(El cuento que viene a continuación forma parte de una antología que publicaré pronto en Bubok. Lo escribí cuando supe que Clint Eastwood preparaba un drama de fantasmitas y parapsicólogos. Le di vueltas a una idea relacionada con las ECM y la acabé desarrollando. Espero que os guste más lo mío que la peli de Eastwood, objetivo nada difícil teniendo en cuenta que Más allá de la vida es un truño pavoroso y mortífero de necesidad. Anda que si Eastwood casca y ésta resulta ser su última película, nos va a dejar contentos, el tío).
—Un infarto podría ser una cómica forma de morir, si no fuera por el dolor tan brusco y espantoso que se experimenta. Te llevas la mano al pecho y dices “Uy, uy, ¡adiós, adiós!” a los que tratan de impedir que te des de bruces contra el suelo, como si debieras abandonarles para asistir a una importante reunión de negocios. Y más tarde, cuando te recordaran, serías el que dijo “Uy, uy, ¡adiós, adiós!” antes de, efectivamente, irte al otro barrio.
En realidad habría que escribirlo con mayúsculas. El Otro Barrio. Un lugar más allá del tiempo y el espacio donde recordar tu vida anterior sería tan inofensivo como rememorar un mal sueño. Un no-sitio donde tus familiares y seres queridos brillan como Obi-Wan Kenobi cuando se hizo uno con la Fuerza, y todos te abrazan con verdadero cariño, sin importar lo que hubieses hecho en la Tierra, porque la muerte los habrá vuelto más indulgentes y compresivos con las miserias ajenas que un sacerdote borracho en un burdel. Rodeado de gente querida, con ángeles volando y toda la pesca.
Pues no. Para empezar, cuando el corazón falla te entra de todo menos ganas de gastar una broma negra. Y cuando ves el túnel con una luz brillante al fondo, eres todavía lo bastante terrenal y pasional como para experimentar cierta inquietud mientras avanzas ingrávido hacia delante.
Cuando llegué, no había nadie esperándome. No vi a mis abuelos, ni a mis tíos, ni a vecino o amigo alguno. Ni siquiera pude palmear el lomo de mis perros más queridos porque tampoco estaban allí. Por no haber, no había ni un maldito querubín ejerciendo de guía turístico para difuntos recientes. Y volví a constatar que las bajas emociones que a veces solía experimentar en vida seguían conmigo, porque me sentí estafado, desamparado, con ganas de echarle la bronca a alguien, rellenar alguna hoja de reclamaciones o poner una denuncia. Tras un instante —tampoco la noción del tiempo había quedado atrás, aunque fuese errónea por mi parte y contara yo por minutos lo que en realidad podrían ser horas o décimas de segundo—, apelé a mi lado más práctico. “Estás muerto, Gonzalo, y aunque aquí no se vea un alma, relájate. Ya aparecerá alguien… digo yo”.
La luz era prístina, muy blanca, envolvente, casi como si fuera líquida. Extendí mis manos y comprobé que aunque no podía ver mis extremidades, si podía apreciar cierto contorno en torno a ellas, de modo que me permitía un grado suficiente de corporeidad. Era, pensé, como cuando aquella zorra de Los Cuatro Fantásticos se volvía invisible en los tebeos que leía de niño, y el dibujante optaba por mostrar su figura mediante líneas de puntos.
Entonces sucedió algo. Un buen número de esferas celestes, en su mayoría del tamaño de balones de fútbol, se materializaron en torno a mí, estáticas, flotando a la altura de donde habría estado mi cabeza. Algunos de esos objetos eran más pequeños, similares a pelotas de tenis. Emitían un suave destello y sonidos apenas audibles, mas en absoluto amenazantes o desagradables. Todo lo contrario. Influían en el ánimo, porque comencé a sentirme bien casi de inmediato. Yo suponía que aquellas esferas eran seres divinos e inteligentes, pero sólo estaban allí, con su color suave y su musiquilla alegre. Me decidí a tocar una de las pequeñas, por mera precaución. Si soltaban alguna descarga o reaccionaban negativamente ante el contacto, mejor era que la que se enojara fuera una de las enanas, por si acaso. Extendí una de mis manos medio invisibles y…
... estoy en la playa, un domingo, en verano. Mi padre ha enterrado una sandía en la orilla y las olas refrescan la fruta por dentro. Mi abuelo está sentado en una silla plegable, disfrutando de un tinto con Casera bien cargado. Yo tengo la espalda roja y por eso estoy obligado a pasar el resto de la tarde bajo una caseta. En realidad, me importa bien poco el castigo, porque un tío mío me ha comprado un sorbete de naranja y unos cuantos tebeos de superhéroes. Debo de tener unos nueve o diez años y pienso con algo de malicia que los adultos son gilipollas. Menuda sentencia: a la sombra con helados y cómics por tomar demasiado sol, pese a las advertencias severas que me lanzaron al principio del día. Entonces se acerca mi abuela y me dice: “¿No estás mejor aquí, hijo?”. Me abraza y a continuación extiende sobre mi espalda una crema fresca que huele a coco. Me da un beso y se aleja a hablar con mi madre. Me ruborizo. No me castigaban confinándome allí, sólo se aseguraban de que no sufriera una insolación, con el añadido de quemaduras graves. Lamo el sorbete y me enfrasco en la lectura. Sue Storm ha activado su campo de energía y su familia se refugia en ella de la onda expansiva de una gran explosión.
