La noche de los pirados vivientes


Título original: Die Nacht der lebenden Loser
Año: 2004
Duración: 90 min.
Nacionalidad: Alemania
Director: Mathias Dinter
Guión: Mathias Dinter
Música: Andreas Grimm
Fotografía: Stephan Schuh
Intérpretes: Tino Mewes, Manuel Cortez, Thomas Schmieder, Collien Fernandes, Hendrik Borgmann, Nadine Germann, Sissi Perlinger, Henry Gründler

Sinopsis: Philip, Wurst y Konrad son tres típicos adolescentes, más preocupados por las fiestas y las chicas que por cualquier otra cosa. Cuando Philip se enamora de Uschi, el bombón de la clase, se pone a pensar métodos que le permitan conseguir su atención. Con la ayuda de la vecina de Philip, Rebecca, intentan realizar un ritual vudú, pero en vez de conquistar a la chica, son transformados en zombis. Lo bueno es que ahora tienen vida ilimitada y gran fuerza, lo malo es que pueden acabar comiéndose a alguien...

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)


Generalmente, adjetivos como “pirados”, “chiflados”, “locos” y “disparatados” en el título de un film, ya sea como parte de su nombre original o como contribución adicional en las distribuciones locales de cada territorio de exhibición, actúan como indicativos casi fosforescentes de que nos encontramos frente a un espanto con pretensiones de comedia. Y no lo vamos a pasar bien ni aunque nos chorree El Joker con su gas de la risa. Esto no falla desde la época de las explotaciones e imitaciones del estilo de los ZAZ. Pero si además hay zombis de por medio, es como si un imaginario policía culto y educado (de ahí lo de imaginario) nos explicara que el tráfico está cortado y que sería mejor que diéramos media vuelta por donde hemos venido.

Para muchos, entre los que me cuento, un zombi no es una broma, un zombi no tiene ni puta gracia. No somos una gran mayoría, pero es fácil distinguirnos: Shaun of the Dead nos pone nerviosos, muy nerviosos, y El regreso de los muertos vivientes nos parece un peliculón sombrío y absolutamente terrorífico.

Cuando llegan las comedias al mundo zombi, significa que un ciclo se está cerrando, que los podridos proceden a devorarse a sí mismos y retornan al cementerio, a dormir hasta que llegue un nuevo amanecer. Pero para bromear con un género, concepto o monstruo, hay que conocer el percal a fondo, y luego hay que contar con el talento necesario y los medios adecuados para que el resultado no sea tan desastroso como en esta ocasión que nos ocupa. Cuatro chistes sobre la descomposición y el hambre de carne humana no bastan. Ni para una peli, ni para un libro, ni para un tebeo, ni para nada.

La noche de los pirados vivientes es un bodrio insultante, con un montón de jóvenes alemanes comportándose como si estuvieran en un instituto de secundaria estadounidense, con unos lamentables efectos visuales (pestazo a After Effects que se huele desde casa a través del televisor) y unos más aún penosos maquillajes. Las interpretaciones son horrendas y la historia y los diálogos rozan lo grotesco.

Una mezcla de vudú de postal y cánticos del Necronomicón (cómo no) transforman a tres amigos en zombis. A lo largo del interminable metraje, estos tres pringados descubrirán las ventajas e inconvenientes de ir por ahí con el sistema nervioso desconectado y los músculos más duros que una piedra. La moraleja es que siguen siendo perdedores, aunque puedan desfogarse comiéndose a los matones que les amargan la vida en los pasillos de la escuela. Aunque tampoco este planteamiento, el de la venganza de ultratumba, se explora con valor, con un mínimo de ocurrencia o chispa.

No perdáis el tiempo con esta basura, amigos, ni siquiera en vuestro afán completista de revisar todo el material que ha salido al mercado desde que los zombis volvieron a estar de actualidad, hace ya casi diez años. Sé que es una recomendación baldía para los que no podéis evitar mirarlo todo “por si acaso”. Pero yo soy de los vuestros y creedme: se logra una tarde más provechosa leyendo por enésima vez capítulos sueltos de Guerra Mundial Z y reproduciendo en loop los cinco episodios de Dead Set que atendiendo a este despropósito.

Gallino: El Origen


La primera vez que mató a picotazos a una chica, Gallino recordó a su abuelo y lo mucho que se divertían juntos cacareándole al sol.



