Un día de verano


Amanece. Sacas a tu chica por la ventana de su casa y corres con ella hasta el lago, donde te esperan los descerebrados de tus amigos con cervezas, maría, bocadillos y cámaras de neumático por flotadores. Un día cualquiera, un día perfecto.



La película es Hombres frente a frente, de James Foley. La suelo revisar a menudo por Mary Stuart Masterson, por cómo escupe salivazos Christopher Walken y por secuencias como esta.

Blindado


Título original: Armored
Año: 2009
Duración: 88 min.
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Nimród Antal
Guión: James V. Simpson
Música: John Murphy
Fotografía: Andrzej Sekula
Intérpretes: Matt Dillon, Laurence Fishburne,
Columbus Short, Jean Reno, Skeet Ulrich,
Amaury Nolasco, Milo Ventimiglia, Fred Ward,
Nick Jameson, Andre Kinney, Andrew Fiscella,
Glenn Taranto, Richie Varga.

Sinopsis: Un guarda novato de un furgón blindado, forzado por sus problemas económicos y familiares, decide aceptar el ofrecimiento de sus veteranos compañeros de la empresa para robar unos de los furgones, con 42 millones de dólares. Pero un cambio de planes de última hora divide al grupo...

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)


Blindado estaba criando meses en mi disco duro del salón. Anoche la vi en la nueva televisión de mi cubil, una preciosa y fina Samsung de 32” que estrené hace algo más de una semana con el montaje internacional de Blade Runner tirado por cable HDMI. Pero esa ya es otra historia, aunque permitidme que os diga que con esto de la alta definición, los discos duros multimedia y las pantallas cada vez más baratas y con más prestaciones, empiezo a no echar de menos los cines cerrados de mi pueblo, eso de primera. De segunda, poseer en el hogar casi la misma calidad de imagen y sonido que en una sala oscura (y sin bestias masticando, sin risas falsas en las comedias, sin grititos exagerados en las pelis de terror, sin comentaristas de mierda y sin los puñeteros aplausos, o sea: sin gente sobreactuando por el componente social del espectáculo) me recuerda inquietantemente al motivo principal que dio con el cierre de los salones de recreativas.

Vamos al turrón. La mayoría de las veces, y sobre todo desde que se impuso el DVD, puedo elegir en qué idioma ver las películas en casa. De Internet sólo me empeño en bajarme las cosillas en v.o. s. cuando los actores me interesan mucho. Si no, caen por el primer enlace que encuentre, hablen en español de ventrílocuos o en otras lenguas bárbaras. Con Blindado estoy hasta contento de haberme descargado un archivo doblado, con esas voces tan cutres, tan de segunda fila, que le van como anillo al dedo a esta sana y honesta serie B de acción. La versión en español me recuerda a cuando alquilaba en el videoclub cintas que imitaban al mejor Walter Hill y que daban justo lo que describían en sus carátulas: explosiones, puñetazos y tiparracos armados hasta las cejas.

Un grupo de actores conocidos, un escenario único (descontando la primera media hora) y una buena trama son los máximos atractivos para una película pequeña, modesta, pero con las ideas muy claras. A Blindado se la podría catalogar también como obra de teatro de acción, por lo cerrado de su planteamiento, por el peso que adquieren los diálogos de los personajes y por ese uso intencionado de una fábrica en ruinas como telón de fondo para la violencia que se desata por un puñado de dólares.

Otro detalle que también me gustó fue esa calculada previsibilidad que envuelve a la historia, algo que es nefasto en otros géneros pero que en la acción, y en concreto en este largometraje, es todo un acierto de cara a implicarnos en lo que estamos viendo. No importa cuántas birras se tomen juntos los protagonistas y que la camaradería entre ellos sea tan bonita; da igual que el plan sencillo y perfecto para dar el palo de sus vidas no tenga ni una fisura. Se sabe perfectamente que algo saldrá mal, que acabarán metidos en un follón de mil pares de narices y que habrá más muertos que en un telediario. Y en este caso, es muy agradable experimentar esta clase de precognición cinéfila.

Así que dadle una oportunidad a este film, aunque sólo sea por el reparto, por ver a Fred Ward, a Matt Dillon, a Laurence Fishburne (Limpio se nos hace viejo) y a Skeet Ulrich, el chapero de Mejor imposible, que parecía ir para estrella y se quedó en cometa fugaz.

Blindado era una recomendación de Mr. Lombreeze y puede que de Redrum, de Quatermass y de Crowley, no estoy seguro ya. En cualquier caso, gracias por el aviso. A partir de ahora anotaré en mis hojas virtuales los nicks junto a los títulos de vuestras recomendaciones.

