de todo menos ganas de gastar una broma negra. Y cuando ves el túnel con una luz brillante al fondo, eres todavía lo bastante terrenal y pasional como para experimentar cierta inquietud mientras avanzas ingrávido hacia delante.
Cuando llegué, no había nadie esperándome. No vi a mis abuelos, ni a mis tíos, ni a vecino o amigo alguno. Ni siquiera pude palmear el lomo de mis perros más queridos porque tampoco estaban allí. Por no haber, no había ni un maldito querubín ejerciendo de guía turístico para difuntos recientes. Y volví a constatar que las bajas emociones que a veces solía experimentar en vida seguían conmigo, porque me sentí estafado, desamparado, con ganas de echarle la bronca a alguien, rellenar alguna hoja de reclamaciones o poner una denuncia. Tras un instante —tampoco la noción del tiempo había quedado atrás, aunque fuese errónea por mi parte y contara yo por minutos lo que en realidad podrían ser horas o décimas de segundo—, apelé a mi lado más práctico. “Estás muerto, Gonzalo, y aunque aquí no se vea un alma, relájate. Ya aparecerá alguien… digo yo”.
La luz era prístina, muy blanca, envolvente, casi como si fuera líquida. Extendí mis manos y comprobé que aunque no podía ver mis extremidades, si podía apreciar cierto contorno en torno a ellas, de modo que me permitía un grado suficiente de corporeidad. Era, pensé, como cuando aquella zorra de Los Cuatro Fantásticos se volvía invisible en los tebeos que leía de niño, y el dibujante optaba por mostrar su figura mediante líneas de puntos.
Entonces sucedió algo. Un buen número de esferas celestes, en su mayoría del tamaño de balones de fútbol, se materializaron en torno a mí, estáticas, flotando a la altura de donde habría estado mi cabeza. Algunos de esos objetos eran más pequeños, similares a pelotas de tenis. Emitían un suave destello y sonidos apenas audibles, mas en absoluto amenazantes o desagradables. Todo lo contrario. Influían en el ánimo, porque comencé a sentirme bien casi de inmediato. Yo suponía que aquellas esferas eran seres divinos e inteligentes, pero sólo estaban allí, con su color suave y su musiquilla alegre. Me decidí a tocar una de las pequeñas, por mera precaución. Si soltaban alguna descarga o reaccionaban negativamente ante el contacto, mejor era que la que se enojara fuera una de las enanas, por si acaso. Extendí una de mis manos medio invisibles y…

... estoy en la playa, un domingo, en verano. Mi padre ha enterrado una sandía en la orilla y las olas refrescan la fruta por dentro. Mi abuelo está sentado en una silla plegable, disfrutando de un tinto con Casera bien cargado. Yo tengo la espalda roja y por eso estoy obligado a pasar el resto de la tarde bajo una caseta. En realidad, me importa bien poco el castigo, porque un tío mío me ha comprado un sorbete de naranja y unos cuantos tebeos de superhéroes. Debo de tener unos nueve o diez años y pienso con algo de malicia que los adultos son gilipollas. Menuda sentencia: a la sombra con helados y cómics por tomar demasiado sol, pese a las advertencias severas que me lanzaron al principio del día. Entonces se acerca mi abuela y me dice: “¿No estás mejor aquí, hijo?”. Me abraza y a continuación extiende sobre mi espalda una crema fresca que huele a coco. Me da un beso y se aleja a hablar con mi madre. Me ruborizo. No me castigaban confinándome allí, sólo se aseguraban de que no sufriera una insolación, con el añadido de quemaduras graves. Lamo el sorbete y me enfrasco en la lectura. Sue Storm ha activado su campo de energía y su familia se refugia en ella de la onda expansiva de una gran explosión.

