Los matones de Cuando llega la noche


Se trata de un grupo de sicarios árabes a las órdenes de Irene Papas que se liaban a tiros hasta con las puertas cerradas. Personajes cómicos impensables en una peli americana actual. Eran otros tiempos y en 1985, cuatro moracos integristas armados con terribles pistolones y tan torpes como psicópatas podían ser un buen gag. Tampoco es que Cuando llega la noche arrasara en su día (así que mucha gracia no hicieron), pero a mí me encanta, como casi todo lo dirigido por Landis de esa etapa.

(Click en la imagen para ampliar)

Así que este es el fondo de escritorio de este agosto caluroso y agonizante.

Delicada serenata nocturna


El Caspas (Miguel Ángel Aparicio), acompañado de Azote Satánico (el grupo de metal más coherente), canta bajo el apartamento de Carla (Mayte Navales). La letra, hilarante y a la vez, curiosamente romántica. Lástima que el sonido del vídeo sea tan penoso. A ver si lo edito más tarde de mi copia de Una de zombis y lo mejoro un poco.



Sé que soy más torpe que un zombi en tractor,
lo sé.
Pero Carla, ábreme ya tu balcón, corazón,
copón
.
Si mi amor es grande y tu odio es inmenso,
nuca será tarde para ir al Infierno.

Aunque tú lo niegues, aunque sea un ceporro,
te traigo un regalo:
mi amor, mi amor.

Constatando Millennium


Los hombres que no amaban a las mujeres comienza de puta madre, con un viejo torturado por el presunto asesino de su nieta favorita que, cada aniversario, le envía por correo una flor exótica. El sufrido anciano, dueño de un importante conglomerado de empresas, contrata en exclusiva al periodista Mikael Blomkvist para que investigue el asunto y busque pistas o indicios que hayan pasado por alto todos los que han llevado anteriormente el caso. Blomkvist, envuelto en un escándalo que compromete su futuro profesional, acepta el reto por diversos intereses que podrían beneficiarle y entra en contacto con Lisbeth Salander, una joven muy peculiar con sorprendentes "talentos ocultos".

Lo primero que me llamó la atención fue el endiablado ritmo del libro. Larsson, contando en tercera persona la historia, es brillante. Ni una sóla página del texto está escrita con la intención de "abultar", tampoco incurre en esa falta tan común (incluso entre autores consagrados) de justificar o explicar a sus personajes mediante parrafadas de narrador omnipotente. Todo lo que no es diálogo en la novela, está al servicio del mismo y cuando llegan unas cuantas páginas de exposición tradicional, la lectura es igual de apasionante.

Stieg Larsson era periodista y los detalles de la trama destilan autenticidad. Sabía de lo que hablaba y eso se palpa, más allá de las discretas licencias que pudiera tomarse para dotar a su obra de sentido del espectáculo y el entretenimiento, porque ése era, supongo, uno de sus objetivos principales, además de realizar una denuncia de la violencia de género, la corrupción en las altas esferas financieras y políticas y la necesidad de un periodismo comprometido que denuncie a aquellos que abusan de sus posiciones de poder.

Cuando se desvela SPOILER (click para expandir)
el misterio de Harriet Vanger no es que sea un pésimo desenlace, pero me resultó algo decepcionante. No sé, es como descubrir en una buena peli de intriga y suspense que el culpable era el mayordomo o uno que pasaba por allí.
Pero es una apreciación personal mía y puede que a vosotros la última pieza del puzzle os parezca cojonuda. "Los hombres que no..." cuenta con mi sello de aprobación, si tuviera yo sello o mi aprobación os sirve de algo, :).

