Título original: Wall Street: Money Never SleepsAño: 2010
Duración: 131 min.
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Oliver Stone
Guión: Allan Loeb, Stephen Schiff (Personajes: Stanley Weiser, Oliver Stone)
Música: Craig Armstrong
Fotografía: Rodrigo Prieto
Intérpretes: Shia LaBeouf, Michael Douglas, Carey Mulligan, Susan Sarandon, Frank Langella, Josh Brolin, Eli Wallach, Austin Pendleton, John Bedford Lloyd, Vanessa Ferlito, John Buffalo Mailer, Jason Clarke, Christian Baha, Oliver Stone, Charlie Sheen.
Sinopsis: Puesto en libertad después de cumplir una prolongada condena en prisión, el implacable tiburón de las finanzas Gordon Gekko se encuentra fuera de un mundo que en tiempos dominó. Buscando rehacer sus arruinadas relaciones con su hija, Gekko conoce por casualidad a Jake, el prometido de su hija. Juntos iniciarán un intercambio beneficioso, en principio, para ambos.
(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)
En la periferia del sistema capitalista, a pocos kilómetros de los infiernos de pobreza en los que boquean millones de personas, no se está mal. Hasta que echas un vistazo por encima del muro de tu ghetto particular y contemplas cómo viven los demás.
En mi caso, esa fascinación llegaba vía televisión, y más tarde a través de cintas de vídeo. No fui el único chaval que flipó con Gordon Gekko (Michael Douglas). Cuánta gente estudiaría Economía por culpa de esa película, madre mía. Tuvo que ser una cantidad abrumadora. El caso es que Gordon Gekko, y sobre todo Bud Fox (Charlie Sheen), ese pupilo aventajado que representaba el exorcismo de un Oliver Stone que iba para broker del montón si Vietnam y el cine no se hubieran interpuesto en su camino, eran a su vez sólo niños jugando con pompas de jabón. Pero para que Wall Street resultara anacrónica tuvieron que sucederse los años ochenta, los noventa y parte de esta década que agoniza, donde sí hemos conocido a los auténticos mangantes.
Mientras tanto, ese fresco yuppie de materialismo lujoso fue el escaparate donde los hijos adolescentes de la clase obrera mirábamos los dulces que se comían los ricos. Había otras tiendas, por supuesto, programas y revistas rosas que te aireaban las casas de los famosos, sus coches deportivos, sus vacaciones exóticas, sus mujeres deslumbrantes y sus cenas de cinco tenedores. Pero el film de Oliver Stone no hablaba de eso. "No hablo de cuatrocientos mil dólares al año, ganar en Wall Street, viajar en primera y vivir bien. Hablo de ser muy rico. Tan rico que tengas tu propio reactor, tan rico que no pierdas el tiempo. Hablo de cincuenta, de cien millones de dólares".
La caída de Gekko y la de Bud era tal vez lo más fantasioso de Wall Street, la deferencia a la culpa y la pena judeocristiana, que funciona como la buena grasa de motor para cualquier ficción cinematográfica. Y era algo que podías captar hasta con catorce o quince años. Que suelten discursos sobre la codicia, que se acuesten con putas y se levanten con putas (menos Martin Sheen, que era un meapilas), que decoren carísimos picaderos en la Gran Manzana, que destruyan miles de puestos de trabajo desde sus teléfonos móviles de primera generación, pero que al final, paguen por ello. En tu fuero interno comprendías que los verdaderos tiburones no rendían cuentas a nadie, que campaban a sus anchas y que Wall Street, proyectada en sus salas de cine privadas, les parecería una divertida comedia costumbrista sobre la lucha de clases. Ahí es donde corrompía Wall Street. No en lo que contaba, sino en lo que no contaba.
