16 novenos
Estética a lo Qué vida más triste, un papelito a la novia y luego montaje y postproducción cutrecilla con el Studio PCTV (me apuesto el ganazte: reconocería esas Comic Sans celestes hasta en el fin del mundo). Y ya está, corto al canto.
"Uy, qué rollo, cine español".
"Uy, qué rollo, cine español".
La Fiambrera
Dado que no para de cascar peña relevante de las artes más variadas, estuve tentado de abrir un segundo blog, funerario, monotemático, al que pensaba llamar Los muertos de Homo Insanus, juajua. Pero como soy bastante irregular a la hora de actualizar y añadir contenidos, ya me supuse en qué quedaría ese proyecto: en dos o tres textos al año, con suerte. Así que inauguro sección (ya sabéis, imaginadme corrupto y encantador, con grandes tijeras y banda de alcalde), La Fiambrera, donde meteré a todos mis muertos juntitos, para que se hagan compañía en la eternidad.
Adiós a Jacko
No hay mejor forma para despedirnos de él; toca bailar con esos zombis salerosos a la luz de la luna. Dadle al play a este vídeo en calidad decente (trabajito me ha costado encontrarlo: los de Youtube apestaban a conversión de vhs y tenían la inserción desactivada) y hagamos el moonwalk en su honor.
Que descanse en paz.
Que descanse en paz.
Try a little tenderness
Otis Redding palmó un 10 de diciembre de 1967. Tenía tan sólo veintiséis años. Oyendo Try a little tenderness en su gira del 67 (escasas semanas o pocos meses le separaban de la muerte en forma de viaje en avioneta), más allá del normal sentimiento de fastidio por la pérdida de un artista de su talla, se impone la reflexión práctica, con sus pizcas de egoísmo e interés personal, porque a saber cuántos discos cojonudos quedaron sin grabar, cuántos singles de la calidad de este Try a little tenderness tarareaba el artista, postergando el momento de plasmar en papel las melodías y letras que se cocían en su coco. ¿Por qué no te desplazaste en coche o en autobús, puñetero y genial negrata?
Aquí el original:
Y aquí el homenaje más divertido, Jon Cryer en La chica de rosa, de Howard Deutch:
Aquí el original:
Y aquí el homenaje más divertido, Jon Cryer en La chica de rosa, de Howard Deutch:
Verano de cine
Ya tenemos el veranito encima, amigos. Muchachas ligeras de ropa, sorbetes de marca Hacendado, cucarachas emboscadas en el cuarto de baño, sol asesino, playa para algunos, piscina para otros, montañismo y senderismo para los más osados (o gilipollas), ferias itinerantes, fogatas de San Juan, ensaladillas, moscas fornicando en pleno vuelo, autodefinidos con granos de arena entre sus páginas, campings, chanclas, camisetas, lorzas al aire, granizadas, noches en vela empapado en sudor ("Joder, qué calor"), gente gritona (en verano se chilla más, no sé por qué), mosquitos, chicles derretidos sobre la calzada... todo lo que conlleva la estación más esperada del año.
De modo que toca entrada con cinefilia estival, películas en las que el verano juega un papel importante en el argumento cuando no es sólo un mero pretexto para que corra el amor y la sangre. Así que pillad el abanico de la abuela y preparáos un refresco con mucho hielo, que empezamos.
Un amor de verano (1982), de Randal Kleiser. Fue el regreso a la pantalla grande de Kleiser tras El lago azul y ni por asomo obtuvo un éxito similar con este coñazo de film, duro de pelar y aburrido como él solo. Tres guiris en una isla de Grecia insinuándose entre ellos durante hora y media. Erotismo suave para una trama insulsa que no daba para más. El final pretendía ser transgresor y modenno: los tres terminaban liados en la cama. Eso del ménage à trois, en pleno 1982, con el género porno pasando de los cines a los primeros videoclubs, pues ya me diréis a quién podría escandalizar. Lo mejor, Daryl Hannah medio en pelotas cada dos por tres. Lo peor, todo lo demás. Ah, y Poledouris en la música, qué cosas, jajaja. Yo siempre asocio al bueno de Basil con los ritmos recios de Conan el bárbaro.
Depredador (1987), de John McTiernan. Listen, the helicopter moves into position, they´re on a mission... Err, ¡vaya!, me han poseído los raperos de The Anomalies, lo siento. Decía más arriba sobre camping, piscina, playa y montaña, pero había un veraneante, un cazador nato y un encanto de criatura, al que le iba el rollo de migrar a la selva para pasar sus días de asueto. En Depredador, la gente moría a lo bestia, sudando y sangrando mucho, y Arnorld Schwarzenegger encontraba por fin la horma de su zapato. ¿Qué más puedo añadir, si ya sabéis que adoro esta peli? Que la veo con frecuencia, que me parece maravillosa y que ardo en impaciencia de probar el inminente Alien versus Predator 3, próximo lanzamiento para Pc, Ps3 y Xbox 360. ¡Sí! Otra vez a pasar miedo en el pellejo de un marine, maldad en el exoesqueleto de un alien y sadismo calculador en el rol de un depredador.
Los reyes de la playa (1990), de Peter Israelson. La vi en su día en un cine de verano (o en vídeo, no estoy seguro ya) y la recuerdo con cariño, pese a que era una producción muy de la época y seguro que ha envejecido fatal. Peter Horton (se calzó a la Pfeiffer y protagonizó la serie de tv Treinta y tantos. De acuerdo, no es un curriculum vitae como para tirar cohetes, pero repito: se lo montó con la Pfeiffer cuando más guapa estaba) y C. Thomas Howell (Admiradora Secreta, Rebeldes y muchas más) hacían equipo para vencer en los torneos de volleyball locales. Los reyes de la playa era como estirar, hasta llegar al largometraje, aquella secuencia de Top Gun, con pilotos chulos jugando en la arena una pachanga, rollo filogay 100%. La peli pasó sin pena ni gloria por las salas y se convirtió en una de esas cintas que salían y entraban del videoclub a diario, recomendada por sus dueños a sus clientes con un escueto "Está guapa, tío, píllala".
