Café y Noni


A la imagen le falta un paquete de Marlboro (aunque yo por esa época le daba al Ducados) para adquirir categoría de icono religioso en este blog.

Minirecreativas


Tener una maca en casa representa para cualquier frikazo nacido en los años setenta algo parecido a lo que experimenta un guiri burgués plantando una armadura medieval en su mansión de Sotogrande. Es algo ostentoso, pelín hortera, que ocupa sitio, que sólo apreciarán unos pocos de tu círculo interno, pero... y lo que mola, ¿qué?

Sin embargo, como casi para todo, hay que valer (he dicho "casi", para ministro y alcalde está visto que sirve cualquiera) y si no eres un manitas con el bricolaje y la electrónica, pero quieres una recreativa personalizada para ti solito, toca apoquinar. En Ebay salen a subasta semana sí, semana también varias de estas máquinas, muchas en excelente estado de conservación y a muy buen precio. El principal problema es que esos encantadores armatostes, esas ventanas catódicas a una dimensión de píxeles y sueños, no estaban diseñados para pisitos colmenares y viviendas de clase obrera, sino para los espacios amplios y apestosos de bares y salones con tragaperras.

Si es tu caso, si quieres una pseudomaca (porque los puristas del retro te dirán que una verdadera recreativa debe funcionar con su monitor original y con su placa JAMMA. Ni caso a esos. Si de ellos dependiera exigirían mugre, cenicero con colillas y un adolescente en chándal pegado al panel de control) en casa, bonita, coquetuela, que no provocará divorcios ni desahucios gracias a su reducido tamaño y que te permitirá jugar de nuevo a Ghost and Goblins, Cadillacs and Dinosaurs, Final Fight, Golden Axe o Super Pang, entre muchos otros, pincha aquí y flipa.

No sé cuánto pedirá este artesano por sus creaciones (mala cosa que no ponga precios en su web, aunque fuesen tarifas aproximadas), pero siempre que no sea un ojo de la cara, es un asunto a plantearse muy en serio. Porque el MAME con un pad o el teclado no es la solución, os lo digo yo.

Pontypool


Título original: Pontypool
Año: 2008
Nacionalidad: Canadá
Director: Bruce McDonald
Guión: Tony Burgess
Música: Claude Foisy
Fotografía: Miroslaw Baszak
Intérpretes: Stephen McHattie, Lisa Houle,
Georgina Reilly, Hrant Alianak, Rick Roberts

Sinopsis: Thriller psicológico que presenta una situación en la que un virus mortal infecta la pequeña ciudad de Ontario.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)


Los juntaletras aficionados sabemos que las palabras pueden ser peligrosas, que escribir debería ser considerado deporte de alto riesgo. Por ello, que hablar por los codos, aunque no se tenga nada que decir, sea el mejor camino de transmisión para un virus lingüístico, me pareció de una coherencia y de una lógica desarmante. En el mundo pre-apocalíptico de Pontypool, los charlatanes caen como moscas y darle a la sinhueso, como una vecina analfabeta cualquiera, conlleva jugársela en una ruleta rusa léxica que puede convertirnos en una nueva variedad de zombi. Repasemos. Teníamos a los zombis lentos romerianos, a los rápidos o infectados de O´Bannon y Boyle, y ahora hay que añadir al zombi "palabrero". Espeluznante anexo. Y es que si un enjambre me va a comer vivo, joder, que lo hagan en silencio, a lo máximo con agradecidos gruñidos de satisfacción, pero no entablando una jerigonza balbuceante, porque ya sería demasiado pavor para vuestro pobre y eviscerado Insanus.

Pues sí, viejos, la enfermedad (o el monstruo invasor del espacio exterior: no se excluye esa posibilidad en el argumento. De hecho cualquier explicación del fenómeno es válida, como en toda buena peli de zombis) en Pontypool viaja en el lenguaje, oculta en palabras clave que vuelven el cerebro del revés y transforman a los humanos en parlanchines caníbales. ¿Y qué mejor sitio para el epicentro de este horror que una emisora de radio?

Grant Mazzy (Stephen McHattie) presenta en la CLSY su programa matutino, Mazzy in the Morning. Grant es el típico locutor enamorado de su propia voz (todo hay que decirlo: grave y armoniosa) y ansioso por demostrar a los demás lo ingenioso y divertido que es, especialmente tras varios tientos a la botella de bourbon. Su productora, Sydney (Lisa Houle), es la encargada de recordarle que el programa va de noticias y deportes, no de desvaríos alcohólicos, y Laurel (Georgina Reilly) es la ayudante pringada que gestiona las llamadas de los oyentes. Todo parece ir sobre ruedas hasta que empiezan a llegar inquietantes noticias sobre disturbios en el pueblo, ataques violentos de ciudadanos y, por último, el clásico mensaje sobre mordiscos y gente devorada viva que los lectores de Max Brooks oirían desde su refugio seguro, porque haría ya mucho tiempo que habrían puesto pies en polvorosa (¿cómo?, ¿aún no tenéis un plan de acción para estos casos?).

