Libro Virtual


Libro Virtual es una idea de Antonio Arteaga Pérez, que se ha currado una web de acabado profesional para que los autores de Bubok podamos mostrar y compartir nuestras obras en un entorno amigable y accesible. La iniciativa es digna de aplauso y desde aquí quiero felicitar una vez más a este hombre, que ha sacado tiempo de donde no le quedaba para levantar este proyecto.

Como reza a fecha de hoy en la cabecera cambiante del site, casi 9.000 páginas deseando ser descubiertas, más de 64 textos disponibles en el cómodo visor de lectura y 36 autores que nos pirramos por vuestros ojitos, con el divertimento mutuo como único objetivo. Estas cifras aumentarán a medida que Antonio siga ampliando el catálogo, al ritmo de un nuevo libro por día. Así que toda una multitud de novelas, ensayos, poemarios y antologías de cuentos os esperan allí, a un golpe de ratón y totalmente gratis.

Tron Legacy


Los ciclos de luz, la Rejilla de Juegos, los ríos de energía, los paranoides espaciales, la mascota bit, el CCP, los programas religiosos ("Claro que creo en los programadores. Si los programadores no existen, ¿quién me programa?"), las torres de input/output... vuelve Tron.

El buen capitán


La compañía del capitán Alberto pasaba por malos momentos.
Habían sido el orgullo de la escasa comunidad viva. Su fama llegaba hasta lejanos emplazamientos, mediante ondas de radio rebotadas en toscos pero funcionales repetidores de señal. La casa era la protagonista de multitud de relatos que a veces caían en la más desatada hagiografía de los hechos. En realidad, no habían limpiado San Roque de carroña, como se contaba, pero sí era cierto que sus incursiones en territorio muerto solían terminar con una pira funeraria de proporciones gigantescas.

El eco multiplicaba los disparos, de por sí estruendosos. Las bocachas de los rifles de asalto lanzaban destellos. Los aullidos se oían ya cerca de la instalación.
—¡Malditos! —gritó Mauro desde la atalaya de cemento armado, al tiempo que abría fuego. Alberto lo acompañó, tenso, fusil en mano, hasta que vació su último cargador.
En el exterior había al menos trescientas figuras cabizbajas, mantenidas a raya a duras penas por los hombres del sargento Téllez. Disparaban a la cabeza y alternaban con granadas PO-3. Los cuerpos volaban destrozados.
Alberto dirigió una mirada al monte y descendió por la escalera metálica, desprovista de quitamiedos. La altura era de unos cuatro metros. Demasiados asuntos en mente. A mitad de la bajada, un pie pisó aire. Más rápido que la caída llegó el dolor. Alberto sofocó sin éxito un lamento. Era un tipo duro, pero se había desgarrado un muslo con una varilla de acero.
—¡Mi capitán! ¿Está usted bien? —preguntó Mauro desde arriba, visiblemente preocupado.
—No es nada, gracias.
Alberto se alejó y el soldado siguió a lo suyo. El capitán cojeaba. Se remangó el pantalón para evitar el roce de la tela con la herida.
Ya no quedaba apenas munición. La compañía militar se vería obligada a refugiarse en el interior del edificio, renunciando al patio y por tanto, al exterior. La otra opción, la de huir sin un rumbo fijo en los tres camiones, había sido propuesta a la tropa cuando los vigías divisaron a miles de esas cosas subiendo a la sierra, pero todos se habían negado en rotundo. Ahora, con el enemigo a las puertas, ya no existía ese plan B de fuga en los Nissan. Sólo quedaba el hogar.
Alberto se encaminó con penoso paso ligero hasta la segunda torreta y estudió a la pareja de vigías, enfrascados en la acción. Las otras dos torres, que daban a los ángulos del sur, permanecían sin ocupar hasta nueva orden. Hizo un gesto al sargento Heredia, un tipo imponente, con un torso musculado, ojos negros y el pelo tupido, peinado hacia atrás. Heredia era el favorito de Alberto, por su lealtad y valentía. Las noches que libraba de hacer guardia, Heredia entonaba hermosas canciones acompañándose él mismo a la guitarra, en el salón comedor. Los chicos le adoraban.
—¡Heredia!
—¡A sus órdenes, mi capitán!
—¿Qué pasa con la carga, sargento?
—Los nuestros están demasiado cerca —Heredia echó un vistazo—. Guardaremos el presente para más tarde, mi capitán. Lástima: quedará hecho un asco.
—Un blindado que necesita piezas de recambio y munición no tiene ningún valor.
Alberto sabía que a Heredia le había costado sabotear el vehículo. Hasta hacía pocas semanas, el cuidado y mantenimiento del híbrido, combinación de oruga con un pesadísimo M-110 de 203 milímetros, era una de sus tareas principales, junto con las revisiones periódicas a los tres Nissan. El mortero, de enorme carcasa, diseñado para alcanzar objetivos distantes, había sido muy efectivo con los zombis. Con el oruga haciéndolo móvil, los proyectiles hacían blancos lejanos y certeros.
A una distancia prudente, para no dañar la estructura de la muralla cuadrada que rodeaba el patio, sobre el metal del blindado, chorreaba la sangre de cerdo. Una pieza de varios kilos serviría de carnaza. Al lado de la carne, un voluminoso paquete esperaba la señal remota para estallar. En el polvorín del cuartel militar abandonado que Alberto y sus hombres tomaron dos años atrás, no quedaba material demasiado sofisticado. Pero Heredia, experto artillero con vastos conocimientos sobre explosivos, había encontrado suficientes ingredientes como para preparar un pequeño recibimiento, si llegaba el desdichado momento de dar por perdido el perímetro norte exterior al amurallado patio. Se lo había explicado a Alberto la noche anterior, cuando el asedio zombi comenzaba. La ciclonita, también llamada RDX, mezclada con cera, multiplicaría el efecto de la dinamita. Era una bomba casi artesanal. El chico era un mago cuando de estallidos se trataba. El soldado Martínez, técnico y encargado de las comunicaciones, prestó su ayuda para dotar a la bomba de un emisor y su correspondiente receptor.