Volvía a estar en esa explanada bañada de luz blanquecina, rodeado de aquellas burbujas celestes, excepto la pequeñita, que había desaparecido. Así que eso eran: recuerdos encapsulados. Deduje que habían aparecido allí por alguna especie de conexión mental con mis pensamientos, cuando miré mis manos y me recordaron a un dibujo de Jack Kirby.
Había sido una experiencia agradable. No fue rememorar un pasaje del pasado, fue volver a vivirlo de nuevo, con todo lujo de detalles. Todavía me sentía seguro y protegido, podía chasquear mi invisible lengua y paladear el sabor de aquel helado de nieve, azúcar y colorantes artificiales. Aún olía a crema solar y me emocioné profundamente ante la conjunción de personas importantes en mi vida aquella tarde. Me sentía tan niño que me debatía entre abrazar a mi abuela o terminar aquel apasionante álbum de Los Cuatro Fantásticos y besarla después a ella. Una de las esferas celestes se movió hasta situarse frente a mi campo de visión. Era de idéntico tamaño a la que había tocado yo anteriormente, así que supuse que aquella bolita me trasladaría de nuevo a esa playa, justo en el instante por donde me había quedado: el sorbete y el tebeo abierto entre mis muslos llenos de granos de arena. Tentador, pero ya había visto esa “película” y deseaba comprobar si mis suposiciones eran ciertas, si el sistema, o lo que fuera aquello, funcionaba en base a mis deseos. Así que hice una prueba. Pensé en meterla, en estar rellenando a una golfa como si fuera una morcilla de Burgos, en orgasmos intensos de esos que te vacían los huevos. Yo es que soy un sentimental, doctor. No, ahora en serio: cuando estás sufriendo o crees que has muerto, da por follar, es un hecho.
Sucedió algo bien curioso. Las esferas celestes se alejaron unos metros de mi posición y en su lugar se materializaron otro contingente de burbujas, de varios tamaños de nuevo, y de color rojo, cómo no. Emitían también sonidos, y muy estimulantes, todo hay que decirlo. Empecé a estar más caliente que el cenicero de un club de carretera. Las esferas rojas brillaban, casi orgánicas, y esta vez decidí tocar una de las grandes. Si iba a revivir una buena sesión de sexo, que fuera de las más dignas de rememorar. “Allá voy”, me dije y…

… estoy pelándomela en el cuarto de baño. Tengo unos catorce años y vengo de ver a la hija de mi vecino desnuda en la ducha. En la antigua casa de mis padres compartíamos patio y aquella tarde se me había ocurrido que podría intentar espiar a Marta, aprovechando que no había nadie ni en mi casa ni en la suya. Cuando oí cómo corría el agua, me acuclillé como un ninja empalmado y recorrí la corta distancia hacia la ventana entornada del baño de la vivienda adyacente. Asomé con precaución la cabeza, con el corazón latiéndome a cien, y pude observarla durante unos treinta segundos. Los pechos, bien formados y turgentes, los muslos brillantes, el coño negro y triangular, embadurnado de espuma. Ella hizo amago de tomar la toalla, reposada sobre el inodoro. Me oculté y luego volví a mirar. Se secaba de espaldas a la ventana, con el culo respingón y sonrosado por el efecto del agua caliente. Regresé a mi casa y me masturbé como si me fuera la vida en ello.
Pensando en las mil y una formas en las que podríamos joder aquella chica y yo, me corro entre espasmos, bizqueando como un tonto. “Y eso que es sólo una paja”, pienso, mientras me limpio las salpicaduras de semen del muslo y el bajo vientre.

“Pero mira qué graciosas las pelotitas de los cojones”, protesté mentalmente. “Quería un buen recuerdo sexual, no un paseo por mis años de onanista chimpancé”. Entonces comprendí que sólo había obtenido lo que había solicitado: un buen polvo.
Así que no descarté a las esferas rojas, pero en esta ocasión fui muy específico con mi comanda cerebral: una noche de sexo con una mujer explosiva de mi pasado. Un globo rojo de unos cincuenta centímetros de diámetro comenzó a pulsar cerca de donde debiera haber estado mi hombro izquierdo. Se expandía y contraía con insistencia, así que hundí mis dos manos en él y…

… tomo aire con verdadera necesidad. Ella se llama Gloria y los dos tenemos veinticinco años. No sé ni en qué lugar estamos; parece la habitación de un hotel. La luz de las farolas entra por una ventana y se distingue el oleaje del mar entre el sonido urbano de los coches y las motocicletas. Gloria se aplica a conciencia sobre mí, meciéndose como en un antiguo balancín de juguete. No sé hasta qué punto está disfrutando ella y si hay algo de sobreactuación en sus gemidos, pero en cualquier caso, estoy excitadísimo y no tardo en eyacular. Se tumba junto a mí y me besa. Me siento desubicado y dividido. No sé muy bien cómo he acabado allí con ella, pero decido que al carajo con la amnesia o lo que sea. Como si es un sueño, ¿qué más da? La abrazo y la beso.