Volvía a estar en esa explanada bañada de luz blanquecina, rodeado de aquellas burbujas celestes, excepto la pequeñita, que había desaparecido. Así que eso eran: recuerdos encapsulados. Deduje que habían aparecido allí por alguna especie de conexión mental con mis pensamientos, cuando miré mis manos y me recordaron a un dibujo de Jack Kirby.
Había sido una experiencia agradable. No fue rememorar un pasaje del pasado, fue volver a vivirlo de nuevo, con todo lujo de detalles. Todavía me sentía seguro y protegido, podía chasquear mi invisible lengua y paladear el sabor de aquel helado de nieve, azúcar y colorantes artificiales. Aún olía a crema solar y me emocioné profundamente ante la conjunción de personas importantes en mi vida aquella tarde. Me sentía tan niño que me debatía entre abrazar a mi abuela o terminar aquel apasionante álbum de Los Cuatro Fantásticos y besarla después a ella. Una de las esferas celestes se movió hasta situarse frente a mi campo de visión. Era de idéntico tamaño a la que había tocado yo anteriormente, así que supuse que aquella bolita me trasladaría de nuevo a esa playa, justo en el instante por donde me había quedado: el sorbete y el tebeo abierto entre mis muslos llenos de granos de arena. Tentador, pero ya había visto esa “película” y deseaba comprobar si mis suposiciones eran ciertas, si el sistema, o lo que fuera aquello, funcionaba en base a mis deseos. Así que hice una prueba. Pensé en meterla, en estar rellenando a una golfa como si fuera una morcilla de Burgos, en orgasmos intensos de esos que te vacían los huevos. Yo es que soy un sentimental, doctor. No, ahora en serio: cuando estás sufriendo o crees que has muerto, da por follar, es un hecho.
Sucedió algo bien curioso. Las esferas celestes se alejaron unos metros de mi posición y en su lugar se materializaron otro contingente de burbujas, de varios tamaños de nuevo, y de color rojo, cómo no. Emitían también sonidos, y muy estimulantes, todo hay que decirlo. Empecé a estar más caliente que el cenicero de un club de carretera. Las esferas rojas brillaban, casi orgánicas, y esta vez decidí tocar una de las grandes. Si iba a revivir una buena sesión de sexo, que fuera de las más dignas de rememorar. “Allá voy”, me dije y…
… estoy pelándomela en el cuarto de baño. Tengo unos catorce años y vengo de ver a la hija de mi vecino desnuda en la ducha. En la antigua casa de mis padres compartíamos patio y aquella tarde se me había ocurrido que podría intentar espiar a Marta, aprovechando que no había nadie ni en mi casa ni en la suya. Cuando oí cómo corría el agua, me acuclillé como un ninja empalmado y recorrí la corta distancia hacia la ventana entornada del baño de la vivienda adyacente. Asomé con precaución la cabeza, con el corazón latiéndome a cien, y pude observarla durante unos treinta segundos. Los pechos, bien formados y turgentes, los muslos brillantes, el coño negro y triangular, embadurnado de espuma. Ella hizo amago de tomar la toalla, reposada sobre el inodoro. Me oculté y luego volví a mirar. Se secaba de espaldas a la ventana, con el culo respingón y sonrosado por el efecto del agua caliente. Regresé a mi casa y me masturbé como si me fuera la vida en ello.
Pensando en las mil y una formas en las que podríamos joder aquella chica y yo, me corro entre espasmos, bizqueando como un tonto. “Y eso que es sólo una paja”, pienso, mientras me limpio las salpicaduras de semen del muslo y el bajo vientre.
“Pero mira qué graciosas las pelotitas de los cojones”, protesté mentalmente. “Quería un buen recuerdo sexual, no un paseo por mis años de onanista chimpancé”. Entonces comprendí que sólo había obtenido lo que había solicitado: un buen polvo.
Así que no descarté a las esferas rojas, pero en esta ocasión fui muy específico con mi comanda cerebral: una noche de sexo con una mujer explosiva de mi pasado. Un globo rojo de unos cincuenta centímetros de diámetro comenzó a pulsar cerca de donde debiera haber estado mi hombro izquierdo. Se expandía y contraía con insistencia, así que hundí mis dos manos en él y…
… tomo aire con verdadera necesidad. Ella se llama Gloria y los dos tenemos veinticinco años. No sé ni en qué lugar estamos; parece la habitación de un hotel. La luz de las farolas entra por una ventana y se distingue el oleaje del mar entre el sonido urbano de los coches y las motocicletas. Gloria se aplica a conciencia sobre mí, meciéndose como en un antiguo balancín de juguete. No sé hasta qué punto está disfrutando ella y si hay algo de sobreactuación en sus gemidos, pero en cualquier caso, estoy excitadísimo y no tardo en eyacular. Se tumba junto a mí y me besa. Me siento desubicado y dividido. No sé muy bien cómo he acabado allí con ella, pero decido que al carajo con la amnesia o lo que sea. Como si es un sueño, ¿qué más da? La abrazo y la beso.