(Con permiso de Ernesto Sevilla y dedicado a Carmen García)

Supernatural, Temporada 1


Los hermanos Winchester sobrevivieron de pequeños al ataque de un demonio que se llevó a la madre de ambos. Desde entonces, y aleccionados por su padre, John (Jeffrey Dean Morgan), ambos chicos se han convertido en unos magníficos justicieros solitarios. Pero mientras que Dean (Jensen Ackles), el mayor de esta pareja de ghostbusters modernos, parece aceptar y hasta disfrutar con la misión que le ha tocado desempeñar (eliminar criaturas y entidades sobrenaturales a lo largo y ancho de los Estados Unidos), Sam (Jared Padalecki) no es del todo feliz con el “negocio familiar” y sólo acepta regresar a él cuando su novia Jessica (Adrianne Palicki) muere de la misma manera que su madre y cuando, al mismo tiempo, su padre desaparece en extrañas circunstancias y dejando sólo como pista su diario personal, un tortuoso librillo escrito a mano donde ha recopilado todo lo aprendido hasta el momento.Justificar a ambos lados

Hay una lista de detalles en esta serie que me han ganado y han logrado que decida seguir con ella más allá de esta primera temporada. El más importante es que aquí el Mal no es una excusa para el melodrama y el petardeo, como ocurre en Medium o en Entre fantasmas. Y no es que no se den momentos sentimentales, acordes a lo mucho que sufre una familia estigmatizada por un conocimiento que arruina la sensación de seguridad de la adultez, ganada a pulso cuando dejamos atrás la infancia. Los Winchester saben que afuera se arrastran cosas en la oscuridad, que las pesadillas no siempre acaban al despertar, que los monstruos existen y que nunca se está a salvo del todo. Esta pesada carga les ha hecho perder a seres queridos y ha deshilachado los lazos que los mantienen unidos como familia. Pero en Supernatural, cada lágrima, cada abrazo, cada confesión escupida entre sollozos atiende a estas circunstancias excepcionales. De hecho, voy a descargarme la segunda temporada con la ilusión de que no voy a encontrarme con demonios bondadosos, como en Reaper, ni con fantasmas arrepentidos, ni con una imbécil como Melinda Gordon. Espero no equivocarme.

Los fantasmas y poltergeists de Supernatural rara vez desean encontrar la paz y ascender hasta el clásico foco de luz redentora. No, los espíritus de esta serie se ajustan a la descripción que nos intentan vender los farsantes de lo parasubnormal: son ecos repetitivos del dolor y la miseria que provocaron en vida, sujetos a una serie de normas relacionadas con sus obsesiones, las mismas que les han permitido encontrar un desvío tras la muerte para continuar con sus fechorías en La Tierra.

Y eso cuando los protagonistas de Supernatural lo tienen fácil, que no es muy a menudo. Para los hermanos Winchester, que el caso del día sea un espíritu asesino supone un curro rutinario: buscar los huesos, salarlos y prenderles fuego con algo de gasolina. Pero en esta primera temporada, los chicos tendrán que vérselas con algo más que fantasmas revoltosos.

Otro punto a resaltar es la construcción de una mitología si no propia, sí convincente y muy efectiva. Dean y Sam rara vez se sorprenden de la naturaleza y característica del monstruo al que persiguen en este o aquel episodio. Identifican a sus presas con más o menos rapidez echando mano de las hemerotecas o tirando de las imaginativas referencias que los guionistas establecen con la literatura de género y las leyendas urbanas. En el episodio piloto, ante la aparición espectral de una chica en una curva, Dean no tarda en declarar que se trata de una “Dama Blanca”. Esa frase, tan escueta, seguida de una afirmación muda de Sammy, le da una profundidad preciosa a todo lo que esté por llegar en sucesivas entregas. Una Dama Blanca. Como la de aquel cuento de Wilkie Collins, pero también como la que los garrulos de tus amigos juran haber visto en alguna ocasión en la autovía que conecta con el puticlub del pueblo. En la realidad de Supernatural, las diversas caras del Mal tienen un nombre y un modus operandi, distinguible sólo para los iniciados, y además son manifestaciones recurrentes en el mundo, donde han dejado su huella en los diversos floclores locales. Ya han estado en el pasado haciendo de las suyas y a poco que Dean y Sam indaguen, aparecerán pruebas de sus andanzas en distintos siglos y países. Una Dama Blanca, un Cosechador, una Shtriga, un Wendigo, un Djinn, una Bloody Mary, etc.

Entre cacerías, ritos de limpieza y exorcismos, los Winchester viajan juntos en un majestuoso Chevrolet del 67, oyendo rock, gastándose bromas y restituyendo viejas heridas del pasado a golpe de amor fraternal. Pero también reflexionan sobre aspectos misteriosos de los casos que han resuelto. Que los dos jóvenes conozcan bastante bien el paño que les ha tocado bordar no significa que comprendan todos los motivos y consecuencias de su trabajo. Es especialmente interesante el capítulo dedicado a la Tulpa, una especie de fantasma nacido por el poder de la fe de miles de anónimos internautas, como aquel Candyman de Clive Barker ("Dulces para los dulces"), un dios menor conjurado por el miedo de sus creyentes. A propósito de este fenómeno, Sam le pregunta a Dean cuántas de esas cosas que ellos han combatido no serán también manifestaciones físicas de una sugestión colectiva.

Un capítulo, una aventura. Estructura old school, como a mí me gusta, aunque la trama comience a embrollarse a partir de la mitad de esta temporada, algo que tampoco me desagrada. Al contrario: estoy deseando que entren en escena los auténticos peces gordos del Averno, y ver si los Winchester podrán mantenerlos a raya con agua bendita, fuego, sal gorda, hierro y extravagantes pentagramas sacados de viejos grimorios.