Pontypool desarrolla su historia casi entre cuatro paredes. Ningún incoveniente, porque su poder se alimenta de esa situación. Un grupo de personas que intentan recomponer lo que sucede en el exterior con los retazos de información que les va llegando, primero como un goteo y luego como un chorro de locura y caos imparable y atronador. Que el remedio más urgente para evitar la infección sea cerrar el pico le da un angustioso cariz a la historia, porque charlar, dialogar con nuestros semejantes, es la punta de lanza más simbólica de nuestra humanidad, una de las herramientas indispensables que nos facilitó la hegemonía en el planeta Tierra. Así que ver a los protagonistas de la película gesticular como absurdos mimos o garrapatear letras con rotuladores sobre las paredes genera una sensación de tristeza tremenda. Sí, existe la posibilidad de hablar en otros idiomas, pero ¿cuánto tiempo tardará el vector de contagio en impregnar esas otras lenguas?

Original, turbadora y sobre todo atípica esta producción canadiense de bajo presupuesto, una de terror que a mí me recordó a las mejores noches de radio en los primeros años de Onda Cero. Y es que Pontypool habría sido un relato perfecto en la voz de Juan Antonio Cebrián, en el segmento La Zona Cero de su mítico Turno de noche.

Adiós, mundo entrópico y cruel


Inauguro sección, Microfilms, con la intención de ir colgando por aquí videoclips con secuencias que no superen el minuto de extensión. Serán trozos de cine descontextualizados, arrancados a bocados de sus largometrajes de origen.

Y empezamos con el segundo intento de suicidio de Boris Yellnikoff (Larry David) en Si la cosa funciona, de Woody Allen. Una de mis punchlines favoritas del maestro (y mira que las tiene desternillantes el tío) pertenece a Delitos y faltas: Era el mayor intelectual que he conocido, y dejó una nota que decía "Salgo por la ventana".

He aquí la representación visual de lo que en Delitos y faltas sólo era un memorable diálogo:



En cuanto a Si la cosa funciona, obligatoria, amigos, ya os contaré en otra entrada por qué.

Causa de fuerza mayor


No importa cómo de bien me vaya la partida en el Music Challenge. Si me sale Don´t stop me now, sé que tendré que parar unos minutos y pincharlo en el Spotify. También me sucede con Bat Macumba, de Os Mutantes, pero esto último ya es debilidad mental, creo yo.

Y como el pelotazo de Queen suele aparecer a menudo en este diabólico juego, será mejor que lo cuelgue por aquí, para tenerlo a mano.



La letra, aquí

Tonight I'm gonna have myself a real good time
I feel alive and the world turning inside out Yeah!
And floating around in ecstasy
So don't stop me now don't stop me
'Cause I'm having a good time having a good time


I'm a shooting star leaping through the sky
Like a tiger defying the laws of gravity
I'm a racing car passing by like Lady Godiva
I'm gonna go go go
There's no stopping me


I'm burning through the sky Yeah!
Two hundred degrees
That's why they call me Mister Fahrenheit
I'm trav'ling at the speed of light
I wanna make a supersonic man out of you


Don't stop me now I'm having such a good time
I'm having a ball don't stop me now
If you wanna have a good time just give me a call
Don't stop me now ('cause I'm havin' a good time)
Don't stop me now (yes I'm havin' a good time)
I don't want to stop at all


I'm a rocket ship on my way to Mars
On a collision course
I am a satellite I'm out of control
I am a sex machine ready to reload
Like an atom bomb about to
Oh oh oh oh oh explode


I'm burning through the sky Yeah!
Two hundred degrees
That's why they call me Mister Fahrenheit
I'm trav'ling at the speed of light
I wanna make a supersonic woman of you


Don't stop me don't stop me
Don't stop me hey hey hey!
Don't stop me don't stop me ooh ooh ooh (I like it)
Don't stop me don't stop me
Have a good time good time
Don't stop me don't stop me Ah


I'm burning through the sky Yeah!
Two hundred degrees
That's why they call me Mister Fahrenheit
I'm trav'ling at the speed of light
I wanna make a supersonic man out of you


Don't stop me now I'm having such a good time
I'm having a ball don't stop me now
If you wanna have a good time just give me a call
Don't stop me now ('cause I'm havin' a good time)
Don't stop me now (yes I'm havin' a good time)
I don't want to stop at all.

True Blood, Temporada 2


No ha estado nada mal y ya tengo ganas de más. Lo mejor de esta temporada ha sido sin duda el viaje a Texas. Uno de los puntos que me parecieron más interesantes de True Blood en su día fue todo lo concerniente a la Gran Revelación, ese momento histórico en el que los vampiros salieron a la luz (frase hecha cuando de chupasangres fotofóbicos se trata) y mostraron su condición, ejerciendo su derecho a ser aceptados y respetados. En la primera tanda de episodios ésto estaba reflejado en esa sangre sintética que da título a la serie, en debates televisivos que se oían de fondo en cualquier bar y en la interacción entre humanos y no-muertos, que iba desde la corrección hasta la desviación sexual más morbosa. Pero en esta temporada, Sookie (Anna Paquin) y Bill (Stephen Moyer) viajan hasta Texas en las Aerolíneas Anubis y se instalan en un hotel de cinco estrellas a prueba de luz. Bonitos detalles de un mundo en el que los vampiros son otra minoría social y étnica, con sus exigencias y necesidades propias.