De modo que las burbujas mnemotécnicas también incluían vivencias olvidadas. Me irritó vagamente haber perdido el recuerdo de aquella noche. Demasiado alcohol tal vez, no lo sabía con seguridad.
En realidad habría que escribirlo con mayúsculas. El Otro Barrio. Un lugar más allá del tiempo y el espacio donde recordar tu vida anterior sería tan inofensivo como rememorar un mal sueño. Un no-sitio donde tus familiares y seres queridos brillan como Obi-Wan Kenobi cuando se hizo uno con la Fuerza, y todos te abrazan con verdadero cariño, sin importar lo que hubieses hecho en la Tierra, porque la muerte los habrá vuelto más indulgentes y compresivos con las miserias ajenas que un sacerdote borracho en un burdel. Rodeado de gente querida, con ángeles volando y toda la pesca.
Pues no. Para empezar, cuando el corazón falla te entra de todo menos ganas de gastar una broma negra. Y cuando ves el túnel con una luz brillante al fondo, eres todavía lo bastante terrenal y pasional como para experimentar cierta inquietud mientras avanzas ingrávido hacia delante.
Cuando llegué, no había nadie esperándome. No vi a mis abuelos, ni a mis tíos, ni a vecino o amigo alguno. Ni siquiera pude palmear el lomo de mis perros más queridos porque tampoco estaban allí. Por no haber, no había ni un maldito querubín ejerciendo de guía turístico para difuntos recientes. Y volví a constatar que las bajas emociones que a veces solía experimentar en vida seguían conmigo, porque me sentí estafado, desamparado, con ganas de echarle la bronca a alguien, rellenar alguna hoja de reclamaciones o poner una denuncia. Tras un instante —tampoco la noción del tiempo había quedado atrás, aunque fuese errónea por mi parte y contara yo por minutos lo que en realidad podrían ser horas o décimas de segundo—, apelé a mi lado más práctico. “Estás muerto, Gonzalo, y aunque aquí no se vea un alma, relájate. Ya aparecerá alguien… digo yo”.
La luz era prístina, muy blanca, envolvente, casi como si fuera líquida. Extendí mis manos y comprobé que aunque no podía ver mis extremidades, si podía apreciar cierto contorno en torno a ellas, de modo que me permitía un grado suficiente de corporeidad. Era, pensé, como cuando aquella zorra de Los Cuatro Fantásticos se volvía invisible en los tebeos que leía de niño, y el dibujante optaba por mostrar su figura mediante líneas de puntos.
Entonces sucedió algo. Un buen número de esferas celestes, en su mayoría del tamaño de balones de fútbol, se materializaron en torno a mí, estáticas, flotando a la altura de donde habría estado mi cabeza. Algunos de esos objetos eran más pequeños, similares a pelotas de tenis. Emitían un suave destello y sonidos apenas audibles, mas en absoluto amenazantes o desagradables. Todo lo contrario. Influían en el ánimo, porque comencé a sentirme bien casi de inmediato. Yo suponía que aquellas esferas eran seres divinos e inteligentes, pero sólo estaban allí, con su color suave y su musiquilla alegre. Me decidí a tocar una de las pequeñas, por mera precaución. Si soltaban alguna descarga o reaccionaban negativamente ante el contacto, mejor era que la que se enojara fuera una de las enanas, por si acaso. Extendí una de mis manos medio invisibles y…
... estoy en la playa, un domingo, en verano. Mi padre ha enterrado una sandía en la orilla y las olas refrescan la fruta por dentro. Mi abuelo está sentado en una silla plegable, disfrutando de un tinto con Casera bien cargado. Yo tengo la espalda roja y por eso estoy obligado a pasar el resto de la tarde bajo una caseta. En realidad, me importa bien poco el castigo, porque un tío mío me ha comprado un sorbete de naranja y unos cuantos tebeos de superhéroes. Debo de tener unos nueve o diez años y pienso con algo de malicia que los adultos son gilipollas. Menuda sentencia: a la sombra con helados y cómics por tomar demasiado sol, pese a las advertencias severas que me lanzaron al principio del día. Entonces se acerca mi abuela y me dice: “¿No estás mejor aquí, hijo?”. Me abraza y a continuación extiende sobre mi espalda una crema fresca que huele a coco. Me da un beso y se aleja a hablar con mi madre. Me ruborizo. No me castigaban confinándome allí, sólo se aseguraban de que no sufriera una insolación, con el añadido de quemaduras graves. Lamo el sorbete y me enfrasco en la lectura. Sue Storm ha activado su campo de energía y su familia se refugia en ella de la onda expansiva de una gran explosión.
