Noche de miedo, 2010


El programa de este año para el 31 de octubre volverá a ser un triplete. Habrá dulces, bombones de licor, café y tabaco, los nutrientes básicos de las buenas personas.


Abriremos con La otra hija, de Luis Berdejo. Me huele a bodrio, así que la he puesto la primera por si acaso, para que no nos estropee la noche.


De segunda, Devil´s Playground, de Mark McQueen, una de zombis reciente que tiene muy buena pinta.


De tercera, Dark Country, de Thomas Jane, una recomendación facebookera del amigo Jack Raccord.


Estáis todos invitados.

DriverEasy


Se trata de una aplicación muy sencilla de utilizar y que os puede ahorrar tiempo a la hora de conseguir los drivers de vuestro pc. No tendréis que poner la casa patas arriba después de un formateo buscando los malditos discos de la tarjeta gráfica, de la de sonido, de la impresora, del monitor o de cualquier otro periférico. Incluso actualiza chipsets, aunque esa posibilidad no la he explorado por pura precaución.

DriverEasy hace un scan, localiza en la red los drivers pertinentes y los instala tras solicitar vuestro permiso. La versión gratuita es idéntica a la de pago, sólo que considerablemente más lenta en la bajada de datos. Pero incluso así, es más rápido recurrir a DriverEasy que rastrear por uno mismo en Internet las actualizaciones de los controladores.

Click aquí para descargar (XP, Vista y 7)

Fire, Band of Skulls


La flacidez, la barriga gorilera, la lorza y la estría como inspiración artística. Esta decrepitud viviente es la broma pesada que nos espera agazapada al final de la juventud. Yo ya he empezado a reírme.


La canción mola una barbaridad. La letra, aquí.


Baby, Darling, Doll Face, Honey
No I don't mean to cause you worry
It's only hands in my pocket
And the Queen on my money

Did you know I've been wanting you?
so leave your locks on the latches
If you bring the water
I'll bring the matches

'cause we are fires in the night
We are fires in the night
Let us bathe you in our heart
'cause we are fires in the night

Come on get up Romeo
Don't you know what the time is?
It's the fall of rock 'n roll,
That's what the news said

Supernatural, Temporadas 2 y 3


Comentaba no hace mucho lo bien que me había sentado la primera temporada de esta serie de misterio y terror. Buenos guiones y un tratamiento más serio de lo paranormal que en otras producciones televisivas del mismo palo. Me bajé las dos siguientes temporadas con la ilusión de que al menos siguieran en esa misma estela de calidad.

Y sí, Supernatural mejora por momentos, en especial a partir del primer tercio de la segunda temporada, cuando desaparece un personaje fuerte, demasiado fuerte, que lastraba el crecimiento y desarrollo de los protagonistas principales, los hermanos Dean y Sam. Se incorpora también al bando de los cazadores una familia de aparentes cowboys que regentan un bar de carretera a modo de testaferro, porque su verdadera ocupación es el rastreo y exterminio de monstruos. Hace su entrada Ash (Chad Lindberg), a primera vista un paleto maleducado y arrogante, aunque en realidad es un erudito de las ciencias ocultas y un científico graduado en el prestigioso MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts). Y no es el único personaje atractivo que se va incorporando al reparto habitual. A medida que la trama se va complicando conoceremos a un viejo y entrañable cazador llamado Bobby (Jim Beaver), a una buscavidas con un turbio pasado y a un demonio colaboracionista que ayudara a los Winchester en más de una ocasión.

Lo realmente entretenido sucede en la tercera temporada. Sin ni siquiera haberte dado cuenta, la serie pasa de un esquema bastante tradicional (el de una aventura por episodio) al follón más delicioso, blindado a cualquier intento de deducción y anticipación por parte del espectador: venta de almas, guerras civiles infernales, monstruos cada vez más alejados del folclore popular, drama, un terror más oscuro y austero, religión y hasta metafísica ligera. Y además, con episodios muy arriesgados en lo narrativo, que juegan con el tiempo y que homenajean o parodian a películas famosas por su inusual tratamiento de la acción. Algo que también me ha encantado es que la representación del Infierno no haya sido muy distinta a lo escrito y diseñado por Clive Barker, un autor muy considerado entre los diablos, como deja entender Ruby (Katie Cassidy y Genevieve Cortese). Maravilloso.