Tiburón (1975), de Steven Spielberg. Buenoooo. Clasicazo. Ese niño alelado con el bañador rojo, el mordisco, esas burbujas sangrientas y el zoom a la cara angustiada de Roy Scheider: impagable. Si Psicosis propició que millones de personas no volvieran a cerrar los ojos en la ducha aunque el champú les quemara las córneas, Tiburón subió el imaginario colectivo a un nuevo nivel. Hablo del déjà vu terrorífico de una broma submarina. Que levante la mano el que por un instante no se planteó estrangular a su colega, el gracioso buceador del tirón en el tobillo, aquella tarde en el mar. Y poniéndonos serios, Tiburón casi abrió la veda para diezmar a unos animales tan majestuosos como son los escualos, que sufrieron los efectos funestos del poder difamador y distorsionador del cine: coge el chismorreo de una vecina y multiplícalo por cien millones. Pues lo mismo.
Verano atormentado (1988), de Ivan Passer. Byron, Shelley y Polidori juntitos en una mansión, alumbrando monstruos eternos como si tal cosa. Verano atormentado coincidió en el tiempo, más o menos, con un par de producciones más sobre la noche de marras, Gothic, de Ken Russell y Remando al viento, de Gonzalo Suárez; ambas interesantes, pero yo me quedo con esta versión de la historia, por puro alineamiento sentimental: fue la que pasó más desapercibida y la más difícil de encontrar en los campos agrestes del p2p. No hay manera, tendré que tirar de descarga directa o probar en Cine Clásico, comunidad conformada por una entrañable legión de ratas del celuloide que os aconsejo fervientemente desde aquí. Registráos, hacedme caso, que os llevará tres minutos y a cambio os proporcionará toda una noche de sorpresas.
Lío en Río (1984), de Stanley Donen. Curiosa comedia romántica del veterano realizador responsable de Cantando bajo la lluvia, que nos citaba en Brasil para asistir a una historia de enredos sentimentales entre un par de tipos maduritos y sus respectivas hijas. La moraleja: para vivir una segunda juventud, nada mejor que tomar el sol y encamarte con la hija de tu mejor amigo. En Lío en Río había despelote ligero (de cintura para arriba y algún que otro conejillo fugaz) y la película ofrecía la oportunidad de ver los hermosos pechitos de Demi Moore antes de que le diera por injertarse protesis de silicona. El trailer es la cosa más gazmoña, tímida y santurrona que he visto en mi vida. Joder, si es que parece el vehículo de promoción de una peli de los años sesenta. Increíble.
Playa sangrienta (1980), de Jeffrey Bloom. Hace siglos que no la reviso, pero la premisa era pura serie b y una variación paralela a los exploits de pelis con monstruos marinos que azotaron los cines tras el éxito de Tiburón. En Playa sangrienta, el terror estaba en la arena (toma ya), mejor dicho, bajo ella. Un bicho, creo que de origen extraterrestre, se pasaba media película jamándose a domingueros californianos. Reíros, pero fue el colmo cuando la vi de enano. Al temor a ser devorado en el mar se me sumó el miedo a ser absorbido vivo mientras descansaba en la toalla. El final era cojonudo, eso sí que lo recuerdo bien. No lo spoilearé por si acaso, pero cualquier peli que acabe con explosiones y apocalipsis se gana mi amor y mi entusiasmo.
Fuego en el cuerpo (1981), de Lawrence Kasdan. Pepinazo de ingeniosa muestra de cine negro. Normal, y es que estaba Kasdan estrenándose como director en su mejor época, entre los guiones de El Imperio Contraataca y los de Indiana Jones. Que yo soy él y habría engordado de puro orgullo unos cien kilos. Pero no, el hombre se mantuvo dinámico y trabajador y nos regaló esta película tan cojonuda, con Kathleen Turner como supersexual lagartona y William Hurt como pelele y polilla humana, atraído por el sudor y las hormonas de una femme fatale ultracanónica. Calor, Nueva Orleans, folleteo y asesinato: ¿dónde hay una agencia de viajes con semejante oferta, hombre? Ah, sí, tal vez en Viajes Louis Cyphre. Luego me pasaré a preguntar por allí.
Fin de curso (2005), de Miguel Martí. O cómo llevar a terreno propio la comedia teenager veraniega típica del cine americano, reforzando el concepto con elementos impensables en una producción USA para todos los públicos: pajas colectivas, mamadas, tetas, chorros de semen al aire, perversiones sexuales y humor de sal gorda. En una clase de instituto en Portugal, los alumnos se dividen en dos frentes, los que quieren ir a París (ya sabéis, la torre Eiffel, el Arco del Triunfo, las boinas, los paseos por el Sena y su put... madre) y los que desean un verdadero viaje de fin de curso, optando por Benidorm (playa, discotecas, pubs, extranjeras borrachas, drogas y alegría). Y en medio de los dos bandos, Jordi Vilches, ese actor con cara de pollo y voz gangosa, indeciso entre los encantos de la pija o los de la chica alternativa con rastas de colores. En fin, una película muy divertida y más inteligente de lo que parece en un principio.