Veintitrés años después, Gordon Gekko ha vuelto. Hay historias cuyas continuaciones sólo se entienden como maniobras comerciales. Pero Wall Street: El dinero nunca duerme (a partir de aquí, y para abreviar, Wall Street 2), aunque también enganchada a la locomotora del dinero a través de la nostalgia, es de las pocas secuelas que desde un punto de vista estrictamente dramático queda más que legitimada. Los delincuentes de guante blanco siempre tienen segundas partes.
A Herradura Azul le gusta la crisis
Gordon Gekko sale de la cárcel con un bolsito de efectos personales, los restos de su grandeza pasada. Nadie le espera en el exterior. Su hijo, aquel crío que era "un chiflado de la electrónica" con tan sólo cuatro años, ha muerto de sobredosis. Su hija, una periodista independiente que dirige una web de éxito, no quiere saber nada de él. Estamos en el 2008. La burbuja inmobiliaria todavía no ha mostrado su peor cara. Es el momento en el que los tipos listos pueden volver a sacar tajada.
Todos los que menosprecian la trayectoria errática de Oliver Stone parecen olvidar que este hombre ya firmaba guiones como soles cuando ellos estaban aún aprendiendo el abecedario en la escuela primaria. Y que podría haber desarrollado su carrera como un gran ejecutor del entretenimiento más anestésico, pero es que ésa nunca fue su intención. Stone es un tocapelotas, un provocador y un tipo conectado (quizás demasiado conectado) a la realidad de la época que le toca vivir. Una muestra de su mirada torcida y cínica está en la segunda vez que nos encontramos a Gordon Gekko tras el prólogo carcelario. Con aspecto informal, el especulador despiadado de 1987 se camela a una audiencia juvenil promocionando su libro “Is greed good?”. Así, Stone parodia el célebre speech sobre la codicia (un Oscar le valió a Michael Douglas aquello) y fotografía con rayos X a toda esa ralea despreciable de banqueros, inversores y otros demonios afines que ahora se dedican, campechanos y cordiales, a publicar libros sobre cómo hemos llegado a esta situación y las claves para salir de ella.
A excepción de Jake (Shia Labeuf) y Winnie (Carey Mulligan), nada redime a los demás personajes en esta Wall Street 2, y mucho menos a Gekko, para quien el amor forma parte de un rescate emocional a su mismo estado anímico. Al fin y al cabo, los remordimientos no son buenos para los negocios, no mantienen la cabeza despejada. Gekko nacionaliza sus sentimientos con una transferencia de cien millones de dólares. Y con ello, es libre para seguir compitiendo en bolsa, aprovechar la crisis internacional, medrar y resurgir de nuevo.
Pájaros viejos en una tormenta
Cuando alquilé El padrino III logré que mis tíos E. y R. se aficionaran a la saga mafiosa por excelencia. Y con mi tía R. fue pan comido: le enseñé con El padrino II por qué Michael (Al Pacino) sufría tanto con el recuerdo de Fredo (John Cazale) y le expliqué quién era la madre de Vincent (Andy García), mostrándole la secuencia de El padrino en la que Sonny (James Caan), con toda probabilidad, concebía a su hijo el día de la boda de su hermana. Entonces mi tía dijo: “Pues es la misma actriz”. Y era cierto. La italoamericana que aliviaba los furores varoniles de Sonny era la misma que años después acudía a la mansión de Michael intentando relacionar más estrechamente a su hijo bastardo con los intereses de los Corleone.
En Wall Street 2 Oliver Stone ha recuperado a algunas caras del pasado. Y están ahí para subrayarnos que nada cambia. Que el tiempo pasa y nos hacemos más viejos, pero que lloverá siempre sobre mojado. Esa especie de meretriz del ladrillo que vendía apartamentos en los años ochenta, sigue organizando visitas a propiedades que valen la mitad de lo que pide por ellas y continúa mareando a sus clientes con su jerga de vendedora experimentada, mencionando que las vistas son maravillosas, que hay otros compradores potenciales, que no dispone de todo el día y que no hay que preocuparse por el precio, que el banco ya ha dicho que sí a la solicitud para una hipoteca. El broker gordo que realizaba gestos sexuales con sus anchas caderas cuando le hablaban de hundir a una empresa rival, vuelve a ser la mano derecha de Gekko cuando éste reúne a su equipo después de haber transformado sus ahorros suizos en una fortuna diez veces superior a la suma inicial.