Una alegría de serie. Ahora, a por más.

Tráiler internacional de Let Me In


En la original, la banda sonora era suave, triste y puntualmente incidental. En el remake, tiqui-tiqui-tin, tiqui-tiqui-tin, guitarreos eléctricos y voces a lo Duran Duran, con un par. Suena a puta mierda. Quizá han usado la música de otra peli, maniobra común en esto de los avances de estrenos inminentes, pero me da que no, y que Let Me In va a ser un mal cruce entre Jóvenes ocultos y Crepúsculo.

Las cinco películas (basadas en libros de ciencia-ficción) que me gustaría ver y quién me gustaría que las dirigiese


Esta entrada deriva de esta otra, con el permiso previo de su autor, y con la intención mía de convertirla en un juego al que estáis todos invitados a participar, ya sea en vuestros blogs o en los comentarios.

Al lío.

5.- La estación de la calle Perdido, de China Miéville. Daría lo que fuera por pasear por New Crobuzon, por ver a los garudas volando bien alto y por montármelo con una chica khepri (cuerpo humano, cabeza de escarabajo, 100% morbo). Luego me pillaría un buen ciego en algún bar del barrio vodyanoi, y pagaría a uno de esos hombres rana para observarlos moldear una pequeña escultura de agua. Por la noche, oiría zumbar a las temibles polillas hipnogóticas. No me iría de allí sin avisar a las autoridades de que las máquinas de vapor se están volviendo autoconscientes, “Que lo sepan, señores, vigilen a esos trastos humeantes”.


Este soberbio steampunk creo que le iría como anillo al dedo a Peter Jackson. El neozelandés podría, sí, lo haría muy bien. Y se alejaría de chorradas como Desde mi cielo. Pero para la calle Perdido haría falta una inyección presupuestaria de superproducción total. No bastaría con unos cuantos milloncejos.

4.- Memorias, de Mike McQuay. El viaje en el tiempo a través de la memoria genética, el amor de tu vida condensado en un solo segundo, conocer a Napoleón y llegar a ser su mano derecha en la sombra. Y un acto final de un romanticismo sobrecogedor en lo alto de un faro. Dirección adjudicada a Alfonso Cuarón.


3.- Homo Plus, de Frederik Pohl. Habría que cambiar un poco el contexto histórico, social y político de la novela, pero la idea base sigue manteniéndose igual de sugerente. A saber: si no puedes adaptar un planeta a tu cuerpo, adapta tu cuerpo para un planeta. Y a eso se prestaba voluntario el protagonista, Roger Terraway, que se dejaba transformar en un cyborg perfectamente diseñado para una estancia prolongada en Marte. La alienación a través de la tecnología preocupaba a Pohl, tanto como a otros contemporáneos suyos, que imaginaban un futuro cercano robótico y electrónico donde los humanos, por irresponsables, amenazarían su propia identidad como especie. ¿Y a quién le daría este guión? Trastornos de personalidad, cirugía extrema, carne y metal fusionados… David Cronenberg, acepta, por favor. Deja el disfraz de cineasta respetable en el ropero y vuelve a ponerte aquella máscara de cuero, que daba alegría verte. Toma, y el bisturí que tanto te gustaba, para que des órdenes en el plató y degüelles a cualquiera que te moleste.


2.- Los propios dioses, de Isaac Asimov. Asimov se mostraba muy crítico con la idea de vida inteligente extraterrestre, cosa sorprendente en un autor como él, pero lo cierto es que recelaba bastante del tema y apenas incluía a personajes alienígenas en sus relatos y novelas. Los propios dioses, que iba sobre una especie extraterrestre con un tortuoso ciclo reproductivo, es una de sus novelitas cortas más insólitas e interesantes. Yo sugeriría a Robert Zemeckis, y que fuese una peli de animación por ordenador.