Dedelere verdim


Con la v de verdim en mayúscula queda un nombre genial para un villano. Si os habéis encontrado con estas dos palabras bajo vuestra imagen de perfil en Facebook, basta con cambiar el idioma a español de España para que desaparezcan.

"A muchas personas les aparece bajo la foto de perfil la frase Dedelere verdim, sumado a un enlace donde anuncian que hackearon Facebook. Esta frase significa en turco: Mi abuelo se lo dio a… Aún no hay nada claro con esta frase ni con otras como las que ya publicamos: Fuck you bitches, inci mınakor y En çok verdiğin dede".

Visto en: Taringa

Premio Círculo de Lectores de Novela 2011


Estará más amañado que un circo de pulgas (y eso será precisamente el concurso: un circo y muchas pulgas noveles), pero en fin, os dejo con el enlace a las bases en pdf, por si tenéis por ahí un manuscrito y queréis probar suerte.


Para acceder a la web, pinchad en la imagen promocional.

Un perro andaluz


Mis momentos favoritos de Un perro andaluz + Debaser. A disfrutarlo.

Furia de Titanes


Título original: Clash of the Titans
Año: 2010
Duración: 106 min.
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Louis Leterrier
Guión: Lawrence Kasdan, Travis Beacham,
John Glenn, Phil Hay, Matt Manfredi
Música: Ramin Djawadi
Fotografía: Peter Menzies Jr.
Intérpretes: Sam Worthington, Liam Neeson,
Ralph Fiennes, Gemma Arterton, Pete Postlethwaite

Sinopsis: Adaptación libre de la leyenda mitológica de Perseo, hijo de Zeus, padre de los dioses griegos. Perseo y su madre, Dánae, son encerrados en un cofre por Acrisio, su abuelo, y arrojados al mar. Arrastrados por la corriente llegan a la isla de Sérifos, donde Perseo alcanza la madurez. Allí tendrá conocimiento de la misión de su vida y emprenderá un viaje alucinante.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)

La primera Clash of the Titans es una película que me causó una considerable congoja. Quizá porque ya no era un niño cuando la vi. Y es que aunque la versión original de esta historia data de 1981, a mi casa llegó vía videoclub, ya avanzados los ochenta, en pleno reinado del látex, la animatrónica y los trucajes ópticos más elaborados. Añadidle a eso que aquí vuestro amigo era joven y arrogante, implacable cuando algo no le convencía, y tendréis la respuesta a por qué no me sedujo el canto del cisne de Harryhausen y por qué a día de hoy, pese a que lo intente, no consigo entrar del todo en este film que, técnicamente, no está ni mucho menos por debajo de otras aventuras cinematográficas supervisadas por el mago de los FX.

Había algo en Jason y los Argonautas y en los viajes de Simbad, entre otras, que ayudaba a dejarse llevar por la propuesta. El toque anticuado de los rostros de los actores también influía. Tipos que recordaban vagamente a Errol Flynn y a Burt Lancaster, princesas y damas de belleza clásica, que se asemejaban a las chicas de serie B más famosas de los años cincuenta y sesenta. Esas caras casaban a la perfección con la música exagerada e histriónica de los compositores al cargo, con la colorida fotografía y con el bestiario de criaturas correspondiente, hermosos monstruos de maqueta con una ortopédica vida propia gracias a la venerable técnica del stop motion. Y en versión doblada, nos encontrábamos a las mismas voces de oro de siempre, las mismas que llevan hablando con ese tono académico y dulzón desde que nuestros abuelos iban al cine a hacer manitas.

En 1981, el reparto de Furia de Titanes parecía demasiado actual. Exceptuando a un par de viejas glorias como Laurence Olivier y Maggie Smith, todo lucía demasiado moderno, menos los monstruos de Ray que, en su estancamiento, a mí me producían entre ternura y lástima. La vi en casa, terminando la década, sobre 1987, puede que 1988, y de aquel visionado aún me queda un remanente de tristeza. Es que vaya tela con 1981. Que no estaba ya el mercado para estas películas, no tras El imperio contraataca (con esa animación de lujo, ese stop motion 2.0), no tras En busca del arca perdida, a punto de estrenarse la incomprendida Tron y con E.T. en posproducción, preparándose para destrozar todas las taquillas del mundo. ¿A dónde ibas, Furia de titanes, pobrecilla mía? Si pertenecías a los setenta, como mucho. Los ochenta no eran tu década.