Pauline en la playa (1983), de Eric Rohmer. La única que he visto de Rohmer (lo sé, lo sé, debo hacer los deberes. Ya estoy bajando El rayo verde y alguna más) y que compré en su día en vídeo, fascinado por ese estilo naturalista y espontáneo del realizador gabacho, que plasmaba los días de verano de sus personajes con la frialdad desapasionada de un entomólogo catalogando insectos. Tras la fotografía andaba Néstor Almendros, no sé si incubando ya o no el VIH (me impresionó su declaración al respecto en una entrevista, comentando que el único que se libraría del sida sería Terenci Moix, porque lo suyo era más de coco), el pobre, dotando a la peli de una luminosidad deliciosa. Y de entre todos los personajes, Pauline, por siempre Pauline, con su culito respingón y su despertar a la sexualidad, con el gran Féodor Atkine rondándola (le faltó poco para chuparle un pie, aprovechando que la zagala dormía la siesta, qué crack).
Le llaman Bodhi (1991), de Kathryn Bigelow. Ésta sí que la vi en un cine de verano. Surf movie y thriller policíaco de calidad, con la Bigelow dirigiendo y James Cameron en la producción. Johnny Utah, la banda de los presidentes y tíos musculados sobre sus tablas, cabalgando las olas. En su día, salías del cine pensando que el surf era lo máximo y prometiéndote a ti mismo que algún día lo practicarías. Luego se imponía la cordura: el surf es una chorrada. Son ganas de tentar a la suerte (aunque dicen que ahogarse no duele). Eso si no progresas y acabas viajando a Australia, a por las olas gigantes, para terminar siendo saboreado por un noble tiburón blanco, que te habrá confundido con una foca (su forma de disculparse es engullir el bocado y alejarse), como le sucedió a esta chica. Pero bueno, tremenda disgresión. A lo que iba, Le llaman Bodhi era un peliculón y una delicia, además de darnos la oportunidad de flipar con la presencia de un Patrick Swayze en plena forma, en un papel que le iba como anillo al dedo.
El sueño de una noche de verano (1999), de Michael Hoffman. La mejor, para el final. Amo este film, producido por Miramax a finales de los noventa; lo tengo en vhs y en dvd. Si en Navidad suelo ver Qué bello es vivir y el resto del año Blade Runner (porque la de Ridley Scott es para lo estados de ánimo lo mismo que el color negro en ropa: pega con todo), en verano acostumbro a dejarme caer por esa noche shakespeariana, italiana y mágica, con el patoso de Puck/Robín (Stanley Tucci) liándola gorda, con Rupert Everett como Oberón y con una radiante Michelle Pfeiffer encarnando a Titania, la Reina de las Hadas. Y por encima de todos ellos, Kevin Kline, ese gigante, ese todoterreno de las tablas, regalándonos una lección de interpretación magistral. En esta ocasión, el trailer sí es digno de ver.
Y eso es todo. Me dejo muchas, por supuesto. Si me refrescáis la memoria con más títulos, los iré añadiendo uno a uno. Ay, sí, démosle a la entrada el toque cultureta, que siempre queda muy fino:
Si esta ilusión ha ofendido,
pensad, para corregirlo,
que dormíais mientras salían
todas estas fantasías.
Y a este pobre y vano empeño,
que no ha dado más que un sueño,
no le pongáis objeción,
que así lo haremos mejor.
Os da palabra este duende:
si el silbido de serpiente
conseguimos evitar,
prometemos mejorar;
si no, soy un mentiroso.
Buenas noches digo a todos.
Si amigos sois, aplaudid
y os lo premiará Robín.
De modo que toca entrada con cinefilia estival, películas en las que el verano juega un papel importante en el argumento cuando no es sólo un mero pretexto para que corra el amor y la sangre. Así que pillad el abanico de la abuela y preparáos un refresco con mucho hielo, que empezamos.
Un amor de verano (1982), de Randal Kleiser. Fue el regreso a la pantalla grande de Kleiser tras El lago azul y ni por asomo obtuvo un éxito similar con este coñazo de film, duro de pelar y aburrido como él solo. Tres guiris en una isla de Grecia insinuándose entre ellos durante hora y media. Erotismo suave para una trama insulsa que no daba para más. El final pretendía ser transgresor y modenno: los tres terminaban liados en la cama. Eso del ménage à trois, en pleno 1982, con el género porno pasando de los cines a los primeros videoclubs, pues ya me diréis a quién podría escandalizar. Lo mejor, Daryl Hannah medio en pelotas cada dos por tres. Lo peor, todo lo demás. Ah, y Poledouris en la música, qué cosas, jajaja. Yo siempre asocio al bueno de Basil con los ritmos recios de Conan el bárbaro.
Depredador (1987), de John McTiernan. Listen, the helicopter moves into position, they´re on a mission... Err, ¡vaya!, me han poseído los raperos de The Anomalies, lo siento. Decía más arriba sobre camping, piscina, playa y montaña, pero había un veraneante, un cazador nato y un encanto de criatura, al que le iba el rollo de migrar a la selva para pasar sus días de asueto. En Depredador, la gente moría a lo bestia, sudando y sangrando mucho, y Arnorld Schwarzenegger encontraba por fin la horma de su zapato. ¿Qué más puedo añadir, si ya sabéis que adoro esta peli? Que la veo con frecuencia, que me parece maravillosa y que ardo en impaciencia de probar el inminente Alien versus Predator 3, próximo lanzamiento para Pc, Ps3 y Xbox 360. ¡Sí! Otra vez a pasar miedo en el pellejo de un marine, maldad en el exoesqueleto de un alien y sadismo calculador en el rol de un depredador.
Los reyes de la playa (1990), de Peter Israelson. La vi en su día en un cine de verano (o en vídeo, no estoy seguro ya) y la recuerdo con cariño, pese a que era una producción muy de la época y seguro que ha envejecido fatal. Peter Horton (se calzó a la Pfeiffer y protagonizó la serie de tv Treinta y tantos. De acuerdo, no es un curriculum vitae como para tirar cohetes, pero repito: se lo montó con la Pfeiffer cuando más guapa estaba) y C. Thomas Howell (Admiradora Secreta, Rebeldes y muchas más) hacían equipo para vencer en los torneos de volleyball locales. Los reyes de la playa era como estirar, hasta llegar al largometraje, aquella secuencia de Top Gun, con pilotos chulos jugando en la arena una pachanga, rollo filogay 100%. La peli pasó sin pena ni gloria por las salas y se convirtió en una de esas cintas que salían y entraban del videoclub a diario, recomendada por sus dueños a sus clientes con un escueto "Está guapa, tío, píllala".