Volvía a estar en esa explanada bañada de luz blanquecina, rodeado de aquellas burbujas celestes, excepto la pequeñita, que había desaparecido. Así que eso eran: recuerdos encapsulados. Deduje que habían aparecido allí por alguna especie de conexión mental con mis pensamientos, cuando miré mis manos y me recordaron a un dibujo de Jack Kirby.
Había sido una experiencia agradable. No fue rememorar un pasaje del pasado, fue volver a vivirlo de nuevo, con todo lujo de detalles. Todavía me sentía seguro y protegido, podía chasquear mi invisible lengua y paladear el sabor de aquel helado de nieve, azúcar y colorantes artificiales. Aún olía a crema solar y me emocioné profundamente ante la conjunción de personas importantes en mi vida aquella tarde. Me sentía tan niño que me debatía entre abrazar a mi abuela o terminar aquel apasionante álbum de Los Cuatro Fantásticos y besarla después a ella. Una de las esferas celestes se movió hasta situarse frente a mi campo de visión. Era de idéntico tamaño a la que había tocado yo anteriormente, así que supuse que aquella bolita me trasladaría de nuevo a esa playa, justo en el instante por donde me había quedado: el sorbete y el tebeo abierto entre mis muslos llenos de granos de arena. Tentador, pero ya había visto esa “película” y deseaba comprobar si mis suposiciones eran ciertas, si el sistema, o lo que fuera aquello, funcionaba en base a mis deseos. Así que hice una prueba. Pensé en meterla, en estar rellenando a una golfa como si fuera una morcilla de Burgos, en orgasmos intensos de esos que te vacían los huevos. Yo es que soy un sentimental, doctor. No, ahora en serio: cuando estás sufriendo o crees que has muerto, da por follar, es un hecho.
Sucedió algo bien curioso. Las esferas celestes se alejaron unos metros de mi posición y en su lugar se materializaron otro contingente de burbujas, de varios tamaños de nuevo, y de color rojo, cómo no. Emitían también sonidos, y muy estimulantes, todo hay que decirlo. Empecé a estar más caliente que el cenicero de un club de carretera. Las esferas rojas brillaban, casi orgánicas, y esta vez decidí tocar una de las grandes. Si iba a revivir una buena sesión de sexo, que fuera de las más dignas de rememorar. “Allá voy”, me dije y…
… estoy pelándomela en el cuarto de baño. Tengo unos catorce años y vengo de ver a la hija de mi vecino desnuda en la ducha. En la antigua casa de mis padres compartíamos patio y aquella tarde se me había ocurrido que podría intentar espiar a Marta, aprovechando que no había nadie ni en mi casa ni en la suya. Cuando oí cómo corría el agua, me acuclillé como un ninja empalmado y recorrí la corta distancia hacia la ventana entornada del baño de la vivienda adyacente. Asomé con precaución la cabeza, con el corazón latiéndome a cien, y pude observarla durante unos treinta segundos. Los pechos, bien formados y turgentes, los muslos brillantes, el coño negro y triangular, embadurnado de espuma. Ella hizo amago de tomar la toalla, reposada sobre el inodoro. Me oculté y luego volví a mirar. Se secaba de espaldas a la ventana, con el culo respingón y sonrosado por el efecto del agua caliente. Regresé a mi casa y me masturbé como si me fuera la vida en ello.
Pensando en las mil y una formas en las que podríamos joder aquella chica y yo, me corro entre espasmos, bizqueando como un tonto. “Y eso que es sólo una paja”, pienso, mientras me limpio las salpicaduras de semen del muslo y el bajo vientre.
“Pero mira qué graciosas las pelotitas de los cojones”, protesté mentalmente. “Quería un buen recuerdo sexual, no un paseo por mis años de onanista chimpancé”. Entonces comprendí que sólo había obtenido lo que había solicitado: un buen polvo.
Así que no descarté a las esferas rojas, pero en esta ocasión fui muy específico con mi comanda cerebral: una noche de sexo con una mujer explosiva de mi pasado. Un globo rojo de unos cincuenta centímetros de diámetro comenzó a pulsar cerca de donde debiera haber estado mi hombro izquierdo. Se expandía y contraía con insistencia, así que hundí mis dos manos en él y…
… tomo aire con verdadera necesidad. Ella se llama Gloria y los dos tenemos veinticinco años. No sé ni en qué lugar estamos; parece la habitación de un hotel. La luz de las farolas entra por una ventana y se distingue el oleaje del mar entre el sonido urbano de los coches y las motocicletas. Gloria se aplica a conciencia sobre mí, meciéndose como en un antiguo balancín de juguete. No sé hasta qué punto está disfrutando ella y si hay algo de sobreactuación en sus gemidos, pero en cualquier caso, estoy excitadísimo y no tardo en eyacular. Se tumba junto a mí y me besa. Me siento desubicado y dividido. No sé muy bien cómo he acabado allí con ella, pero decido que al carajo con la amnesia o lo que sea. Como si es un sueño, ¿qué más da? La abrazo y la beso.