But not tonight, Depeche Mode


But not tonight, además de estar en el Black Celebration, formaba también parte de la banda sonora original de Modern Girls, una olvidada producción de la Atlantic que narraba las peripecias de tres zorrones y un pardillo una noche de fin de semana en Los Angeles. Modern Girls era un espanto, pero tiene un cartel bellísimo que algún día colgaré en una pared de mi casa:


Esta canción es mi favorita de los Depeche Mode. Y es que estos tíos ya eran muy grandes antes del Music for the Masses y el Violator, pero sospecho que aún no eran conscientes de ello. Es como si se percibiera en este videoclip, ¿no lo notáis? Un curro más, una tarde de playback y poses para grabar uno de esos vídeos con retroproyecciones y avances de lo que sería un estreno inminente en cines. Hay cien mil videoclips como este, con ese montaje tan característico. Claro que en ninguno suena el But not tonight:



La letra, aquí


Oh God, it's raining
But I'm not complaining
It's filling me up
With new life

The stars in the sky
Bring tears to my eyes
They're lighting my way
Tonight

And I haven't felt so alive
In years

Just for a day
On a day like today
I'll get away from this
Constant debauchery

The wind in my hair
Makes me so aware
How good it is to live
Tonight

And I haven't felt so alive
In years

The moon
Is shining in the sky
Reminding me
Of so many other nights
But they're not like tonight

Oh God, it's raining
And I'm not containing
My pleasure at being
So wet

Here on my own
All on my own
How good it feels to be alone
Tonight

Sesenta y dos años de terror


Y que cumpla muchos más. Amo a este tío, aunque refunfuñe y proteste cuando me cuela novelas mediocres y meramente alimenticias.

Los pilares de la Tierra


La adaptación televisiva del best-seller de Ken Follet es una serie de ocho episodios que actualmente ha empezado a emitir Cuatro aquí en España.

No sé cómo les funcionará a aquellos que no hayan leído el libro. Sospecho que bien, porque Los pilares de la Tierra, en el fondo, era un magnífico culebrón más que una novela histórica al uso (aunque Follet se cuidara de contentar a los que buscaban también un educativo viaje en el tiempo): decenas de personajes alineados de manera maniquea a un lado o al otro del Bien y del Mal, altas y bajas pasiones, violencia, mucho sexo y la excusa de la construcción de una catedral como escenario para hablarnos de una más que creíble Edad Media, miserable y tenebrosa, envuelta en guerras provincianas y bajo la influencia de una Iglesia manipuladora y asfixiante, que reducía a convenientes supersticiones la verdadera fe de sus fieles.

Todo eso está en la serie con participación financiera de los hermanos Scott. Y en la medida de lo razonable, hay escenas tórridas (los sensuales polvetes de Rufus Sewell con Natalia Wörner, Tom y Ellen respectivamente, fueron los momentos que remitían con más fuerza al libro), combates a muerte, conspiraciones e intrigas palaciegas y de fondo la catedral de Kingsbridge, como en la novela. Pero tanto las localizaciones naturales como los decorados y el vestuario no consiguen reflejar del todo lo que Follet insistía en remarcar una y otra vez: que en esa época se vivía de puta pena, que un invierno podía matarte, que comer con regularidad varias veces al día no era lo usual, que las calles apestaban, la gente también y que aquello era muy distinto a lo que las películas de aventuras solían reflejar. En la serie, aunque no han incurrido en el error de mostrarnos un condado colorido y naíf y unos interiores de cartón piedra como los del Hollywood de la edad de oro, tampoco se han librado de cierta artificiosidad en la recreación de ambientes y personajes. Discutibles leyes de mercado, supongo. No habría sido muy seguro contemplar charcos de lodo y mierda, nobles vestidos con telas gruesas manchadas de grasa, dentaduras cariadas, nubes de moscas y nidos de ratas en cada esquina. Y sin embargo, así eran aquellos tiempos y así lo contaba el autor en su novela. No es que en la serie luzcan de punta en blanco sobre calles y hogares inmaculados, pero por ejemplo, no hay suelos de paja en las casas, ni barracas en los pueblos. El diseño de producción no es Ivanhoe (a Dios gracias), pero tampoco es El nombre de la rosa, una referencia ésta que los responsables de la serie deberían haber considerado con detenimiento.

Como decía, la misma naturaleza de folletín del libro auguraba que sería un excelente producto cinematográfico o televisivo. Podéis comprobarlo siguiendo las emisiones de Cuatro o bajando la serie (en versión original con subtítulos, sin publicidad y sin esperas semanales: irresistible). Yo mismo recuerdo haber hablado con mi prima sobre lo estupendo que quedaría Los pilares de la Tierra trasladado a cine. Estamos ante una buena serie que, por temática y por brevedad (ocho episodios caen fáciles en una noche tonta), supone un descanso frente a otras propuestas más cercanas al thriller, el terror y la ciencia-ficción, que además se extienden durante temporadas enteras, y no siempre manteniendo el nivel de calidad e interés incial.