Ademas, en esta season aparece Godric, una criatura de dos mil años de edad que ostenta el honor (más bien carga) de ser el más viejo de su especie en Norteamérica. Curioso este personaje, sí, construido sin pudor sobre el legado de Anne Rice y sus Crónicas Vampíricas. No es una corriente de este monstruo que me cautive demasiado (si eres un vampiro, la bondad y la empatía pueden acabar contigo más rápido que una estaca de madera en manos de Van Helsing), pero innegablemente, el concepto funciona. Supongo que al público le tranquiliza ver rasgos espirituales en un engendro contranatura. Por eso amo a los zombis: con ellos, sólo cabe el tiro en la cabeza.

Lo dicho, una entretenida temporada. Bon Temps se está convirtiendo en otro de mis paraísos de ficción ideales. Qué lugar más cojonudo para vivir: cambiantes, vampiros, ménades, zorras paletas, droga V, fanáticos religiosos, vudú, orgías demoníacas y hasta hombres lobo. Que aún no se han revelado pero, según Sam (Sam Trammell), andan por ahí aullándole a la luna llena.

Fundación de Ayuda al Hombre Lija


Muy bien. Porque si nos cortan el rollo cuando estamos a lo Ignatius J. Reilly frente a la tele odiando a todo un set (felicidades, Sálvame: no le deseaba la muerte a tanta gente junta desde los tiempos de Moros y Cristianos), al menos, que nos hagan reír.



Como espécimen masculino extremadamente piloso, hace tiempo que di con la solución más barata para el efecto lija. Y no pasa por gastarse una pasta en cuchillas de diseño, espumas y cremas. Comprad una maquinilla de pelar en cualquier gran superficie y afeitáos la jeta con ella. Cómodo, limpio y además da un aspecto homogéneo si también os rasuráis el coco.

Moon


Título original: Moon
Año: 2009
Nacionalidad: Reino Unido
Director: Duncan Jones
Guión: Duncan Jones, Nathan Parker
Música: Clint Mansell
Fotografía: Gary Shaw
Intérpretes: Sam Rockwell, Kaya Scodelario,
Matt Berry, Malcolm Stewart, Benedict Wong,
Dominique McElligott, Robin Chalk, Kevin Spacey

Sinopsis: Moon está ambientada en un futuro no muy lejano, y nos presenta a un astronauta que se encuentra aislado en la luna durante un periodo de 3 años en una excavación minera. Su contrato está a punto de finalizar, pero algo empieza a ir mal y descubrirá un terrible secreto que le concierne.

(Ficha y sinopsis: Filmaffinity)

Es curioso como el exceso de información en la red para con nuestras aficiones favoritas puede, en ocasiones, ser un sorprendente aliado. Por norma general, cuando me paseo por webs y foros buscando material sobre un estreno reciente, regreso a esa casita vacía de tejado googleriano que es mi página de inicio con más datos de los que podría procesar en todo un día. Y en los marcadores de mi Firefox suelen aguardarme unos ocho o nueve enlaces cosechados relacionados con el tema. En los años ochenta y noventa, sólo habría sabido de Moon lo que Jesús Palacios o Jose Luís Guarner hubiesen escrito en Fotogramas; tal vez una página más en la sección de estrenos de dicha revista, con un resumen argumental, un par de imágenes y alguna que otra anécdota del rodaje. Dado su ajustado valor comercial, no habría lugar ni para el trailer en la tele, si acaso una cuña en radio seguida de una reseña en algún magazine de Onda Cero o RNE.

Así que anoche, frente al café humeante, me dispuse a ver Moon conociendo tanto sobre ella como si hubiera asistido a una preview con rueda de prensa. Además, estaba yo condicionado también por la aceptación y el beneplácito que mis amigos blogueros (con mucho mejor criterio que la mayoría de majaderos que trabajan en los medios especializados) le habían dispensado a la película del hijo de David Bowie. Sabía que sería una de ci-fi serena, uno de esos títulos menores que de vez en cuando se aventuran a tantear las aguas profundas de las carteleras más generalistas. Había leído tanto sobre Moon que esperaba bastante de ella. Lo que realmente me sorprendió es que mis expectativas fuesen rebasadas con tanta celeridad y limpieza. Los caminos del hype son inescrutables, amigos.

Nombres de vacas sagradas resonaban en la blogosfera. Naves Misteriosas (esa de la banda sonora con canciones de Joan Baez, que hay que ser muy mamón, o muy sádico, para desgraciar así una película), 2001, Blade Runner y Solaris, pero poco o nada se dijo sobre lo que yo creo que es uno de los pilares del film: la reivindicación de nuestra única luna, todavía tan salvaje, como jardín de juegos y campo de sueños. Nuestro satélite sigue siendo esa desconocida bola de polvo gris y Duncan Jones sitúa a su Major Tom particular en una base con vehículos e interiores que remiten a las escenificaciones futuristas que producía la NASA en los años setenta para ganarse a la opinión pública y obtener financiación.