Y he aquí que tenemos un remake de los que sobre el papel, y en principio, invitan a bufar de pura precaución. De los que antes de verlo ya nos hemos hecho una precisa idea de qué tiene para ofrecer: mitología para tontos, muchos efectos visuales generados por ordenador, banda sonora épica, acción por un tubo, tíos cachas y mujeres aún más esculturales. O sea… lo mismo que nos proponían los grandes estudios en decadencia con su hombre milagrero al frente, ¿no? Lo mismito. Lo que funcionó tantas veces sólo necesita sintonizar de nuevo con su época para volver a hacerlo.

Los monstruos de esta Furia de Titanes han perdido en encanto lo que han ganado en virtuosismo, pero en su pulcritud y frialdad reside lo que los hace tan aptos: los bichos animados por ordenador son la nueva plastilina, los nuevos modelos articulados, el nuevo stop motion. Emparejan perfectamente bien con el reparto popular pero anodino (Liam Neeson como Zeus y Ralph Fiennes como Hades. Es curioso, pero estos dos actores tienen un parecido físico sorprendente, que se incrementa todavía más con la iluminación, el maquillaje, el peinado y las ropas adecuadas, de tal modo que verdaderamente pasan por hermanos), con la música sinfónica compuesta con la punta del pijo, con la mitología para tontos, con la fotografía recargada y, en versión doblada, con las voces que nos son tan familiares desde los veranos ya lejanos de Jungla de cristal y Arma letal. Luego esta Furia de Titanes es un remake espiritualmente fiel.

Vayamos a la película en sí. Comienza con un prólogo astronómico y grandilocuente que nos resume las cuitas pasadas entre Zeus, sus padres los titanes y su hermano Hades, escritas todas en las estrellas. El Olimpo es, cómo no, un espacio virtual repleto de imponentes columnas, preciosas transparencias y fusiones de imágenes, pero la humanidad sigue representada en figuritas de arcilla, como las que manipulaban los dioses de la primera versión, siendo éste uno de los homenajes más claros a la misma. El siguiente llega cuando Perseo (Sam Worthington) rebusca utensilios en la armería para su largo viaje y se encuentra con el búho mecánico que tan mal rollo daba (y sigue dando) en la Furia de Titanes original. “¿Qué es esto?”, increpa el héroe, y su amigo le contesta con un “No preguntes”. Si tuviera que quedarme con una escena sería con este pequeño chiste a costa de esa criatura absurda.

Una vez que la trama se ha orientado en torno a la expedición de Perseo, llegan secuencias muy entretenidas y que ayudan a darle algo de velocidad a la película. En concreto, la lucha contra los escorpiones gigantes, que está planificada y resuelta con agilidad y gracia. De hecho, estos bichos tienen un puntillo en sus movimientos, en sus maneras de atacar y replegarse, que recuerdan bastante a la animación más clásica de la que descienden, y no me extrañaría nada que este fuera otro guiño o reverencia a los maestros del oficio, a los colegas más ancianos del gremio.

También toda la parte del Inframundo se hace muy fácil de contemplar, porque aquí hasta el más zoquete de nosotros ha oído hablar de Caronte, de Medusa y de su mirada chunga, que es como cuando tu chica te pilla ojeando a otra, pero en versión nigromántica.

Furia de Titanes
es otra de esas revisiones innecesarias que tanto abundan últimamente. Para colmo parte de una película que ya era un remake en sí misma de una manera pretérita de entender el cine de aventuras y la fantasía. Aún así, repito que aunque a primera vista no lo parezca, el film de Louis Leterrier guarda una estrecha relación con el material original, por lo más arriba comentado, si no en lo visual, sí en su esencia. Y de esta Furia de Titanes podréis opinar lo que queráis, pero por lo menos no da pena mirarla. No en su año de estreno, ni en la década que la ha visto nacer. Algo que yo, en su día, no podía decir de su antecesora.

Los juegos del año


Lo mejor del reciente E3 aquí en Homo Insanus. Son los jodidos games of the year y me muero por probarlos.

Halo Kitty. La gatita más dulce del universo se enfrenta a los alienígenas del Pacto en una trepidante aventura que la llevará por una multitud de escenarios abiertos de una gran belleza. Nuevas armas y vehículos para matar de amor a tus enemigos.


Gitan Hero
. De la mano de Activision controlaremos a Farruquito desde sus primeras clases de baile hasta su consagración en el I Festival Flamenco de Estados Unidos. Podrás taconear complejas series de pasos en tu tapete de baile y conducir tu BMW en un entorno realista con peatones esperando a ser arrollados. Danza, mata y miente a la policía en cuatro modos de juego de dificultad ajustable.