Ah, y atentos al episodio séptimo: hay un cameo muy especial.

Dead Space


El ingeniero especialista Isaac Clarke viaja en una misión de reconocimiento al USG Ishimura, uno de los mayores logros tecnológicos de la humanidad. El Ishimura fue vital en la reactivación de la apagada economía del planeta Tierra, gracias a que es capaz de detectar y atrapar asteroides con abundantes vetas de metales valiosos.

Pero algo ha ido mal en la última prospección y es imposible establecer contacto con la gran nave. Cuando nuestro transbordador se acerca al Ishimura, fallan los controles y acabamos colisionando en un puerto de amarre. Se nos encomienda la primera misión de las muchas que deberemos acatar en este juego: reparar el monorraíl interno que comunica con las diferentes secciones del Ishimura. Y a partir de aquí, nos esperan doce capítulos de acción y terror.

Dead Space es un survival horror que en su mecánica no es muy distinto a Resident Evil, Silent Hill o cualquier otro título célebre de este género que nos ha proporcionado tantas horas de respingos y chupadas nerviosas al cigarrillo. En este sentido, no incorpora novedades dignas de mención. Hay, eso sí, pequeños detalles que le dan un lavado de cara al concepto, como la integración de nuestro mapa, inventario y estado en el mismo traje del protagonista. También hay determinadas fases que se suceden bajo gravedad cero, a veces sin atmósfera y con el espacio profundo sobre o bajo nuestras cabezas. Pero en esencia, lo que tiene Dead Space para ofrecernos es una aventura no muy distinta a la de Cold Fear: un tipo que se las tiene que arreglar por su cuenta desbloqueando nuevos pasillos y puertas, resolviendo puzzles y eliminando a monstruos, ya sea en un gran petrolero en alta mar o en una inmensa astronave.

Los años han pasado y las máquinas actuales pueden por fin mover con soltura y con más potencia gráficos que antes recurrían a maniobras de maquillaje como el renderizado de fondos fijos o la sempiterna niebla que ocultaba el constante redibujado de polígonos. Ya no hay necesidad de estas triquiñuelas y aunque todavía estamos lejos del fotorrealismo que nos vienen prometiendo desde principios de siglo, Dead Space demuestra que ya se puede hacer un survival lujoso y perfecto para consolas domésticas. Y ya era hora.

El blues del ingeniero

Es una de las unidades más odiadas por casi todos los jugones: el ingeniero. No en vano raro es el videojuego de estrategia en tiempo real que no incorpore a estos técnicos y que no obligue a utilizarlos en ciertas zonas para neutralizar o habilitar dispositivos, edificios, puentes o carreteras. El ingeniero suele ser lento, muy vulnerable y no apto para el combate; también cuesta muchos recursos producirlo o entrenarlo. Y luego llega el típico artillero del montón y lo revienta con dos disparos o una granada. Detestar a un ingeniero revela que has gastado muchas horas lidiando con ellos en sagas tan populares como Command & Conquer.

Isaac Clarke es un ingeniero. Más allá de su sospechoso nombre y apellido, que podría ser un homenaje por parte del estudio Redwood a Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, no hay nada en él que inspire seguridad. En Dead Space nos arrojan en mitad de una contaminación biológica que reanima a los muertos y enloquece a los vivos, con riesgo de peligro en cada habitáculo o cubierta que visitemos. Pero esta vez nuestro avatar no es un fornido marine, un héroe malhablado o un policía de élite. Sólo somos un vulgar ingeniero que por no tener no tiene ni armas. Las armas de Isaac son herramientas de trabajo de los mineros: cortadoras, rifles que escupen pulsos, lanzallamas, sierras eléctricas o rayos destinados a perforar rocas pesadas. Su traje no es una armadura de diseño high tech o un bonito uniforme que nos inspire confianza. El tío lleva un mono presurizado, reforzado con remaches metálicos. Con dos cojones.

A lo largo y ancho del USG Ishimura, nuestro hombre podrá mejorar sus pseudoarmas y su lamentable indumentaria en distintos puntos que son como pequeños talleres para esos propósitos. Sin embargo, nunca transformaremos a nuestro personaje en un guerrero al uso, no dispondremos de verdadero material bélico; incluso optimizando su traje y sus instrumentos hasta los últimos niveles permitidos, continuará siendo un técnico especializado.

Pero Isaac es el ingeniero que redime a todos los demás, a los que iban exasperantemente lentos por los campos de batalla, como pollos sin cabeza, obedeciendo con un estúpido “Yes, sir” a nuestras insistentes llamadas y escogiendo siempre las rutas más complicadas para ir de un lugar a otro (en realidad, responsabilidad de una I.A. pésima, aunque nos desfogáramos maldiciendo a esas figurillas torpes como si fuesen ellos los que eligieran por propia voluntad tropezar con cada obstáculo). Isaac es un profesional que no es un completo inútil en el combate cuerpo a cuerpo. Y su interés por el Ishimura va más allá de su obligación como empleado de la corporación Concordance: en algún lugar de la astronave se encuentra su amor, Nicole, asustada y herida.