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina no continúa con los sucesos principales del primer tomo pero está muy relacionado con ellos. Aunque el autor resume y refresca acontecimientos pasados, no es aconsejable saltarse el orden y empezar a leer el segundo libro o el tercero. Parece una obviedad, pero lo remarco por si acaso: no se trata de Dragonlance, D&D, truños de Anne Rice sobre vampiros entre suntuosas cortinas y candelabros, El Orden Estelar o cualquier serie en la que puedas entrar por la mitad sin perderte nada importante. De hecho, si yo hubiera empezado a leer "La chica que soñaba con..." tal vez me habría aburrido un poco, porque pega fuerte, pero en el primer tercio del texto (más o menos), Lisbeth Salander SPOILER
"desaparece" de la escena principal y se acusa su ausencia. La maniobra fue más que correcta y vista ahora, la mejor de todas en ese inteligente equilibrismo que el escritor mantuvo con sus personajes. Larsson corría el riesgo de quemar su nave más valiosa y concebir que la hacker descansara unos cuantos centenares de páginas le permitió jugar con el lector y el cariño que le suscitaría esa chica flaca, valerosa y en guerra contra el mundo. Todo lo que prosigue en el largo intermedio es ameno y se despacha sin problemas, pero la verdad es que devoré esas hojas con la impaciencia del que sopla la espuma de una jarra deseando llegar a la cerveza del fondo. Cuando Larsson devuelve a la joven al foco de la narración, premia la fidelidad de sus lectores con una Lisbeth desatada y decicidida, en "modo Terminator", y cierra la segunda parte de este tríptico con uno de esos remates excitantes de los que te obligan a ir a por más madera a la librería.


La reina en el palacio de las corrientes de aire es la historia de una espectacular venganza. Así de sencillo, y así de difícil. La más apasionante de las tres partes, la más intensa y la que os durará menos entre las manos, aunque tenga 864 páginas.

Ah, sí, me sorprendió que a través de Salander, Larsson manifestara SPOILER
cierta admiración por Gibraltar, su apañada arquitectura (¡!), sus vistas y hasta sus monos, a los que retrata con amabilidad (en realidad son unos bichos asquerosos e histéricos, os aviso por si alguna vez os da por ir a verlos). Además, había una pulla hacia los españoles y sus reivindicaciones sobre la colonia británica, con el desafortunado ejemplo de Ceuta (Melilla, al parecer, no existe), que me rozó los cojones ligeramente. Pero en fin, una chorrada sin importancia; es más, yo soy pro Gibraltar: llevan tanto tiempo mezclando genes con media Europa y parte de África que las tías más bonitas y despampanantes que he visto residen allí.


"La reina en el palacio de..." conserva la misma estructura que las anteriores entregas. Una ágil trama coral, en esta ocasión con SPOILER
Lisbeth y su padre como elementos cohesionadores de la intriga, y una revancha a gran escala que hace que el conde de Montecristo se asemeje a un hombre indulgente.
Luego toca doblar la tapa y conformarse con que no habrá más. Es triste, aunque me consoló leer que Larsson creía firmemente en el triunfo de sus novelas. Al menos, se fue al otro barrio con esa convicción y con la satisfacción de saber que sus manuscritos ya estaban a punto de ser impresos.

Lo que me cautiva del estilo directo de Larsson es la actitud, rockera, puro Ramones. Las singularidades del personaje estrella, la introvertida Lisbeth Salander, marcan también el tono de la trilogía en general: se habla lo necesario, se explica y resume lo que se deba; las elucubraciones y suposiciones, el sentimentalismo barato o las páginas de ego (esas que a veces escribimos todos los aficionados para demostrar a los demás qué profundos somos) no tienen cabida en Millennium. Es una postura definida y desafiante frente a otras formas más tramposas y detestables de abordar la literatura de género, los libros de aeropuerto, como los llaman con guasa en algunos lugares.

¿Que es una moda, que son best-sellers de temporada? Pues sí, pero ojalá todos los lanzamientos de las grandes editoriales se parecieran un poco en el espíritu a Millennium, sólo un poco.

Si leéis sin prejuicios, si buscáis el placer de sumergiros en una historia bien hilvanada y mejor resuelta, estos libros no os defraudarán.

Teddy Bautista subiendo el pan


Cada vez que la cabeza visible de la mafia cultural abre esa boca suya, la arma. En esta ocasión, confundiendo de nuevo términos informáticos (¡el tío no sabe cómo funciona el p2p!), abundando en demagogia de taberna y adornando su discurso con palabras malsonantes (que yo soy el primero en usarlas, entre amigos o aquí, en mi blog personal, pero... ¿en una entrevista para El País?).