Wiija. La nueva genialidad de Shigeru Miyamoto te permitirá abrir increíbles vías de comunicación con el Más Allá. Sé el médium más poderoso de tus fiestas familiares. Habla con los difuntos. Invoca a Belcebú en el salón comedor. Experimenta cómicas posesiones infernales. Tus amigos levitarán y tus padres gritarán en arameo que la glosolalia nunca fue tan divertida.


Stalone in the Dark. Este survival horror de Infogrames te pone en la piel de Sylvester Stallone justo cuando descubre su atracción fatal por los hombres. Acompaña al action hero por excelencia en su descenso al travestismo más militante. Compra lencería con Sly, baila con él en los clubs más exclusivos del mundo o canta The way we were en un karaoke de Tokyo. También podrás participar como asesor en el remake virtual de Yo, el Halcón, que ahora se llamará Over the Cock, y será un melodrama donde fornidos y solitarios camioneros descubren el amor en un concurso de pulsos.


Spobre
. Will Wright lo ha vuelto a hacer. Del genio de Los Sims nos llega Spobre. Dirige a tu pequeño indigente desde que es abandonado en un vertedero de basura hasta que empieza a mendigar por primera vez en las calles. Establece vínculos de amistad entre otros jugadores y comparte con ellos el pegamento y los yogures caducados. Evoluciona y crea tu propia mafia de pedigüeños o intenta convertirte en un miembro honrado de la sociedad con menos de mil euros al mes. Posibilidades infinitas para un juego donde el único límite es tu imaginación.


Portal de Belén. El inclasificable Portal vuelve, en esta ocasión ambientado en la niñez de Jesucristo.


Gears of War Xtreme Volleyball. Marcus Phoenix y sus hombres han sido premiados por la CGO con unos meses de retiro en la paradisíaca Zack Island. Allí, los heroicos soldados podrán tomar el sol, beber combinados, practicar el balonvolea y apostar en el lujoso casino del complejo residencial. Tecmo y Epic Games se alían para ofrecernos el juego más extraño y sorprendente de esta generación de consolas.


No me llegará el dinero para todos ni aunque los importe o los compre de segunda mano, pero caerán. No pienso perderme ni uno.

Mutatis mutandis


Este vuestro blog estará el día de hoy cambiante y extraño. Si todo va bien, pronto habré mudado el pellejo.


16 de julio, actualización: De momento, ha quedado como yo quería. Por favor, notificadme cualquier problema con otros navegadores, resoluciones o lo que sea. Muchas gracias.

That´s amore


El mundial de los muertos


España ha ganado el mundial. Desde el mismo momento en que Casillas ha levantado la copa más bonita del mundo, ya ha dejado de ser del todo nuestra. También es la copa de los que ya no están, también es el mundial de los muertos. De mis muertos y de los vuestros.

Se llamaba M. y era mi abuelo. Resolvía crucigramas en sus ratos libres y tenía una caligrafía extraordinaria, heredera de esos tiempos en los que lograr una letra bonita era tan importante como dominar las cuatro reglas o leer sin mover los labios. Trabajó como hilero durante muchos años, una profesión extinta, y consiguió después un empleo fijo en la refinería de CEPSA, por entonces, recién inaugurada en la zona. La misma empresa que le permitió vivir desahogadamente fue, con probabilidad, la fuente emisora de los agentes más activos en su terrible cáncer facial. La mierda que allí respiró y tragó, aliada con el alcohol y el tabaco, que eran aficiones tan connaturales en su generación como el fútbol o los toros, se lo llevó cuando apenas había empezado a disfrutar de su merecida jubilación.

Se llamaba E. y era mi tío abuelo. Bromista hasta el final y carpintero nato. Con unas gomas elásticas y unas cuantas pinzas de madera era capaz de hacer un pinball (o “máquina de petacos”), unas pistolas de juguete y hasta trucos de magia. En Navidad cocinaba borrachuelos y bolitas de coco, junto a su mujer, M. Le apasionaba el fútbol tanto como a mi abuelo.

Se llamaba J. y era el tío de mi madre. De joven perdió un ojo trabajando en Gibraltar. Eran otros tiempos y si te dejabas trozos de tu anatomía en el curro, pues mala suerte. Ni hubo “paguita muerta”, como aquí las llamamos, ni cheque del seguro o indemnización alguna. Lo conocí ya muy viejo, al pobre. Siempre de malas pulgas. Era el terror de los niños del barrio. Si una pelota caía en su patio, raro era si nos la devolvía al día siguiente intacta, y no pinchada. El alzheimer y la viudedad lo dulcificaron un poco. En sus últimos meses recordaba la dirección de mi casa y poco más. Venía a merendar. Él estaba convencido de que si siempre se marcaban las mismas casillas en la quiniela “Algún día tendría que tocar”. Supongo que también creería en que, por matemáticas, España se alzaría con la copa del mundo, tarde o temprano. Y así ha sido, tito.

