La liga de los monstruos secundarios, 1


Movie Monsters, de Mr.Zsasz-13

Hay una categoría superior de monstruos en esto del cine, una Primera División donde juegan los nombres consagrados del género. Ellos son los más queridos por el gran público, las estrellas de la cultura pop y los clásicos de siempre, muchos nacidos en papel y trasladados después a la pantalla grande. Pero hoy no vamos a hablar de esa liga extraordinaria y elitista. No os traigo el enésimo texto sobre Freddy Kruegger, Jason Vorhees, Dracula, Pinhead, El hombre lobo o cualquier otro engendro ricachón de los que residen a cuerpo de rey en las mansiones más lujosas de nuestro imaginario colectivo. Lo que os propongo es un listado de seres tenebrosos de “segunda fila”, más o menos recientes que, a mi juicio, se han ganado también el privilegio de edificar en nuestros corazones; si no un chalé con piscina, sí al menos un cubil oscuro, húmedo y con vistas al abismo. Algunos no han aparecido en más de un film, otros inauguraron sagas, pero sin demasiado éxito o continuidad. Como compensación, ese factor de eternos segundones los ha librado también de convertirse en una caricatura de sí mismos. Y de paso, han mantenido vigente su capacidad para seguir inquietando.


Azazel, Fallen, de Gregory Hoblit, 1998.

Azazel es un demonio bíblico e incorpóreo que lleva desde el amanecer del hombre manipulando cuerpos a su antojo como si fueran marionetas. Viaja a través del tacto, adora cantar y tiene más maldad que un vecino robándote las revistas del buzón.

Milenios de tropelías han refinado sus métodos y cuando esta aberración entra en tu interior no se limita a liquidarte sin más. Destrozará tu vida, dañará a tus seres queridos, te excluirá socialmente, te aislará por completo, te implicará en varios asesinatos y, sólo entonces, se librará de ti,  de la forma más violenta posible, por supuesto. En comparación, la posesión que sufre Regan (Linda Blair) en El exorcista es hasta apetecible, por mucha desfiguración facial y vómito verde que acompañe a la experiencia.

La imagen adjunta corresponde a cuando Azazel residía dentro de Edgar Reese (Elias Koteas). Pero tras su épico duelo con el detective Hobbes (Denzel Washington), Azazel podría encontrarse en cualquier parte. Incluso en tu ciudad. ¿Eres un tipo legal?, ¿hay bondad en tu corazón? Pues yo que tú disimularía, porque tus virtudes lo atraerán como si fueran la luz de un faro en una noche cerrada. Cuidado con él. Cuidado con su ira.

The Creeper, Jeepers Creepers, de Victor Salva, 2001.

Necesita alimentarse “cada veintitrés primaveras durante veintitrés días”. Su origen es tan ignoto como su numerológica rutina vital, pero con lo poco que sabemos de él basta para aprender la lección que nos salvará la vida: si vemos a un tipo arrastrando fardos de contornos sospechosamente humanos hacia la boca de una tubería, nada de seguirlo porque “Alguien podría necesitar ayuda”, como dice  Darry (Justin Long) en un momento dado de la película. También el cine de terror instruye y previene, pero el que es un gilipollas sin remedio, como aquí nuestro amigo Darry, se las arreglará siempre para acabar siendo la cena de una aberración humanoide, tanto dentro como fuera de la pantalla.

Las cacerías de The Creeper tuvieron continuación en Jeepers Creepers 2 y, si nada se tuerce, hay anunciada una tercera entrega. Será un placer volver a ver a este monstruo devorando millas sobre su camión herrumbroso, un diablo sobre ruedas aficionado a la carne humana, ya sea fresca o conservada en los techos de su cueva.

Hablamos extensamente de este monstruo y este film hace tiempo, aquí.

Valek, Vampiros, de John Carpenter, 1998.

Señores, esto es un vampiro y lo demás son tonterías. Poderoso, parco en palabras, un inmortal con un plan. Su máxima ambición es caminar bajo la luz del sol. De ahí a dominar el mundo sólo queda un trecho. Y mientras hace realidad sus propósitos, funda nuevas colonias allá por donde pasa, con súbditos malignos y algo idiotas que darían la no-vida por él.