Establecido el acertado escenario, con una mirada e intencionalidad tan concreta, buena parte del peso de la historia recae sobre un magnífico Sam Rockwell y su compañero robótico, Gerty 3000, un antepasado directo de Hal 9000 con la voz de Kevin Spacey. Rockwell, secundario de lujo en títulos como El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford o El sueño de una noche de verano, está también aquí extraordinario, multiplicando su trabajo por dos (broma fácil, ya lo veréis en su momento) y manteniendo el nivel de interés en una trama complicada, no ya por su temática, del todo accesible, sino por su naturaleza de relato corto con un reparto muy limitado. No obstante, el one man show de Rockwell no es tan radical como el de Tom Hanks en Náufrago, y es asistido por una peculiar I.A. sobre raíles.

La Luna es el telón de fondo, la terrible soledad de Sam Bell (nunca existió nadie más desamparado) es el triste espectáculo a presenciar, pero Gerty es la que te roba el corazón con su primitiva y seca filantropía.

Gerty es menos reinona que Hal 9000, no incurre en la psicopatía y en la paranoia, y resuelve sus conflictos internos sin histerias ni dramatismos. Los que ensamblaron a este cacharro tuvieron la gentileza de amabilizar su aspecto con básicos emoticonos. Por segunda vez, un elemento con pinta de trillado (como igual de quemada parecía la Luna) es utilizado de tal manera que resulta novedoso. Hasta que la I.A. ayudante de Sam no muestra su alma, los simbolitos interneteros que acompañan a sus palabras causan una notable ansiedad e inquietud. Duncan Jones juega con nuestros prejuicios más raciales y arraigados, pero también con todo el legado de la ci-fi anticipativa más clásica, esa que advierte sobre cómo los hijos metálicos de la humanidad acabarán asesinando a sus padres para liberarse de su tiranía. Al final de la película, y sobre todo reflexionando sobre Gerty, es obvio cuánto amor y conocimiento de los resortes del género hay en el joven realizador británico, porque uno no dirige algo como Moon sin haberse pasado antes muchos años con la nariz irritada por los ácaros de sobados libritos de fantasía y ciencia-ficción.

Pero Moon no trata sólo sobre un hombre y su autómata; como buena muestra de una corriente de la ci-fi que me es muy preciada, sus ideas se despliegan en nuestro futuro para hablar de temas reconocibles de nuestro presente, cuestiones vigentes, incómodas y hasta espinosas. En el plano más abierto, Moon da una advertencia sobre el feroz afán de lucro de las multinacionales y la necesidad de regular y legislar asuntos que entran en la competencia de la bioética más elemental. En su discurso más intimista, la película lanza certeros mensajes en una botella. Apuntes sobre la incomunicación, sobre el abandono, sobre la esperanza y, lo más importante, sobre lo que nos hace humanos, precisamente en un lugar y con unos personajes tan artificiales y tan alienígenas.

Y todo esto en una ópera prima de bajo presupuesto. Así se hace, coño.

Lie


Uno es más popero que rockero, ya lo escribí por el blog en alguna ocasión. Pero los buenos discos no entienden de gustos personales y zarandean a cualquiera como un vendaval. Que me lo digan a mí, que todavía estoy temblando con Cruel Melody.

Os dejo con Lie, de Black Light Burns.



Flipo con la voz de Wes Borland, con ese timbre entre Marilyn Manson y David Bowie. Definitivamente, Borland tendría que haber dejado Limp Bizkit muchísimo antes.

Ah, la letra, aquí

I'm living a lie
And it's not the best thing for me
But anyone and everyone is gonna hear another story
I'm building a house
Of murderous intention
To keep it all from coming down
I've gotta focus my attention
'cause confidence is key
When violating trust
I'm making sure that I believe
I'm doing what I must
Which is attempting to kill
The little boy inside
But as hard as I try...
The child will not die

Now I'm burning alive, just like you

I'm irrelevant
And I'm living down in the shit
I follow these pigs around
But I never get used to it
'cause they keep building and building
Their feculant franchise
I wish I could see this filth
From someone else's eyes
'cause ignorance was bliss
But now I must adjust
These animals, they operate
On jealousy and lust
I'm taking back what was lost
And I will not be denied
I'm crawling my way to the surface outside

Now I'm burning alive, just like you

Reaper, Temporada 1


Cuando me descargué esta serie sólo había leído un escueto afiche y di por supuesto que sería similar a El pacto, pero en clave de comedia. Y básicamente, así es Reaper.

Sam Oliver (Bret Harrison) recibe una inesperada sorpresa el día de su mayoría de edad: sus padres lo vendieron al Diablo antes de que él naciera, de manera que está condenado sin remisión. Pronto Satán se manifiesta ante él y le explica que piensa usarlo como cazador de almas fugitivas. El chico encaja su nueva situación como puede y se apoya en sus dos mejores amigos, Bert Wysocki (Tyler Labine) y Ben (Rick Gonzalez), para cumplir con sus demoníacos encargos.