El melancólico gañido de los monstruos se oía amplificado por el eco de la montaña. Era terrorífico.
El contacto con Ronda se había interrumpido desde la noche del viernes. Pero la última conversación con el operador de la milicia del Tajo había sido inquietante. Al parecer, los muertos habían cambiado. Se organizaban y socializaban. Cazaban animales y dividían la carne.
Alberto negó con la cabeza. Era una aberración. El arma más eficaz nunca fue un subfusil, ni un nido de ametralladoras, ni el M-110 de Heredia. Cerebros. Cerebros trabajando juntos. Con zombis cooperando, haciendo uso de un elemental juicio y de una primitiva ética para difuntos glotones —el reparto de alimentos, por ejemplo—, la crisis que se avecinaba era severa.
Haciendo uso de una respiración profunda, Alberto atenuó el punzante dolor de su pierna. Se acercó hasta la fachada de la puerta del chalé, reformado como vivienda comunal. “Aguantará”, pensó, evaluando las chapas de acero de puertas y ventanas. Todos los animales domésticos habían sido reacondicionados en la enorme cocina del chalet. La cosecha de los huertos había sido recogida por última vez. También contaban con pescado salado y fruta en almíbar para un par de semanas. Disponían de conservas para varios años. El depósito del tejado contenía suficiente líquido elemento como para garantizar el suministro constante y había un buen número de garrafones en el tercer dormitorio de la segunda planta. Nadie podría asearse y se entregaría en raciones, pero por lo demás, ninguno de sus hombres estaría privado de unos tragos de agua al día.
La compañía estaba dividida en tres secciones. En el interior de la casa, veinticuatro hombres a las órdenes del teniente Palomares hacían inventario, acomodaban los espacios y terminaban de asegurar las ventanas con nuevas soldaduras. La segunda sección, con el teniente Aguilar al mando, había abandonado el patio para apoyar a la sección de Téllez, que estaba empezando a retroceder cada vez más deprisa.
El portón de las murallas del patio permanecía entreabierto, con dos soldados atentos al momento en que tuviesen que cerrar y cruzar las vigas.
Desde donde estaba Alberto, se apreciaba cómo los refuerzos de Téllez ofrecían fuego de cobertura a los hombres de Aguilar y entre todos volvieron a afianzar posiciones. Los soldados se lanzaban cargadores con precisión de malabaristas. Recuperaban terreno y seguían derribando muertos con certeros blancos. Las granadas de mano levantaban jirones de denso polvo y humo. Anotar tantas dianas con los viejos fusiles de asalto cetme a una pavorosa multitud de muertos vivientes, evidenciaba el temple de su tropa.
Sonrió. “Mi compañía”, se dijo. Recordó veladas más tranquilas, envueltas en humo de un tabaco rancio, cortesía de los antiguos contrabandistas, que habían ocultado hacía años, tras unas rocas de la serranía, varias cajas de cigarrillos procedentes de Gibraltar. El botín fue encontrado a principios de verano. Con pitillos y unas copas, los hombres trataban de olvidar la dureza cotidiana relatando anécdotas al calor de la chimenea o bromeando entre ellos. La distensión duraba un par de horas; tras el reparador sueño, nada más sonar diana, volvían a adoptar esa expresión firme y decidida. Nunca faltaban voluntarios para las arriesgadas misiones en el exterior. Siempre acataban sus comandas. Buena gente, mejores soldados.
El viejo capitán vendería su alma por un anestésico. Se agachó y examinó la herida en la pierna. Era aparatosa, pero poco profunda, y no parecía haber hemorragia.