El periodista, un tal Ramón Muñoz, también va servido de lo suyo: "¿Cómo lleva ser el Gran Satán de los internautas, el blanco preferido de los trolls?". Teddy es el bufón de la red española; el trono del Bajísimo en el ciberespacio está muy disputado y él no da la talla ni de lejos. Por otra parte, el troll medio suele inundar los foros elogiando la labor de la SGAE, defendiendo el canon e incluso, si tiene bastante tiempo libre, fingiendo ser un músico famoso indignado porque no vende tantos discos como antes. Los que tenemos enfilado a Teddy y sus secuaces somos todos los demás, Ramón, que no te enteras.

Teddy Diamond.

Avatar, de James Cameron


No me importan esas islas colgantes copiadas con descaro del mapa de Nagrand, ni ese hortera tunel psicodélico a lo Stargate, me da igual (aunque sea cierto) el preocupante aspecto general a cinemática de videojuego de la 360. Soy consciente de que es un tráiler, que hay que ver el largo con las dichosas gafitas y en una sala adecuada. Maldición, es ci-fi con James Cameron al frente: no puede estar mal, no debe estar mal. Y sin embargo...



Tendré que esperar a diciembre, como todo el mundo, para salir de dudas.

Hibi no neiro, de Sour


Busby Berkeley en clave de webcam. Al viejo coreógrafo le habría encantado, estoy seguro.



Visto en: El blog de Ciro

Sorpresas en conserva


Son las que se te escaparon hasta que un amigo te avisó sobre ellas, también las que no prestaste atención en su día por puro prejuicio; como te descuides, te encuentras una tarde con más deberes pendientes que un golfillo repetidor en los exámenes de septiembre. Así que el fin de semana anterior lo dediqué a liquidar existencias en el disco duro del salón. Y vaya mezcla de emociones tan rara.

Open Range, de Kevin Costner
Año: 2003
Guión: Craig Storper
Música: Michael Kamen
Fotografía: James Muro
Intérpretes: Kevin Costner, Robert Duvall, Annete Bening,
Abraham Benrubi, James Russo, Michael Gambon, Diego Luna,

Sinopsis:Charley Waite, Boss Spearman "Button" y Mose Harrison son tres hombres que intentan escapar de su pasado, y qué mejor lugar para que un hombre sea libre que las grandes praderas, guiando al ganado en una tierra donde las únicas leyes las marca la naturaleza. Estrechamente unidos por el "Código del Lejano Oeste" -defender la justicia, ser fiel y leal al que tienes al lado- los vaqueros evitan por todos los medios hacer uso de la violencia. Pero su visita a Harmonville, una ciudad de la frontera regida por la corrupción y la tiranía, cambiará sus vidas y les obligará a pasar a la acción. Allí encuentran que el corrupto sheriff y un poderoso hacendado gobiernan el territorio con el miedo y la violencia como armas. El grupo se encuentra abocado a un enfrentamiento inevitable, en defensa de la libertad y los valores que han desaparecido del lugar.

Fue Mr. Lombreeze quien me avisó sobre esta peli y ahora os paso yo la bola también. Open Range os espera con los brazos abiertos y los revólveres desenfundados. ¿Por qué no la vi antes? Porque Costner me apestaba a muerto desde Mensaje en una botella, Dragonfly y aquel desatino sobre carteros del futuro (joder, menuda idea disparatada: Mad Max y funcionarios). Y olvidé Bailando con lobos, y Wyatt Earp y lo mucho que este hombre parece amar el género. Gran error por mi parte.

Open Range cuenta la historia de cuatro ganaderos trashumantes liderados por Robert Duvall, y de su enfrentamiento contra un rico terrateniente que los presiona para que las reses no pasen por sus tierras. El argumento es simple y efectivo, y casi se diría extraído de una novelita pulp cualquiera. Hombres libres y de fuerte carácter chocan con el villano ambicioso de turno que controla a todo un pueblo, sheriff incluido. Desde los primeros quince minutos ya sabes cómo acabará todo, a tiros, claro, como debe ser: en un combate desigual entre el ejército privado del mandamás y los protas del film. Sólo toca relajarse y disfrutar de los prolegómenos.