Tiburón (1975), de Steven Spielberg. Buenoooo. Clasicazo. Ese niño alelado con el bañador rojo, el mordisco, esas burbujas sangrientas y el zoom a la cara angustiada de Roy Scheider: impagable. Si Psicosis propició que millones de personas no volvieran a cerrar los ojos en la ducha aunque el champú les quemara las córneas, Tiburón subió el imaginario colectivo a un nuevo nivel. Hablo del déjà vu terrorífico de una broma submarina. Que levante la mano el que por un instante no se planteó estrangular a su colega, el gracioso buceador del tirón en el tobillo, aquella tarde en el mar. Y poniéndonos serios, Tiburón casi abrió la veda para diezmar a unos animales tan majestuosos como son los escualos, que sufrieron los efectos funestos del poder difamador y distorsionador del cine: coge el chismorreo de una vecina y multiplícalo por cien millones. Pues lo mismo.
Verano atormentado (1988), de Ivan Passer. Byron, Shelley y Polidori juntitos en una mansión, alumbrando monstruos eternos como si tal cosa. Verano atormentado coincidió en el tiempo, más o menos, con un par de producciones más sobre la noche de marras, Gothic, de Ken Russell y Remando al viento, de Gonzalo Suárez; ambas interesantes, pero yo me quedo con esta versión de la historia, por puro alineamiento sentimental: fue la que pasó más desapercibida y la más difícil de encontrar en los campos agrestes del p2p. No hay manera, tendré que tirar de descarga directa o probar en Cine Clásico, comunidad conformada por una entrañable legión de ratas del celuloide que os aconsejo fervientemente desde aquí. Registráos, hacedme caso, que os llevará tres minutos y a cambio os proporcionará toda una noche de sorpresas.
Lío en Río (1984), de Stanley Donen. Curiosa comedia romántica del veterano realizador responsable de Cantando bajo la lluvia, que nos citaba en Brasil para asistir a una historia de enredos sentimentales entre un par de tipos maduritos y sus respectivas hijas. La moraleja: para vivir una segunda juventud, nada mejor que tomar el sol y encamarte con la hija de tu mejor amigo. En Lío en Río había despelote ligero (de cintura para arriba y algún que otro conejillo fugaz) y la película ofrecía la oportunidad de ver los hermosos pechitos de Demi Moore antes de que le diera por injertarse protesis de silicona. El trailer es la cosa más gazmoña, tímida y santurrona que he visto en mi vida. Joder, si es que parece el vehículo de promoción de una peli de los años sesenta. Increíble.
Playa sangrienta (1980), de Jeffrey Bloom. Hace siglos que no la reviso, pero la premisa era pura serie b y una variación paralela a los exploits de pelis con monstruos marinos que azotaron los cines tras el éxito de Tiburón. En Playa sangrienta, el terror estaba en la arena (toma ya), mejor dicho, bajo ella. Un bicho, creo que de origen extraterrestre, se pasaba media película jamándose a domingueros californianos. Reíros, pero fue el colmo cuando la vi de enano. Al temor a ser devorado en el mar se me sumó el miedo a ser absorbido vivo mientras descansaba en la toalla. El final era cojonudo, eso sí que lo recuerdo bien. No lo spoilearé por si acaso, pero cualquier peli que acabe con explosiones y apocalipsis se gana mi amor y mi entusiasmo.
Fuego en el cuerpo (1981), de Lawrence Kasdan. Pepinazo de ingeniosa muestra de cine negro. Normal, y es que estaba Kasdan estrenándose como director en su mejor época, entre los guiones de El Imperio Contraataca y los de Indiana Jones. Que yo soy él y habría engordado de puro orgullo unos cien kilos. Pero no, el hombre se mantuvo dinámico y trabajador y nos regaló esta película tan cojonuda, con Kathleen Turner como supersexual lagartona y William Hurt como pelele y polilla humana, atraído por el sudor y las hormonas de una femme fatale ultracanónica. Calor, Nueva Orleans, folleteo y asesinato: ¿dónde hay una agencia de viajes con semejante oferta, hombre? Ah, sí, tal vez en Viajes Louis Cyphre. Luego me pasaré a preguntar por allí.
Fin de curso (2005), de Miguel Martí. O cómo llevar a terreno propio la comedia teenager veraniega típica del cine americano, reforzando el concepto con elementos impensables en una producción USA para todos los públicos: pajas colectivas, mamadas, tetas, chorros de semen al aire, perversiones sexuales y humor de sal gorda. En una clase de instituto en Portugal, los alumnos se dividen en dos frentes, los que quieren ir a París (ya sabéis, la torre Eiffel, el Arco del Triunfo, las boinas, los paseos por el Sena y su put... madre) y los que desean un verdadero viaje de fin de curso, optando por Benidorm (playa, discotecas, pubs, extranjeras borrachas, drogas y alegría). Y en medio de los dos bandos, Jordi Vilches, ese actor con cara de pollo y voz gangosa, indeciso entre los encantos de la pija o los de la chica alternativa con rastas de colores. En fin, una película muy divertida y más inteligente de lo que parece en un principio.