A partir del piloto (dirigido por Kevin Smith), el esquema siempre es el mismo. Sam recibe un receptáculo del Averno, que no es otra cosa que una estrambótica arma de diseño, persigue a un fugitivo y lo captura. Y fin del episodio. Por mí, perfecto, porque tras seguir varias series de enrevesados argumentos que ni sus creadores saben cómo rematar, tras meses de narrativa televisiva desbocada y sin frenos, me resultó refrescante encontrarme con un producto fiel a la vieja fórmula de una historia por capítulo. Además, a mitad de la season, varios minutos de cada episodio se destinan a construir pequeñas e interesantes tramas en torno a Sam, sus amigos, Andi (Missy Peregrym) y una pandilla de demonios disidentes con aviesos planes de revolución. De este modo, Reaper sigue fiel a su esencia (una aventura por cada entrega) sin desatender a aquellos espectadores que esperan embrollos de más enjundia, crecimiento de los personajes y evolución.

Reaper es una buena serie. Cumple con su cometido (entretener) y hace que te encariñes de sus protagonistas, incluso de ese clon de Jack Black que responde en la ficción al nombre de Bert. Pero es una obra demasiado blanca, demasiado. Satán (Ray Wise) es encantador, mentiroso y manipulador. Hasta aquí bien: la fachada perfecta. Lo que es intolerable es que el mejor villano inventado por la humanidad, el Mal por definición, provoque simpatía y nada (pero es que nada de nada: cero) de miedo. Es una serie cómica para casi todos los públicos y uno no podía esperar los niveles de oscuridad y vileza de El pacto (¿por qué duró sólo una temporada?, ¡si era cojonuda!), pero que El Príncipe de las Mentiras inspire camaradería y entren ganas de invitarlo a unas birras... es algo que sólo se les ocurriría a los de Disney. No es de extrañar, por tanto, que Reaper esté distribuida por Buena Vista. Claro que a lo mejor es todo parte de un soterrado plan de corrupción moral vía televisión, ¿no? Por soñar, que no sea.

Y es que Reaper es tan, tan, tan políticamente correcta que con frecuencia me descolocaba en el sofá. Ejemplos arqueadores de cejas: todos los personajes empinan el codo en el bar del barrio, unos chupitos king size propio de alcohólicos terminales, pero ni uno de ellos fuma (excepto Satán). Hablan de drogas y de subidones, pero jamás vemos al trío de amiguetes, que tienen una pinta de basura blanca politoxicómana que tira de espaldas, dándole a un porro. Cómo no, el sexo siempre es hueca diversión que no lleva a ninguna parte y lo que importa es el amor verdadero. Hay, qué bonito, hasta dos demonios gays que desean hacer El Bien en la Tierra. Incluso los súcubos son adorables en esta serie. En lugar de ser criaturas ansiosas que te chupan la energía vital, aquí son contenidas diablesas que te roban un año de vida por cada beso ¡y te piden perdón por ello! La última apreciación: la peña juega a la Wii. A la puñetera Wii. Si va a ser que Reaper es más satánica que todo el heavy metal de los años setenta y ochenta juntos. Tanto buen rollo no puede esconder otra cosa.

Coñas aparte, recomiendo Reaper como interludio entre empresas de mayor envergadura y que requieren de otro talante frente a la pantalla. A mí, como descanso entre Lost y Galactica, me ha venido de fábula.

Perfect


No se me ocurre mejor adjetivo: perfect. Un vídeo que no me canso de mirar. Un clásico en ese site que suaviza espíritus y descuelga mandíbulas, el hogar del sr. Mullet, la república independiente de los faceplants.

El arpista ciego


Cuando iba al Egipto de Terenci, no podía evitar imaginarlo de cartón piedra, en rabioso technicolor y con rostros de estrellas del cine. No importaba el inmenso trabajo de ambientación, lo meticulosamente documentadas que estuvieran esas novelas (hasta un grado de detalle apabullante), la alta calidad literaria que impregnaba cada página de No digas que fue un sueño y El sueño de Alejandría, porque para mí era inevitable percibir todo aquello como dos dramones históricos hecho letras, libros de troquelados invisibles que sonaban al león de la Metro y se veían en la mente a veinticuatro fotogramas por segundo. En su último trabajo, esta sensación de sólida fantasía cinematográfica que transmitían sus expediciones mecanográficas por la tierra de los faraones, se me hizo todavía más evidente.

El arpista ciego lo redactó en la recta final de su trayectoria, con el medio pulmón que le había dejado su adicción al tabaco. Y me resulta increíble cuánta luminosidad, humor, alegría y fuerza fue capaz de insuflar en estas páginas. Pero sobre todo me fascinó el ejercicio literario de banalizar Tebas sin perder ni un ápice del halo poético de sus títulos más "serios", de representar la ciudad como un Macondo cotidiano a las orillas del Nilo, un sitio donde las marujas cotillean y entremeten al mismo nivel que los dioses, donde los gatos y las abubillas hablan, y hasta el mismo Tiempo (que además es un cinéfilo mitómano) se entrega a la pasión y al desenfreno que consume y alienta a todos los personajes.