Valek no perdería el tiempo con niñatas, no las seduciría ni las respetaría, ni reprimiría su sed con castos besitos. Este viejo chupasangre abriría en canal a Bella, a Sookie, a Mina, a Nina y a cualquier pazguata que se le acercara con ojitos de gacela herida. Si su víctima es excepcionalmente hermosa, como Katrina (Sheryl Lee) tal vez decida beber de entre sus ingles, pero hasta ahí llegará cualquier deferencia o trato de favor.

Ya no hay vampiros como él en nuestras ficciones fílmicas preferidas, y es una lástima que Valek no haya protagonizado una trilogía entera volando de un lado para otro y aplastando a cualquiera que se interponga en su camino, cazadores de vampiros tan encantadores como James Woods o Tim Guinee incluidos.

Sargento Frode Henriksen, Dead Snow, de Tommy Wirkola, 2009.

Un zombi es un asunto serio, por mucho que ahora estemos entrando en esa fase del ciclo de toda moda cinematográfica en la que empiezan a llegar las comedias, que son la explotación final de cualquier monstruo de orden. Pero si sois de los que jamás se toman a broma la resurrección de los muertos caníbales, si no esbozasteis ni una sonrisa con Zombies Party porque no le veíais el humor por ningún lado, si El regreso de los muertos vivientes os pareció tan poco graciosa como un dolor de muelas, entonces sois de los míos. Nosotros no subestimaríamos a un sargento nazi zombi al mando de un pelotón de podridos y atado a una maldición que lo impulsa a perseguir a cualquiera que ande jodiendo con el oro del Führer.

En breve, estos disciplinados zombis nacionalsocialistas volverán en una secuela que será en 3D. Quién sabe, quizá de aquí a diez años, Frode Henriksen y los suyos sean todo un referente para los aficionados al terror.

El Hada de los Dientes, En la oscuridad, de Jonathan Liebesman, 2003.

En vida, Matilda Dixon pasó de ser una adorable ancianita que regalaba dulces a sospechosa de varias desapariciones de niños, motivo por el cual fue castigada por el populacho sin que tuviera oportunidad de demostrar su inocencia. Colgaron a la pobre mujer de las ramas de un roble. En la muerte, Matilda es el reverso tenebroso de sí misma, y se dedica a acechar a los críos de Darkness Falls la noche en la que pierden su último diente de leche. Y no para darles unas monedas o unos caramelos precisamente.

Hay un componente que me encanta de este monstruo del 2003: su naturaleza de leyenda fantasmal ortodoxa. El Hada de los Dientes cumple con todas las normas. Es un espíritu torturado que se oculta en las sombras, cegado por el odio, enloquecido y anclado a su venganza ad eternum. Si una noche ves a Matilda, quedas marcado, y deberás aprovisionarte de abundantes puntos de luz (desde velas a linternas, de bengalas a generadores de gasolina) para el resto de tus largas noches, porque ella te rondará en la oscuridad con la insistencia de una enamorada. 

Horace Pinker, Shocker, de Wes Craven, 1989.

Fuimos muchos los que nos pegamos varias temporadas aguardando a que Horace Pinker regresara en una secuela, repartiendo voltios de terror y acompañándose de chistes malos. Y apostaría a que ésa fue la intención inicial de Wes Craven: crear un nuevo monstruo tan exitoso como su Freddy de la calle del olmo y rentabilizarlo al máximo con posteriores películas, tebeos, series de televisión y todo el merchandising homologado que pudieran fabricar en China por cuatro perras.

Pero Shocker, aunque no perdió dinero y se amortizó de sobra en los distintos canales de exhibición, no cumplió con esa supuesta expectativa de servir de cuna a un nuevo mito del terror teenager. Aún así, ahí tenéis a Horace Pinker, un pulso de energía y mala leche que se desplaza por el tendido eléctrico, gobernando espectrales territorios que están al otro lado del tubo de rayos catódicos y donde él, por supuesto, es el soberano absoluto. Un auténtico heraldo del Mal.

Leslie Vernon, Behind the Mask, de Scott Glosserman, 2006.