De modo que las burbujas mnemotécnicas también incluían vivencias olvidadas. Me irritó vagamente haber perdido el recuerdo de aquella noche. Demasiado alcohol tal vez, no lo sabía con seguridad.
Llegué a la conclusión de que podría hacer una prueba definitiva para convencerme del funcionamiento de aquella sala blanca y sus intrigantes pelotas coloridas y sonoras. Deseé mentalmente tener acceso a todos los recuerdos de mi vida desde que tuve pleno uso de conciencia.
De inmediato, aquel lugar tan imposible de redimensionar, se reveló como una sala infinita, sin techo o suelo, sin pared alguna. Hasta donde llegaba mi campo de visión, arriba y abajo, a derecha e izquierda había cientos de miles de esferas, agrupadas, al parecer, según su espectro emocional. Podría pasarme una eternidad allí probando sus contenidos. Sacudí la cabeza y solicité que permanecieran visibles y cercanas sólo las pelotas con recuerdos amargos o desagradables. A mi pesar, eran miles las que se aproximaron levitando hacia mí, mientras las demás desaparecían. Todo un espectro de esferas violetas, grises, marrones y negras se arremolinaron a pocos metros de mi posición.
No me apetecía tocar ni una. Con franqueza: ya tuve bastante de aquella mierda en su momento. Pero debía hacerlo, para asegurarme y corroborar mi teoría. Escogí una de las esferas pequeñas, del tamaño de un huevo de gallina. Al acercarme para establecer contacto con la punta de mis dedos, oí los sonidos que surgían de ella. No eran tonos musicales, pero tenían su propia cadencia, un ritmillo horrible de ruido de bisagras, de charcas pisoteadas, de zumbidos de alas de insecto. Palpé la superficie de la burbuja y…
... creo que voy a morir de miedo. Tengo veinte años y no sé por qué peregrina razón he aceptado aquel cartoncito minúsculo bañado en LSD. Hay un momento en toda borrachera en la que no temes a nada ni a nadie y te crees inmortal e intocable. Estoy con mis amigos en una discoteca. Los cuatro van ya muy pasados de rosca y nos tomamos el ácido riendo como hienas. Poco después, veo cómo se les derrite la cara a mi pandilla de impresentables, quedando expuestas cuatro calaveras sonrientes en el lugar donde antes estaban sus rostros. Estoy convencido de que pronto me sucederá a mí y trato de huir, pero mis pies se han pegado al suelo y no puedo moverme. Armo un gran escándalo en el centro de la pista, gritando como un demente y empujando a todo el mundo. Alarmo a los tipos de la seguridad del local, que me sacan de allí a rastras hasta el exterior. Uno de mis amigos me acompaña afuera y me pide que me tranquilice.
Recordaba aquel delirio drogadicto a la perfección. Fue el motivo que me hizo alejarme de ciertas sustancias, pero la esfera me había hecho revivirlo casi en tiempo real. Y eso que era una de las burbujas más pequeñas. Un impulso mórbido casi me hizo repetir la experiencia con una esfera negra del tamaño de mi cabeza, pero desistí al instante.
Así que era cierto aquello de la película de tu vida, pero yo había imaginado el asunto muy cinematográficamente, con una veloz bobina de celuloide a modo de resumen, y luego a otra cosa más interesante. Sin embargo, la realidad, mi realidad, era bien distinta. Un lugar con una luminosidad que empezaba a ser igual de molesta que el foco del banco de trabajo de un dentista, y con mis recuerdos, desde los más nimios a los más importantes, pasando por los que ni si quiera habían quedado registrados en mi memoria consciente, encapsulados y prestos a ser ingeridos por vía tópica.
¿Y si me equivocaba?, ¿y si sólo se me otorgaba recordar porque eso es lo primero que hice al llegar a la luz al final del túnel? Tal vez sólo tenía que imaginar ir al Cielo y entonces me desplazaría de alguna forma y saldría de esta especie de limbo.
Me concentré en visualizar una idea del Cielo, pero no dio resultado. Volvieron a aparecer las malditas esferas, con sus ritmillos cadenciosos y su código de colores. Toque a un buen número de ellas, una por una, y para resumir, todas me remitieron a momentos de mi vida en los que había mencionado o pensado en el Cielo. Charlas de borracho con mis amigos sobre el Más Allá, yo apoltronado en un sofá viendo pelis de corte fantástico, otra vez un servidor leyendo algún libro de terror, incluso una tarde en el muelle, haciendo promesas de amor a una chica.