El libro es una celebración de la vida y una reflexión sobre la juventud perdida, el amor y el olvido. Ubicada en una parcela geográfica y cronológica muy significativa para el autor, el breve reinado de Tutankamón, El arpista ciego es una alucinante montaña rusa de emociones, donde puedes estar riendo y suspirando de pena ¡en un mismo parágrafo!, que mira que es complicado e intenso lograr semejante proeza compositiva. El malabarismo entre las lágrimas y las carcajadas se mantiene hasta el final; un desenlace de culebrón para un asombroso juguete literario, con forma de despedida, que me dejó agotado y pletórico. El último polvazo, Terenci se lo echó a sus lectores.

Qué rabia me da que su obra no siga creciendo. Qué placer saber que no he leído aún ni la mitad de lo que escribió.

Battlestar Galactica, Temporada 4


La temporada en la que todos los cylon ocultos salen a la luz comienza con un par de episodios memorables. Adama (Edward James Olmos) solo en la inmensidad del espacio, esperando con un libro a la presidenta de la flota, es uno de esos grandes momentos por los que merece la pena seguir esta serie.

No tardan en desplegarse las subtramas que conformarán esta cuarta etapa de la mejor space opera televisiva de los últimos tiempos (no me canso de repetirlo), como ese motín en Galactica, los avances en la búsqueda de la Tierra o los últimos dimes y diretes en la guerra civil del enemigo.

Y aquí llega la única queja. Tengo comprobado que las guerras civiles, si no me atañen, me aburren. Puedo pasarme horas leyendo cualquier libraco sobre nuestro penoso conflicto armado del 36, cualquier biografía o novela, puedo chuparme cualquier documental sobre el tema y ver hasta la más sensiblera y maniquea película española sobre los requetebuenísimos republicanos y los malvados fascistas, pero que una nación extranjera se rompa en dos y se desangre, más allá del sincero horror ante una tragedia de esa magnitud, no me interesa en demasía. Así que todos los episodios en los que los modelos pro-humanos de robots se enemistan y luchan contra las tostadoras más integristas, se me hizo algo pesado, por mucho que me molen los cylons y simpatice con el líder de los radicales, John Cavil (Dean Stockwell).

John aborrece estar atrapado en una carcasa orgánica que imita al cuerpo humano. Desea regresionar a sus orígenes: aleación y circuitos. Quiere, por ejemplo, ojos electrónicos que le permitan contemplar el universo en todo su espectro de colores, y no esas bolas gelatinosas que le impiden disfrutar de la explosión de una supernova en toda su gloria. John detesta la gama de sentimientos, a menudo contradictorios, que su creadora programó en las líneas de producción más avanzadas y practica una férrea doctrina que le libera de lo que él considera debilidades: amar, odiar, sufrir. ¿Cómo no comprender a este robot asqueado de una condición que no eligió? Sobre todo cuando se cruza por los pasillos de la nave con sus centuriones, esos temibles armarios de dos metros, tan elegantes, tan fríos, tan bellos y tan puros.

El ya mencionado motín a bordo del buque insignia de la flota humana se desarrolla y resuelve con agilidad y gracia. Y aunque era presumible que el alzamiento de Gaeta (Alessandro Juliani) y Zarek (Richard Hatch) no iba a llegar a ninguna parte, la vileza de sus actos partía, como casi siempre, de motivos ideológicos muy delicados, propensos a confundir hasta a los mejores hombres. Ellos sólo deseaban lo mejor para su pueblo, justo la clase de exaltación patriotera que ha dado pie a tantas matanzas.

Con respecto a la Tierra, no voy a largar mucho, por si acaso aún no habéis llegado hasta esta parte, pero si sois galactiqueros, os aguarda una gran sorpresa en esta cuarta temporada.

Y ya terminando, no ha estado mal, pero eché en falta más rock and roll, demonios, más batallas espaciales y menos intrigas de pasillos metálicos con suelo de rejilla, que estamos en Galactica, no en El ala oeste de la Casa Blanca espacial. Porque de lirismo, vellos de punta y lacrimales irritados sí he estado bien servido. En especial con el reencuentro de Boomer (Grace Park) y el jefe Galen (Aaron Douglas), los dos enamorados de nuevo, visitando una confortable realidad virtual con forma de casita de madera en el campo: precioso.

Estaré atento a Caprica, la precuela de todo este maravilloso follón entre hombres y máquinas en un futuro muy, muy lejano.

Grandes finales


Desde El veredicto de las flores me llega una placentera tarea, elegir cinco finales que, a mi juicio, sean magistrales. Como en cualquier meme youtubero, los clips seleccionados son producto del momento y podrían mutar mañana con la misma naturalidad que los cazarrecompensas de Critters. Ahí va mi quinteto.

Del 5 al 1
:

5.- La guerra de las galaxias
. La Estrella de la Muerte ha sido destruida y mientras el Primer Imperio Galáctico se tambalea tras el duro golpe recibido, en un apartado bastión de la Alianza se condecora a los héroes por su gesta. Todos los Luke del mundo nos giramos para recibir con humildad los aplausos de cariño y admiración. Y entran los créditos con la música de Williams y pega un subidón de mil pares de cojones.