Pero es con el breve cameo de Charlie Sheen donde Stone demuestra que no hay salida en este díptico suyo sobre la ambición, sólo diferentes niveles de corrupción y sed de poder. Buddy Fox cumplió condena y ayudó a su padre con la Blue Star. La hizo crecer, la situó entre las compañías más rentables del sector y luego… la vendió. Ahora dedica su tiempo libre a las zorras de alto standing, al golf y a viajar por todo el mundo en su yate. Un buen chico.
¿Dónde esta la dulzura y esa concesión sentimental que tantos han percibido en Wall Street 2? Yo no la veo por ninguna parte.
Burbujas
El motivo de las burbujas es un elemento recurrente en la película. Y cuando se habla sobre ellas, oímos la opinión de un joven, un joven enamorado que se empeña en encontrar en las burbujas un modelo de crecimiento, un ejemplo de esperanza. Para Gekko, las burbujas son su medio de transporte, su alimento, la prole que no dudará en devorar como el Saturno de las finanzas que en realidad es. Y la energía ecológica es la próxima burbuja.
La burbuja de Stone es su izquierdismo recalcitrante, su compromiso ideológico, su interés por el pasado, presente y futuro de su amado y odiado país. Por eso esa trilogía de documentales iniciada con Comandante, por eso JFK, Nixon, Platoon, Hablando con la muerte y Nacido el 4 de julio. Pero dentro de la burbuja reside un cineasta capaz y un guionista excepcional. Y puede que Wall Street 2 no sea el mejor ejemplo de su arte como realizador, pero desde luego de inofensiva y mediocre no tiene ni un minuto de metraje.
Duración: 131 min.
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Oliver Stone
Guión: Allan Loeb, Stephen Schiff (Personajes: Stanley Weiser, Oliver Stone)
Música: Craig Armstrong
Fotografía: Rodrigo Prieto
Intérpretes: Shia LaBeouf, Michael Douglas, Carey Mulligan, Susan Sarandon, Frank Langella, Josh Brolin, Eli Wallach, Austin Pendleton, John Bedford Lloyd, Vanessa Ferlito, John Buffalo Mailer, Jason Clarke, Christian Baha, Oliver Stone, Charlie Sheen.
Sinopsis: Puesto en libertad después de cumplir una prolongada condena en prisión, el implacable tiburón de las finanzas Gordon Gekko se encuentra fuera de un mundo que en tiempos dominó. Buscando rehacer sus arruinadas relaciones con su hija, Gekko conoce por casualidad a Jake, el prometido de su hija. Juntos iniciarán un intercambio beneficioso, en principio, para ambos.
(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)
En la periferia del sistema capitalista, a pocos kilómetros de los infiernos de pobreza en los que boquean millones de personas, no se está mal. Hasta que echas un vistazo por encima del muro de tu ghetto particular y contemplas cómo viven los demás.
En mi caso, esa fascinación llegaba vía televisión, y más tarde a través de cintas de vídeo. No fui el único chaval que flipó con Gordon Gekko (Michael Douglas). Cuánta gente estudiaría Economía por culpa de esa película, madre mía. Tuvo que ser una cantidad abrumadora. El caso es que Gordon Gekko, y sobre todo Bud Fox (Charlie Sheen), ese pupilo aventajado que representaba el exorcismo de un Oliver Stone que iba para broker del montón si Vietnam y el cine no se hubieran interpuesto en su camino, eran a su vez sólo niños jugando con pompas de jabón. Pero para que Wall Street resultara anacrónica tuvieron que sucederse los años ochenta, los noventa y parte de esta década que agoniza, donde sí hemos conocido a los auténticos mangantes.