Pauline en la playa (1983), de Eric Rohmer. La única que he visto de Rohmer (lo sé, lo sé, debo hacer los deberes. Ya estoy bajando El rayo verde y alguna más) y que compré en su día en vídeo, fascinado por ese estilo naturalista y espontáneo del realizador gabacho, que plasmaba los días de verano de sus personajes con la frialdad desapasionada de un entomólogo catalogando insectos. Tras la fotografía andaba Néstor Almendros, no sé si incubando ya o no el VIH (me impresionó su declaración al respecto en una entrevista, comentando que el único que se libraría del sida sería Terenci Moix, porque lo suyo era más de coco), el pobre, dotando a la peli de una luminosidad deliciosa. Y de entre todos los personajes, Pauline, por siempre Pauline, con su culito respingón y su despertar a la sexualidad, con el gran Féodor Atkine rondándola (le faltó poco para chuparle un pie, aprovechando que la zagala dormía la siesta, qué crack).
Le llaman Bodhi (1991), de Kathryn Bigelow. Ésta sí que la vi en un cine de verano. Surf movie y thriller policíaco de calidad, con la Bigelow dirigiendo y James Cameron en la producción. Johnny Utah, la banda de los presidentes y tíos musculados sobre sus tablas, cabalgando las olas. En su día, salías del cine pensando que el surf era lo máximo y prometiéndote a ti mismo que algún día lo practicarías. Luego se imponía la cordura: el surf es una chorrada. Son ganas de tentar a la suerte (aunque dicen que ahogarse no duele). Eso si no progresas y acabas viajando a Australia, a por las olas gigantes, para terminar siendo saboreado por un noble tiburón blanco, que te habrá confundido con una foca (su forma de disculparse es engullir el bocado y alejarse), como le sucedió a esta chica. Pero bueno, tremenda disgresión. A lo que iba, Le llaman Bodhi era un peliculón y una delicia, además de darnos la oportunidad de flipar con la presencia de un Patrick Swayze en plena forma, en un papel que le iba como anillo al dedo.
El sueño de una noche de verano (1999), de Michael Hoffman. La mejor, para el final. Amo este film, producido por Miramax a finales de los noventa; lo tengo en vhs y en dvd. Si en Navidad suelo ver Qué bello es vivir y el resto del año Blade Runner (porque la de Ridley Scott es para lo estados de ánimo lo mismo que el color negro en ropa: pega con todo), en verano acostumbro a dejarme caer por esa noche shakespeariana, italiana y mágica, con el patoso de Puck/Robín (Stanley Tucci) liándola gorda, con Rupert Everett como Oberón y con una radiante Michelle Pfeiffer encarnando a Titania, la Reina de las Hadas. Y por encima de todos ellos, Kevin Kline, ese gigante, ese todoterreno de las tablas, regalándonos una lección de interpretación magistral. En esta ocasión, el trailer sí es digno de ver.Y eso es todo. Me dejo muchas, por supuesto. Si me refrescáis la memoria con más títulos, los iré añadiendo uno a uno. Ay, sí, démosle a la entrada el toque cultureta, que siempre queda muy fino:
Si esta ilusión ha ofendido,
pensad, para corregirlo,
que dormíais mientras salían
todas estas fantasías.
Y a este pobre y vano empeño,
que no ha dado más que un sueño,
no le pongáis objeción,
que así lo haremos mejor.
Os da palabra este duende:
si el silbido de serpiente
conseguimos evitar,
prometemos mejorar;
si no, soy un mentiroso.
Buenas noches digo a todos.
Si amigos sois, aplaudid
y os lo premiará Robín.
Vuelve Torrente
[Según cuentan en Europa Press Santiago Segura ya está escribiendo el guión. Una cuarta peli que comenzará, según parece, con Torrente llorando ante la tumba de El Fary y lamentándose por el hecho de que un presidente negro haya llegado a la casa blanca.
Segura no tiene prisa por sacarla adelante, pero digamos que el proyecto ya está en marcha: “La nueva entrega de la saga se está retrasando porque soy muy vago y me falta mi ‘aliado’ Guillermo del Toro, que es quien ha conseguido que yo escribiera los otros guiones. Me decía: ‘¡Gordo cabrón escribe!’. Era como una madre solo le faltaba una vara de mimbre para golpearme en las costillas.”
A decir verdad, uno de los aciertos de la saga sea seguramente que entre peli y peli ha dejado pasar el tiempo suficiente como para que el público eche en falta al personaje y le interese verlo en acción una vez más. Además, si todo va bien, Segura podría tener en su reparto, aunque sólo sea como cameo, a Hugh Laurie (House, para quienes no le pongáis cara aún). Los dos trabajaron juntos en La Chica de Rio mucho antes de que Laurie saltase a la fama y entonces accedió a salir en alguna de las pelis: “Es uno de los tipos más formidables con los que he trabajado, muy simpático y con un humor muy mordaz y cabroncete. Me prometió que saldría en Torrente y ahora que es una estrella…” Recordad que ya en la tercera aparecía Oliver Stone hipercocido.
También en su momento se habló de un remake americano que podría estar ya tomando forma y que, si la cosa va bien, estaría protagonizado por Sacha Baron Cohen, algo que a Segura le encantaría aunque el físico del personaje se vea completamente alterado: “Es un fuera de serie. Si tuviera la suerte de que la hace Sacha no me importa que sea un Torrente delgado”.]
Visto en: Cinépatas
Yo echo de menos al personaje, así que por mí sí a un Torrente 4, pero a vosotros, ¿qué os parece la noticia?
Segura no tiene prisa por sacarla adelante, pero digamos que el proyecto ya está en marcha: “La nueva entrega de la saga se está retrasando porque soy muy vago y me falta mi ‘aliado’ Guillermo del Toro, que es quien ha conseguido que yo escribiera los otros guiones. Me decía: ‘¡Gordo cabrón escribe!’. Era como una madre solo le faltaba una vara de mimbre para golpearme en las costillas.”