Que no os engatuse su afable condición de estudioso ejemplar barruntando un ensayo. Leslie os hablará de su búsqueda espiritual en pos de la esencia del psychokiller perfecto. Os contará que lleva años de preparación, aprendiendo de los más grandes, convirtiendo su cuerpo y su mente en una herramienta afinada para servir a propósitos superiores. Que lo suyo no es matar como un descerebrado cualquiera, carne de silla eléctrica o inyección letal. Que cuida hasta el más mínimo detalle el escenario antes de pasar a la acción. Que el uso del disfraz y las armas encierra una filosofía. Que escoger a la víctima idónea es tan importante como la creatividad y el respeto que se debe aplicar en su ejecución. Que maneja todo tipo de conocimientos, técnicas y disciplinas para que nada quede sujeto al azar.

Leslie es un monstruo autoconsciente, el meta-monstruo, el que se ha hecho a sí mismo para honrar a los grandes artistas de las matanzas cinematográficas.

Charlar con Leslie os parecerá grato y estimulante. Cometeréis el error de creer que no va en serio, que sólo es un chico brillante con una necesidad imperiosa de llamar la atención. Y será entonces cuando Leslie os diga que tenéis veinte segundos de ventaja. Balbucearéis que no puede ser, que no sois vírgenes, que no sois puros, que se deje de tonterías y guarde ese gancho afilado. Él os explicará pacientemente que así estaba planeado, que sois primos o hermanos de su Víctima (pronunciará “Víctima” con un fervor religioso), y que ya sólo os quedan diez segundos para huir. Correréis como alma que lleva el Diablo. Leslie ya se habrá puesto su máscara, y os mirará desde dentro de ella, desde la más abisal negrura.

Pennywise, It, de Tommy Lee Wallace, 1990.

De la obsesión de Stephen King por las arañas y los payasos, nacía este monstruo en It, novela y luego miniserie. En la Tierra, Pennywise tomaba la forma de un estrambótico clown con un mórbido interés por los niños.

Ha habido antes en cine otros payasos asesinos del espacio exterior, parientes de este Pennywise, pero no generaban el mal rollo constante que consiguió Tim Curry dirigido por el patán de Tommy Lee Wallace.

La repugnante felicidad de este engendro, sus dientes puntiagudos y sus promesas de eterna diversión más allá de la vida y la muerte (“Todos flotamos aquí abajo”), además de su propensión a pegar unos sustos de campeonato agazapado en esquinas, callejones, parques o alcantarillas, era de lo más destacable en una miniserie tirando a discreta que solemos magnificar en el recuerdo como mucho mejor de lo que en realidad era. Y el mérito de esta distorsión tan generalizada (os animo a revisar la adaptación televisiva de It) creo que está en la interpretación de Tim Curry y en lo bien que movía su caracterización facial, otorgándole al monstruo el toque de teatralidad malsana que necesitaba.

 Sam, Trick ´r Treat, de Michael Dougherty, 2007.

No hay una carita de niño rubito y mellado detrás de ese saco de arpillera con botones por ojos y una soga por corbata. No hay un cuerpito convencional bajo ese pijama rojo, no. Las manos, de dedos regordetes y sucios, ya deberían ponernos sobre aviso.

Un consejo: si en Halloween Sam golpea en vuestra puerta, despachadlo con un buen lote de golosinas y la mejor de vuestras sonrisas. Y a continuación, sería muy cauto por vuestra parte cerrar a cal y canto cualquier acceso al hogar. Este “crío” es como un imán para lo sobrenatural, y por donde él pasa, corre la sangre. Claro que "¿Para qué es la sangre sino para derramarla?", decía Candyman. Sam es un maestro de ceremonias, un combustible para el horror, un pequeño catalizador de atrocidades. Y sus admiradores estamos pidiendo a gritos que disponga de su propia saga cinematográfica.

Sleepwalker, Sonámbulos, de Mick Garris, 1992.

Algo tendrá el vampiro cuando lo maldicen, algo tendrá de inquietante realidad cuando permanece vigente en tantos mitos y leyendas, cuando se le sigue representando en todos nuestros medios de expresión artística, con especial énfasis en el cine y la televisión.