Se llamaba J. y era mi primo por parte de padre. Creció en una familia conflictiva, en el corazón de un barrio azotado por el paro y las drogas. Fue un pésimo estudiante y se rodeó de las peores compañías. Como adicto hizo carrera, eso sí. Hasta el final y (a)probándolo todo. Víctima modélica: era como un arquetipo de perdedor del extrarradio. Le gustaba el fútbol más que a mí (que era un negado dándole al balón y mis amigos me solían colocar en la defensa, donde escojoncié más de un tobillo con mis patadas), de modo que este mundial también es más suyo que mío.

Se llamaba E. Iba a casarse el mismo año en el que sufrió un accidente mortal en la carretera, junto con su novio. Los dos habrán visto los partidos desde allá arriba, en su luna de miel eterna.

No sé cómo se llamaba, pero sí lo mucho que me impactó su muerte. Era un compañero de la construcción, asturiano. En pleno boom de Operación Triunfo, el tío se hizo el mismo peinado que Bisbal, y por ese apodo lo conocíamos en la obra. Era un muchacho jovial, de buen humor y con una sonrisa para todo el mundo. Se mató al volante hace unos años, cuando regresaba a casa un fin de semana.

Se llamaba G. y siempre era el primero en todo. En apuntarse a clases de judo cuando Karate Kid nos hizo creer a los chiquillos del barrio que las artes marciales eran la respuesta a todas nuestras inseguridades y miedos, en bailar breakdance sobre un tapete de plástico, en fumar cigarrillos, en beber unas birras, en liar porritos, en trapichear con hachís, en darle a la coca y en tirar su vida por la borda. Era extrovertido, buen chaval y tenía aptitudes para la mecánica del automóvil, o eso creo recordar. Podría haber sido un adulto más, otro españolito casado, con niños e hipotecado hasta las cejas. Ya, los cínicos argumentaréis que no es precisamente un plan de futuro envidiable, pero tampoco lo es morir tan joven, tan flaco y tan quemado.

Se llamaba A. y era mi barbero. En parte porque era inteligente y en parte por años de oficio, poseía la capacidad de entablar una conversación estimulante y entretenida con cada uno de sus habituales. Mientras te pelaba o afeitaba, tú eras la estrella y él captaba al instante cuál era tu rollo, y si te apetecía hablar o no. Pesca, fútbol, política, anécdotas laborales, toros, estudios, coches, motos, lo que fuera que te gustase. Y a Mia Wallace le habría encantado este hombre: con él no había silencios incómodos. Hasta sus silencios eran agradables. Nunca ahondaba en temas personales, no chismorreaba, ni malmetía, ni era inapropiado en ningún momento. Charlar con él de banalidades era un placer y con frecuencia yo mismo oí a los demás o pronuncié la sorprendida pregunta de “¿Ya está?”, a lo que él solía contestar con un “Mírate en el espejo y dime si te parece bien”. Y estaba bien, por supuesto: ni un corte en el cogote, ni una patilla más larga que otra, ni un pequeño trasquilón. Se despedía de sus clientes con una sonrisa y un fuerte apretón de manos. Un profesional de los de antes. Trabajó en su local hasta poco antes de morir, cuando ya el cuerpo no le daba para más.

Le decíamos El Plasta. Y qué pesaito era el hombre, qué pesao. Lo contrario a mi barbero. Nos ponía locos a mi tío y a mí, unos cuantos días que coincidimos en un mismo tajo. Cuando supo que al peón lo que le gustaba era el cine, dejó de comerle la cabeza a mi tío con el fútbol y se puso a mordisquear la mía, confesándose gran aficionado al “sétimo” arte. Me dio más de una tarde desgranándome una a una sus películas favoritas. Era tan cansino como buena gente, y lamenté su pérdida, tan tonta: empotrado contra una farola con su ciclomotor, que no alcanzaría ni los 60 Km/h.

Se llamaba A., también conocido como El Cipotón. No con maldad, ya sabéis cómo es el mundillo de la construcción, y si no os lo explico yo: te caen motes sí o sí, sobrenombres balanceados con gran precisión, mitad críticos, mitad cariñosos. A. se dedicaba al mantenimiento de una zona residencial de lujo. No se sabe aún si por un resbalón de los que te dejan inconsciente o por un desmayo veraniego (caía un sol de justicia en aquel monte), se ahogó en un charco de agua que no cubría ni los tobillos; un lugar asqueroso, lleno de mosquitos y verdín, que recibía el pomposo nombre de “lago artificial”. Mis cojones un lago artificial. Aquello era una charca inmunda y nada más.