Kevin Costner dirige mirando a Peckinpah, a Leone y a Eastwood, construyendo un western de épica seca y brutal (esas escopetas atronadoras y esos cuerpos volando a ras de suelo por los impactos recibidos: maravilloso) y desarrollando con buen pulso las necesarias tramas secundarias, el relleno, esa levadura argumental que realza y da consistencia a la película, como es la historia de amor que surge entre el renegado y la hermana del doctor o la amistad hosca y entrañable que su personaje mantiene con el de Robert Duvall. Los actores están estupendos, pero Duvall es la bomba, encarnando al capataz amable, paternal y encantador que a todos nos gustaría tener por jefe.

Open Range es absolutamente recomendable para aquellos que vais por ahí necesitados de un western como los de antes, machote, sincero, divertido y emocionante. Y qué gran tiroteo final, Lombreeze, tío, tenías razón, ¡gracias!


Silent Hill, de Christopher Gans
Año: 2006
Guión: Roger Avary y Roger Roberts
Música: Akira Yamaoka
Fotografía: Dan Laustsen
Intérpretes: Radha Mitchell, Laurie Holden, Sean Bean,
Deborah Kara Unger, Tanya Allen.

Sinopsis: Rose, una joven madre (Radha Mitchell), trata de encontrar una cura para su única hija, enferma. Incapaz de resignarse al diagnóstico de los médicos que proponen internarla de forma permanente para su cuidado psiquiátrico, Rose huye con su hija hasta llegar a una ciudad aparentemente desértica.

Una vieja amiga (aún te echo de menos, por si me lees, puñetera...) me recomendó Silent Hill, en una época en la que andaba yo muy quemado con las adaptaciones de juegos célebres a la pantalla grande, así que no le hice caso y archivé el título para descargas futuras, cuando estuviera disponible en dvdrip con subtítulos. No es que me perdiera una gran experiencia en el cine, visto lo visto, pero cuando la peli empezó y sonó esa musiquilla desasosegante reflotada del survival horror de Konami, me pregunté esperanzado si esta vez sería algo más que el principio de toda una retahila de guiños para el fan medio. Estuve atento a los créditos iniciales. De guionista, Roger Avary, el amigo de Tarantino, el mismo que me dejó hecho polvo en los 90 con Killing Zoe. Así que me reacomodé en el sofá, expectante.

Silent Hill es una digna adaptación del videojuego y una buena película de terror si no has estado antes en ese pueblo maldito, perdido con una linterna y buscando a tu hija. Si sólo eres un espectador, la película cumple con su cometido: interesarte, inquietarte y mantenerte nervioso hasta el final. Pero si ya tuviste el honor y el horror de jugar en su día a este mítico título, ver Silent Hill es una experiencia extraña y de regusto ambivalente, porque no es más que la puesta en escena de la historia del videojuego, con algunos pequeños cambios para potenciar la narración y la dramatización de la trama. Suena la sirena espectral, la oscuridad cae, y Radha Mitchell es perseguida por niños deformes, un momento... ¡pero si es igual! Más adelante, la prota tiene que ir... ¡al colegio abandonado!, y un poco después, una vieja arpía le habla de Alessa. Yo no sabía si seguir viéndola o ponerme el pad de mi videoconsola entre las manos, no sea que tuviera que echar un cable. Por salir, salen hasta las enfermeras jorobadas del hospital (sí, las que había que abatir a hachazos).

Factura muy cuidada, efectos más que correctos, actores conocidos y un saqueo reverente al guión del videojuego de 1999. Es obvio que Avary había sido jugador de esta obra maestra del acojone poligonal, y que encontró el trabajo casi hecho sencillamente desempolvando su vieja Playstation. Pero, ¿ya está?, ¿es que no se puede hacer más? O la copia casi exacta o la mera excusa para valerse de un nombre con tirón... ¿a eso se reduce todo? ¿Para cuándo una película sobre un videojuego que trascienda al mismo y nos dejé clavados por el impacto?