A decir verdad, uno de los aciertos de la saga sea seguramente que entre peli y peli ha dejado pasar el tiempo suficiente como para que el público eche en falta al personaje y le interese verlo en acción una vez más. Además, si todo va bien, Segura podría tener en su reparto, aunque sólo sea como cameo, a Hugh Laurie (House, para quienes no le pongáis cara aún). Los dos trabajaron juntos en La Chica de Rio mucho antes de que Laurie saltase a la fama y entonces accedió a salir en alguna de las pelis: “Es uno de los tipos más formidables con los que he trabajado, muy simpático y con un humor muy mordaz y cabroncete. Me prometió que saldría en Torrente y ahora que es una estrella…” Recordad que ya en la tercera aparecía Oliver Stone hipercocido.También en su momento se habló de un remake americano que podría estar ya tomando forma y que, si la cosa va bien, estaría protagonizado por Sacha Baron Cohen, algo que a Segura le encantaría aunque el físico del personaje se vea completamente alterado: “Es un fuera de serie. Si tuviera la suerte de que la hace Sacha no me importa que sea un Torrente delgado”.]
Visto en: Cinépatas
Yo echo de menos al personaje, así que por mí sí a un Torrente 4, pero a vosotros, ¿qué os parece la noticia?
Amor, pedos y otros desastres
El extracto pertenece a Amor y otros desastres, una aburridísima comedia romántica. Junto al atractivo de ver a la gran Brittany Murphy en ropa interior (y creedme: merece la pena sólo por eso) está la posibilidad de echar unas risas con la psicóloga más zumbada de la historia del cine, pero poco más se salva de este tostonazo de film:
[...] Las etapas de una relación se pueden definir por los pedos. La primera etapa es "La conspiración de silencio". Es un periodo de fantasía en el que ambas partes fingen que no expulsan residuos corporales. Esta ilusión se frustra muy pronto con ese primer "Uy, ¿te has tirado un pedito?", seguido del avergonzado reconocimiento de la verdad. Ésto anuncia un periodo de mayor intimidad, un periodo que me gusta llamar "La luna de miel ventosa", en la que a ambas partes les parece que el gas del otro es la broma más graciosa del mundo. Pero claro... ninguna luna de miel dura eternamente. Y así alcanzamos el desdoblamiento crítico de la flatulencia: o bien el pedo pierde la capacidad de divertir e incomodar, significando así el amor verdadero, o bien empieza a molestar y a dar asco, simbolizando así todo lo que está bloqueado y lo rancio en la persona que se amaba [...]
Brillante. Por momentos así, sigo viendo comedias románticas (bueno, y también porque soy un blando), un género que en el 99% de sus propuestas me parece basura y además, de la peligrosa, de la infecciosa. A todo el mundo se le llena la boca con la nefasta (y nunca probada) mala influencia del cine de acción y de terror, pero casi nadie repara en el daño que producen las comedias románticas, en su alto poder estupidizante, en su constante modelación de actitudes y costumbres.
Frases como "No es por ti, es por mí", "Te quiero, pero... no te amo" o "Creo que deberíamos tomarnos un tiempo" son consecuencia directa de las pelis románticas y de sus desvirtuaciones más nocivas, los seriales de televisión, donde adultos cercanos al ecuador de sus vidas se comportan como adolescentes caprichosos. No me imagino yo a mis abuelos o a mis padres entablando dialógos chorras como:
-Tenemos un grave problema de comunicación.
-¿Tú crees?
-Sí, deberíamos buscar ayuda profesional.
-De acuerdo. Lucharemos por nuestra relación.
No, hombre, no. Ya hablaron suficiente el día de su boda. Se dieron el "Sí, quiero" y, frente a un sacerdote, confirmaron algo relativo a la inexorable separación tras la muerte. Y ya está.
Holden Caulfield odiaba el cine por la hipocresía generalizada de sus espectadores potenciales, personas que eran capaces de llorar a moco tendido en una sala oscura y que terminaban la misma jornada sujetos a las más viles y bajas pasiones, como zurrar a sus hijos, gastar el presupuesto familiar en alcohol o maltratar al chucho pulgoso que compraron, pequeño y bonito, la Navidad anterior. En ese sentido, estoy con Holden, pero con una leve variación: los dramas y películas de amoríos nos muestran cómo querríamos ser (limpios, buenos y abnegados), el terror y la acción bruta nos dice cómo somos en realidad.
Como anunciaba más arriba, soy un blandengue, veo comedias románticas (con renuencia, pero las veo) y no me salto ni una, siempre a la espera de la perlita nacarada. Y aunque opino que sus efectos son perniciosos, aducir como otro argumento contrario a ellas la poca credibilidad de las mismas sería tan absurdo como criticar a Star Wars por su falta de seriedad y rigor científico, porque uno de los bastiones de la comedia romántica es, precisamente, el romanticismo más desatado e idealizado.
Por ello, el pedo es el monstruo genuino de este género. No hay pelotas de incluirlo en una escena importante. El gordito cómico de la película gastará licencia para tirarse pedos. El bebé que cuidará una adolescente Cenicienta urbana tendrá permiso hasta para vomitar en la cara a su niñera. El padre chiflado del protagonista podrá ventosear a placer. La amiga de la chica pija, que le hace la vida imposible a la fea (adefesio que tornará en poderosa bomba sexual cuando se maquille y se quite las gafas), será reseñada en su mezquindad con un colon traidor y ruidoso. Pero nunca, nunca, veremos en una gran comedia romántica tradicional y de alto presupuesto un intercambio gaseoso, cotidiano y mañanero, entre café, zumo y tostadas.
Si Julia Roberts en Pretty Woman, en lugar de comentarle a aquella vieja en la ópera la estrecha relación entre la melomanía recién descubierta y su incontinencia urinaria, se hubiera tirado tres pedos de puro placer (otro tabú anexo al metano intestinal que jamás se romperá, salvo en el cine porno, donde, y nunca mejor dicho, lo rompen todo), ¿no habría sido sensacional? Sólo con esa escena, Pretty Woman habría ocupado el número 1 en cualquier listado de cine de culto. Y se habría ganado un lugar eterno en mi corazón.