Algo iba mal. Los soldados apostados en las torres estaban gritando mientras disparaban y los encargados del portón lo abrieron de par en par.
Alberto, espoleado por la adrenalina, que inhibía el dolor de su lesión, subió a la torre izquierda, junto a Mauro y González. El sargento Heredia lanzó una granada desde la torre derecha. Al viejo capitán le bastó un vistazo para comprender qué estaba sucediendo: habían sido víctimas de una trampa. Al menos diez soldados habían sido derribados y cuatro más, desobedeciendo la orden de Aguilar de retirada, habían sido rodeados mientras trataban de ayudar a los caídos. Algunos de los muertos corrían. Con torpeza, pero corrían. Habían esperado hasta estar lo bastante cerca, sin importar cuántos de ellos cayeran y, sincronizados, se habían abalanzado sobre los soldados con los brazos extendidos. Alberto se desgañitó exigiendo la retirada. También Heredia vociferó un doble “¡Atrás!”, que él mismo ahogó con sus disparos.
El teniente Palomares y el resto de la compañía, que trabajaban en el interior del chalé, salieron con precipitación al patio, alarmados por un soldado. Todo ocurrió en pocos segundos. Los que regresaban del exterior chocaron con los hombres de Aguilar y Téllez, que iban en dirección contraria. En ese instante de aturdimiento, que habría sido digno de un cómico vodevil, penetraron en el recinto una docena de hambrientos comensales. Un cuerpo a cuerpo confuso impidió desde las torres abatir a los intrusos. Por fortuna, los dos soldados encomendados al portón habían reaccionado de inmediato, cerrándolo y procediendo a asegurarlo. Los soldados del patio golpeaban con las culatas a los zombis y pisaban las cabezas con el duro talón de las botas. La refriega duró menos de un minuto. No hubo heridos ni bajas dentro del patio. En el exterior, el resultado era completamente distinto. Alberto bajó de la torre y asumió el control.

Era la peor contienda vivida por la compañía desde que se instalaran en el chalé. Todavía desde las torres sonaban disparos aislados. Las bajas eran numerosas, incluyendo a un oficial, Aguilar, y catorce soldados más allá de los muros. Un grupo de hombres, con indumentarias de protección, arrastraron y amontonaron a la docena de zombis liquidados dentro del patio, para luego rociarlos con gasolina.
Heredia llamó a Alberto y éste acudió, trepando a la torre. Los disparos se intensificaban. El artillero lloraba sin perder la puntería. Más de cincuenta podridos se alimentaban de los soldados desparramados por la pendiente. Heredia informó que había rematado a cinco heridos de gravedad, ahorrándoles así el tormento de ser devorados en vida. Los zombis estaban tan ocupados masticando y desgarrando que ni siquiera cambiaban de actividad, pese a estar siendo eliminados uno a uno desde las torres. Alberto desenfundó su Star 45 reglamentaria y ayudó en la tarea de aniquilar objetivos. Cuando la última de esas cosas yació con un agujero en la cabeza, se procedió desde la distancia a dar un tiro de gracia a los soldados caídos, para que no tuvieran que experimentar la monstruosa resurrección. Todo se hizo desde la altura de los dos puestos de vigilancia frontales. Por fin llegó una momentánea calma.
—Ya sobra la carne de cerdo, mi capitán —dijo Heredia, disfrazando la pena de sarcasmo.
Alberto contempló a dos soldados que permanecían boca arriba, muy cerca del blindado y su tracción de orugas. Realizarían un último servicio con sus restos: atraer a los zombis hasta el explosivo instalado en el vehículo.
—Se movían tan deprisa…
—Los resucitados recientes pueden correr, eso ya lo sabíamos —comentó Alberto—. Lo novedoso es que han puesto en cabeza a los más ágiles. Tenían un plan.
Heredia se santiguó.