Se llamaba J. y era el hermano de mi tío. Era pescador y le encantaba oír a Los Chichos. Yo apenas le conocía, pero apostaría lo que fuera a que su vida podría haber sido muy distinta si las compañías que frecuentaba hubieran sido otras. Murió joven, dejando mujer e hijos.

Se llamaba V. Palmó hace mucho. Un caso complicado el suyo. Me caía bien ese tío, a pesar de todo. Le pasaba como a mí: le daba igual el fútbol, pero quería ver a España ganando un mundial.

Se llamaba P. y era un vecino de mi abuela. Mantenía una cómica rivalidad con mi abuelo, porque creo que en el fondo se apreciaban, aunque no desperdiciaran ocasión alguna para despotricar a puerta cerrada sobre los defectos hondamente andaluces que cada uno veía reflejado en el otro: la exageración, la charlatanería, la pesadez, el sabiondismo futbolero, etc. Los dos habrían hecho porras en este mundial, los dos habrían discutido sobre alineaciones perfectas, estrategias seguras y decisiones arbitrales extrañas. Y ya en la intimidad de sus hogares le habrían dicho a sus mujeres, por lo bajini: “Pero qué ignorante y qué bulto es este hombre”. Ellas, en enaguas y oliendo a crema Nivea, habrían replicado: “¿Quién?”. Y ellos dos, con pulgares señalizadores apuntando más allá de los finos tabiques, habrían contestado: “¿Quién va a ser? ¡El de al lado!”.

Se llamaba A. y cuando era apenas un bebé, a un vecino patoso se le resbaló de las manos mientras trataba de entretenerlo con una voltereta. A raíz de ese accidente, el niño nunca se recuperó del todo y acabó muriendo. A los nenes de corta edad les gusta el fútbol, es un hecho. No recuerdo quién dijo que la imagen de la felicidad es un niño golpeando un balón, y es cierto. Una esfera que bota y se desplaza si le das una patada: el juego más primigenio y divertido de todos. Así que esta copa también es suya.

Se llamaba C. y cayó fulminado en un ensayo de la comparsa de mi tío E. Así, de buenas a primeras. Al parecer, siempre tuvo un defecto de nacimiento latente en el cerebro, una de esas incertidumbres schröedingerianas que nadie podría haber diagnosticado ni prevenido, que podría haberse manifestado a los diez años de edad, a los veintiuno o a los ochenta. Una tarde estaba cantando con su grupo y poco después estaba muerto. Yo apenas crucé con él un par de frases cortas los fines de semana, entre el tumulto y el ruido de la zona de bares, pero lo recuerdo feliz, bromeando con mi tío, todos cigarrito y cubatazo en mano, como debe ser.

Se llamaba P. y era la hermana de una de mis tías. Se suicidó víctima de una depresión. Ahora habría estado riendo y celebrando los goles de Villa, las paradas de Iker y el jolgorio generalizado en las calles.

Se llamaba E. y era profesor de EGB. Nunca me dio clase, pero siempre me pareció un tío entrañable y un gran profesional.

Se llamaba T. y murió en el mar, cuando volcó la zodiac en la que transportaba un cargamento de hachís. Tuvo que ser espantoso. T. era un hombre joven, buen nadador, pero mi playa favorita (algún día tengo que hablaros de ella) lleva cenándose a tipos todavía más en forma que él desde hace siglos. Lo imagino braceando hacia la línea de luces de la costa, tan próxima, sin conseguir avanzar más que unos cuantos metros, consciente de las poderosas corrientes que lo frenaban, albergando la sospecha creciente de que jamás volvería a tocar tierra firme. Al menos, no vivo. Y se me quedan los huevos del tamaño de dos avellanas pensando en la escena.

Se llamaba M. y era un viejo genial. Nos hacía a mis amigos y a mí jaulas para grillos. También nos enseñaba cómo echarlos a pelear. El hombre se quedaba extasiado con los documentales de animales que daban por televisión. Yo juraría que ni parpadeaba. A veces asentía, como si ya supiera los datos que le llegaban desde la pantalla. También dibujaba barcos al carboncillo y se los regalaba a su sobrino.

Luego están mi abuela, mi tía y algunas de sus amigas y parientes, que tampoco están ya entre nosotros. Esas benditas que se sumaban cada cuatro años al interés por la selección nacional asomando las cabezas desde la cocina, incluso viendo entero algún que otro partido, para después regresar a sus tareas tan decepcionadas como el resto del país.