Silent Hill no se quedará a vivir en mi disco duro para siempre, no se lo ha ganado, pero su superioridad ante otras adaptaciones del mundo videojueguil, como las tediosas aventuritas de Lara, Uwe Boll y sus mierdas o aquel vomitivo Super Mario Bros, es manifiesta y merece un visionado con las luces apagadas, el refresco, las palomitas y el tabaco bien cerca; aunque sólo sea por contemplar cómo llueve preciosa ceniza en la localidad fantasma más chunga de Norteamérica, con permiso de Salem´s Lot y Hobbe´s End.

(Fichas y sinopsis: Filmaffinity)

Fat World


Dejadez, abandono y pitanza extrema. Bienvenidos al planeta Gordo.

Hola, me llamo...


... Donna Leon y soy una envidiosa.

Que no pasa nada, chata, que es normal en esto de darle a la tecla, que siempre habrá un montón de sujetos que consigan mejores resultados que tú, y con menos esfuerzo, sudor, tiempo invertido y dolor de espalda. Gente que se sienta de noche en su escritorio con un termo de café y un paquete de Marlboro y logran, al primer parto (que éso jode más todavía, ¿verdad?), un fenomenal y merecido éxito de crítica y público.

Pero hay otras formas de canalizar la envidia. Convertirla en tu fiel detector de talento ajeno, esperanzarte cuando suene el "beep" porque todavía no está todo escrito, soñado, pensado o hecho, porque aún es posible, porque toca seguir currando, buscar el techo y romperlo o aplastarte contra él en el intento.

Perla ensangrentada nº 1: "Leí el primero, Los hombres que no amaban a las mujeres, y pensé que era patológicamente malo, principalmente porque su actitud es un agravio al amor humano, a las relaciones humanas. Todos los contactos sexuales son violentos o fuera de límites, no hay pasión en el libro, tan sólo pasión por violencia o por venganza".

Perla ensangrentada nº 2: La autora confiesa que no llegó a terminar el primer libro de la trilogía Millenium: "Por la repugnancia que me producía. No hay calidez humana, los sentimientos son ajenos a mí".

Perla ensangrentada nº 3: "Sé que se le considera un genio, que ha vendido más libros de los que yo venderé en mi vida y siento mucho que haya muerto tan joven; seguro que era un buen hombre".

¡Es tan hilarante que me conmueve, en serio! Es tierno. Es como en aquella escena de La familia Addams: la tradición continúa, en la que Morticia admiraba la bilis y la amargura de la niñera codiciosa que se casaba con Fétido.

Adiós a John Hughes


Haciendo una de mis habituales batidas por webs y blogs, me he enterado de la muerte de John Hughes. Cayó fulminado en plena calle por un paro cardíaco, el jueves pasado. No digo yo que sea un mal final (rapidito y sin aspavientos), pero ahora, ¿quién volverá a contar, como él lo hacía, historias arquetípicas sobre el triunfo del amor? Porque este hombre era un romántico incorregible. En sus trabajos sobre el mundo adolescente, los protagonistas terminaban por superar los convencionalismos sociales, las férreas y estúpidas castas que se establecían en un instituto de secundaria o las diferencias nimias que los separaban. En una peli escrita, dirigida o producida por él, la verdad siempre se imponía, el patán inadaptado podía besar a la jefa de las animadoras y el chico pobre descubría que su mejor amiga era en realidad la mujer de su vida.

No eran grandes películas. Algunas ni siquiera resisten demasiado bien el paso del tiempo (Dieciséis velas da ahora entre vergüenza y risilla). Pero muchos crecimos con ellas, y forman parte de nuestro pasado. El cine de John Hughes, a la edad adecuada, se te metía en el organismo como el mercurio de un termómetro roto. Los premios y los taquillazos deben ser un placer, pero introducirte dentro del corazón de tu público a hurtadillas, vía televisión o mediante una cinta de vídeo alquilada casi al azar... eso es inmenso, hombre. Ejemplos personales:

1.- Seré algún día un anciano encorvado, pero continuaré deseando que Watts me aconseje sobre cómo debo besar a Amanda Jones.

2.- No importa cuánto cambie la moda. Nunca habrá un tío más molón y mejor vestido que John Bender en El club de los cinco.

3.- Cuando me saltaba clases en el instituto, siempre ansiaba tener un día perfecto como el de Ferris Bueller. Y ver a los habitantes de mi pueblo bailar como en un musical: impagable, claro.