Para terminar esta desordenada entrada de hoy, un pasaje del libro El curso del Agua Caliente, de Pedro Paradis, un prometedor autor. Y es que, afortunadamente, en literatura, no hay apartheid ni discriminación alguna para los sonoros emisarios de la mierda:
[...]-¿Qué es lo más bonito para una pareja de enamorados? –preguntaba- Es el primer pedo. El primer pedo se hace con miedillo, vergüenza, con mucha timidez. Normalmente somos los hombres quienes lo hacemos, va más con nuestro carácter. Es ese primer pedo el inicio del camino hacia el amor. Con él comienza la confianza en la pareja.
Ellos reían sin parar.
-¡Y qué bonito cuando ella se tira su primer pedo! A ellas les cuesta un poco más, pero es un momento delicioso, romántico, íntimo, cuando ellas nos siguen por el camino de los pedos. ¡Y qué bonito cuando, ya convertidos en experimentado matrimonio, uno se tira el pedo en la cama y ventea las sábanas para compartirlo con su pareja! ¡Qué hermoso momento![...]
El curso del Agua Caliente, de Pedro Paradís Huesa.
[...] Las etapas de una relación se pueden definir por los pedos. La primera etapa es "La conspiración de silencio". Es un periodo de fantasía en el que ambas partes fingen que no expulsan residuos corporales. Esta ilusión se frustra muy pronto con ese primer "Uy, ¿te has tirado un pedito?", seguido del avergonzado reconocimiento de la verdad. Ésto anuncia un periodo de mayor intimidad, un periodo que me gusta llamar "La luna de miel ventosa", en la que a ambas partes les parece que el gas del otro es la broma más graciosa del mundo. Pero claro... ninguna luna de miel dura eternamente. Y así alcanzamos el desdoblamiento crítico de la flatulencia: o bien el pedo pierde la capacidad de divertir e incomodar, significando así el amor verdadero, o bien empieza a molestar y a dar asco, simbolizando así todo lo que está bloqueado y lo rancio en la persona que se amaba [...]
Brillante. Por momentos así, sigo viendo comedias románticas (bueno, y también porque soy un blando), un género que en el 99% de sus propuestas me parece basura y además, de la peligrosa, de la infecciosa. A todo el mundo se le llena la boca con la nefasta (y nunca probada) mala influencia del cine de acción y de terror, pero casi nadie repara en el daño que producen las comedias románticas, en su alto poder estupidizante, en su constante modelación de actitudes y costumbres.
Frases como "No es por ti, es por mí", "Te quiero, pero... no te amo" o "Creo que deberíamos tomarnos un tiempo" son consecuencia directa de las pelis románticas y de sus desvirtuaciones más nocivas, los seriales de televisión, donde adultos cercanos al ecuador de sus vidas se comportan como adolescentes caprichosos. No me imagino yo a mis abuelos o a mis padres entablando dialógos chorras como:
-Tenemos un grave problema de comunicación.
-¿Tú crees?
-Sí, deberíamos buscar ayuda profesional.
-De acuerdo. Lucharemos por nuestra relación.
No, hombre, no. Ya hablaron suficiente el día de su boda. Se dieron el "Sí, quiero" y, frente a un sacerdote, confirmaron algo relativo a la inexorable separación tras la muerte. Y ya está.
Holden Caulfield odiaba el cine por la hipocresía generalizada de sus espectadores potenciales, personas que eran capaces de llorar a moco tendido en una sala oscura y que terminaban la misma jornada sujetos a las más viles y bajas pasiones, como zurrar a sus hijos, gastar el presupuesto familiar en alcohol o maltratar al chucho pulgoso que compraron, pequeño y bonito, la Navidad anterior. En ese sentido, estoy con Holden, pero con una leve variación: los dramas y películas de amoríos nos muestran cómo querríamos ser (limpios, buenos y abnegados), el terror y la acción bruta nos dice cómo somos en realidad.
Como anunciaba más arriba, soy un blandengue, veo comedias románticas (con renuencia, pero las veo) y no me salto ni una, siempre a la espera de la perlita nacarada. Y aunque opino que sus efectos son perniciosos, aducir como otro argumento contrario a ellas la poca credibilidad de las mismas sería tan absurdo como criticar a Star Wars por su falta de seriedad y rigor científico, porque uno de los bastiones de la comedia romántica es, precisamente, el romanticismo más desatado e idealizado.
Por ello, el pedo es el monstruo genuino de este género. No hay pelotas de incluirlo en una escena importante. El gordito cómico de la película gastará licencia para tirarse pedos. El bebé que cuidará una adolescente Cenicienta urbana tendrá permiso hasta para vomitar en la cara a su niñera. El padre chiflado del protagonista podrá ventosear a placer. La amiga de la chica pija, que le hace la vida imposible a la fea (adefesio que tornará en poderosa bomba sexual cuando se maquille y se quite las gafas), será reseñada en su mezquindad con un colon traidor y ruidoso. Pero nunca, nunca, veremos en una gran comedia romántica tradicional y de alto presupuesto un intercambio gaseoso, cotidiano y mañanero, entre café, zumo y tostadas.
Si Julia Roberts en Pretty Woman, en lugar de comentarle a aquella vieja en la ópera la estrecha relación entre la melomanía recién descubierta y su incontinencia urinaria, se hubiera tirado tres pedos de puro placer (otro tabú anexo al metano intestinal que jamás se romperá, salvo en el cine porno, donde, y nunca mejor dicho, lo rompen todo), ¿no habría sido sensacional? Sólo con esa escena, Pretty Woman habría ocupado el número 1 en cualquier listado de cine de culto. Y se habría ganado un lugar eterno en mi corazón.