Voy a empezar de nuevo

La dificultad en el modo Medio de Dead Space es fiel a su nombre. Ni muy fácil, ni muy difícil. Parece una tontería, pero acostumbrado ya a que cualquier videojuego actual sea un insulto en cuanto a reto personal, ha sido maravilloso volver a encontrarme con sensaciones que ya daba yo por perdidas, como la de ahorrar munición y botiquines de salud o la de rendirme a la evidencia de que he malgastado demasiados cartuchos y no dispondré de ellos para eliminar a los monstruos más resistentes y gigantescos. Y ha sido un placer sopesar eso de “Voy a empezar de nuevo”. Cuánto lo echaba de menos. Además, los logros invitan a volver al Ishimura transcurrida con éxito la primera ronda. Es casi obligado regresar para poder comprar todos los trajes y armas y completar todas las mejoras. Eso sin olvidarnos de los distintos extras que nos van regalando como recompensa por nuestra perseverancia: nuevos registros gráficos, dinero, nodos de energía y tal vez otros finales alternativos; me da que como buen survival seguro que éste esconde algún desenlace más feliz que el que me tocó experimentar a mí hace unas horas.

Un gran juego, amigos. De lo mejorcito en su género y en su generación.

Dead Space: Perdición

Paralelo al lanzamiento de Dead Space tuvimos un avance en forma de largometraje de animación, con guión de Warren Ellis, y que contaba cómo el USG Ishimura se encontraba con algo más que iridio, cobalto y oro en el planeta Aegis 7. Los científicos de la nave subían a bordo un extraño artefacto de origen alienígena y poco después la tripulación experimentaba severos cuadros de paranoia, manía y alucinaciones. Luego llegaban los cambios. Los enfermos se transformaban en horribles criaturas de largas y mortíferas extremidades y se dedicaban a asesinar a sus compañeros.

Dead Space: Perdición es un estupendo entrante que recomiendo ver. Pero si el disco os quema en las manos y estáis ansiosos por comprobar si Dead Space es tan bueno como dicen (y os aseguro que lo es), podéis prescindir de esta precuela o dejarla en reposo para otro día, ya que tanto la película como el juego, aunque se relacionen, también funcionan como unidades independientes de una misma trama raíz.

Angelitos negros


Alex

Regan

Dan ganas de tener hijos.

Scream, The Misfits


—Bueno, chicos, motivos para formar una banda de rock.
—Por la música, amamos la música, ¿no?
—Sí, como todo el mundo, ya ves tú.
—Por ver cómo corea nuestras canciones un estadio de fútbol al completo.
—Psé.
—La fama, el dinero, la buena vida: mansiones, cochazos, yates...
—No está mal...
—Las titis, ¿no?
—Eso va implícito en la génesis de cualquier banda de rock, gilipollas. Es como un principio constitucional o algo así. Tíos, exprimíos más el coco y dadme una buena razón, porque sólo de pensar en la de horas que tendremos que echar ensayando en el garaje, en el trabajo duro que nos espera, en...
—Que George A. Romero dirija uno de nuestros videoclips, con zombis, mordiscos y mucha sangre. Y al final le metemos un homenaje al Thriller de John Landis.
—¡Eh, eso suena cojonudo!
—¡Genial!
—Sí, tíos, pero eso ya lo hicieron los Misfits en 1999.
—¡Joder!
—¡Coño!
—Bah, si no sé ni para qué nos esforzamos. Tú, enchufa la pley.
—¿Pedimos unas pizzas?
—Vale.



La letra, aquí


A chill runs up your spine
It crawls into your brain
The freezing touch of fear

It's driving me insane
Although you try to fight
Dragged from the silence where you hide
'til you... Scream

Scream
I can't wait to hear you...
I can't wait to hear you...
Scream

It's driving me insane
Although you try to fight
Dragged from the silence where you hide
'til you... Scream

Scream
I can't wait to hear you...
I can't wait to hear you...
Scream

Tres bragas, un libro



Hace unos cuantos meses, usé un símil en una entrada que incluía bragas y libros. Y anoche, googleando a lo loco (imaginad qué palabras incluiría en la búsqueda para que me saliera esta imagen), me topé con esto. De aquí a Cuarto Milenio.

Mirad, me concentro, me froto las bolas. Yo es que canalizo así. Ahora. Que lo veo, coño, que lo estoy viendo y me pongo azul pizarra de la mala leche que me entra. Podrían ser libritos de autoedición, que al fin y al cabo no es tan grave: mandas imprimir una pequeña tirada y te las arreglas por tu cuenta. Pero me da que es co-edición, de la marronera, con esas presentaciones llenas de familiares y amigos en una cafetería con encanto, con notas de prensa y entrevista en la radio local, con distribución regional y soporte online. Sólo hay que fijarse en esas portadas básicas, con ese color crema tan típico de los poemarios baratos. A los autores les hicieron pagar por su sueño y se encontraron después con cajas enteras de una pesadilla que no lograban colocar ni a mitad del precio de coste, acabando casi todas en la basura o en el carro del trapero más cercano. Y poco después un autónomo saleroso, de los que trabajan nuestros mercadillos, incorporó los libelos como valor añadido a su producto ("Las bragas de la Beyoncé, las bragas de la Beyoncé, escoja tres y un libro pa usté"). Claro que también los podría haber escrito el mismísimo vendedor de ropa interior, o su mujer, o su hija adolescente. Y eso sí que me daría pena.