1.- La broma infinita, de David Foster Wallace. Hablamos de ella aquí. Compleja y vasta, esta novela podría ser adaptada como ci-fi, como melodrama familiar, como thriller, como blockbuster de acción, como comedia y hasta como pieza de terror. Crowley y yo convinimos hace tiempo en que este proyecto le pegaba a David Cronenberg, pero como a él ya lo he puesto a currar en Homo Plus, la obra cumbre del malogrado Wallace se la daré a Andrew Niccol, el dire y guionista de Gattaca y Simone. Tiraremos la casa por la ventana, durará cinco horas y será el fracaso más estrepitoso de este nuevo siglo, el Waterworld del nuevo milenio. A Niccol y a mí nos vetarán en todos los grandes estudios, pero habrá merecido la pena.

Nace Insania


No sabía que tumblear era tan divertido, si no, habría empezado antes. Y tan práctico: un espacio donde almacenar todo lo que anda disperso en mi pc en forma de marcadores, imágenes o carpetas diversas.

Insania será una extensión y prolongación de este blog, y estáis todos invitados, por supuesto.

Para acceder, click aquí o en la columna derecha, en mi blogroll.

Ding, ding, ding


Julia Roberts nunca fue coneja de mi devoción. Creo que es una buena actriz, aunque me revienta cada vez que oculta las manos en las mangas de los jerseys para dotar a sus personajes de un aire desvalido y triste (ese truquito tan mustio, tan de soap opera setentera). La mera idea de ver sus películas más recientes me da una pereza narcótica. Tengo Duplicity y Closer en el disco duro del salón criando meses y meses, y lo que les queda por criar. No, no me va mucho la Roberts, pero cuando brilla, como en esta escena de Novia a la fuga, no hay resistencia alguna que ofrecer. Uno sólo sonríe como un bobo y busca las gafas de sol, para evitar quemaduras en las retinas.


Campamento Esperanza


Enhorabuena, mineros, pero vuestro futuro está en otros trabajillos.

Visto en: Fino Filipino

Enemiga de Francia


La gitana con burka, visto en: Yellownalism

Port Blue, música para escribir


Cada escritor es un mundo, pero las manías antes y durante el acto de escribir no son tan idiosincrásicas y exclusivas, como cabría esperar entre tanta individualidad borracha de ego y vanidad. Dejando a un lado comportamientos supersticiosos o directamente neuróticos (en absoluto censurables: ninguno sabemos de dónde vienen las palabras adecuadas, la frase idónea, el párrafo que necesitábamos para construir una página entera, y si hay que bailar bajo el primer rocío de la mañana, se baila), casi todos, noveles y consagrados, mediocres y genios, aficionados y profesionales, coincidimos en más costumbres, requisitos y protocolos de los que nos imaginamos. Un lugar limpio y ordenado, refrescos o bebidas más fuertes, algo para picar, a la luz del día o por la noche, cuando todos duermen; escribir sobre papel, utilizar un procesador de textos determinado (bonito remanente tecnológico de cuando los escritores sólo se sentían cómodos con su marca y su modelo de máquina de escribir), en silencio total o con el chamánico aleteo de la música llamando a las musas.

Pero no sirve cualquier disco o canción. Una lista de reproducción con nuestras canciones más queridas nos alejará del estado mental que andamos buscando. Tampoco nos será muy conveniente pinchar algo que hemos oído pocas veces y que nos ha dejado una buena impresión, porque al cabo de unos minutos nos hallaremos más atentos a la melodía que al trabajo. Si sois de los que os acompañáis de música para elaborar vuestros textos, por experiencia propia, yo os recomendaría discos instrumentales, desde bandas sonoras (de nuevo, evitad que sean demasiado importantes para vosotros, u os encontraréis sobre la cama blandiendo un palo como si fuera un sable láser y, una vez más, lejos del teclado, que es lo grave del asunto) hasta new age, techno, ambient o ritmos étnicos.