Estaba angustiado. Habría preferido el maldito retorno de Nietzsche, o qué sé yo, la reencarnación con recompensa o castigo kármico de ciertas culturas, regresar a la Tierra en forma de cucaracha —por todas las que aplasté con una chancla—, incluso un Juicio Final a lo Testigo de Jehová, en una bucólica pradera donde convivieran el león y la cebra, como en aquellos horribles folletos que encontraba en mi buzón. Pero ¿recordar?, ¿recordar todo durante toda la eternidad?, ¿hurgar una y otra vez? ¿Qué sentido tenía aquello? En vida, tal vez me hubiese resultado útil, pero muerto, a la mierda con el pasado. Despertar en el Otro Mundo y considerar la vida como un sueño, como decía aquel samurái negro en Ghost Dog. Eso es lo que habría deseado. Pero no. No estaba libre de mis pasiones y reacciones emocionales. Eso era lo que más me preocupaba, además de las esferas. Tenía todavía sentido del tiempo y el espacio, podía enojarme, excitarme y hasta experimentar miedo. Yo siempre había creído que si había algo después de la muerte, estaría relacionado indefectiblemente con la liberación del espíritu, con soltar el lastre y trascender.
Entonces me llegó un escalofrío —sí, también podía sentirlos—, me sacudió, como cuando en invierno un golpe de aire frío se colaba tras una puerta abierta. ¿Y si estaba en el jodido Infierno? O en el Purgatorio. Consideré con seriedad la idea.
Todavía estaba barajando esa posibilidad cuando sentí un gran dolor y la luz de aquella estancia se apagó. ¿Conoce esa sensación de caer en un sueño? Es divertida cuando despiertas, porque pegas un bote en la cama, como una puta habichuela mágica. Pues ahora trate de imaginar que ese vértigo momentáneo se extiende durante varios segundos. Y lo siguiente fue abrir los ojos en una ambulancia.
El doctor desempañó sus gafas con un pañuelo de papel y estudió pensativo la superficie limpia de las lentes. Apagó la función de grabación de su pequeño reproductor de música portátil.
—Bueno, sin duda es muy interesante.
—Ajá —respondió Gonzalo.
—Gran parte de su narración comparte puntos y lugares comunes con el fenómeno de las ECM, como elevarse sobre su propio cuerpo y recorrer el túnel con la brillante luz al fondo. Pero lo novedoso de su testimonio es que es ahí donde suele acabar la experiencia, cuando a los sujetos les embarga una sensación de paz y plenitud, al tiempo que atisban la figura bondadosa de alguien vagamente familiar. Entonces, la mayoría de las historias terminan con el regreso a la vida. Una sala brillante con burbujas como la que usted describe no me consta. Tampoco es corriente experimentar emociones negativas, como miedo o ira.
—¿Sabe? He pensado en ello desde que desperté aquí. Siempre he estado obsesionado con recordar sucesos.
—¿Recordar? —inquirió el doctor.
—Sí. A menudo me asaltaba la sensación de que yo mismo me había obligado a olvidar ciertos momentos de mi vida —explicó Gonzalo, incorporándose un poco sobre los codos—. No sé, tal vez cuando se me paró el corazón, mi cerebro se montó esa historia de las esferas con recuerdos dentro, como una especie de autocompensación.
—Pues no resulta del todo descabellado, no.
—Entonces, ¿apareceré en su libro?
—Claro —respondió el hombre del batín blanco, sonriendo y dispuesto a despedirse de Gonzalo.
—Oiga… ¿Y si he sido el primero en estar allí y regresar?
—No le comprendo. ¿Allí?
La pena se dibujó en el rostro del paciente.
—¿Y si todo se reduce a eso? A una eternidad recordando...
De inmediato, aquel lugar tan imposible de redimensionar, se reveló como una sala infinita, sin techo o suelo, sin pared alguna. Hasta donde llegaba mi campo de visión, arriba y abajo, a derecha e izquierda había cientos de miles de esferas, agrupadas, al parecer, según su espectro emocional. Podría pasarme una eternidad allí probando sus contenidos. Sacudí la cabeza y solicité que permanecieran visibles y cercanas sólo las pelotas con recuerdos amargos o desagradables. A mi pesar, eran miles las que se aproximaron levitando hacia mí, mientras las demás desaparecían. Todo un espectro de esferas violetas, grises, marrones y negras se arremolinaron a pocos metros de mi posición.
No me apetecía tocar ni una. Con franqueza: ya tuve bastante de aquella mierda en su momento. Pero debía hacerlo, para asegurarme y corroborar mi teoría. Escogí una de las esferas pequeñas, del tamaño de un huevo de gallina. Al acercarme para establecer contacto con la punta de mis dedos, oí los sonidos que surgían de ella. No eran tonos musicales, pero tenían su propia cadencia, un ritmillo horrible de ruido de bisagras, de charcas pisoteadas, de zumbidos de alas de insecto. Palpé la superficie de la burbuja y…
... creo que voy a morir de miedo. Tengo veinte años y no sé por qué peregrina razón he aceptado aquel cartoncito minúsculo bañado en LSD. Hay un momento en toda borrachera en la que no temes a nada ni a nadie y te crees inmortal e intocable. Estoy con mis amigos en una discoteca. Los cuatro van ya muy pasados de rosca y nos tomamos el ácido riendo como hienas. Poco después, veo cómo se les derrite la cara a mi pandilla de impresentables, quedando expuestas cuatro calaveras sonrientes en el lugar donde antes estaban sus rostros. Estoy convencido de que pronto me sucederá a mí y trato de huir, pero mis pies se han pegado al suelo y no puedo moverme. Armo un gran escándalo en el centro de la pista, gritando como un demente y empujando a todo el mundo. Alarmo a los tipos de la seguridad del local, que me sacan de allí a rastras hasta el exterior. Uno de mis amigos me acompaña afuera y me pide que me tranquilice.