4.- Si me describen a un pijo chuloputas, la imagen mental me remite a Steff en La chica de rosa. No falla.

5.- Alguna tarde de sábado, mis amigos y yo crearemos una mujer explosiva con un ordenador doméstico. Y lo haremos con sujetadores en la cabeza a modo de sombreros, como en toda logia de descerebrados que se precie. Sólo se necesita un poco de fe y un Spectrum 48k. Seguiremos intentándolo.

6.- Molly Ringwald no me parecía una chica especialmente bonita... pero todavía hoy me encantaría contar las pecas de su rostro a luz de las velas, una a una.

Foto publicada en El País, con una taquilla de instituto detrás, qué apropiado:


Una luz, un consuelo, un divertimento y una referencia en aquellos años de dudas, acné y ropa de mercadillo. Descansa en paz. Y gracias por todo, viejo.

Intereses capitales




El turismo es un área económica preferente en la relación entre España y Rusia. ¿Por qué? Porque hay un gran incremento de turistas españoles hacia Rusia. Estamos ya en una cifra de 500.000 turistas al año. Por tanto, hemos hecho un acuerdo para estimular, para favorecer, para follar, para... (pausa de medio segundo: "Ay, Dios mío, ¿qué he dicho?") apoyar ese turismo.

Islands


La canción más cursi de 1987 (¡atentos al videoclip, por favor!) sirve para abrir la entrada de hoy.

¿Qué tienen en común nombres como Leonardo DiCaprio, Mel Gibson y Ted Turner, entre otros muchos? Pues que además de ser unos pichasbravas, adquirieron una isla, los muy afortunados.

Todos nos tornamos críticos y refunfuñones con las excentricidades de los famosos, y cuanto más patinan sobre sus egos, exigiendo bobadas ridículas en cualquier hotel, más tosemos nosotros, reprobadores, como viejas costureras sobre desvencijadas mecedoras. Pero cuando se agencian una ínsula, a lo Sancho del siglo XXI... es que no hay nada que objetar. Olé, chapeau y todo eso. ¿Quién no desea algo así?, ¿quién no lo comprende? Tu propio trozo de Cielo, con su porción de naturaleza, sus playas de arena fina, su puerto y sus mansiones (a todo lujo, siempre, porque para emular unos días a Robinson Crusoe, basta con montar un tipi en la otra punta del lugar).

Así que vamos a hacer un recorrido por los paraísos privados de un puñado de ricachones. Ah, y juego incluido desde ya: id pensando qué terruño embrujador os quedaríais para vuestro disfrute.

Leaf Cay, propiedad de Nicholas Cage. Dieciséis hectáreas, con muelle y gasolinera propia. El cableado de las instalaciones es subterráneo, para no dañar el paisaje. Está a la venta desde finales de 2008. El flipado de Nick tiene diez castillos (diez, amigos: agarrémonos a la silla, no sea que nos de un desmayo) y casas repartidas por medio planeta: Italia, Hawaii, California, etc.


Isla de Mago, propiedad de Mel Gibson. La compra más cutre de todas, al parecer. Mago es un archipiélago de tres islas en el Pacífico, con una pequeña comunidad de nativos que ahora protesta para que el actor les devuelva la tierra de sus antepasados. Eso por tacaño (dicen de él que es más agarrado que un clavo mohoso). ¿A quién se le ocurre invertir 1,8 millones de dólares en lo que es el equivalente salvaje de un edificio habitado por inquilinos de renta antigua? Pues así le va, bregando con cuarenta indios.


Melody Key, propiedad de Nick Hexum (¿alguien que me aclare quién es este pavo?). Una cucada total, se mire por donde se mire. El lugar ideal para construirnos una pequeña fortaleza de la soledad. La islita está a cuarenta kilómetros de Cayo Hueso, Florida, y su extensión es de 2´5 hectáreas.