Y podéis buscar esa clase de material o bien pinchar sobre las portadas que os dejo más abajo, Spotify mediante. Port Blue me recuerda a Moby, a Depeche Mode, a Vangelis, a Hans Zimmer, a Jack Nitzsche, a Towa Tei, a John Murphy y a muchos nombres más. Pero sobre todo me ayuda a escribir. Con Port Blue sonando, todo fluye como yo quiero, de la cabeza a la pantalla, como si el ordenador y yo nos hubiéramos conectado a través de un cable.



"Hello, my name is Adam. Port Blue is music that can be heard playing in elevators, hotel lobbies, airports, museums and restaurants inside my head. It is the soundtrack to my dreams. If I wrote music for movies, this is what my film scores would sound like. Much of the aesthetic of Port Blue is not what lies in the recordings but rather what is extracted from them.

Dreamscapes. No vocals.

In my opinion, there is a huge lack of imaginative, unconventional music being created by artists today and what little there is, goes widely unappreciated by the masses. Port Blue is my attempt at re-creating the music I want to hear and the emotions I want to feel.

I hope you enjoy my art as much as I enjoyed creating it. If by chance you ever feel as though you've come to know these songs, please consider yourself a friend because in a manner of speaking, you know me. This music is my heart and soul. This is who I am. With that being said, I am so very glad to meet you".

Dreamscapes. No vocals. Qué bonito. Más información, aquí.

Habitación en Roma


Título original: Habitación en Roma
Año: 2010
Duración: 109 min.
Nacionalidad: España
Director: Julio Medem
Guión: Julio Medem
Música: Jocelyn Pook, Russian Red
Fotografía: Álex Catalán
Intérpretes: Elena Anaya, Natasha Yarovenko, Enrico Lo Verso, Najwa Nimri

Sinopsis: Inspirada en el film 'En la cama', del chileno Matías Bize, narra el encuentro en un hotel entre una rusa y una española. Una habitación de hotel en el centro de Roma es el escenario interior en el que dos mujeres jóvenes, que se acaban de conocer, se internan juntas en una aventura física que les tocará el alma. Todo transcurre en una noche y en las primeras horas de la mañana de un día del comienzo del verano de 2008, antes de que Roma lance a cada una de ellas al lugar al que pertenecen; por la tarde Alba volará a España, y Natasha a Rusia.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)

No quería abandonar esa habitación. Temía a Alba, temía a Natasha (“Qué miedo me das, rusita”), pero sobre todo temía que transcurrieran demasiado veloces las dos horas en mi lado de la pantalla y la noche en el otro, tras el cristal, en ese trance consensuado, a veces más real que lo real, que hemos acordado en llamar cine. Yo sigo pensando que es brujería. Y cuando funciona, no hay magia más poderosa.

Deseaba quedarme con ellas, mintiendo sobre nuestros pasados, utilizando Google Earth como una extensión de la fantasía, como una herramienta más para la ensoñación, olvidando, y rechazando, que sólo es un programa informático, un montón de fotografías animadas tomadas por satélites fríos y lejanos. No me cansaba de espiar sus cuerpos perfectos, al principio con la lujuria heterosexual de Max (Enrico Lo Verso), luego con algo parecido a la mirada estética y artística que impulsaron a los autores de los cuadros que colgaban como reproducciones en aquel dormitorio.

La primera gran broma de Habitación en Roma consiste en que no te deja portarte como en una película erótica cualquiera, donde, dependiendo de la edad, entras directamente con la churra en la mano o, si ya andas más viejo y sosegado, con la también respetable intención de recrearte la vista un poco. Y es que Habitación en Roma no es cine erótico, aunque su propuesta lleve en un principio a ese equívoco, para nada inconveniente como promoción adicional de la obra. Dos chicas compartiendo una noche de pasión en Italia. Una, Elena Anaya, la otra, una suerte de diosa de las estepas rusas llamada Natasha Yarovenko. A mí ya me la habían vendido. En realidad, me basta con que figure Elena Anaya en cualquier reparto. Pero el último film de Julio Medem no podía ser de la blancura testicular de un Tinto Brass, y me habría decepcionado que así fuera. No, Habitación en Roma habla de lo breve, de lo intenso, de lo inolvidable.