De modo que las burbujas mnemotécnicas también incluían vivencias olvidadas. Me irritó vagamente haber perdido el recuerdo de aquella noche. Demasiado alcohol tal vez, no lo sabía con seguridad.
Llegué a la conclusión de que podría hacer una prueba definitiva para convencerme del funcionamiento de aquella sala blanca y sus intrigantes pelotas coloridas y sonoras. Deseé mentalmente tener acceso a todos los recuerdos de mi vida desde que tuve pleno uso de conciencia.
De inmediato, aquel lugar tan imposible de redimensionar, se reveló como una sala infinita, sin techo o suelo, sin pared alguna. Hasta donde llegaba mi campo de visión, arriba y abajo, a derecha e izquierda había cientos de miles de esferas, agrupadas, al parecer, según su espectro emocional. Podría pasarme una eternidad allí probando sus contenidos. Sacudí la cabeza y solicité que permanecieran visibles y cercanas sólo las pelotas con recuerdos amargos o desagradables. A mi pesar, eran miles las que se aproximaron levitando hacia mí, mientras las demás desaparecían. Todo un espectro de esferas violetas, grises, marrones y negras se arremolinaron a pocos metros de mi posición.
No me apetecía tocar ni una. Con franqueza: ya tuve bastante de aquella mierda en su momento. Pero debía hacerlo, para asegurarme y corroborar mi teoría. Escogí una de las esferas pequeñas, del tamaño de un huevo de gallina. Al acercarme para establecer contacto con la punta de mis dedos, oí los sonidos que surgían de ella. No eran tonos musicales, pero tenían su propia cadencia, un ritmillo horrible de ruido de bisagras, de charcas pisoteadas, de zumbidos de alas de insecto. Palpé la superficie de la burbuja y…

... creo que voy a morir de miedo. Tengo veinte años y no sé por qué peregrina razón he aceptado aquel cartoncito minúsculo bañado en LSD. Hay un momento en toda borrachera en la que no temes a nada ni a nadie y te crees inmortal e intocable. Estoy con mis amigos en una discoteca. Los cuatro van ya muy pasados de rosca y nos tomamos el ácido riendo como hienas. Poco después, veo cómo se les derrite la cara a mi pandilla de impresentables, quedando expuestas cuatro calaveras sonrientes en el lugar donde antes estaban sus rostros. Estoy convencido de que pronto me sucederá a mí y trato de huir, pero mis pies se han pegado al suelo y no puedo moverme. Armo un gran escándalo en el centro de la pista, gritando como un demente y empujando a todo el mundo. Alarmo a los tipos de la seguridad del local, que me sacan de allí a rastras hasta el exterior. Uno de mis amigos me acompaña afuera y me pide que me tranquilice.

Recordaba aquel delirio drogadicto a la perfección. Fue el motivo que me hizo alejarme de ciertas sustancias, pero la esfera me había hecho revivirlo casi en tiempo real. Y eso que era una de las burbujas más pequeñas. Un impulso mórbido casi me hizo repetir la experiencia con una esfera negra del tamaño de mi cabeza, pero desistí al instante.
Así que era cierto aquello de la película de tu vida, pero yo había imaginado el asunto muy cinematográficamente, con una veloz bobina de celuloide a modo de resumen, y luego a otra cosa más interesante. Sin embargo, la realidad, mi realidad, era bien distinta. Un lugar con una luminosidad que empezaba a ser igual de molesta que el foco del banco de trabajo de un dentista, y con mis recuerdos, desde los más nimios a los más importantes, pasando por los que ni si quiera habían quedado registrados en mi memoria consciente, encapsulados y prestos a ser ingeridos por vía tópica.
¿Y si me equivocaba?, ¿y si sólo se me otorgaba recordar porque eso es lo primero que hice al llegar a la luz al final del túnel? Tal vez sólo tenía que imaginar ir al Cielo y entonces me desplazaría de alguna forma y saldría de esta especie de limbo.
Me concentré en visualizar una idea del Cielo, pero no dio resultado. Volvieron a aparecer las malditas esferas, con sus ritmillos cadenciosos y su código de colores. Toque a un buen número de ellas, una por una, y para resumir, todas me remitieron a momentos de mi vida en los que había mencionado o pensado en el Cielo. Charlas de borracho con mis amigos sobre el Más Allá, yo apoltronado en un sofá viendo pelis de corte fantástico, otra vez un servidor leyendo algún libro de terror, incluso una tarde en el muelle, haciendo promesas de amor a una chica.
Estaba angustiado. Habría preferido el maldito retorno de Nietzsche, o qué sé yo, la reencarnación con recompensa o castigo kármico de ciertas culturas, regresar a la Tierra en forma de cucaracha —por todas las que aplasté con una chancla—, incluso un Juicio Final a lo Testigo de Jehová, en una bucólica pradera donde convivieran el león y la cebra, como en aquellos horribles folletos que encontraba en mi buzón. Pero ¿recordar?, ¿recordar todo durante toda la eternidad?, ¿hurgar una y otra vez? ¿Qué sentido tenía aquello? En vida, tal vez me hubiese resultado útil, pero muerto, a la mierda con el pasado. Despertar en el Otro Mundo y considerar la vida como un sueño, como decía aquel samurái negro en Ghost Dog. Eso es lo que habría deseado. Pero no. No estaba libre de mis pasiones y reacciones emocionales. Eso era lo que más me preocupaba, además de las esferas. Tenía todavía sentido del tiempo y el espacio, podía enojarme, excitarme y hasta experimentar miedo. Yo siempre había creído que si había algo después de la muerte, estaría relacionado indefectiblemente con la liberación del espíritu, con soltar el lastre y trascender.
Entonces me llegó un escalofrío —sí, también podía sentirlos—, me sacudió, como cuando en invierno un golpe de aire frío se colaba tras una puerta abierta. ¿Y si estaba en el jodido Infierno? O en el Purgatorio. Consideré con seriedad la idea.
Todavía estaba barajando esa posibilidad cuando sentí un gran dolor y la luz de aquella estancia se apagó. ¿Conoce esa sensación de caer en un sueño? Es divertida cuando despiertas, porque pegas un bote en la cama, como una puta habichuela mágica. Pues ahora trate de imaginar que ese vértigo momentáneo se extiende durante varios segundos. Y lo siguiente fue abrir los ojos en una ambulancia.