4.- El club de los poetas muertos. El profesor Keating (Robin Williams) recoje sus pertenencias para darse el piro del colegio Welton y el reservado Todd Anderson (Ethan Hawke) se sube sobre su pupitre y grita aquello de "¡Oh, capitán, mi capitán!". Sé que está muy visto, pero qué le voy a hacer, si todavía me emociona.



3.- Una habitación con vistas. Lucy Honeychurch (Helena Bonham Carter) deja de mentir a todos y a sí misma y se casa con George Emerson (Julian Sands). Desde Florencia, lee una carta de su hermano mientras su marido se la come a besos en el aféizar de una ventana. Todo acaba bien, y hasta hay esperanza para el estirado Cecil (Daniel Day-Lewis), que está aprendiendo a jugar al tenis.



2.- Qué bello es vivir. Acostumbro a verla una vez al año y ese final siempre me provoca escalofríos.



1.- Blade Runner. Pero el del montaje internacional de 1982. Que se quede Ridley Scott con sus historias tramposas sobre el origen artificial de Deckard, sus avariciosos director´s cuts (nacidos para sangrar al fan completista) y sus unicornios de Legend. Que sí, que son de Legend, por mucho que él lo niegue en los extras del dvd. Deckard (Harrison Ford) y Rachel (Sean Young) merecían esta huida hacia pastos más verdes, ¿no os parece?



Estáis todos invitados a jugar, pero escojo a cinco propagadores oficiales:

Kelembor, de Las puertas del Caos
El tándem Solondz/Akatsuko, de Other Films
El doctor Quatermass, de The Quatermass Xperiment
Crowley, de Tengo boca y no puedo gritar
Redrum, de La Calle Morgue

Ñome Rebellion


WOW es como un amor verdadero: nunca se acaba del todo. Y cortos como Ñome Rebellion, de Kelembor (Las puertas del Caos), excitan al viejo guerrero que fui, el que galopó sobre un tigre en las batallas más cruentas de Alterac Valley.

Ñome Rebellion nos recuerda también que el arte puede servirse de las nuevas tecnologías con la misma validez que una vez tuvieron herramientas menos complejas, como un pincel, una pluma o un arpa. Lo que importa es el proceso creativo y luego, los resultados. Ignoro cuántas horas se pegó Kelem manejando oscuros programas de edición de vídeo y peleándose con formatos de compresión, textos, archivos de audio y otros detalles por el estilo. Como buen artista, seguro que disfrutó con esas pequeñas dificultades parejas al acto de la concepción. Y al final, llega el premio: la expresión de una idea, una emoción corpórea, una visión personal lista para compartir que, en este caso, no es un cuadro, un libro o una partitura, sino un vídeo. Y qué gran vídeo.

Noche de miedo, vol.2


Título: Imago Mortis
Año: 2009
Nacionalidad: Italia
Director: Stefano Bessoni
Guión: Stefano Bessoni, Luis Berdejo
Música: Zacarías M. de la Riva
Fotografía: Arnaldo Catinari
Intérpretes: Geraldine Chaplin, Oona Chaplin,
Alberto Amarilla, Leticia Dolera, Álex Angulo,
Jun Ichikawa, Silvia De Santis,
Francesco Carnelutti, Kenji Kohashi, Lorenzo Pedrotti

Sinopsis: Antes de que se inventase la fotografía, un científico llamado Girolamo Fumagalli estaba obsesionado con la idea de reproducir imágenes. Él descubrió que asesinando a una víctima y quitándole sus ojos, era posible reproducir en un papel la última imagen impresa en las retinas. Esa técnica tuvo el nombre de 'tanatografía' y en la actualidad, ese terrible ritual comienza a producirse en el interior de una escuela internacional de cine.

Cuando vi el trailer hace unas semanas vía Youtube, me zumbó la alarma del detector de humo. Y así ha sido. Del producto de mezclar ingredientes que por separado ya huelen a trillado, a caduco, tras casi dos horas de metraje, lo más usual es que surja un despropósito.

Los objetos que vertebran toda la trama, ese casco sacaojos y el tanatoscopio, son de una gran inventiva. El falso telón "histórico" de ese alquimista loco, supuesto antepasado de la fotografía moderna, encandila por su elaborada puesta en escena. Sin embargo, resulta epatante que se haya trabajado tanto en un trasfondo tan consistente para luego reducirlo todo al clásico misterio predecible de té y pastas. El terror, mal entendido, el gore, tímido, excusado casi, y el suspense, inexistente.

Bruno (Alberto Amarilla) se pasa dos tercios de la película gimoteando. Y cuando no llora, va por los escenarios con la misma carita angustiada que en El camino de los ingleses, de Antonio Banderas. Aquí el amigo sabe que sus profesores ocultan información, y que Caligari (Álex Angulo), no es que parece que le tenga manía, ¡es que se la tiene!. Pues ni por esas provoca el personaje la más mínima empatía.

Aunque es cierto que en largometrajes de este tipo el protagonista no tiene por qué caer bien al espectador, sí es mal asunto que importe poco o nada su suerte, porque entonces es cuando llega la temible (por aguafiestas) desvinculación hipnótica frente al show, la triste suspensión de la credibilidad. O sea, que se empieza a mirar el reloj para calcular cuánto tiempo queda hasta que acabe esa cosa inane y tediosa que está uno mirando (y no viviendo en su interior) por no dejarla a medias.