Alba y Natasha encapsulan la eternidad en el espacio de una sola noche. Follan, hablan y fabulan, pactan sobre la excepcionalidad de ese tiempo y construyen sobre él una unión sólida, que alberga en ese espacio acelerado todas las fases más reconocibles en una relación convencional: la atracción física, los primeros días de idealizaciones y proyecciones mutuas, la comprensión y la aceptación del otro, con sus virtudes y defectos, e incluso la ruptura. Pero mientras ellas retozan allí, tan bonitas, tan plenas, llega la segunda gran broma de la película. Se te permite ser partícipe de esa experiencia, de ese fuego, pero Habitación en Roma te exige recordar, te cobra en sangre, te pregunta si alguna vez sentiste el amor de esa manera, si pudiste robarle a la vida una noche como aquella, si te dolió alguna vez el corazón de llenarlo tanto. La clase de cuestiones a las que te enfrentas con el cine íntimo y delicado de Julio Medem, siempre practicando ese equilibrio sin red suyo, entre lo ridículo y lo sublime.

Razones para comprar un ereader


Son feos, pequeños y caros. Para disfrutar de una pantalla de tinta electrónica que se asemeje en tamaño a una página de una novela convencional, hay que optar por modelos que pasan de los 400 euros. Pero empiezan a ganar terreno, a encontrar su público y su hueco en el mercado. Y en breve caerán los precios, estoy convencido. El Kindle 3 de Amazon ha movido ficha y es sólo cuestión de tiempo.

Al principio, era reacio a estos cacharros. Ahora, he reconsiderado mi postura. Como lector y como autor.

Como lector:

-La posibilidad golosa y embriagadora de acceder a títulos descatalogados, novelas que no puedo comprar porque en este pueblo que se cree ciudad no existen librerías de segunda mano. En cuanto a Iberlibro, Ebay y demás tiendas online... que se vayan a especular con otro.

-Cargar toda mi biblioteca en una tarjeta de memoria minúscula y darme el lujo de repasar párrafos o capítulos enteros de mis escritores favoritos sin necesidad de remover mis estanterías. Cómo habrían aullado de placer los hombres libro de Ray Bradbury.

-Leer en lugares públicos, en salas de espera, colas y ventanillas, tochacos de los que tuercen muñecas, y que se quedan en un montón de bytes dentro de una de esas tabletas tan delgadas.

Como autor, sólo una:

-Contribuir a la destrucción de los gigantes editoriales.

O al menos, disminuir el poder y el rango de influencia que ostentan. Pensadlo. Es lo más revolucionario ahora mismo. Y de la manera que más nos gusta y que nos define como generación: con el culo en el sofá y sin esfuerzo alguno.

Por eso, estas navidades, pienso regalarme un lector de libros electrónicos. Y si todo va bien, lo estrenaré con el primer borrador de mi nueva novelita.

Pesadilla en Elm Street


Título original: A Nightmare on Elm Street
Año: 2010
Duración: 102 min.
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Samuel Bayer
Guión: Eric Heisserer, Wesley Strick
Música: Steve Jablonsky
Fotografía: Jeff Cutter
Intérpretes: Jackie Earle Haley, Kyle Gallner, Rooney Mara, Katie Cassidy, Thomas Dekker, Kellan Lutz, Clancy Brown, Connie Britton, Lia D. Mortensen

Sinopsis: Freddy Krueger regresa en una reformulación contemporánea del clasico del cine de terror. Un grupo de adolescentes de los suburbios tienen algo en común: todos son perseguidos por Freddy Krueger, un asesino con el rostro quemado que trata de acabar con ellos en los sueños. Mientras permanezcan despiertos podrán protegerse los unos a los otros. Pero cuando duermen... no hay escapatoria.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)

Una rayuela de tiza, ya mítica, evoca a uno de los monstruos más queridos por… los niños. Los niños que fuimos. Sus niños. Los chavales de los ochenta encumbramos a Freddy Krueger como estrella del pop; años después lo derribábamos con unas ridículas gafitas de cartón, reafirmándonos en nuestra juventud, usando su muerte para crecer.

