El aprendiz de brujo


Título original: The Sorcerer's Apprentice
Año: 2010
Duración: 109 min.
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Jon Turteltaub
Guión: Lawrence Konner, Matt López, Mark Rosenthal
Música: Trevor Rabin
Fotografía: Bojan Bazelli
Intérpretes: Nicolas Cage, Jay Baruchel, Alfred Molina, Monica Bellucci, Teresa Palmer, Toby Kebbell

Sinopsis: Balthazar Blake es un alto hechicero en el Manhattan de nuestros días que intenta defender la ciudad de su archi-enemigo, Maxim Horvath. Balthazar no puede hacerlo solo, así que recluta a Dave Stutler (Jay Baruchel), un chico normal pero que oculta un gran potencial, para que sea su protegido, dándole un curso de inmersión en el arte de la antigua magia. Juntos deberán vencer a las fuerzas de la oscuridad. Dave tendrá que echar mano de todo su valor para sobrevivir al entrenamiento, salvar la ciudad y conseguir a la chica mientras se convierte en El aprendiz de brujo... Remake libre del cortometraje homónimo incluido en el clásico de Disney Fantasía, en el cual Mickey no hacía caso de las órdenes de su maestro y daba vida a unas escobas para que hicieran el trabajo por él.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)

Encontrar una película completamente mala no es tarea sencilla. Antes sí lo era. Bastaba darse un  garbeo hasta el videoclub más cercano y curiosear un rato. El mercado del vídeo doméstico comenzó su singladura vertiendo a cascoporro material de segunda, tercera y cuarta categoría. Importaba más el título y el diseño de la carátula que el contenido, y lo raro en esos primeros años no era alquilar una castaña, algo que se daba casi por asumido, si no llevarte a casa una cinta medio decente. Hasta que las majors no empezaron a editar primero sus grandes éxitos y luego sus estrenos de cine pasada la ventana temporal de exhibición en salas, un sábado en el videoclub consistía en pelis de kung-fu, italianadas diversas, series de animación en bloques de dos episodios, terror casposo y erotismo setentero (pechos generosos y buñuelos con mucho pelo). En los últimos años, el alquiler se había transformado en un segundo canal de rentabilidad para las grandes producciones y se redujo a dos categorías muy concretas: reestrenos y estrenos en vídeo. Y con todo, seguía siendo sencillo encontrar basura. Pero estabámos más informados, también más escaldados y escogíamos con mejor criterio.

¿Qué es una película mala? Antes era fácil definirlas, incluso desde un punto de vista distanciado y objetivo. Una película mala solía estar rodada o grabada con cuatro duros y además destruía la armonía familiar en cuestión de minutos. “Pero, ¿qué coño es esto?”, “Si lo llego a saber, me quedo en el bar”, “Pues a mí me gusta”, “Tú eres tonto”, “Callaos, que ya se pone bonita”, “¿Qué hay para merendar?”. Ahora el problema no es el presupuesto. Está todo tan segmentado y ordenado que el material de derribo, el cine basura, permanece confinado en su barrio bajo particular. Ya no se mezcla, ya no se ve en una estantería El niño biónico al lado de Los Goonies.

En la actualidad impera el gran espectáculo. Circos aparatosos, diseñados para toda clase de público y promocionados por una maquinaria monstruosa a la que sólo le falta recurrir a la inducción neuronal, como la Moka Cola de La guerra de los mercaderes, para convencernos de su producto. Pero hay tanto cabrón con talento aportando su granito de arena en esas multimillonarias producciones que la condena ya no es unánime, que ya no hay consenso. Y cuando una de estas películas falla, nunca lo hace del todo. En este blog mismo hemos tenido casos de títulos pésimos para unos y reivindicables para otros, aunque fuese por pequeños detalles. Pero El aprendiz de brujo...

En la Disney, supongo que alentados por las mareantes cifras generadas por la franquicia Harry Potter de la Warner, decidieron levantar también un título relacionado con la hechicería. Algo que molara mucho, cómo no: brujería juvenil, humor desenfadado, efectos especiales, música pop, acción por un tubo ¡y coches!, que no faltara tampoco una buena persecución en deportivos italianos. El resultado es un desastre. Esta vez no funcionó repetir con Nicolas Cage y con un director de confianza de la casa, Jon Turteltaub, responsable de La búsqueda, La búsqueda 2 y El chico, entre otros muermazos.

El mayor problema reside en el guión. Y es que de nada sirve disponer de todos los medios a tu alcance cuando la trama es de una ausencia de imaginación tan escandalosa. Como la película va de brujería, Balthazar Blake (Nicolas Cage) es un discípulo inmortal de... Merlín. Su antagonista es Morgana, por supuesto, que quiere cepillarse a toda la humanidad. Y el joven novicio a cargo de Balthazar es un lejano descendiente de Merlín, un chico patoso, introvertido e inseguro, pero de gran inteligencia y noble corazón. Maxim (Alfred Molina), un enemigo de Balthazar, pretende liberar a Morgana de su encierro y sólo “el último merliniano” podrá impedirlo. Morgana está cautiva en el interior de una matrioska y en sus diferentes capas residen también otros malvados magos, que los protagonistas deberán vencer sumando esfuerzos. Resumido así, es como un juego de rol de Square pensado para el mercado occidental.