Mientras tanto, ese fresco yuppie de materialismo lujoso fue el escaparate donde los hijos adolescentes de la clase obrera mirábamos los dulces que se comían los ricos. Había otras tiendas, por supuesto, programas y revistas rosas que te aireaban las casas de los famosos, sus coches deportivos, sus vacaciones exóticas, sus mujeres deslumbrantes y sus cenas de cinco tenedores. Pero el film de Oliver Stone no hablaba de eso. "No hablo de cuatrocientos mil dólares al año, ganar en Wall Street, viajar en primera y vivir bien. Hablo de ser muy rico. Tan rico que tengas tu propio reactor, tan rico que no pierdas el tiempo. Hablo de cincuenta, de cien millones de dólares".La caída de Gekko y la de Bud era tal vez lo más fantasioso de Wall Street, la deferencia a la culpa y la pena judeocristiana, que funciona como la buena grasa de motor para cualquier ficción cinematográfica. Y era algo que podías captar hasta con catorce o quince años. Que suelten discursos sobre la codicia, que se acuesten con putas y se levanten con putas (menos Martin Sheen, que era un meapilas), que decoren carísimos picaderos en la Gran Manzana, que destruyan miles de puestos de trabajo desde sus teléfonos móviles de primera generación, pero que al final, paguen por ello. En tu fuero interno comprendías que los verdaderos tiburones no rendían cuentas a nadie, que campaban a sus anchas y que Wall Street, proyectada en sus salas de cine privadas, les parecería una divertida comedia costumbrista sobre la lucha de clases. Ahí es donde corrompía Wall Street. No en lo que contaba, sino en lo que no contaba.
Veintitrés años después, Gordon Gekko ha vuelto. Hay historias cuyas continuaciones sólo se entienden como maniobras comerciales. Pero Wall Street: El dinero nunca duerme (a partir de aquí, y para abreviar, Wall Street 2), aunque también enganchada a la locomotora del dinero a través de la nostalgia, es de las pocas secuelas que desde un punto de vista estrictamente dramático queda más que legitimada. Los delincuentes de guante blanco siempre tienen segundas partes.
A Herradura Azul le gusta la crisis
Gordon Gekko sale de la cárcel con un bolsito de efectos personales, los restos de su grandeza pasada. Nadie le espera en el exterior. Su hijo, aquel crío que era "un chiflado de la electrónica" con tan sólo cuatro años, ha muerto de sobredosis. Su hija, una periodista independiente que dirige una web de éxito, no quiere saber nada de él. Estamos en el 2008. La burbuja inmobiliaria todavía no ha mostrado su peor cara. Es el momento en el que los tipos listos pueden volver a sacar tajada.
Todos los que menosprecian la trayectoria errática de Oliver Stone parecen olvidar que este hombre ya firmaba guiones como soles cuando ellos estaban aún aprendiendo el abecedario en la escuela primaria. Y que podría haber desarrollado su carrera como un gran ejecutor del entretenimiento más anestésico, pero es que ésa nunca fue su intención. Stone es un tocapelotas, un provocador y un tipo conectado (quizás demasiado conectado) a la realidad de la época que le toca vivir. Una muestra de su mirada torcida y cínica está en la segunda vez que nos encontramos a Gordon Gekko tras el prólogo carcelario. Con aspecto informal, el especulador despiadado de 1987 se camela a una audiencia juvenil promocionando su libro “Is greed good?”. Así, Stone parodia el célebre speech sobre la codicia (un Oscar le valió a Michael Douglas aquello) y fotografía con rayos X a toda esa ralea despreciable de banqueros, inversores y otros demonios afines que ahora se dedican, campechanos y cordiales, a publicar libros sobre cómo hemos llegado a esta situación y las claves para salir de ella.A excepción de Jake (Shia Labeuf) y Winnie (Carey Mulligan), nada redime a los demás personajes en esta Wall Street 2, y mucho menos a Gekko, para quien el amor forma parte de un rescate emocional a su mismo estado anímico. Al fin y al cabo, los remordimientos no son buenos para los negocios, no mantienen la cabeza despejada. Gekko nacionaliza sus sentimientos con una transferencia de cien millones de dólares. Y con ello, es libre para seguir compitiendo en bolsa, aprovechar la crisis internacional, medrar y resurgir de nuevo.
