Ahora los padres son ellos


Título original: Little Fockers
Año: 2010
Duración: 98 min.    
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Paul Weitz
Guión: John Hamburg, Victoria Strouse, Larry Stuckey
Música: Stephen Trask
Fotografía: Remi Adefarasin
Intérpretes: Robert De Niro, Ben Stiller, Jessica Alba, Owen Wilson, Dustin Hoffman, Barbra Streisand, Blythe Danner, Harvey Keitel, Laura Dern, Teri Polo

Sinopsis: Tercera entrega tras Los padres de ella y Los padres de él. A la casa de los Fockers llegan los hijos: dos niñas gemelas. Han tenido que pasar 10 años, y superar incontables obstáculos para que Greg Focker (Ben Stiller) consiga, por fin, llegar a entenderse más o menos con su exigente suegro Jack Byrnes (Robert de Niro). Después de sufrir ciertos problemas económicos, Greg consigue un empleo en una compañía farmacéutica. Sin embargo, la desconfianza de Jack hacia él se agudiza.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)

Las diferencias entre Gaylord Focker y los Byrnes empezaron en el 2000, en una comedia que ahondaba en los aspectos más reconocibles de las relaciones casi obligatorias que contraemos con la familia de nuestra pareja. Si ya aislado, el humor es de por sí una de esas herramientas de comunicación universales, aliñado con una historia de hijos, novios, suegros y nueros que competían entre sí por el afecto y la aceptación, entonces teníamos una película que se disfrutaba en España, en Angola, en Canadá, en Australia, en Polonia y en Chile. En cualquier parte del globo había, o habrá (esto es como las almorranas: se padecen o se padecerán) un Greg Focker ansioso por complacer a un sobreprotector Jack Byrnes, y los enredos, malentendidos y despropósitos derivaban en un puñado de gags que, en ocasiones, no necesitarían ni de doblaje o subtítulos para su perfecta comprensión.

La segunda parte tardó unos cuantos años en llegar, aquí bajo el perezoso título de Los padres de él; aunque me moleste reconocerlo, una traducción continuista que venía como anillo al dedo para dar un preciso anticipo de lo que nos encontraríamos: los Byrnes conociendo a los Focker.

Era agradable ver de nuevo a Barbra Streisand y a Dustin Hoffman explorando la magnífica vis cómica que ambos poseen, y que queda sepultada a menudo por esos papeles que les exigen pucheritos y murmullos, broncas y ceños fruncidos. En Los padres de él estaban geniales como una atípica familia de judíos de clase media. El encuentro entre estos dos vivarachos carcamales y los Byrnes, ella tímida y él profundamente conservador, era el espinazo central de un guión que lo tenía todo: inclusive un perro enemistado con un gato.

Un buen chiste no deja de serlo si te lo cuentan con gracia. Y si han transcurrido unos cuantos años desde la última vez que lo escuchaste, hasta volverás a reír igual. Pero ya en Los padres de él, el concepto, ése tan universal y tan reconocible, se repetía.

En Ahora los padres son ellos (y si los pequeños Focker se reproducen como conejos precoces dentro de una década, ¿cómo llamaremos a la peli? ¿Los hijos de ella y él ahora son padres? ¿Ahora los abuelos son ellos?) cambia el director, cambian los guionistas y da una importante bajona comprobar cómo los años han cobrado su peaje por los rostros de Teri Polo (imposible no amarla, y recordarla, en aquel fantasma de la ópera televisivo o en Doctor en Alaska) y Ben Stiller. Con todo, agradezco esas arrugas y esas canas, que acojonan menos que la tersura artificial de los quirófanos de estética. Maldición, es que hasta Laura Dern se nos ha chuchurrido, como si la hubieran metido entre las páginas de un libro...

El humor es el mismo que en las anteriores entregas, es decir, se apoya, y van tres, en los conflictos entre Greg y Jack, recupera a las familias al completo y hasta aparece Kevin (Owen Wilson), más soltero, más espiritual y más new age que nunca. Me pareció sensacional su numerito a lo Circo del Sol, y la coña implícita al misticismo de pandereta que se gastan esos saltimbanquis pretenciosos por las ciudades de medio mundo.

Sí, se echa el rato con esta comedia. Pero las situaciones descacharrantes tardan en arrancar y cuando por fin llegan, aunque es imposible resistirse a ellas, yo tuve un molesto pensamiento cada vez que Jack miraba mal a Greg, y viceversa. “Llevan once años ya con esta historia, ¿qué coño pasa con estos dos?”. He visto casos de personalidades opuestas dentro del seno de mi familia que han necesitado menos de tres barbacoas para limar asperezas y enterrar el hacha de guerra (pese a que despotriquen a puerta cerrada con sus respectivas parejas sobre lo irritante que es fulano o mengano). También he presenciado alguna que otra discusión que no se arreglará en una temporada, ni volverá a reproducirse en la siguiente, cíclica y con final feliz, como en un guión de sitcom. Ese estrés familiar sólo desemboca en dos vías: el odio silencioso o la reconciliación natural que se produce con el paso del tiempo (la paz a través del roce y el cansancio; madurez, lo llaman otros). Así que lo que sucede con Greg y Jack es que... son personajes de ficción que no debieron  protagonizar segundas ni terceras partes. Pero el dinero es lo primero, y por él han matado lo que originariamente estaba lleno de vida y verdad. Una entrega más de esta serie y todos parecerán caricaturas de sí mismos, como Jack Byrne cuando es retratado en la fiesta de cumpleaños de sus nietos, con un globito y su ya tradicional cara de mala leche.