El doctor desempañó sus gafas con un pañuelo de papel y estudió pensativo la superficie limpia de las lentes. Apagó la función de grabación de su pequeño reproductor de música portátil.
—Bueno, sin duda es muy interesante.
—Ajá —respondió Gonzalo.
—Gran parte de su narración comparte puntos y lugares comunes con el fenómeno de las ECM, como elevarse sobre su propio cuerpo y recorrer el túnel con la brillante luz al fondo. Pero lo novedoso de su testimonio es que es ahí donde suele acabar la experiencia, cuando a los sujetos les embarga una sensación de paz y plenitud, al tiempo que atisban la figura bondadosa de alguien vagamente familiar. Entonces, la mayoría de las historias terminan con el regreso a la vida. Una sala brillante con burbujas como la que usted describe no me consta. Tampoco es corriente experimentar emociones negativas, como miedo o ira.
—¿Sabe? He pensado en ello desde que desperté aquí. Siempre he estado obsesionado con recordar sucesos.
—¿Recordar? —inquirió el doctor.
—Sí. A menudo me asaltaba la sensación de que yo mismo me había obligado a olvidar ciertos momentos de mi vida —explicó Gonzalo, incorporándose un poco sobre los codos—. No sé, tal vez cuando se me paró el corazón, mi cerebro se montó esa historia de las esferas con recuerdos dentro, como una especie de autocompensación.
—Pues no resulta del todo descabellado, no.
—Entonces, ¿apareceré en su libro?
—Claro —respondió el hombre del batín blanco, sonriendo y dispuesto a despedirse de Gonzalo.
—Oiga… ¿Y si he sido el primero en estar allí y regresar?
—No le comprendo. ¿Allí?
La pena se dibujó en el rostro del paciente.
—¿Y si todo se reduce a eso? A una eternidad recordando...
El doctor le estrechó la mano y palmeó su hombro.
—Descanse. Ya le hablé sobre mi postura ante las ECM y lo que pienso de ellas. Mi recapitulación final será más explícita. Desvaríos de un cerebro en alerta roja tras la parada cardíaca.
—Sí, pero, ¿y si no lo son?
El doctor creyó conveniente tranquilizar a su paciente, que empezaba a mostrar leves signos de angustia.
—¿Una eternidad recordando? Qué absurdo sería, ¿no? Escuche, en la ECM es muy corriente la distorsión en la percepción del tiempo. Consuélese pensando esto: puede que tras unos minutos en aquella sala, le aguardara un destino asombroso en compañía de sus seres queridos. Sólo que aún no era su hora y por eso no avanzó más allá de las burbujas y la estancia luminosa.
Gonzalo reposó la espalda en la cama y suspiró complacido.
—Ojalá.
—Ya sabe, el cielo puede esperar. Ahora, relájese, tome fuerzas, siga el tratamiento, cambie ciertos hábitos y costumbres, haga deporte y disfrute de su vida, que será muy larga y plena.
—Gracias —dijo Gonzalo, esbozando una débil sonrisa.
El médico con ínfulas de escritor salió de la habitación, todavía rumiando en su mente el testimonio de aquel hombre.
—Una eternidad recordando —murmuró por el pasillo.
Un escalofrío de miedo le subió desde las nalgas a la base del cuello. Decidió que dejaría de fumar ese mismo día y que regresaría al gimnasio, ese local tan moderno y caro al que estaba abonado y que sólo visitaba unas cuantas veces al año.