Merodeo silencioso por varios foros literarios y rara es la semana o mes que no entra alguien contentísimo porque ha recibido una carta con la crítica positiva de su obra. Luego viene el "contrato" y la "colaboración económica", cómo no. Malditos mercenarios de ilusiones.

Así habló Ziggy Stardust


“Hay una serie de puntos que debemos tratar tú y yo, para que todo vaya como la seda. Seda… Me encanta la seda. Y la lana. Pero sigamos, que el tiempo es oro y esta vía de comunicación no suele ser muy estable.

Desciendo de una larga casta linense de gatos callejeros. Si veo comida en casa, voy a incordiarte, treparé por tus piernas y te miraré como si pasara días sin mover el bigote. No desesperes: debo llevarlo en la memoria genética. De cuando mis padres y mis abuelos zampaban sobras hasta reventar porque no podían calcular cuándo volverían a comer de nuevo. Bastará con que me entretengas con cualquier migaja.

Cuando juguemos, a menudo perderé el control. Te arañaré y te morderé las manos, los brazos y los pies como si me fuera el honor en ello. Puedes advertir que me estoy entusiasmando en exceso porque echaré las orejas hacia atrás. Si notas que es demasiado intenso para ti, simula dolor. Ay, ay, ay. Entonces pararé y lameré tus heridas. Sí, lo sé: no se puede ser más encantador. Pero así soy yo, un minino encantador. Tienes suerte de vivir conmigo.

Estás autorizado para cogerme en tu regazo. Pero si protesto con un maullido, suéltame en el suelo. No seas pesado.

Deja que duerma tranquilo. Si estoy sopa, lo estoy. De nada servirá que me despiertes para jugar. Me limitaré a cambiar de sitio y seguiré sobando.

Que no te asusten mis emboscadas nocturnas a tus tobillos. Forman parte de tu educación.

Te quiero y te querré, pero a mi manera. Nunca sabrás cuándo uno de mis lametones nace del cariño que te tengo y cuándo de mi obsesión neurótica por la limpieza. Pero de este modo es más emocionante, ¿no? El no discernir si te estoy besando o eliminando de tu rostro una partícula de suciedad.

Cambia mi cajón de arena entero. Me pone enfermo verte rebuscar heces con una pala de plástico en una mano y una bolsa en la otra.

Me gustan tus pájaros. En especial, el gorrión. Sería un gesto por tu parte que me permitieras estar un rato a solas con él. No voy a hacerle daño, te lo prometo. Sólo quiero examinarlo de cerca, fuera de la jaula...

Detesto que me eches de tu escritorio, aunque lo hagas con delicadeza. Quiero tocar el teclado, que igual escribo algo más interesante que tú.

No debe haber zonas prohibidas en mis dominios. Me parece indignante que no me dejes salir a la calle.

Te he oído hablar con otros miembros de tu familia sobre una operación y he visto cómo señalabas a mis partes nobles con inquietantes gestos de costurero psicópata. Ni se te ocurra, ¿me oyes? ¡Ni hablar! Vale que me hayas vacunado, paso también por estar marcado con un microchip, apenas protesté cuando me extrajeron sangre para aquellos análisis, pero no me toques los cojones.

A mí también me gusta ver la tele. Pero no esa basura que tú llamas cine. Yo prefiero los documentales de aves.

El pienso está bien, aunque lo gozo más con las latitas de trucha y salmón y con los sobres de carne con gelatina.

El agua, fresca. No olvides cambiarla a diario.

Podríamos volver a cazar moscas alguna tarde. Como aquella vez que me llevaste dos ejemplares medio muertos a mi cestita. Fue una jornada maravillosa. No albergues reparos morales, ni compasión. Las moscas son unas criaturas asquerosas, sucias, muy sucias. Y muy engreídas. Se creen a salvo porque vuelan.

No sabes jugar al escondite. Te lo explico: yo me oculto, tú me buscas. Si me encuentras, cambio de sitio corriendo y vuelta a empezar. El ejercicio no se acaba hasta que yo te lo indique. Pero nada, tú venga a interrumpir y a decirme cursiladas.

Por último, ¿cuándo vas a traerme un hermanito? Vivir contigo es divertido. Siempre es agradable instruir a un humano, pero necesito la inteligencia superior y el saber estar de un igual, de otro gato. O gata. Empiezo a sentir interés por ellas, no sé aún por qué…

Hemos terminado. Ya puedes despertarte".

Ziggy estaba sobre el sofá, a escasos centímetros de mi cara, con sus ojos alienígenas fijos en algún punto entre mi frente y mis cejas.