Recordaba aquel delirio drogadicto a la perfección. Fue el motivo que me hizo alejarme de ciertas sustancias, pero la esfera me había hecho revivirlo casi en tiempo real. Y eso que era una de las burbujas más pequeñas. Un impulso mórbido casi me hizo repetir la experiencia con una esfera negra del tamaño de mi cabeza, pero desistí al instante.
Así que era cierto aquello de la película de tu vida, pero yo había imaginado el asunto muy cinematográficamente, con una veloz bobina de celuloide a modo de resumen, y luego a otra cosa más interesante. Sin embargo, la realidad, mi realidad, era bien distinta. Un lugar con una luminosidad que empezaba a ser igual de molesta que el foco del banco de trabajo de un dentista, y con mis recuerdos, desde los más nimios a los más importantes, pasando por los que ni si quiera habían quedado registrados en mi memoria consciente, encapsulados y prestos a ser ingeridos por vía tópica.
¿Y si me equivocaba?, ¿y si sólo se me otorgaba recordar porque eso es lo primero que hice al llegar a la luz al final del túnel? Tal vez sólo tenía que imaginar ir al Cielo y entonces me desplazaría de alguna forma y saldría de esta especie de limbo.
Me concentré en visualizar una idea del Cielo, pero no dio resultado. Volvieron a aparecer las malditas esferas, con sus ritmillos cadenciosos y su código de colores. Toque a un buen número de ellas, una por una, y para resumir, todas me remitieron a momentos de mi vida en los que había mencionado o pensado en el Cielo. Charlas de borracho con mis amigos sobre el Más Allá, yo apoltronado en un sofá viendo pelis de corte fantástico, otra vez un servidor leyendo algún libro de terror, incluso una tarde en el muelle, haciendo promesas de amor a una chica.
Estaba angustiado. Habría preferido el maldito retorno de Nietzsche, o qué sé yo, la reencarnación con recompensa o castigo kármico de ciertas culturas, regresar a la Tierra en forma de cucaracha —por todas las que aplasté con una chancla—, incluso un Juicio Final a lo Testigo de Jehová, en una bucólica pradera donde convivieran el león y la cebra, como en aquellos horribles folletos que encontraba en mi buzón. Pero ¿recordar?, ¿recordar todo durante toda la eternidad?, ¿hurgar una y otra vez? ¿Qué sentido tenía aquello? En vida, tal vez me hubiese resultado útil, pero muerto, a la mierda con el pasado. Despertar en el Otro Mundo y considerar la vida como un sueño, como decía aquel samurái negro en Ghost Dog. Eso es lo que habría deseado. Pero no. No estaba libre de mis pasiones y reacciones emocionales. Eso era lo que más me preocupaba, además de las esferas. Tenía todavía sentido del tiempo y el espacio, podía enojarme, excitarme y hasta experimentar miedo. Yo siempre había creído que si había algo después de la muerte, estaría relacionado indefectiblemente con la liberación del espíritu, con soltar el lastre y trascender.
Entonces me llegó un escalofrío —sí, también podía sentirlos—, me sacudió, como cuando en invierno un golpe de aire frío se colaba tras una puerta abierta. ¿Y si estaba en el jodido Infierno? O en el Purgatorio. Consideré con seriedad la idea.
Todavía estaba barajando esa posibilidad cuando sentí un gran dolor y la luz de aquella estancia se apagó. ¿Conoce esa sensación de caer en un sueño? Es divertida cuando despiertas, porque pegas un bote en la cama, como una puta habichuela mágica. Pues ahora trate de imaginar que ese vértigo momentáneo se extiende durante varios segundos. Y lo siguiente fue abrir los ojos en una ambulancia.
El doctor desempañó sus gafas con un pañuelo de papel y estudió pensativo la superficie limpia de las lentes. Apagó la función de grabación de su pequeño reproductor de música portátil.
—Bueno, sin duda es muy interesante.
—Ajá —respondió Gonzalo.
—Gran parte de su narración comparte puntos y lugares comunes con el fenómeno de las ECM, como elevarse sobre su propio cuerpo y recorrer el túnel con la brillante luz al fondo. Pero lo novedoso de su testimonio es que es ahí donde suele acabar la experiencia, cuando a los sujetos les embarga una sensación de paz y plenitud, al tiempo que atisban la figura bondadosa de alguien vagamente familiar. Entonces, la mayoría de las historias terminan con el regreso a la vida. Una sala brillante con burbujas como la que usted describe no me consta. Tampoco es corriente experimentar emociones negativas, como miedo o ira.