Alberto ordenó un relevo en las torres y mandó a formar a los hombres restantes. Algunos soldados estaban pálidos, todavía sin poder dar crédito a lo ocurrido. Todos estaban agotados. Hacía más de veinticuatro horas que nadie descansaba, desde que la guardia diera la voz de alarma, con unos cuatro centenares de zombis subiendo en dirección a la casa. Y los potentes binoculares de Mauro habían enfocado una postal pavorosa: enormes muchedumbres concentrándose a las afueras de La Línea de la Concepción. Después, la rápida y unánime decisión de resistir el inminente asedio hasta que se agotaran las últimas balas, la fabricación de una bomba escondida en el M-101, la lucha contra los muertos, la sucia mascarada de los zombis más ágiles y el restablecimiento de la “normalidad” tras la refriega, había ocupado toda la madrugada y parte de la mañana del día siguiente. Muchos de aquellos cuatrocientos zombis que conformaban la avanzadilla habían sido diezmados con certeros blancos de francotiradores desde las torres.
El viejo capitán estaba muy afectado, pero no permitió que sus emociones se leyeran en su rostro. La conexión con Ronda y por ende, con la Armada Internacional, estaba interrumpida. No había tiempo para sentarse a sopesar la situación. Entendió que en nada beneficiaría mostrarse confundido ante la tropa.
Era el momento de inyectar algo de ánimo. Alberto lo sabía. Las catorce bajas de la jornada apeaban al alférez Coronas de su puesto en el podio de la baja más trágica. La semana anterior, Coronas se había volado la tapa de los sesos con su subfusil Z-70 B. Sucedió en un extremo del patio, cerca de la porqueriza. Coronas era un hombre hosco, reservado. No despertaba odios pero tampoco simpatías. Como el resto de la compañía, andaba sobrado de coraje y aplomo. Pero algunos soldados contaron, tras la desgracia, que habían sorprendido a veces al alférez hablando en sueños, intranquilo, sumergido en sudorosas pesadillas.
Así que Alberto felicitó a los suyos y malgastó unos preciosos minutos interesándose por los informes de Palomares y Téllez.
A continuación, Alberto entró en el chalé. En una habitación de la primera planta, Martínez manipulaba la emisora de radio.
—¿Qué tal, Martínez?
—A sus órdenes, mi capitán —Martínez advirtió el gesto de Alberto, invitando a relajar las formas—. No hay manera de contactar con la milicia del Tajo.
Alberto se despidió del soldado. Presentía que nada bueno debía ocurrir en Ronda. El operador de la milicia del Tajo los mantenía al día sobre los movimientos de la Armada Internacional. Todo lo que la compañía de Alberto hacía era radiado a Ronda. Desde allí, utilizando un repetidor, las proezas del capitán y sus hombres inspiraban y alentaban a las pocas estaciones de radio de los restantes emplazamientos. Eran muchos los logros conseguidos. La fortificación de una bonita y espaciosa casa en el monte, los animales domésticos, el lozano huerto en el interior del patio y las hectáreas ganadas más allá de las murallas —donde también crecían verduras y hortalizas—, el bombardeo a San Roque con el mortero motorizado y las infiltraciones periódicas en Algeciras, a la búsqueda de nuevos supervivientes. Particularmente célebre fue el día en que un comando logró sustraer un camión cisterna de la refinería de Cepsa, resolviendo durante una buena temporada el problema de la gasolina. Y qué decir de aquella vez que se hicieron con un cargamento de fruta enlatada, en buenas condiciones, de un transporte volcado en la autovía. Cuando el operador de Ronda supo que aquellos soldados, en ocasiones, pescaban en las aguas del Mediterráneo no pudo evitar una carcajada, en la que se entremezclaba la admiración. La excelente coordinación, el buen funcionamiento de la cadena de mando, la ausencia de conflictos entre la tropa y la valía que demostraban día a día: todo ello era un ejemplo a seguir. En un mundo azotado por un holocausto zombi, los conceptos “humanidad” y “civilización” dejaban de ser abstracciones y se convertían en valores que tendían a colapsarse. Por radio había sabido Alberto de la caída de regimientos enteros mejor equipados que su compañía, por radio había oído también cómo comunidades multitudinarias integradas por civiles y militares eran incapaces de organización alguna, desembocando en una anarquía que los precipitaba a la perdición.

“Esto empeora por momentos”, reflexionó el capitán. Alberto estaba indignado. Mutaciones, una pobre palabra para describir el cambio operado en la chusma zombi. Pero eso era todo cuanto sabía. Al parecer, y cotejando los datos de Ronda, la mutación había sido simultánea en todos los territorios. “Es una evolución, no una mutación”, decidió pensativo.
Alberto abandonó a Martínez, concentrado en la emisora, y subió por la escalera de la torre izquierda. Ascendió con agilidad, con la adrenalina todavía disparada, que inhibía el dolor de la pierna. Una vez arriba, saludó a los vigías y pidió los prismáticos. La mancha estirada que fluía desde La Línea de la Concepción en dirección a la sierra estaba cada vez más cerca. Había zombis abatidos por todo el terreno cercano a la muralla norte. Si habían supuesto un serio problema para la compañía, lo que se avecinaba era de proporciones catastróficas. Eran miles.
—Los que hemos liquidado aquí vinieron como maniobra de desgaste —opinó el soldado.
—Sí, y con el objetivo de tomar el patio—añadió Alberto, reprimiendo un escalofrío—. Casi lo consiguen.
Atardecía. Un domingo de agosto de 2015. Empezaron a aparecer algunas estrellas en el cielo; el horizonte tomaba colores pálidos. La noche era una condición negativa para la moral de la tropa, porque todo parecía más grave y desesperante bajo la oscuridad nocturna.
Alberto miró la fogata del extremo del patio, donde se consumían los cadáveres de un puñado de zombis. Ordenó a los soldados equipados con trajes NBQ que movieran los restos fuera del complejo, una vez estuviesen bien quemados.