Para terminar esta desordenada entrada de hoy, un pasaje del libro El curso del Agua Caliente, de Pedro Paradis, un prometedor autor. Y es que, afortunadamente, en literatura, no hay apartheid ni discriminación alguna para los sonoros emisarios de la mierda:
[...]-¿Qué es lo más bonito para una pareja de enamorados? –preguntaba- Es el primer pedo. El primer pedo se hace con miedillo, vergüenza, con mucha timidez. Normalmente somos los hombres quienes lo hacemos, va más con nuestro carácter. Es ese primer pedo el inicio del camino hacia el amor. Con él comienza la confianza en la pareja.
Ellos reían sin parar.
-¡Y qué bonito cuando ella se tira su primer pedo! A ellas les cuesta un poco más, pero es un momento delicioso, romántico, íntimo, cuando ellas nos siguen por el camino de los pedos. ¡Y qué bonito cuando, ya convertidos en experimentado matrimonio, uno se tira el pedo en la cama y ventea las sábanas para compartirlo con su pareja! ¡Qué hermoso momento![...]
El curso del Agua Caliente, de Pedro Paradís Huesa.
El duende irlandés de Venevision
Sólo tías buenas por ese pasillo. Debe ser el lugar de trabajo más feliz de la Tierra, con diferencia. Atención a la chica de 0:55, una candidata idónea para la alegre sociedad secreta de Martyrs. Ella habría llegado hasta la última etapa.
Dora (The inhuman condition)
Dora es una cyborg, la protagonista de En la ruta con Dora (tranquilos, no os agotaré con el autobombo: lo prometí), un intento mío de hacer pulp y space opera tal y como concibe el género Ángel Torres Quesada en su saga El Orden Estelar.
A Dora la imaginé con el rostro y el cuerpo de La pensativa, de Nicolaes Maes, un maravilloso cuadro que se exhibe en el Risjkmuseum. En un principio, pensé en utilizarlo como parte de la portada, pero como la obra estaría protegida por un copyright potente, me fui a buscar imágenes a Flickr, filtrando aquellas que estuvieran acogidas a Creative Commons. Necesitaba a una Dora para la cubierta. Y entonces me encontré con ella, porque era ella, la chica robótica de mi libro. Muy contento, le pedí permiso al autor y el tío me dijo que sí, que adelante.
De modo que este es el precioso wallpaper recomendado del mes, The inhuman condition, de Agiel:
A Dora la imaginé con el rostro y el cuerpo de La pensativa, de Nicolaes Maes, un maravilloso cuadro que se exhibe en el Risjkmuseum. En un principio, pensé en utilizarlo como parte de la portada, pero como la obra estaría protegida por un copyright potente, me fui a buscar imágenes a Flickr, filtrando aquellas que estuvieran acogidas a Creative Commons. Necesitaba a una Dora para la cubierta. Y entonces me encontré con ella, porque era ella, la chica robótica de mi libro. Muy contento, le pedí permiso al autor y el tío me dijo que sí, que adelante.
De modo que este es el precioso wallpaper recomendado del mes, The inhuman condition, de Agiel:
Serena Williams
Por ella los hombres de las cavernas se afanaban en cazar las mejores piezas, por protegerla fueron a la guerra incontables soldados, por ella florecieron las artes, en un intento de reflejar su belleza, por ella existe el progreso, por ella se mueve el mundo.También por mujeres como Serena Williams se pone uno gilipollas y disfraza la lujuria pura con párrafos como el de arriba.
Ya me conocéis, yo, que lo más parecido al deporte que hago en mi vida es nadar un poco en verano en la playa, me he tragado algún que otro grand slam por TVE2, sólo por ver a esta amazona gruñendo y saltando, brutita como ella sola, divina y deliciosa.
¡¡Rediós!! ¡Hipno-culo!
Rec 2, nuevo teaser
Se me ha puesto la mente morcillona. El resto del cuerpo todavía no me ha reaccionado. Pero en fin, sale Manu otra vez, rabioso y con un hacha: a mí ya me la han vendido.
Visto en: Zombi.blogia
Mi librito en mis manos
Pues ya llegó hace unos días el experimento a casa, mi librito impreso por demanda en Bubok. Prometo no dar demasiado la vara con este tema de mis escritos. A partir de ahora, abriré una galería en el margen derecho del blog con los textos que vaya publicando y poco más.
Bien, para empezar, olvidé meterle guardas al principio (ésto me recuerda a Marlo y al hijo de puta de su sobrino, Cli-Cli). O sea, una hoja, o lo que es lo mismo, dos páginas, en blanco.
La portada, Kelem: PER-FEC-TA. Muchas gracias otra vez. La subí a trozos, pero entera, ahora que tengo el ejemplar entre las manos, habría quedado igual de bien. Lo clavaste.
El texto tiene los márgenes algo exagerados, pero nada que no haya visto en otros libros. Eso sí, la próxima vez, reduciré las medidas. Además, leyendo he advertido que me sobra alguna que otra coma, pero bueno, nada grave.
Y eso es todo. Gracias a todos por las descargas, los comentarios y las lecturas. Así da gusto.
Bien, para empezar, olvidé meterle guardas al principio (ésto me recuerda a Marlo y al hijo de puta de su sobrino, Cli-Cli). O sea, una hoja, o lo que es lo mismo, dos páginas, en blanco.
La portada, Kelem: PER-FEC-TA. Muchas gracias otra vez. La subí a trozos, pero entera, ahora que tengo el ejemplar entre las manos, habría quedado igual de bien. Lo clavaste.
El texto tiene los márgenes algo exagerados, pero nada que no haya visto en otros libros. Eso sí, la próxima vez, reduciré las medidas. Además, leyendo he advertido que me sobra alguna que otra coma, pero bueno, nada grave.
Y eso es todo. Gracias a todos por las descargas, los comentarios y las lecturas. Así da gusto.
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