Little Hall´s Pond, propiedad de Johnny Depp. Si la anterior era perfecta para refugiarse de las hordas zombis (hace ya mucho que el mundo está lleno de muertos vivientes, queridos), ésta del actor fetiche de Tim Burton, situada al sur de las Bahamas, es tan bonita que sólo me acuden a la mente eventos y actividades decadentes que le hagan justicia. Hablo de bacanales, de fiestas de swingers y de conejitas de Playboy repartiendo bebidas. Ahora en serio, Little Hall´s Pond cuenta con seis playas privadas, lago interior de agua dulce y 18 hectáreas de jungla. Alucinante.


Laucala Island, propiedad de Malcom Forbes. En Fiji, justo donde pretendía ir de vacaciones Truman, porque "está tan lejos, que si vas un poco más allá, ya vuelves". Laucala Island es uno de los refugios privados más exclusivos del planeta, y fue adquirido por el magnate Forbes en 1972. Pagó por su trozo de paraíso diez millones de dólares.


Musha Cay y Copperfield Bay, propiedad de David Copperfield. ¿De verdad ser un magufo da tanta pasta? Pensaba que el hombre tendría guita, si no, a santo de qué se le iba a acercar Claudia Schiffer (venga, decidlo, no os cortéis, si era el chiste garrulo estrella de cualquier bautizo o comunión en los años noventa: "Es que le echa polvos mágicos"), pero nunca imaginé que los numeritos de ilusionismo generaran tantos ingresos como para comprar no sólo una isla de 600 hectáreas, sino todo un archipiélago de ellas. Once, compañeros, el tío tiene once islas en las Bahamas. Cuarenta playas de arenas blancas, 283 hectáreas de bosques tropicales y cinco espectaculares villas que alquila al precio de 37.500 dólares por día. La madre que lo parió... Ah, aquí su web, con imágenes que quitan el hipo.


Rooster Cay, propiedad de Eddie Murphy. También situada en las Bahamas (ese lugar es como un centro telúrico de poder económico y petardeo de altos vuelos). El tema le costó 15 millones de dólares. Rooster Cay está a muy poca distancia de Nassau y conserva buena parte de su selva tropical, ya que se ha edificado poco sobre ella, si descontamos, cómo no, la clásica casa de cagarse la perra.


Skorpio, propiedad de Athina Onassis. La hija del famoso armador griego dispone de esta isla del mar Jónico, un enclave de 80 hectáreas con tres villas y hasta una iglesia bizantina, la misma en la que se casaron su padre y Jacqueline Kennedy en 1968. Bonita hasta decir basta y mediterránea, leñe, que ya iba tocando después de tanta Bahamas.


Makepeace, propiedad de Richard Branson. El menda es el dueño de la compañía Virgin y está podrido de pasta, por supuesto. Es el jodido Goldmember del mundo de la música. En Makepeace, de 10 hectáreas de extensión, invirtió tres millones de dólares en instalaciones que van desde edificios para invitados hasta canchas de tenis y amarres para embarcaciones. Branson pretende destinar Makepeace, ubicada al sur de Australia, para el disfrute de sus empleados y amigos. También es el amo de otras dos islas más: Mosquito (50 hectáreas) y Necker (30 hectáreas). Quién se lo iba a profetizar de jovencillo, cuando se dedicaba a vender vinilos descatalogados y de saldo utilizando su automóvil como punto de venta ambulante. Me mola la trayectoria de este tío. Nada de dinero viejo, nada de fortunas heredadas. Un nuevo rico por derecho propio.


Gagnon Island, propiedad de Celine Dion. Cerca de Montreal, en su amada Canadá ("Ni siquiera es un país de verdad"), y con un castillo de estilo francés que da a la desembocadura del río Milles Íles. Lo siento, pero no consigo localizarla ni con el Google Earth. Os dejo una imagen de la choza en cuestión. Bonito, pero rancio y tirando a depresivo, a lo Gente Corriente, con Timothy Hutton ojeroso en el coro de la iglesia. Ahí debe oler a diva madurita en horas bajas y a ambientadores de esos de pulsar y estornudar.


Tetiaroa, propiedad de Teihotu Brando. Se trata de un atolón formado por 13 islotes, con lagunas interiores y con importantes colonias de aves migratorias. Durante el rodaje de Rebelión a bordo, en 1965, el genial Marlon Brando se enamoró por partida doble: de una mujer y de un lugar. Y como él lo valía, ni siquiera se planteó la disyuntiva de elegir. Se compró la chica y se casó con la isla, ¿o era al revés? Actualmente, el hijo de Brando piensa invertir en un gran hotel de lujo.


