Ya en la primera temporada, Breaking Bad daba avisos de no andarse con chiquitas. Esa desviación hacia el lado oscuro por el que había optado Walter (Bryan Cranston) no se quedaría en cuatro anécdotas simpáticas y un coqueteo superficial con el submundo violento y autodestructivo de la drogadicción. No puedes dedicarte a sintetizar y distribuir metanfetaminas sin pagar un precio. Y no lo digo yo, ni las leyes de las ficciones, es algo más complicado que la creencia en los castigos kármicos o las bases clásicas de un buen argumento.
En esta segunda temporada, Breaking Bad insiste en que nuestras vidas están interconectadas, por lazos muy sutiles, invisibles casi, y en que nuestros actos acarrean consecuencias. Lo inquietante es cuando los más perjudicados por una de nuestras meteduras de pata no es alguien a quien conozcamos, y aunque el protagonista de Breaking Bad también hace peligrar las relaciones afectivas que más se esfuerza por preservar, donde su conducta torcida genera más tensiones es en los nudos anónimos de un tejido común y espiritual. En los adictos que moriran de sobredosis metiéndose una mierda tan pura, en los que robarán y matarán para conseguirla, en las pequeñas y sórdidas historias de desesperación y estupidez que la famosa mercancía del Dr. Heisenberg propiciará entre gente que no chocaría entre sí de no ser por el nexo en común que los puso en contacto.
Siempre he pensado que hacer el mal no compensa. Exige esfuerzo, determinación e inteligencia, por eso a la mayoría de nosotros nos pillan enseguida tras cualquier fechoría de poca importancia. Pero lo más siniestro es que cuando dañas a alguien, creas un vínculo. Cuanto más intenso es el dolor que infliges, más asfixiante, íntimo y nauseabundo es ese vínculo. Incluso a la chica más dulce la podremos olvidar, olvidaremos su olor, su sabor, el contorno exacto de su cara... Con el tiempo, ni siquiera nos inmutaremos al recordarla. Pero si jodemos a alguien de verdad, seremos sus novios para siempre.
A mí Breaking Bad me está jodiendo. La puta cabeza sobre una tortuga, Jeffrey (Andrew Lutheran) consolándose con la teletienda, Apology Girl (Kristen Ritter) ahogándose en vómitos, el primer chute de Jesse (Aaron Paul), Tuco (Raymond Cruz) y su psicopatía galopante, el osito de peluche en la piscina...Pasarán los meses y los años y alguien todavía más tranquilo que yo en materia de series me preguntará qué le recomiendo para ver. Mencionaré Breaking Bad. No sé qué naturaleza moral tendrá esa recomendación, si habré hecho una buena acción o no, pero la maraña de Heisenberg vibrará con languidez. Otro espectador más. Otro hilo amarrado. Más vínculos.




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