No costó demasiado esfuerzo arrinconar al viejo Fred. Se había tornado descuidado. En sus últimos días vivía de su leyenda. Ocupaba su tiempo garrapateando en papel los chistes malos que declamaría en sus presentaciones televisivas. Había perdido el apetito por la sangre. Su guante se oxidaba por cada réplica en plástico barato que se vendía de él. Su cara era una máscara para la Noche de Brujas, su jersey y su sombrero, los complementos perfectos para todos los gilipollas del planeta. Ya no recordábamos cuando él era Dios, cuando podía blanquear el pelo de una víctima de puro terror, cuando era respetado, a un lado y al otro de la pantalla.

Freddy sucumbió como los grandes del género lo hacen en las películas: no del todo, siempre intentando regresar para el susto final. Pero ni siquiera su conjurador oficial, Wes Craven, logró traerlo de vuelta tal y como lo conocimos. Craven se enredó con la “metaficción, que se llama” y Freddy, intelectualizado, perdió la poca dignidad que le quedaba. Hubo un último rito, una resurrección desesperada, cuando fue enfrentado a otro compañero suyo de tropelías, Jason Voorhees.

Y los niños que fuimos, sus niños, asistíamos a ese prolongado y doloroso crepúsculo con indiferencia o con sonrisas indulgentes, que es todavía más letal para cualquier monstruo de bien. Así, agotado por las masas y ninguneado por sus fieles, el hijo de mil maníacos se deshizo por última vez en una nube de partículas celestes… hasta ahora.

El reloj ha retrocedido en Elm Street. Se ha reiniciado. Reboot. Era la forma más inteligente: disponer a voluntad las piezas en el tablero y modificar las leyes de un juego que siempre estuvo trucado. Los lugareños tienen ahora acceso a Internet, han dejado de usar laca a espuertas, no visten como en un videoclip de Lionel Richie y han sustituido la línea telefónica para adolescentes por pequeños celulares multitarea. Pero el Red Bull es la bebida más popular en el instituto. Toda clase de excitantes naturales y sintéticos, legales e ilegales, son consumidos por una nueva generación de chicos. Dormir puede ser más perjudicial que la peor de las drogas. Freddy ha vuelto. Ha venido a por ellos, ha venido a por nosotros.

El demiurgo de las pesadillas estaba furioso. Era la clase de rabia vergonzante que los borrachos profesionales padecen entre las molestias de una vulgar y cotidiana resaca. La noche se desmadró, los invitados destrozaban el mobiliario, se bebían hasta el agua de los floreros y el anfitrión se creía el alma de la fiesta, cuando todo el mundo lo ignoraba o se mofaba de él. Así se sentía Fred: intolerablemente ofendido. Desde su retiro, ideó un plan. Y he de admitir que lo ha llevado a cabo punto por punto.

One, two, Freddy´s coming for you
. No es la primera vez que nos acecha. No es la primera vez que nos toca ahí abajo, donde tantas cosquillas da. No será la primera vez que nos jode. Ya era nuestro “mejor amigo” en el jardín de infancia. Krueger nos llevaba a tomar té a su cueva secreta, ¿lo recordáis? Nos desnudaba y nos fotografiaba, nos…

La mórbida atracción por la juventud siempre formó parte de su naturaleza, pero por alguna mojigata y delirante razón, con Freddy, los aficionados al terror debíamos manejar claves y atender a señales diseminadas por todas las entregas de la saga. Freddy era un depredador. Cuando las cuchillas entraban en la carne de sus víctimas, aquella lengua húmeda se retorcía de placer sensual y aquella risa cavernosa era el eco sonoro de un orgasmo mental; las sentencias ocurrentes y humorísticas, su manera de arrullar antes del coito forzoso. En 1984, que un tarado se dedicara a matar era más decente y admisible (¡!) que si abusaba sexualmente de la chiquillería.

Pero se acabaron las sutilezas, las excusas de villano de novelita barata. Violar, asesinar, todo es empezar. Y Freddy empezó con nosotros cuando aún no levantábamos medio metro del suelo.