Sobre las once de la noche, todo estaba preparado para el retiro al chalé. Se había obligado a los hombres a descansar por turnos, para alejar el alto riesgo de trastornos mentales por agotamiento. En las torres, la urgencia en la voz de los vigías bastaba para imaginar la cercanía del enemigo. Una hora más tarde, el sonido de los gemidos llegó con claridad a la instalación.
Alberto ordenó a todos sus hombres, en formación en el patio, que rompieran filas y se refugiaran en el interior de la casa. Cuando el grueso portón metálico del chalé se cerró, trepó a la torre donde se hallaba apostado Heredia.
—¿A cuántos crees que destrozaremos con la bomba?
Heredia calculó en silencio, con los ojos entrecerrados.
—Con suerte a unos cien, ciento cincuenta como mucho, mi capitán.
—Una minucia.
—Sí —Heredia encendió dos pitillos y le pasó uno a su superior—. He hecho lo que pude, no quedaba más explosivo.
—Lo sé —contestó Alberto.
—A cubierto ahora, mi capitán —recomendó Heredia—. Pronto podrán vernos y conviene que se dirijan al blindado, y no a nuestra posición.

Por la loma norte, Alberto y Heredia divisaron al enemigo. Subían decididos por el camino natural de tierra, a un ritmo lento pero constante. Atravesaron el campo de minas sin inmutarse, ajenos a las detonaciones, impávidos. Otros muertos ocuparon los huecos que dejaron los que habían volado por los aires. Unos minutos después, la cabeza de la multitud ya se encontraba en la línea de fuego y a través de los prismáticos, Alberto y Heredia comprobaron cómo salivaban los monstruos una sustancia espesa y oscura.
A través del aire, a los zombis les llegó el olor a sangre y carne del cebo. Rodearon el vehículo favorito de Heredia y procedieron a deglutir los restos orgánicos. El círculo interno desgarraba la carne y lo repartía a la multitud. “Organización”, pensó Alberto con un escalofrío.
—Ahí va, mi capitán —susurró Heredia.
La explosión fue colosal y un considerable número de podridos reventaron, literalmente. Extremidades y torsos se desparramaron separados de sus cuerpos. Y una cabeza de mujer, arrancada de cuajo de sus hombros, se coló en la torre donde los dos hombres se parapetaban. La cabeza rodó, dantesca, y la fétida boca quedó a rango de mordisco junto al muslo herido y desnudo del viejo capitán.
Alberto gritó cuando sintió los dientes hundiéndose en su carne. Heredia reaccionó con rapidez y aplastó la cabeza con la culata de madera de su fusil.
—¡Joder! —exclamó Alberto.
—Calculo que hemos dejado fuera de combate a unos cincuenta. Será mejor que entremos ya en la casa, mi capitán.
Alberto dio una palmada en el hombro a Heredia, agradecido.
—Sabes que estoy infectado —dijo—. Voy a bajar.
—¡Pero eso es un suicidio! —protestó Heredia.
—No, es una última acción útil, por mis muchachos. Me seguirán centenares de zombis y los haré caer por el barranco de ahí atrás —explicó Alberto—. Necesito un cable o cuerda, ¡rápido!
Heredia obedeció. Bajó de la torre y un instante después subió de nuevo con varios metros de una gruesa soga, enrollada en bandolera sobre su cuerpo. Alberto había aprovechado esos segundos en aplicarse un torniquete con un trozo de su camiseta.
—Recógela cuando yo toque suelo.
—Sí, mi capitán —dijo Heredia, amarrando un extremo de la cuerda a un saliente metálico de la atalaya.
Alberto extendió la mano derecha y su artillero se la estrechó con intensidad.
—Buena suerte —musitó Alberto.
—Buena suerte, mi capitán.
Alberto se ató a la cintura con la soga y descendió, primero con torpeza y luego ya con saltitos más confiados, hasta llegar abajo. Los podridos lo habían detectado y un grupo ansioso puso rumbo hacia el herido oficial.
—¡Váyase, mi capitán! —gritó Heredia mientras recogía la cuerda—. ¡Ahora!
Se saludaron por última vez con regia solemnidad y Alberto echó a caminar, cojeando, apurando sus zancadas con un rictus de dolor en el rostro a cada paso que daba. Lo seguía, y ganando distancia con preocupante facilidad, una espantosa horda de hambrientas criaturas. Alberto se prohibió a sí mismo mirar atrás constantemente, aunque de reojo atisbaba las murallas del complejo, rodeadas ya de zombis.
Subió por una estrecha cañada que se tornaba más agreste por momentos. Sin detenerse, pensando, hizo un breve inventario de sus armas: un cargador medio vacío en el cetme y unos cuantos proyectiles en la pistola. Se giró y agotó la munición del rifle con la vanguardia de sus perseguidores. Seis zombis cayeron al suelo como fardos de lana, con los cráneos destrozados. Alberto arrojó el arma a los matorrales y advirtió cierta liviandad al liberarse de su peso.
La luna llena iluminaba la ladera de manera fantasmagórica y los aullidos de sus incansables perseguidores resonaban sin dar tregua.
Alberto trastabilló extenuado, con su pistola en la mano derecha, dispuesto a vender cara su vida y también a ser el dueño de la misma, reservándose una bala para él. A pocos metros, uno de los zombis ágiles inició un trote desgarbado y el capitán apenas dispuso de tiempo para girarse y disparar a la cara macilenta de su agresor. Fue entonces cuando Alberto sufrió un infarto de miocardio. Demasiadas emociones fuertes para su débil corazón. Un punzante dolor lo hizo caer rodando por el incipiente precipicio. Para cuando fue frenado por el tronco de una pequeña encina, Alberto ya estaba muerto.
Un minuto después, se irguió de nuevo sobre las rocas.
Los zombis que hostigaban a Alberto perdieron todo el interés cuando dejaron de paladearlo en el aire, cuando la piel del viejo oficial dejó de exudar vida y comenzó a emanar el inconfundible rastro del virus Z. Los monstruos dieron la vuelta y volvieron sobre sus pasos. Los que se habían arrojado por la pendiente también dejaron de reptar y arrastrarse hacia el capitán. Elevaron sus cabezas, oyendo a sus congéneres, olisqueando la brisa nocturna.
Alberto, recién nacido, gozaba todavía de una agilidad ligeramente superior y trepó sin demasiada dificultad el desnivel, agarrándose a raíces resecas y matojos. Una vez en lo alto del camino de tierra, echó a caminar hacia los gemidos de los otros, que servían como efectiva guía sonora.