Naushon Island, propiedad de la familia Forbes. Naushon es parte de un archipiélago cercano a Massachusetts, y hay unas treinta y cinco casas construidas allí. El terreno consta de preciosos bosques propios y hasta de un bonito faro de piedra.


Blackadore Caye, propiedad de Leo DiCaprio. En realidad, este lugar de ensueño fue bautizado por los españoles como Cayo Sumba en el siglo XVII, pero el que compra le pone el nombre que le sale de los huevos, que para eso paga. El antojo le costó al actor 1,7 millones de dólares y tiene planeado construir un hotel de lujo ecológico y autosuficiente.


Fuentes:
Revista Pronto y 20 minutos (literatura de cuarto de baño la una, bazofia electrónica la otra: vamos apañaos, sí).


Un descanso para café y cigarrillo.

Y por último, este texto de El Confidencial.com:

[La vida de lujo de los uber-ricos está de capa caída. Ese universo cerrado al común de los mortales en el que unos pocos viajan a bordo de jets particulares rumbo a sus villas coloniales en islas privadas se abre poco a poco a los demás, aunque casi nadie parece interesado en imitarlo. Bien lo saben en Australia: varias islas de la Gran Barrera de Coral se encuentran en venta y gracias a la recesión sus precios están por los suelos.


Lo publica estos días la prensa del país: la filial local de la inmobiliaria Coldwell Banker tiene en cartera nueve islas con precios que arrancan en cifras más bajas que la cantidad que habría que desembolsar por un chalet con parcela en cualquier localización prime de Madrid. A partir de 1.3 millones de dólares es posible conseguir una, aunque la más cara cuesta 90 millones.


La Gran Barrera de Coral está de moda: hace pocos meses, la autoridad estatal puso en marcha el exitoso concurso The Best Job In The World, gracias al cual el británico Ben Southall se ha ido a vivir a isla de Hamilton contando al mundo lo bien que se lo pasa a través de un blog. El objetivo se ha cumplido: el nombre de la zona ya está en la mente de cualquiera como referente de un lugar paradisiaco en el que ver pasar la vida. Aunque el afortunado Southall se alzó con el premio, sólo podrá disfrutarlo durante seis meses. Si usted quiere hacerlo durante el resto de sus días, ya sabe: a apoquinar pasta.


Dinero, sí, y mucho, pero no tanto como en otros tiempos. Una de las islas, conocida como Long Island, salía por seis millones y medio de dólares pero ahora su precio se ha visto reducido en un 42%. Y no es la única: el reclamo comercial para otras son precios que llegan a la mitad del que alcanzaban hace sólo un año.


Motos, tractores, vehículos a motor y mobiliario. Islas como Turtle Island, que la actriz Julia Roberts quiso comprar hace ocho años pero que acabó en manos de un empresario australiano que ahora también se ha deshecho de ella, vienen equipadas y los dueños están dispuestos a rebajar el precio a las expectativas del mercado. En declaraciones a la delegación local de la agencia Reuters Richard Vanhoff, de la agencia inmobiliaria, explica que “los propietarios pedían 6,5 millones de dólares por ella aunque ahora están dispuestos a aceptar cualquier oferta razonable”. En otras palabras: quieren vender como sea. Si le sobra el dinero y prefiere dejar a sus vecinos de La Moraleja o La Finca por la amplitud infinita del océano ya sabe dónde buscar].

El Arropiero


Nuestro mayor asesino en serie era medio mongo y con menos luces que una noche en Moria. Aún así, se pegó media vida matando con absoluta impunidad, por toda la geografía española (este país es un cachondeo y siempre lo será) y buena parte del extranjero, sin que nadie lo detuviera hasta que ya se había llevado por delante, según su posterior confesión, a cuarenta y ocho desdichados. En 1998 fue puesto en libertad, pero cascó a los pocos meses a causa del tabaco. Bendito tabaco.


Su historia completa, AQUÍ