El Umberto Eco novelista es un caso aparte. Parece el clásico escritor que se involucra en el proceso creativo de una novela por pura diversión, por curiosidad, por comprobar si podrá bajar unos escalones y escribir literatura popular (de calidad, pero más pop que un cartel de puticlub) que se entienda y se venda tan bien como esos best-sellers que devora entre tanto mamotreto amarillento y tanto volumen ajado. No me imagino yo a esta venerable y docta rata de biblioteca preocupándose por los diferentes retos que se plantean a medida que las páginas abultan. No creo ni que tenga que luchar contra ellos. Hablamos de un tipo cuya primera novela fue El nombre de la rosa. Un cabrón de mucho cuidado que debe idear personajes, intrigas y tramas redondas con la misma facilidad con que nosotros ayudamos en los trabajos escolares a los benjamines de la familia.
Umberto Eco va sobrado en el arte de juntar letras y eso le permite ahorrar tiempo y enfocar sus esfuerzos en montar delicados juguetes experimentales.
En La isla del día de antes, mucho más que en El péndulo de Foucault, Baudolino o El nombre de la rosa, a esta recurrente tensión de Eco entre la realidad y la ficción se le une un complejo pulso con las voces narrativas, con un narrador que nos explica, de tú a tú, los pasajes más extraños de una historia que se pretende auténtica, un diario epistolar escrito por un náufrago atrapado en un barco misterioso. Este narrador no está ubicado en el presente y así, el choque entre el conocimiento científico y el potaje de leyendas, falsas creencias, mitos y paraciencias del modelo medieval rara vez existe; eso le otorga al autor la posibilidad de embelesarnos con la descripción de una época que él percibe crepuscular.
Estamos en 1643. Las grandes superpotencias se disputan el control de mares, islas y territorios por todo el globo. La Tierra ya no es plana. La razón, la lógica y la ciencia barren con lentitud siglos enteros de oscuridad. Pero a menudo, esas escobas del progreso levantan una compacta nube en la que se mezclan los nuevos avances en medicina, astronomía, matemáticas, física y química con las viejas costumbres y usos, que se resisten a desaparecer. Umberto Eco y su astuto narrador nos llevan hasta un último enigma en los confines del mundo, la determinación exacta de las longitudes. Y allí, a bordo del Daphne, rodeados de aguas cristalinas y encallados frente a una isla exuberante, resulta que puede que no estemos sólo ante el ansiado Punto Fijo, que dotará a las cartas de navegación de una certeza rotunda, sino también ante el escenario perfecto para demostrar que, bestiarios fantásticos y tierras míticas a un lado, a través de la imaginación y la deducción más alocada, el hombre medieval se acercaba al contemporáneo con una inevitabilidad que dentro de unos cuantos siglos les parecerá análoga a nuestros descendientes en relación a este comienzo de milenio nuestro.
Decía Eco en una entrevista que podía ver la Edad Media allá donde mirase. En las naciones y sus fronteras, en la política, en la economía, en la ciencia, en nuestro presente y en nuestro futuro. Y con La isla del día de antes, este signore de las letras va más allá, recordándonos lo común que nos ha sido, a todas las generaciones de hombres que hemos pisado el planeta, creernos claves de un momento único. “Desafío a quienquiera a que se halle abandonado en un navío desierto, entre cielo y mar en un espacio perdido, y a que no esté dispuesto a soñar que, en esa gran desgracia, no le haya tocado en suerte, a lo menos, haber ido a parar en el centro del tiempo”.




4 comentarios:
¡Qué buena pinta! me lo apunto.
Era una vieja cuenta pendiente mía. Pero Mónica, mejor que "La isla..." mírate algún día Baudolino, si me permites. A mí me gustó más.
Lo he buscado en la biblioteca y lo tienen, así que ya te contaré.
Es buena, superior a la media de cualquier chorrinovela de estas temáticas, pero de él me flipó más El péndulo de Foucault y Baudolino. Y la rosa, claro, que me dejó el coco traspuesto de adolescente. Yo me he descargado El cementerio de Praga también. Ah, Mónica, Necrópolis, bien, pero en fin, mejor la 1ª parte.
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