En 1992, Mick Garris se hacía cargo de un guión original de Stephen King y por una vez el resultado no era tan lamentable como en adaptaciones anteriores y posteriores de este inútil sobre otros textos de King. Tampoco es que esta Sleepwalkers fuese lo mejor de aquel año, pero nos ofrecía a una pareja de monstruos turbia e incestuosa, dos pseudovampiros, madre e hijo, que vagaban por el mundo alimentándose de la energía vital de las chicas vírgenes a las que seducían. Una mezcla del Lifeforce de Tobe Hooper y el Sangre para Dracula de Paul Morrissey, pero con gatitos justicieros acechando a los seres malvados, que siempre es un plus. Y con un temazo de Enya en el marco más adecuado para su música: una película de terror.

Bromas aparte, los sleepwalkers planteaban un interesante uso del camuflaje. Había que colar efectos digitales de alguna manera, que eran el no va más en 1992. Por tanto, el protagonista era capaz de volverse invisible a ojos de los humanos. El film de Mick Garris no disimulaba un a ratos sentimental discurso sobre la soledad y la tristeza del monstruo, pero era de agradecer que no cargara las tintas en ese aspecto, y en Sonámbulos abundaba la sangre, los desmembramientos y la furia homicida. Que los monstruos también lloran es algo que podemos aceptar. Que nos aburran, jamás.

 Pumpkinhead, Pacto de sangre, de Stan Winston, 1988.

Fue la primera incursión del maestro Stan Winston tras las cámaras, también autor del guión, aunque esta vez se mantuvo alejado del taller a la hora de dar vida a la criatura protagonista de la historia, aunque sí supervisara personalmente cada detalle de su diseño y construcción.

Ed Harley (Lance Henriksen), se prestaba a un pacto demoníaco para vengar la muerte de su hijo, sin conocer del todo las consecuencias finales de un trato tan tenebroso.

La movilidad de Pumpkinhead no era tan convincente como su presencia en primeros y medios planos, pero el zorro de Stan se cuidó mucho de fallarle a su hijo infernal en ese aspecto, logrando una criatura inquietante como pocas con el viejo arte de sugerir en vez de mostrar.

Pumkinhead tuvo más aventuras, hasta tres. Lance Henriksen repetiría en ellas, pero Stan Winston no respondió por estas continuaciones. Tampoco yo puedo comentaros mucho al respecto de estas secuelas, más alla de una curiosidad que pienso satisfacer en breve.

Caminantes, La otra hija, de Luis Berdejo, 2009.

Si el bonachón e inmortal Tom Bombadil recelaba de ellos, por algo sería. En La otra hija, los caminantes son el vestigio de una época de esplendor pasado, de un tiempo en el que los tumularios eran venerados y respetados. Sus colonias se construyen en torno a una reina, como la de tantos insectos comuneros, pero su ama y señora debe ser una humana conversa, una elegida a la que agasajarán con tóxicos susurros y con espeluznantes presentes, como esa muñeca de raíces retorcidas que abrazaba Ivana Baquero durante media película.

La otra hija comenzaba como la clásica historia de casa embrujada para luego desviarse hacia derroteros más sugerentes, aunque continuara tan tediosa incluso con ese cambio de rumbo. Pero nos aportaba un monstruo muy llamativo: dioses menores, al borde de la extinción, reminiscencias vivientes de un tiempo menos tecnológico y racional, una era de mitos, de milagros y prodigios inexplicables. Pequeños, feos, de aspecto híbrido, los caminantes han llegado hasta este nuevo milenio ocultándose y mostrando cautela. No esperan pleitesía de nuestro pueblo ni buscan reconquistar la tierra que una vez les perteneció. Sólo desean sobrevivir. Y sí, simpatía por los monstruos, pero hasta cierto punto. Preparad los cócteles molotov y la escopeta de caza, porque como nos descuidemos, estos desgraciados nos levantarán a nuestra hija primogénita y nos darán los nietos más chungos que podamos imaginar.

El Aviador Nocturno, The Night Flier, de Mark Pavia, 1997.

Aparecía por primera vez en un relato de Stephen King en su antología Skeleton Crew, que aquí en España fue dividida y multieditada con diferentes títulos (La expedición, La niebla, Historias fantásticas). Más tarde llegaría la inevitable adaptación audiovisual, y con ella la ruptura del hechizo que tan bien funcionaba en papel. Por algún motivo, la idea de un vampiro que se trasladaba en avioneta privada para degustar cuellos de estado en estado norteamericano, que por escrito provocaba una desazón considerable, en pantalla rozaba casi el ridículo. Y a eso no le añadamos el cachondeo de semejante modus operandi imaginándolo en geografías más cercanas a la nuestra. Un vampiro en patera por las costas de levante, un vampiro en quad por las rutas intercomarcales, un vampiro peregrino por el camino de Santiago...