Hay un momento en El aprendiz de brujo en el que Balthazar le explica a su pupilo los fundamentos de la hechicería, recurriendo a la veterana falacia de que el cerebro humano sólo utiliza un diez por ciento de su capacidad. Y lo empeora aún más relacionando sus poderes sobrenaturales con la física de partículas, tal vez intentando establecer una similitud entre el conocimiento científico y el uso pleno de la mente con aquella célebre ley de Arthur C. Clarke, “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. De esta manera, se cometen dos errores garrafales. El primero es seguir repitiendo la tontuna del cerebro desaprovechado, la segunda, y la más grave, es revestir la fantasía de racionalidad, cuando maldita la falta que hace. De las adaptaciones cinematográficas de Harry Potter podríamos discutir largo y tendido, pero tratan la magia como se merece e incluso cuando es contemplada como una materia doctoral, su estudio en un colegio privado delirante rehuye de la pseudociencia con un humor y un sentido de la maravilla dignos de elogio.

El aprendiz de brujo deseaba molar desde el minuto uno y creo que a medida que iban rodando, descubrían que aferrarse a los tópicos más efectivos del cine de evasión no les ayudaría a fardar por defecto, si acaso a entregar la película sin incumplir los plazos del estudio y con una cierta coherencia argumental, por muy débil que ésta fuera. Sólo así se explica ese homenaje patético al famoso segmento de Fantasía, con las descontroladas escobas del laboratorio produciendo más grima que ternura, los absurdos duelos de bolazos energéticos, a lo Bleach (una vez más, era como ver la cinemática de un videojuego, uno muy aburrido), las carreras en coche, las criaturas informáticas, el montaje frenético... Y en todo ello se aprecia algo más, algo que está relacionado con la pereza y con un desprecio poco disimulado hacia los espectadores.

La pereza podría ser la excusa para contratar a Mónica Bellucci. Si necesitas a una actriz bellísima que sepa recitar sus frases, respetar las marcas y  llorar de manera convincente, pues llamas a aquella chica morena, la Magdalena de la peli de Mel Gibson. Y un problema menos. Si el guión es una colección de lugares comunes y una insensatez encuadernada en anillas, pues así se queda. Quizá tuviesen la impresión de que no estaba saliendo la cosa tan emocionante y espectacular como se deseaba, pero seguían grabando con la tranquilidad que otorga el que casi todo pueda ser corregido y adornado en postproducción (os animaría a que echaráis un vistazo a la kilométrica ficha técnica de El aprendiz de brujo en IMDB).  Y esa convicción plena de que no importará la calidad, puesto que nos consideran zombis babeantes que tragaremos lo que nos echen.

Afirmar que nos desprecian cuando estrenan películas como ésta tampoco es tan exagerado. A mitad del recorrido, ya sabes que "el último merliniano" dominará sus poderes sin necesidad de catalizarlos con un anillo mágico, que conquistará a la chica y que derrotará a su rival. Pero los escupitajos están ahí, y son espesos y con tropezones. Mi escena favorita es cuando Becky (Teresa Palmer), la dulce rubia veinteañera, empieza a estorbar para el normal desarrollo del clímax final. Entonces Dave (Jay Baruchel) le pide que suba a tomar por culo un rascacielos para desviar la antena parabólica que está amplificando un hechizo de invocación por toda la ciudad. 

El aprendiz de brujo, a su modo, es asombrosa. Es mala de narices, es mala con avaricia, es un prodigio de malosidad. Me encantaría que la vieráis por muchos motivos (detectar dónde  y cuántas veces nos insultan sería sólo uno de ellos), pero todos relacionados con la perplejidad de ver una genuina película mala, de ésas que no hay por dónde agarrarla.

2 comentarios:

Kinski dijo...

Nick Cage es garantía de truño pero de vez en cuando se saca de la manga algo medianamente atractivo como esa Drive Angry 3D que estrenará en unos meses.
Ahora no amenaza con En tiempo de brujas, donde el amigo Nicolás se sumerje en plena Edad Media. Me temo lo peor.
Creo que su talento desaparece al mismo ritmo que su cabellera, ultimamente se gasta un peinado muy raro.
Toda esta retahila se debe a que no vi El aprendiz de brujo.

Insanus dijo...

jajajja, no te pierdes nada. Bueno, sí: música pop con bobinas de Tesla. Pero en Youtube hay varios colgados haciendo lo mismo y sin aburrir tanto como El aprendiz de brujo.

A mí me gusta el Cage, pero últimamente va a lo fácil, sin riesgos. Ni idea de esas dos que mencionas, la verdad.