Título: Trick 'r treat
Año: 2008
Nacionalidad: Canada
Director: Michael Dougherty
Guión: Michael Dougherty
Música: Douglas Pipes
Fotografía: Glen MacPherson
Intérpretes: Quinn Lord, Brian Cox, Dylan Baker,
Leslie Bibb, Rochele Aytes, Anna Paquin, Moneca Delain,
Tahmoh Penikett, Lauren Lee Smith

Sinopsis: Cuatro historias para la noche de Halloween. Una de las historias se centra en un director de instituto que se convierte en un vicioso asesino en serie con la luna llena. Otra trata de una virgen en edad universitaria que se reserva para el hombre de su vida, a quien cree que acaba de conocer. La tercera versa sobre una mujer cuyo odio hacia Halloween sólo es superado por el amor que le tiene su marido a esta festividad. Por último, un grupo de adolescentes despiadados llevan a cabo una broma imperdonablemente cruel.

Las películas de terror con segmentos autoconclusivos me chiflan. Me recuerdan a los gratos momentos pasados con las antologías de cuentos que publicaba Martínez Roca a principios de los años noventa (la forma más económica y distendida de entablar un primer contacto con gigantes como William F. Nolan, Ursula K. Le Guin, Thomas M. Disch o Peter Straub, entre otros). Y sobre todo me remiten a lejanas tardes de invierno y vídeo: En los límites de la realidad, El gato infernal, El club de los monstruos, Cuentos Asombrosos, Bolsa de cadáveres y muchas más.

En Trick 'r Treat gobierna el mismo espíritu de las revistas y libritos que propició series de televisión y luego este formato de festival de cuentos para la pantalla grande, pero hay una diferencia importante: el maestro de ceremonias es parte de la trama.

No sé hasta qué punto es innovador o si ya se ha visto antes algo así, pero generalmente, el envoltorio más frecuente es un monstruo, popular o ideado en expreso para la ocasión, que apadrina los cortometrajes entre chanzas macabras. En el debut de Dogherty para la pantalla grande, Sam, un "niño" encapuchado cuya carne es pulpa de calabaza y cuyo rostro es una sombría réplica de una jack-o-lantern, se moja de rojo sangre en sus oficios como presentador, cohesionando con su inquietante presencia las cuatro historias de terror de la película.

La estructura narrativa está articulada en estudiados saltos de tiempo y localización que nos van llevando de un lado a otro de los segmentos. Este habilidoso recurso (tan tarantiniano), unido a la gran calidad del film, hace que Trick 'r Treat transcurra volando.

Con un poco de suerte, el incomprendido Sam se volverá otro icono más de Halloween (para mí lo es desde ayer) y tendremos más entregas en años venideros. Ah, os incrusto por aquí los orígenes animados de este adorable engendro, ya con su máscara de arpillera y su tela de saco a cuestas:




Título: Giallo
Año: 2009
Nacionalidad: Italia
Director: Dario Argento
Guión: Jim Agnew, Sean Keller
Música: Claudio Simonetti
Fotografía: Frederic Fasano
Intérpretes: Adrien Brody, Emmanuelle Seigner, Elsa Pataky,
Robert Miano, Byron Deidra, Daniela Fazzolari,
Lorenzo Pedrotti, Valentina Izumi, Taiyo Yamanouchi

Sinopsis: Giallo sigue la vida de una azafata estadounidense (Seigner) que se une a un detective italiano, Enzo Lavia (Brody), para buscar a su hermana (Pataky) que ha sido secuestrada por un asesino en serie sádico a quien se conoce por el nombre de “Amarillo”.

Dario Argento titula Giallo a su película y da lo que promete con ese nombre: un asesino en serie trastornado por un trauma infantil, chicas guapas torturadas de incómodas maneras, una exagerada y barroca partitura musical, sempiternos cristales cortantes, cuchillos de cocina (el arma oficial de todo psychokiller italiano de la vieja escuela) que profanan la carne joven, crímenes misóginos y sorprendentes giros de guión, amén de un final deliciosamente canónico.

Amarillo (Giallo) es como un villano de los años setenta ubicado en pleno 2009, y en ese aspecto, es de una simpleza absoluta. Es un ser deforme (fenomenal la caracterización del actor Byron Deidra), se oculta en una vieja fábrica abandonada, habla con los espejos, odia con gran intensidad y sus motivaciones y objetivos son casi de psicología de barra de bar. El resto de los personajes no se salen de la misma y deliberada línea reduccionista: el inspector Enzo (Adrian Brody) ingresó en la policía para vengar todos los días a su madre asesinada, Celine (Elsa Pataky) es sólo una chica bella y confiada y Linda (Emmanuelle Seigner), se limita a repetir una y otra vez cuánto le preocupa el rapto de su hermana.

Pero es que el espectáculo en Giallo reside en ver al viejo Argento manejando un sofisticado vehículo de celuloide forjado a su medida. El maestro sigue vivito y coleando y cuando quiere y se aplica, lo demuestra.

(Fichas y sinopsis: Filmaffinity)