Los criamos grandes y fuertes en esta comarca


Juan Carlos, alias El Porruo, no siempre fue así. Y por "así" me refiero a una gloriosa montaña humana de músculos hiperdesarrollados, un gigantón que no desentonaría al lado del rey Robert en Poniente, los dos aplastando enemigos con sus mazas.

Por supuesto, él es también cómplice de esa imagen de bruto, es parte del espectáculo, pero Juan Carlos es además un tío inteligente, de gran corazón y con un sentido del humor contagioso. Sacaba buenas notas en asignaturas que a los demás nos costaba aprobar con cincos pelados, y luego nos ayudaba a comprender las fórmulas y ecuaciones que, en los desganados labios de los profesores, sonaban a abstracciones muertas.

No veía a este hombre desde finales de los noventa. Hace unas tardes, salió un tipo en España Directo volcando coches y tirando de camiones como si tal cosa. Elevé la testa por encima de mi libro para atender al reportaje y después regresé a mi lectura murmurando un "Joder". Pero entonces entrevistaron al coloso, que se jama tres kilos de carne al día, bocadillos de barra entera y jarras de café con leche para desayunar y reconocí su voz, la manera de mover las manos y la risa. Me fijé mejor en su cara y ya estuve casi seguro de que era él. En el instituto nos llamábamos por los apellidos, y a él yo lo conocía como Heredia, pero en España Directo no mencionaban su nombre completo. Me levanté del sofá, busqué en Google y ahí estaba. Era él. El hombre más fuerte de España, el cuarto a nivel mundial. Esta tierra mía tiene sus momentos...

Desde aquí un abrazo, por si algún día me lees, campeón.

Moon-Watcher


Moon-Watcher fue uno de los primeros en tocar el monolito. Era el más listo del clan, el que se pasaba horas mirando la luna mientras sus compañeros se despiojaban y copulaban como locos. Me gusta pensar que el prota de En busca del fuego es un descendiente lejano de aquel mono humanoide de 2001.

La alineación moral en The Wire


Memorias


Espoleado por la curiosidad de unos comentarios del amigo David, y aprovechando que tengo un ereader y muy poca vergüenza, me descargué estas memorias de uno de mis escritores de ciencia-ficción preferidos, y me dispuse a conocer más de cerca a ese tipo con patillas largas que tantas horas de felicidad me había hecho pasar durante años.

Memorias, o Yo, Asimov, título original que debería haberse mantenido, nació como recomendación de la segunda esposa del escritor para que éste se explayara de una manera más informal sobre su figura y su carrera. Al parecer, Asimov ya había publicado una autobiografía, pero no había quedado del todo satisfecho con ella, de modo que se puso manos a la obra todavía convaleciente de una de las múltiples afecciones que padeció en el tramo final de su vida.

El libro está dividido en capítulos informales que mantienen una estructura ordenada. El polifacético  autor empezaba su recorrido en la infancia y terminaba en la actualidad (principios de los años noventa), pero lo hacía a su manera, en su estilo claro y directo, que huía de las imposturas a cualquier precio.

Varias sorpresas os aguardan en estas memorias si no sois seguidores acérrimos y completistas del buen doctor. No creo que le chafe el placer a nadie si paso a comentar algunas de las que yo me llevé leyendo.

En primer lugar, me chocó que Asimov manifestara en varios párrafos que disfrutaba más con la no ficción, con la divulgación y los libros especializados, que con su faceta de cuentista y escritor de fantasía y misterio. Nada que no revelase un repaso somero a su bibliografía, repleta de tomos de historia y ciencia. Pero en mi ignorancia, daba por sentado que Asimov trabajaba en estos artículos y ensayos por el vil metal, mientras que sus novelas y relatos eran su verdadera vocación y su razón primera de expresarse. Y era justo al revés, hay que joderse. La ficción lo hizo rico. La constante reedición de sus historias de robots e imperios galácticos fue el sostén económico que le permitió dedicarse a la no ficción, donde rara vez las ventas alcanzaban para cubrir gastos y cumplir con los pagos de sus derechos de autor.