No, no era muy imponente como concepto, pero como grotesca realidad deformada de un mito clásico, este aviador nocturno sí merece un respeto. Se presentará ante nosotros silencioso y ataviado con una larga capa pasada de moda. Y antes de que podamos decidir si es un fantoche escapado de una fiesta de disfraces o una alucinación producto del abuso de ciertas sustancias, el muy desalmado ya nos habrá drenado a conciencia. Y luego, absurdo como él solo, pero cargado de nuestra sangre cual chinchorro feliz, se largará pilotando su Cessna Skymaster.

13 comentarios:

fiona dijo...

Mira que no me gustan mucho los monstruos ni las pelis de miedo porque a pesar de que la mayoría no me suelen dar miedo en el momento, sí que luego hacen que me cueste dormir y que me acojone con cualquier ruido nocturno...pero pedazo de post insanus!!! Me ha encantado!!!!

1besico!

Insanus dijo...

Muchas gracias, guapetona. Estoy terminando la 2ª parte, a ver si doy con más monstruos que te impidan dormir (risa maligna). No, comprendo a qué te refieres. Cuando crecemos, las pelis de terror son las que no lo parecen (hace poco repasé Carretera maldita en tv y joder). Pero los viejos monstruos siguen teniendo su espacio cuando apagamos la luz, ¿no?

Insanus dijo...

Carretera perdida, en qué estaría pensadoXD.

Moniruki dijo...

Me encantado tu artículo, espero con impaciencia la 2ª parte.

Charlotte Sometimes dijo...

Ooooolé!!! Una de monstruos olvidados!!! Biennnn. Estoy con Moniruki, esperando...

Insanus dijo...

Me siento como un concursante del "Uno para todas", juajua. Tranquilas, que os daré más monstruos. Gracias por leerlo.

Tías, ¿recordáis ese programa? Sólo "Mójate" lo ha superado en lo grotesco. Hostia, "Mójate" da para post.

fiona dijo...

Hostia, claro que me acuerdo...y a mí me gustaba y todo!!! Uno para todas, nananana, uno para todas...jajajaja. El de mójate vi un trozo haciendo zapping y es lo puto peor!!!!

1besico!

Kinski dijo...

Azazel y Valek, un par de tipos a los que invitaría a unas cervezas, si señor.

Tiiiime is on my side, oh yes it is.

Insanus dijo...

Yo tenía un amigo de Gerona que participó, Fiona. Se disfrazó de negra brasileña y bailó samba. Morí por dentro un poco cuando lo vi en ese programa. Mójate es la muerte, jajjaja, la muerte.

Tiiime is on my side, yes it is. ¿Cómo llegaría a aficionarse al rock, Kinski? ¿Demasiados poseídos del mundillo de la música? ¿Cuántos temazos clásicos le deberemos a Azazel? :)

PEPE CAHIERS dijo...

Le felicito por su extraordinaria selección y es que a mi me pierde una buena lista.

Insanus dijo...

Muchas gracias, Pepe!

Kelembor dijo...

No soy mucho de mounstruos ni de terror, pero de esta lista el tal Vernon hasta me ha caido bien.

Buen regreso Cleve, ahí ahí!

Insanus dijo...

jajjajaj, descárgate Behind the Mask, Kelem, que no es la típica peli de terror al uso. Es que es eso: hasta te cae bien el monstruo. Un monstruo que te lo explica todo y te dices "Joder, buen chico". Mira, es una especie de universo alternativo donde los grandes existieron, mataron y se convirtieron en leyendas: Freddy, Jason, Myers, Bates, etc. Y Leslie se propone ser el heredero de todos ellos, y unos reporteros lo siguen para grabar su día a día y su preparación.

Te la busco, qué coño. Vale, aquí está. Más o menos lo que cuenta el que la ha subido, pero nada que ver con ese timo de la bruja de Blair, nada.

http://www.vagos.es/showthread.php?t=144841