En las murallas, cientos de criaturas pisoteadas formaban orgánicos montículos que el resto de los zombis usaban para escalar y acceder al recinto. Alberto cruzó así al otro lado, infestado ya de invasores. El rico aroma de la carne viva lo embriagó. Babeando, dio media vuelta y miró a sus hermanos, hambrientos, desamparados, desesperados, aporreando inútilmente los ladrillos de la casa y perdiendo las uñas al arañar los sólidos ventanales reforzados con verjas y chapas de acero. Alberto tenía un cargo y una responsabilidad. Recordar le resultaba frustrante, de puro imposible, pero de algún modo sabía que su deber era cuidar de los suyos y asegurarles el bienestar. Satisfecho con ese tosco razonamiento, se dirigió a las cocheras y tomó asiento en uno de los grandes vehículos Nissan.

La maniobra de sacar el camión del aparcamiento techado le llevó toda la madrugada. Sus hermanos no le dedicaban mucha atención, aunque en ese patio estuviera ocurriendo algo sin precedentes, algo maravilloso o terrorífico, dependiendo del bando al que pertenecieras.
Amanecía cuando Alberto alineó el enorme vehículo cerca de los portones de la casa, a suficiente distancia de la fachada. Aceleró en progresión y alcanzó una considerable velocidad cuando estampó el Nissan contra la pared de ladrillos. Los soldados habían reforzado los accesos a la vivienda, pero no habían contado con una amenaza como aquella, así que un buen trozo del tabique cedió. No mucho, pero lo suficiente como para condenarlos a todos. Alberto metió marcha atrás y retiró el camión, con el capó destrozado y humeante. El olor de los vivos era ahora un rastro tan intenso que todas las criaturas se abalanzaron sobre el agujero, y entraron en el chalé como una ola. En el interior, los gritos de los soldados quedaron sepultados por el tableteo de las ametralladoras y por el bramido de cientos de voces impacientes.
Alberto bajó del vehículo y se dirigió también hacia la abertura de la casa. Dentro reinaba la penumbra y el ruido húmedo de las mandíbulas que masticaban y mordían a todos los soldados derribados. Se oían de vez en cuando algunos gritos, también llantos, cada vez más débiles, procedentes de aquellos que estaban siendo devorados vivos y aún conservaban algo de consciencia. El perfume de la sangre era excitante. Al capitán Alberto se le hizo la boca agua. Se arrodilló ante una pierna desmembrada y clavó sus dientes en el pantalón de tela. A la segunda dentellada alcanzó a arrancar un pedazo de carne, que consumió con deleite.
En el segundo piso de la casa, el último soldado vivo, Heredia, refugiado en un cuarto de baño, se voló los sesos de un disparo. Su último pensamiento le llegó en forma de una imagen horrible: el buen capitán resucitado, conduciendo un camión, golpeando una pared de la casa con la misma determinación obcecada que tuvo en vida.
Abajo, Alberto cedió su pieza de carne a dos de sus ansiosos hermanos. Se giró y observó a los demás zombis, concentrados en su festín. Debería sentirse satisfecho. No obstante, había algo que no estaba bien, una débil idea que recorría los intersticios de su limitado raciocinio. Una noción con forma de eco de su existencia anterior; recuerdos en los que veía caras que le remitían a otra vida distinta, rostros que concordaban con las presas abatidas. Pero todo ese remanente de su humanidad perdida terminó por diluirse, hasta desaparecer para siempre.
No, qué tontería: sus iguales estaban a salvo, alimentándose de la caza. Había cuidado de los suyos. Misión cumplida.