En segundo lugar, resultó maravilloso que mis sospechas más negras se esfumaran con los capítulos donde Asimov explicaba cómo le había dado tiempo a escribir más de quinientos libros: sencillamente, durante gran parte de su vida adulta no hizo otra cosa que escribir. Incluso en su etapa más sociable, cuando iba de club en club como conferenciante o invitado, no se olvidaba de garrapatear sus más de mil palabras al día. Qué grande. En un arranque de buen humor, el viejo nos animaba ante su prolífica producción, señalando que grandes escritores de ayer y hoy han necesitado menos de un tercio de páginas para pasar a la posteridad.

En tercer lugar, me encantó por fin disipar otra duda que ya casi no tenía tras la lectura de Sobre la ciencia ficción. Asimov hizo de las críticas que más le molestaban, las que apuntaban a su supuesta arrogancia y egocentrismo, su mejor arma, bromeando sobre el asunto siempre que encontraba ocasión, especialmente en los prólogos de sus cuentos y novelas, donde comprobó, para asombro suyo, que cuanto más vanidoso se mostraba, más cartas cómplices de admiradores le llegaban a casa. No había que ser un genio de la intertextualidad y el doble sentido para captar que aquello de su chulería era demasiado exagerado como para que fuese cierto, pero fue bueno verlo por escrito y de manera definitiva.

Una cita imprescindible para los lectores de El Patillas, pero también para todos los que disfrutan con el género autobiográfico, tan dado a la hagiografía, el sentimentalismo y la autocompasión, elementos que brillan por su ausencia en este libro.

Identifiquémoslos a todos, solución


Sabía que me encontraría con los nombres tarde o temprano. De algo habrá de servir tirarse las horas muertas bicheando fotologs, tumblrs, flickrs y otros agujeros negros del tiempo libre.

Aquí la imagen que nos trajo de cabeza:


Y aquí la solución:

Terry Gilliam, Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick, Wes Anderson, Jim Jarmusch, Joel Coen, Ethan Coen, Hal Ashby, Woody Allen, Paul Thomas Anderson, Werner Herzog, Michel Gondry, Martin Scorsese,  David Lynch, Jean-Pierre Jeunet, François Truffaut, Sidnet Lumet.

Se acerca un nuevo Elder Scrolls




¡Puede ser! ¡Creo que si!
¡Forjado por un Dios!

Creo ver ante mí
un nuevo Elder's Scrolls.

Marcho ya a realizar
hazañas a tutiplén.

Chao mamá, chao papá
y chao al sexo también.

Digo adiós a Azeroth, hasta nunca Hyrule
se acabó Albión, no es un ultimatum.

Juegos no quiero más,
no me quiero mentir,

¡Cuando empiece mi cruzada
en Tierra de Skyrim!

Yo esperaré a la versión GOTY, como hice con Oblivion. Pero vamos, que en cuanto lo tenga en mis manos, adiós a la vida también.

404 Not Found


Para este mes de marzo no va a ser una película actual ni una promo de un videojuego. No, este mes quisiera que nos enfrentáramos juntos a la frustración de uno de los mensajes tipo más detestables del protocolo HTTP. Rindámosle homenaje y exorcismo con este catártico fondo de escritorio.

(Click en la imagen para ampliar)

Yo podía vivir perfectamente sin saber que existía esta versión




Por hacer algo con mi hermana, por pasar más tiempo con ella, he acabado este año adicto a Gran Hermano. Gracias, por tu culpa sé quiénes son Jhota, Marcelo y Yago. He recordado por qué a todos los tíos nos gustan las guarras. He odiado un poco más a Algeciras (Patri, muérete), ese pueblo que se cree ciudad. He dejado de leer para ver un resumen diario del reality. He aparcado mis maratones peliculeros para atender al bailoteo de una mallorquina con ojos de reptil. Y jamás olvidaré este diálogo:

—Niña, estaría bien que entraran zombis, ¿verdad? Como en Dead Set.
—Calla, que viene la expulsión.
—Uy, sí, sí.

"Uy, sí, sí"
.

Pero si no hubiera visto Gran Hermano 12, lo más probable es que ni me hubiese enterado de la existencia de esta versión del The time of my life. Tal vez en algún montajillo de Youtube, o de casualidad en Spotify. Y habría pasado a otro rollo. No tendría a los Black Eyed Peas metidos en la cabeza desde hace semanas.