—De acuerdo —le susurré—. Me parece todo muy razonable, pero me temo que tendrás que olvidarte de la calle y de tus testículos.

Ziggy no maulló, ni me dio ningún zarpazo. Exhaló una especie de suspiro resignado.

—En cuanto a lo de un hermanito… lo pensaré.

Al oír la última frase, me lamió la nariz con su lengua rasposa. No supe si se trataba de un beso o de un ligero acicalamiento a su humano de compañía.

Sólo llevamos dos meses y once días juntos, pero mataría por este granuja naranja.

Cadillac Cyclone


Esta maravilla existe, no es ningún cachondeo con el Photoshop. El Cadillac Cyclone (1959) jamás fue producido en serie, pero en comprar prototipos así gastaría parte de mi fortuna si la tuviera.


Y aquí, a color y en detalle:






El imaginario del Doctor Parnassus


Título original: The Imaginarium of Doctor Parnassus
Año: 2009
Duración: 122 min.
Nacionalidad: Reino Unido
Director: Terry Gilliam
Guión: Terry Gilliam, Charles McKeown
Música: Jeff Danna, Mychael Danna
Fotografía: Nicola Pecorini
Intérpretes: Christopher Plummer, Heath Ledger, Tom Waits, Lily Cole, Andrew Garfield, Verne Troyer, Mark Benton, Johnny Depp, Jude Law, Colin Farrell, Peter Stormare

Sinopsis: Historia de un circo ambulante dirigido por el doctor Parnassus, en el que los trabajadores dan a la audiencia mucho más de lo que podrían esperar. Tras el fallecimiento de Heath Ledger (22 enero 2008) durante el rodaje, tres actores finalizaron su trabajo, representando el mismo personaje a través de diferentes realidades: Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)


Ha sido agridulce este reencuentro con el Terry Gilliam diseñador de sueños, con el comediante, con el cuentacuentos de siempre. Su capacidad para narrar historias inusuales, fantásticas y más grandes que la vida misma permanece intacta. El imaginario del Doctor Parnassus tiende lazos hacia Las aventuras del barón Munchausen y hacia Los héroes del tiempo, aunque ninguna de estas dos sean de mis preferidas. Su particular visión artística, su ojo clínico para filmar disparates mezclados con un halo poético personal e intransferible no ha mermado. La puerta a la fantasía en este film es un falso espejo de latón bruñido. Tras él está el reino de las maravillas. O el paraíso de la locura. El doctor Parnassus bien pudo haber soñado, en una de sus frecuentes borracheras, al caballero rojo de El rey pescador, al gigante metálico de Brazil, al futuro postapocalíptico con aire viciado y funcionarios perversos de Doce monos.

El humor, enternecedor y surrealista, tampoco ha faltado a esta cita. Ahí está el gran Heath Ledger, que en paz descanse, con un casco “telepático” por sombrero y zarandeando una gallina muerta en mitad de un diálogo, escena que a mí me transportó a los cuelgues de ácido más memorables de Miedo y asco en Las Vegas.

El imaginario del Doctor Parnassus está vinculada a toda la filmografía de Gilliam, de una u otra manera, con detalles sutiles o con trazos autorales innegables. La concepción del universo como una ilusión, como una historia interminable que se alimenta a sí misma de los personajes que la narran, lo real y lo imaginado como una cuestión de percepciones y, lo más importante, la amnesia y la locura como los caminos fáciles para seguir persiguiendo un sueño. Tony huye de su pasado como delincuente de guante blanco y Valentina ansía la mentira de las revistas de papel couché, la promesa de felicidad de una familia de clase media en una casa con jardín y garaje. ¿Y Parnassus? ¿Es quién dice ser o sólo es un gurú chiflado que ha cautivado con sus disparates a una pequeña caterva de freaks desamparados? Tirando más del hilo de esta demencial madeja… ¿acaso Parnassus tiene algún amigo de carne y hueso?

El imaginario del Doctor Parnassus es casi un repaso, no sé si consciente o no, a las constantes en su carrera como director. Pero si Las aventuras del barón Munchausen era un canto al poder de la imaginación como herramienta para modelar la existencia a nuestro antojo, aquí, más de veinte años después, Gilliam parece haber torcido hacia una consideración más sombría, más cabizbaja y muy cercana a Tideland: incluso para vivir eternamente soñando hay que pagar un precio.

Y no me importa ese desvío al desencanto, más que nada porque no es novedad en su obra y no me ha sorprendido en absoluto. Lo que me ha inquietado un poco de El imaginario del Doctor Parnassus es que es la segunda vez (la primera fue con El secreto de los hermanos Grimm) que no voy a necesitar revisitar periódicamente una película de Terry Gilliam, ya sea por placer o en busca de puntos de vista inéditos, de otros miradores con vistas al acantilado. Con la ronda inaugural me ha bastado. No ha sido tan gozoso como esperaba y no he sentido que hubiera más balcones empinados a los que asomarse. Y esa insustancialidad, tan común de experimentar con otros realizadores antes potentes y salvajes y hoy domesticados hasta la exasperación, me produce algo de malestar.