Si habéis llegado hasta el final,¡gracias! Es un coñazo leer un cuento en este formato. Como mínimo, un
pdf. Y lo suyo es el papel, por supuesto.

La canción del verano


Lamento insistir con la mierdimúsica, pero es que... es que... ¡¡esta es la canción del verano!!



Yo ya lo he enviado a más de siete amiguetes por Hotmail (Kelem puede dar fe), no sea que se cumpla la maldición de la letra en 2:07.

Visto en: Microsiervos

Cosas que hacen que la vida NO valga la pena, vol.3


Los triunfitos en hindi, con Jai Ho, el tema de cierre de Slumdog Millionaire.



Pero qué hijos de puta.

Mi cine en el bolsillo


En enero de 2009 os hablaba de mi cacharrito eléctrico más preciado, el disco duro de sobremesa que me compré y que todavía estoy llenando con mi ancho y amoroso criterio de trapero del audiovisual: zombis italianos comparten carpeta con alienígenas de traje de cremallera, robotitos animatrónicos y serial killers de los ochenta. Tengo allí dentro Historias para no dormir, de Chicho Ibañez Serrador, junto a Dead Set, y en el archivo "Bélicas" La vaquilla es vecina de Adiós al rey, de John Milius ("Yo lo conocí. Fue el último rey de Borneo" es una frase que me la pone firme siempre), entre otras muchas. Quinientos gigas repletos de alegría, y aún me sobra espacio.

Pero centrémonos. Al final del artículo, me travestía de bruja Lola con el siguiente párrafo: "La constante miniaturización y la competencia de los demás productos similares hará posible que en breve contengamos toda la música y el cine que nos importa en un bolsillo de los vaqueros". La predicción es modélica, en el sentido de su profunda subnormalidad al mencionar algo que es tan obvio. Es como vaticinar que "algún día Venecia será sepultada por las aguas". Sin embargo, sólo seis meses he necesitado para poder regresar al tema con propiedad.

Queridos amigos, arrodillémonos ante el pendrive de 256 GB de Kingston, el Data Traveller 300. No somos dignos, no somos dignos.


De momento cuesta 650 euracos, pero ya sabéis cómo van estas cosas. Muy raro será que en menos de un par de años no figure la copia china de este artilugio en el catálogo de nuestra tienda de informática más cercana.

Elegidos para la gloria




Me pregunto qué pensarán los astronautas que pisaron la Luna cuando sólo han bastado unas cuantas décadas para que exista un buen número de terrícolas negando los hechos prodigiosos de aquella gran conquista. ¿Se reirán o se preocuparán por la rapidez con que se extiende la estulticia en nuestra supuesta era de la información?

La conspiranoia es patética. A mí me encanta en la ficción, pero en la realidad me asusta, porque es la superchería definitiva, el excepticismo desconfiado de los bobalicones, la puerta al mihsterio más risible, el comodín del raciocinio más mongolo. Ni quién sabe, ni podría ser, ni parece que, ni es probable, ni da que pensar. Todo chorradas.