—¿Sabe? He pensado en ello desde que desperté aquí. Siempre he estado obsesionado con recordar sucesos.
—¿Recordar? —inquirió el doctor.
—Sí. A menudo me asaltaba la sensación de que yo mismo me había obligado a olvidar ciertos momentos de mi vida —explicó Gonzalo, incorporándose un poco sobre los codos—. No sé, tal vez cuando se me paró el corazón, mi cerebro se montó esa historia de las esferas con recuerdos dentro, como una especie de autocompensación.
—Pues no resulta del todo descabellado, no.
—Entonces, ¿apareceré en su libro?
—Claro —respondió el hombre del batín blanco, sonriendo y dispuesto a despedirse de Gonzalo.
—Oiga… ¿Y si he sido el primero en estar allí y regresar?
—No le comprendo. ¿Allí?
La pena se dibujó en el rostro del paciente.
—¿Y si todo se reduce a eso? A una eternidad recordando...
El doctor le estrechó la mano y palmeó su hombro.
—Descanse. Ya le hablé sobre mi postura ante las ECM y lo que pienso de ellas. Mi recapitulación final será más explícita. Desvaríos de un cerebro en alerta roja tras la parada cardíaca.
—Sí, pero, ¿y si no lo son?
El doctor creyó conveniente tranquilizar a su paciente, que empezaba a mostrar leves signos de angustia.
—¿Una eternidad recordando? Qué absurdo sería, ¿no? Escuche, en la ECM es muy corriente la distorsión en la percepción del tiempo. Consuélese pensando esto: puede que tras unos minutos en aquella sala, le aguardara un destino asombroso en compañía de sus seres queridos. Sólo que aún no era su hora y por eso no avanzó más allá de las burbujas y la estancia luminosa.
Gonzalo reposó la espalda en la cama y suspiró complacido.
—Ojalá.
—Ya sabe, el cielo puede esperar. Ahora, relájese, tome fuerzas, siga el tratamiento, cambie ciertos hábitos y costumbres, haga deporte y disfrute de su vida, que será muy larga y plena.
—Gracias —dijo Gonzalo, esbozando una débil sonrisa.
El médico con ínfulas de escritor salió de la habitación, todavía rumiando en su mente el testimonio de aquel hombre.
—Una eternidad recordando —murmuró por el pasillo.
Un escalofrío de miedo le subió desde las nalgas a la base del cuello. Decidió que dejaría de fumar ese mismo día y que regresaría al gimnasio, ese local tan moderno y caro al que estaba abonado y que sólo visitaba unas cuantas veces al año.
—Descanse. Ya le hablé sobre mi postura ante las ECM y lo que pienso de ellas. Mi recapitulación final será más explícita. Desvaríos de un cerebro en alerta roja tras la parada cardíaca.
—Sí, pero, ¿y si no lo son?
El doctor creyó conveniente tranquilizar a su paciente, que empezaba a mostrar leves signos de angustia.
—¿Una eternidad recordando? Qué absurdo sería, ¿no? Escuche, en la ECM es muy corriente la distorsión en la percepción del tiempo. Consuélese pensando esto: puede que tras unos minutos en aquella sala, le aguardara un destino asombroso en compañía de sus seres queridos. Sólo que aún no era su hora y por eso no avanzó más allá de las burbujas y la estancia luminosa.
Gonzalo reposó la espalda en la cama y suspiró complacido.
—Ojalá.
—Ya sabe, el cielo puede esperar. Ahora, relájese, tome fuerzas, siga el tratamiento, cambie ciertos hábitos y costumbres, haga deporte y disfrute de su vida, que será muy larga y plena.
—Gracias —dijo Gonzalo, esbozando una débil sonrisa.
El médico con ínfulas de escritor salió de la habitación, todavía rumiando en su mente el testimonio de aquel hombre.
—Una eternidad recordando —murmuró por el pasillo.
Un escalofrío de miedo le subió desde las nalgas a la base del cuello. Decidió que dejaría de fumar ese mismo día y que regresaría al gimnasio, ese local tan moderno y caro al que estaba abonado y que sólo visitaba unas cuantas veces al año.



2 comentarios:
Muy buen relato, me ha gustado de verdad. Siempre está bien leer algo de calidad antes de ir a dormir.
Lástima que Eastwood no se retirara DEL TODO después de "El gran Torino" porque "Invictus" me pareció penosa. Saludos. Borgo.
Muchas gracias! Yo aún no me he puesto con Invictus, me da una flojera tremenda esa peli. Para mí, sus dos últimas grandes han sido Mystic River y Medianoche en el jardín del Bien y del Mal. Y ya ha llovido desde entonces.
Publicar un comentario en la entrada