Pájaros viejos en una tormenta
Cuando alquilé El padrino III logré que mis tíos E. y R. se aficionaran a la saga mafiosa por excelencia. Y con mi tía R. fue pan comido: le enseñé con El padrino II por qué Michael (Al Pacino) sufría tanto con el recuerdo de Fredo (John Cazale) y le expliqué quién era la madre de Vincent (Andy García), mostrándole la secuencia de El padrino en la que Sonny (James Caan), con toda probabilidad, concebía a su hijo el día de la boda de su hermana. Entonces mi tía dijo: “Pues es la misma actriz”. Y era cierto. La italoamericana que aliviaba los furores varoniles de Sonny era la misma que años después acudía a la mansión de Michael intentando relacionar más estrechamente a su hijo bastardo con los intereses de los Corleone.
En Wall Street 2 Oliver Stone ha recuperado a algunas caras del pasado. Y están ahí para subrayarnos que nada cambia. Que el tiempo pasa y nos hacemos más viejos, pero que lloverá siempre sobre mojado. Esa especie de meretriz del ladrillo que vendía apartamentos en los años ochenta, sigue organizando visitas a propiedades que valen la mitad de lo que pide por ellas y continúa mareando a sus clientes con su jerga de vendedora experimentada, mencionando que las vistas son maravillosas, que hay otros compradores potenciales, que no dispone de todo el día y que no hay que preocuparse por el precio, que el banco ya ha dicho que sí a la solicitud para una hipoteca. El broker gordo que realizaba gestos sexuales con sus anchas caderas cuando le hablaban de hundir a una empresa rival, vuelve a ser la mano derecha de Gekko cuando éste reúne a su equipo después de haber transformado sus ahorros suizos en una fortuna diez veces superior a la suma inicial.Pero es con el breve cameo de Charlie Sheen donde Stone demuestra que no hay salida en este díptico suyo sobre la ambición, sólo diferentes niveles de corrupción y sed de poder. Buddy Fox cumplió condena y ayudó a su padre con la Blue Star. La hizo crecer, la situó entre las compañías más rentables del sector y luego… la vendió. Ahora dedica su tiempo libre a las zorras de alto standing, al golf y a viajar por todo el mundo en su yate. Un buen chico.
¿Dónde esta la dulzura y esa concesión sentimental que tantos han percibido en Wall Street 2? Yo no la veo por ninguna parte.
Burbujas
El motivo de las burbujas es un elemento recurrente en la película. Y cuando se habla sobre ellas, oímos la opinión de un joven, un joven enamorado que se empeña en encontrar en las burbujas un modelo de crecimiento, un ejemplo de esperanza. Para Gekko, las burbujas son su medio de transporte, su alimento, la prole que no dudará en devorar como el Saturno de las finanzas que en realidad es. Y la energía ecológica es la próxima burbuja.La burbuja de Stone es su izquierdismo recalcitrante, su compromiso ideológico, su interés por el pasado, presente y futuro de su amado y odiado país. Por eso esa trilogía de documentales iniciada con Comandante, por eso JFK, Nixon, Platoon, Hablando con la muerte y Nacido el 4 de julio. Pero dentro de la burbuja reside un cineasta capaz y un guionista excepcional. Y puede que Wall Street 2 no sea el mejor ejemplo de su arte como realizador, pero desde luego de inofensiva y mediocre no tiene ni un minuto de metraje.



2 comentarios:
Uy!, ya me apetecía ver esta película hace tiempo, pero con tu crítica más todavía.
Thx! Carmen, estoy seguro de que te encantará.
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