Three, four, lock your door. Aunque no servirá de mucho. Este Freddy cambia y moldea la realidad a una velocidad apabullante, valiéndose de las nuevas tecnologías que tanto nos hipnotizan y entretienen. En menos tiempo del que transcurre en actualizarse nuestro Facebook, él ya nos habrá transportado a su sala de calderas. Y si tiene el día melancólico, tal vez ordene que nieve en la habitación, para conferir un toque de crema a nuestra ansiedad. Atrás quedaron las transiciones bruscas, el plano contra plano disimulador, el abuso de los filtros difuminadores, el vaho de hielo seco, los decorados de goma y plástico. Si con medios más tradicionales Freddy nos puso en jaque con secuencias como esta (Chuck Russell, ese gigante), temblad con la mierda onírica de calidad que puede desplegar para nosotros ahora que el único límite es su perversa imaginación.

No, no todo lo digital es nefasto, vive Gollum que no.

Five, six, grab your crucifix
. La superchería religiosa tampoco ayudará en esta ocasión. Ni darle la espalda al monstruo, ni dejar de creer en él, ni quemar sus huesos, ni traerlo a nuestro mundo, ni combatirlo en el suyo. Uno de los rasgos que más aterraban de Freddy era su presunción de invulnerabilidad. ¿Cómo matar a lo que ya está muerto?, ¿cómo evitar que nos visite cuando más indefensos estamos? Samuel Bayer lo ha comprendido. Y Wesley Strick y Eric Heisserer han esculpido una formidable representación del dolor y del odio más extremo, atemporal e imbatible.

Seven, eight, better stay up late. Sí, mejor que permanezcamos alerta. Cuidado también con los microsueños. Son la bomba, ¿sabéis? Cuando estemos tan fatigados que hasta evitemos parpadear por si nos dormimos, el cerebro nos brindará avisos de colapso, desconectando durante unos segundos. Y Freddy se tomará esos descansos como un alegre William Castle de las alucinaciones, dando avances horripilantes, ejecutando truquitos de feriante tahúr, ofreciendo un tráiler del suplicio que nos aguarda en las neblinosas tierras del coma.

Nine, ten, never sleep again
. Los niños de Elm Street, sus niños, volvemos a correr peligro. La oscuridad es más ominosa que nunca, el sueño es la antesala del Infierno y resistir despierto sólo prolonga la agonía y el sufrimiento. Nos lo teníamos merecido. Algunos, los más traumatizados, incluso lo estábamos deseando…

¿Qué es un hombre sin su machete?


El fondo de escritorio para este mes de octubre rinde homenaje a Machete, que está pendiente de ser reseñada aquí en vuestro blog.

(Click en la imagen para ampliar)

Biblioteca Pérez-Reverte


A mí esta colección me llega tarde. No es que tenga toda su obra, pero los que no compré, me los prestaron y salvo un par de cosillas, poco me queda ahí que rascar. Sigo prefiriendo al Reverte breve, al articulista y al cuentista, al novelista corto de El húsar, La sombra del águila, Territorio comanche o Un asunto de honor.

Lo bueno de estas churricolecciones es que después te encuentras tomos sueltos en cualquier parte y a un precio de risa. Y tanto ahora como dentro de unos meses o años, yo os animaría a probar con ese Reverte que os menciono. Olvidad al personaje, al caballero español, al Tomás de Aquino de chirigota, al Quevedo contemporáneo, al Torrente listo y flaco que tanto juego le da y que a algunos tanto irrita. Leed sin prejuicios sus libros. Los escritores mueren, pero la obra permanece. Y la de Reverte merece ser tenida en cuenta. Novelas técnicamente impecables que aúnan diversión, aventuras, intriga y misterio con un profundo amor por el oficio y un envidiable conocimiento de los resortes del género.

No esperéis a que palme, a que una nueva generación lo reivindique y señale lo que muchos de sus lectores ya sabíamos. Que no sería nada grave: lo importante es leer y pasarlo bien. Pero da más gustito reconocer y disfrutar a un clásico cuando éste respira en el mismo marco temporal que nosotros, ¿o no?