Y seguro que me he dejado sin mentar a más muertos míos, cercanos o lejanos en el afecto, en el trato y en el tiempo. Pero ellos sabrán excusármelo o ni se darán por ofendidos, dando botes de alegría como estarán desde las alturas.


Por supuesto, tenía este texto preparado desde cuartos de final, confiando plenamente en que lo publicaría. Un partido vibrante, con una Holanda guarreras y odiosa hasta el último minuto. Y como colofón el besazo de Iker Casillas a Sara Carbonero, que los más eufóricos os habréis perdido al salir disparados a por más cerveza y más abrazos. Dentro de unas horas estará multieditado en Youtube, y habrá que incrustarlo, porque no me emocionaba tanto con un beso desde que... yo qué sé. Por poco nos da algo a mi hermana y a mí, que somos muy petardos los dos. Sabíamos que ese muerdo flotaba en el aire como una carga eléctrica y que debía tocar masa por fuerza.

España 1 - Holanda 0


Sin palabras.

Ziggy Stardust


El wallpaper de este mes tiene como protagonista a mi gatito. Ziggy vive para jugar y dormir, que es como una redundante filosofía, imposible de desmontar o rebatir, a la que todos deberíamos abandonarnos, desde luego. Pero como no podemos darnos al hedonismo puro así sin más, pues ya disfruta y descansa él por nosotros.

(Click en la imagen para ampliar)

España 1 - Alemania 0


Uno más, sólo uno más. Otro partido como el que hace poco hemos presenciado y seremos campeones. Y ya a esperar a las misiones tripuladas a Marte para poder palmar tranquilo y satisfecho, porque el fin del mundo sentado en mi puerta, bebiendo café y fumando un Golden American me parece que sería pedir demasiado.

Puyol, el del meñique maligno. Qué golazo, madre mía.

Luna Nueva


Título original: The Twilight Saga: New Moon (Twilight 2)
Año: 2009
Duración: 130 min.
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Chris Weitz
Guión: Melissa Rosenberg (Novela: Stephenie Meyer)
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Javier Aguirresarobe
Intérpretes: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Taylor Lautner,
Nikki Reed, Ashley Greene, Jackson Rathbone,
Kellan Lutz, Dakota Fanning, Michael Sheen,
Anna Kendrick, Graham Greene, Cameron Bright,
Edi Gathegi, Rachelle Lefevre

Sinopsis: Edward Cullen (Robert Pattinson) decide abandonar a Bella Swan (Kristen Stewart) para mantenerla alejada de los peligros del mundo vampírico. Con la ayuda de Jacob Black (Taylor Lautner), su amigo de la infancia y miembro de la misteriosa tribu quileute, Bella intentará superar el abandono de Edward, que la ha dejado sumida en el mayor de los desconsuelos. Pero los peligros siguen acechando a la joven; nuevas y asombrosas criaturas sobrenaturales se cruzarán en su camino, y Bella sólo contará con el apoyo del cada vez más cercano e irresistible Jacob.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)


Llevo meses rajando sobre cómo me gustan a mí los vampiros: impíos, malditos, tan imbéciles como los mosquitos, que se churrusquen al sol (¿churruscables?) y con la sed de sangre por bandera. También os he dado la tabarra con los licántropos, con lo mal que me sienta casi todo desde Un hombre lobo americano en Londres y En compañía de lobos. No paro de protestar por subproductos de lujo o diseño, como Crepúsculo o The Vampire Diaries. Y sin embargo, me lo he pasado bien con esta Luna Nueva.

No os preocupéis, no he suspirado por Bella, por su himen, por su alma o por su pena. Me sigue asqueando la familia Cullen y empalaría gustoso a Edward a lo Holocausto Canibal. Pero los lobos… los lobos son la bomba. Técnicamente perfectos, estéticamente también. No he leído las novelas, no sé si en los libros Jacob y sus amigos lucen tan bonitos, tan fieros y tan majestuosos como en las películas. El caso es que los artistas de los efectos visuales lo han bordado.

Puede que biológicamente las transformaciones inmediatas de estos muchachos fuesen imposibles. Se me viene a la memoria Medianoche, de Dean R. Koontz. En Medianoche, los hombres lobo “cambiaban de fase” con rapidez, pero cuando regresaban de sus cacerías y volvían a ser sólo hombres, se encontraban tan débiles que devoraban famélicos todo el contenido de sus frigoríficos y alacenas. Koontz explicaba que el desgaste físico era tan extremo que corrían riesgo de perecer de inanición si abusaban de sus poderes. También añadía que cuantas más veces se abandonaban a las sensaciones expandidas de su forma animal, más esfuerzo les costaba volver a su humanidad, tan limitada, tan torpe y tan desconectada de la naturaleza.