Dicen que volverán a la Luna para el 2020. Pues ya están tardando. A ver si nos coge vivos. A mí lo que me hace ilusión es Marte, pero al ritmo que llevan, ya habré palmado para cuando lleguen a Barsoom. Y será genial, ya veréis. Descubrirán que estaban equivocados, que los marcianos proyectaban espejismos tecnológicos para que su planeta exhuberante nos pareciera rojo, muerto y desolado. Nuestros astronautas serán ensartados por monstruos en lanzas de madera con puntas de titanio y sus cabezas rodarán sobre la verde hierba. Entraremos en guerra y en la Tierra los jóvenes se alistarán tanto por la llamada de la sangre como por la promesa del botín: ricos palacios, mujeres fabulosas que someter, naves espaciales que robar, terrenos fértiles hasta donde alcanza la vista y minas de oro y diamantes prestas a ser saqueadas. Será la única conspiración que nadie llegó a formular, la que ningún "investigador" sostuvo y la que no habría creído ni el más impresionable de los espectadores de Cuarto Milenio.

Mientras tanto, podemos bajarnos el Google Earth, que acaban de incorporarle tours por la Luna y Marte.

Pinchad AQUI para descargar Google Earth 5.0.

La ducha del terror


Uno de mis momentos favoritos de Corazón salvaje, de David Lynch, es cuando Lula en un bar le muestra un juguetito absurdo a Sailor (una sirenita que baila, tamaño huevo Kinder) y él le dice: "Es lo mejor que he visto en mi vida". Ella, muy natural, replica: "¿Verdad que sí?". La contundencia a la hora de alabar una minucia me parece enternecedora, porque da una pista importante acerca de la intensidad de los personajes de la peli, ese homicida rockero con cazadora de piel de serpiente y su novia rubia adicta al sexo.

Cortinas para la ducha:


Y alfombra a juego:


A la venta en ThinkGeek.

Es lo mejor que he visto en mi vida.

El extraño juego de Javi


¿Un meme? Pues me viene como anillo al dedo, Javi, porque el calor me está matando y voy de un gandul con el blog y con todo que no puede ser.

Las reglas son pillar un libro, abrirlo por la página 161 y escribir la quinta línea/frase en tu blog. Yo voy a usar el que estoy leyendo actualmente, el segundo tomo de la trilogía Millennium, de Stieg Larsson, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina:

"Del mundo del erotismo experimentó casi todo lo que le interesaba". Jajjajja, genial. Era un cachondo este hombre.

Estáis todos invitados a participar. No escojo cinco direcciones para seguir porque sé que algunos memes no encajan en vuestros blogs y así no os pongo en el brete.

Iron Man 2


Se acerca, amigos. Yo estoy ya en vilo. Mi superhéroe favorito interpretado otra vez por uno de mis actores fetiches, Robert Downey Jr., y con Mickey Rourke de villano. No puede pintar mejor. Así que el wallpaper del mes es para este Dios tecnológico eternamente enfermo del corazón.

(Click en la imagen para ampliar)

Pero qué cosa más bonita. Belleza posthumana.

Funeral de MJ en Los Angeles


Liz Taylor tenía razón e hizo bien en no acudir. Fue un circo y una horterada. Todo supuestamente llevado con buen gusto; no hubo luces epilépticas ni pirotecnia de concierto de death metal, pero tanto amor musicalizado y tanto panegírico al borde del sollozo llegaba a ser casi insoportable. En el plató de Cuatro, Tony Aguilar y el mono saltarín de Fama competían en imbecilidad, los dos erigidos en paladines defensores del pundonor y la memoria de un artista que, como cualquier ser humano que se tire unas cuantas décadas trotando por el planeta, pisó mierdas y hasta resbaló sobre ellas.

Una vez más, vi la tele por el rabillo del ojo, mientras leía, y acabé en la costumbre reprobable de cuestionarme quién tenía todavía un polvo entre todas las divas petardas que salieron a cantar. Sin embargo, saqué unos segundos el careto de la novela cuando pusieron algunas imágenes que conmoverían hasta al mismísimo Dr. Manhattan: una foto de Michael Jackson con Jim Henson y la rana Gustavo (o cómo utilizar tu popularidad para conocer al batracio más entrañable de la historia) y otra de Jacko con sus hermanos, cuando eran jóvenes, con sus pelazos a lo afro, sonrientes, con toda la vida por delante.

Y al mono de Fama: si has perdido tu infancia y no la has disfrutado con propiedad, te casas, tienes hijos y la vuelves a vivir a través de ellos... pero no te construyes un puto parque de atracciones (más tenebroso que una tela de araña gigante) y te montas camas redondas con enanos. Hombre ya.

ESDLA WOW


Gif sólo para iniciados, me temo. Se requiere haber jugado a World of Warcraft cuando la jerga en inglés era absolutamente necesaria para moverse por un Azeroth lleno de ingleses, holandeses, alemanes, noruegos, daneses y demás eurogentuza. O sea, que sólo nos reiremos Kelem, Granabuelo, Kain, Rassell y yo.

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