Malestar, que no preocupación. Terry Gilliam no será nunca, por ejemplo, otro Tim Burton, ahíto de éxito, acomodado en su escritorio, aprobando por videoconferencia la animación de sus bosquejos por parte de un equipo de jóvenes diseñadores gráficos. A sus sesenta y nueve años, Gilliam se ha empeñado en adaptar el Quijote, el proyecto que tantos quebraderos de cabeza diera a Orson Welles. Y como Welles anda ahora, sin financiación y con el rodaje paralizado, pero tan cabezón como el director de Sed de Mal y F for Fake (o cómo levantar un estupendo falso docu desde la nada con un estuche de maquillaje, una capa, un sombrero, una morena que te da morbo y una cámara al hombro), tan testarudo como Alonso Quijano. De modo que puedo cargar con unas cuantas decepciones, porque han nacido de la pasión por el trabajo. Y ese fuego, Gilliam se lo va a llevar a la tumba.

The Walking Dead, tráiler


Con que esté mejor que Dead Set, ya me conformo. Y por el aspecto, parece que sí. Además, anda Frank Darabont junto a estos muertos vivientes y eso les ayudará a llevar el paso. En cuanto a los tebeos, absolutamente recomendables. Yo dejé la serie a medias, pero pienso comprármela en el futuro si la reeditan en tomos completos.

A Serbian Film


Título original: Srpski film
Año: 2010
Duración: 104 min.
Nacionalidad: Serbia
Director: Srdjan Spasojevic
Guión: Srdjan Spasojevic, Aleksandar Radivojevic
Música: Sky Wikluh
Fotografía: Nemanja Jovanov
Intérpretes: Srdjan Todorovic, Sergej Trifunovic, Jelena Gavrilovic, Katarina Zutic, Slobodan Bestic, Ana Sakic, Lena Bogdanovic, Luka Mijatovic, Andjela Nenadovic

Sinopsis: Milo, una estrella del porno ya retirada que vive con su mujer y su hijo, está pasando por apuros económicos. Una cita con una antigua compañera de rodaje, la pornostar Layla, le presenta la oportunidad de trabajar con un tipo llamado Vukmir en su nueva película de porno experimental. Milos acaba aceptando sin saber exactamente lo que va a rodar y acaba sumergido en una tormenta de depravación, violencia, snuff, pedofilia, y drogas que lo dejan hundido en un abismo de locura...

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)

Llevo una racha bastante intensa de pelis duras, pero esta A serbian film ha sido la que me va a hacer tomar un descanso. Y no porque me haya escandalizado o repugnado, sino por puro aburrimiento. Cuanto más realista es la temática de una película de ¿terror?, más comprendo por qué me aficioné al género y veo qué equivocado estaba buscando un mazazo sensorial en el torture porn. No hay nada ahí. Sólo ganas de hacer taquilla con una violencia hueca, con algo de sexo extremo y una supuesta transgresión constante que no conduce a ninguna parte.

Seguiré escarbando y devorando las trufas sangrientas del celuloide, disfrutando de mi videoteca y del disco duro del salón, repleto de gore y alegría, pero no iré corriendo otra vez a descargarme la última chorrada internetera que promete lo nunca visto para que me hagan perder el tiempo con folleteo, penes de goma, sirope de fresa y musiquilla ratonera atronando a toda hostia. Será que uno es muy bruto, pero me molestaba más la banda sonora de A Serbian Film que cualquiera de sus escenas tremebundas.

Todavía mantengo que la frontera está desde hace mucho en los videojuegos. Y luego puede uno complementar las exploraciones con la literatura de género, la verdadera selva de la lengua seca y el corazón disparado.

En cine puede haber sorpresas, nuevos impactos codeándose con las regiones cerebrales donde se enquistaron los primeros sustos que vivimos como espectadores, pero a menudo suelen estar más relacionados con cuestiones íntimas y personales que con lo explícito o lo grotesco de unos cuantos fotogramas. ¿Un bebé sodomizado? Me la pela. Me da igual. Esa basura ya la veo en los telediarios y lo único que consigue es deprimirme, porque es real. En cine, me aburre. Sobre todo cuando no hay nada más que simple sensacionalismo. Pero… ¿y una planta carnívora echando raíces en una pierna? Ah, amigos. Eso ya es otra cosa. Eso para mí, tan escrupuloso y más limpio que un gato, entra directamente en lo más alto de la poesía del horror.

Así que si queréis algo de porno, un poco de sangre y lindezas como el pedazo de spoiler que acabo de soltar más arriba, pues adelante con A Serbian Film. Estimado Kelem: abstente.

Predators


El wallpaper del mes es para Predators. Se trata de un sobrio perfil del hijo más perfecto de Stan Winston, que en paz descanse. La película será un truño, como lo fueron las dos entregas de Alien vs. Predator, pero tendré que verla para asegurarme.

(Click en la imagen para ampliar)