Pero en Luna Nueva, como en casi toda la saga visto lo visto, ahondar en los aspectos más pedestres (y más fascinantes) de un monstruo está de más. En Luna Nueva los vampiros brillan al sol por sus cojones toreros y los hombres lobo cambian de forma como el que cambia de camisa, y ya está. La agresividad, el mal humor y la cercanía de chupasangres aceleran el proceso y ahí termina cualquier cábala al respecto. No digo yo que sea algo del todo negativo, porque al fin y al cabo, a un fenómeno teen como Crepúsculo se va a lo que se va, sobre todo si tienes diecisiete años y la carpeta del instituto forrada de pegatinas de Robert Pattinson.

¿Qué puede ofrecernos a los demás Luna Nueva? ¿A los que no se nos puede comprar con castos besitos, amor verdadero y verdes bosques brumosos? Pues lobos, preciosos lobos y un clan de sádicos vampiros europeos. Aunque molen, qué manía con la decadente Europa a lo Anne Rice. ¿Qué pasa con los demás continentes?, ¿por qué no una tribu de inmortales negracos, a lo Idi Amin, todos ahí con trajes caros, gafas de sol, pieles de leopardo y armados con esos terribles machetes suyos? En resumen, lo que hay en Twilight 2 es más acción y más movimiento, más vidilla.

Jacob y su grupo se han ganado mi simpatía. Luna Nueva, pasada la primera media hora, se deja ver, pero eso no evitó que negara con la cabeza ante el final más tontorrón para una segunda parte que jamás haya presenciado. Luego apuré el café y pensé en esos cines llenos de chiquillas gritando entusiasmadas ante la preguntita de Edward, blasfemando porque tendrían que esperar todo un año para volver a reencontrarse en pantalla con sus personajes favoritos. Y recordé cómo se me pusieron a mí los pelos de punta con el Dracula de Coppola, allá en Tenerife, en 1993. Que es como comparar jamón cocido con jamón serrano, pero el disfrute y la emoción, en el fondo, es idéntico.

Además, creo en los libros puente, en las pelis iniciáticas. Crepúsculo, en lo visual y en lo literario, es también una puerta de acceso hacia nuevas aventuras y sueños para millones de jóvenes; chavales que hasta ahora nunca se habían enamorado de una historia de ficción y que empiezan a sospechar, gracias a Bella, Edward, Jacob y la escritora que los parió, que el cine y la literatura pueden ser mucho más que un mero entretenimiento. Así que por mí, conforme, y si en cada entrega a los viejos del lugar nos van aburriendo cada vez menos, pues miel sobre hojuelas. Que me sigan reblandeciendo a mis monstruos, que si es por esa buena causa, yo me quejaré menos. Lo prometo.

España 1 - Paraguay 0


¿Para qué? Paraguayo. Una locura esos penaltis en menos de un minuto. También es verdad que mi hermana y yo estábamos más atentos al gatito que al partido, pero por fin nos situamos en semifinales. Un acontecimiento histórico. Dos partidos más y me quedará una obsesión menos por resolver.

"¡Soy tu minino!"


"¡Soy tu minino!", le decía George McFly (Crispin Glover) a Lorraine Baines (Lea Thompson) en la versión doblada de Regreso al futuro, confundiendo "minino" con "destino".

Este es mi minino, Ziggy. Recogido de Prodean, donde un buen puñado de abnegados voluntarios ponen tiempo, recursos, trabajo y mucho cariño para sacar adelante a los auténticos perdedores de nuestra sociedad: los animales de compañía abandonados, también los que nunca tuvieron un hogar; los que arrastran en el lomo una soledad sobre la que pocas veces se escriben libros o ruedan películas.


Ziggy tiene mes y y medio y está algo resfriado, pero verlo corretear por la casa es un espectáculo. Todo es nuevo para él, todo requiere su minuto de atención, todo es digno de un par de zarpazos examinadores. Luego sube al sofá y duerme como un lirón, hasta que vuelve a lanzarse a otra de sus exploraciones caseras. Ya sabe utilizar su cajón de arena y come su pienso para cachorros en mesurados mordiscos.

Igual George McFly no se equivocaba, igual quiso decir "minino" como sinónimo de "destino". Y allí en Prodean Campo de Gibraltar aún quedan muchos destinos con cuatro patas esperando ser vuestros mininos.